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Asteroides
Cometas
Label: Satelites
A su regreso, los
astronautas del Apolo 11 trajeron consigo muestras lunares que ayudaron a
entender mejor cómo se formó nuestro planeta. La revista Science
reivindica la importancia de esas rocas en un especial sobre el
cincuenta aniversario del alunizaje en el que también se destaca el
papel de China en el futuro de la exploración espacial.
El futuro de la exploración pasa por China
El especial de Science también analiza el papel del gigante asiático en el futuro de la exploración lunar. Este mismo año, el Programa para la Exploración Lunar de China (CLEP) envió con éxito la sonda Chang’E-4 y el rover Yutu-2 a la cara oculta de nuestro satélite, que también tomó muestras de rocas.
En un artículo firmado por varios investigadores de la Academia China de Ciencias, se destaca que el programa asiático ha sentado las bases para el futuro a través de sus cuatro misiones exitosas. Todo esto, a pesar de su juventud.
Cuando los astronautas Neil Armstrong, Buzz Aldrin y Michael Collins regresaron a la Tierra tras su histórico alunizaje, no lo hicieron solos. Había algo más en la nave. No se trata del comienzo de Alien: el octavo pasajero, nos referimos a las rocas lunares.
Cincuenta años después, las muestras tomadas por las misiones Apolo y Luna han transformado nuestra visión sobre cómo se forman los planetas, incluido el nuestro. Hoy Science publica un número especial sobre el cincuenta aniversario del alunizaje y dedica una revisión a revindicar la importancia de estas muestras, cuyo trabajo todavía no ha terminado.
El interés de las rocas lunares para entender nuestro propio planeta reside en su edad. “La mayoría de la superficie terrestre es bastante joven en términos geológicos, de apenas 200 millones de años”, comenta Carlson. El Sistema Solar comenzó su nacimiento hace 4 567 millones de años, pero es muy raro encontrar rocas en la superficie de la Tierra con una antigüedad superior a los 3.600 millones de años.
Esto es debido a que vivimos en un planeta ‘vivo’, activo geológicamente. El precio a pagar es que cualquier registro de los procesos implicados en su formación hace tiempo que fue eliminado por esta actividad continua. Por suerte, siempre podemos mirar hacia la Luna. “La mayoría de la superficie lunar tiene más de 4.000 millones de años, y algunas partes se acercan a los 4.400”, asegura el investigador.
Por ello, el valor de las muestras que trajeron de vuelta las misiones Apolo y las soviéticas es incalculable. Según Carlson, “la Luna ‘recuerda’ los procesos implicados en la formación planetaria que la Tierra ha olvidado”.
Uno de los procesos que la Luna recuerda es, por supuesto, el de su propia formación. “[Nuestro satélite] se originó cuando un gran objeto, del tamaño de Marte, golpeó la proto-Tierra. Un impacto de tal magnitud provocó muchos cambios en la composición de la Tierra”, detalla el experto. Por ejemplo, la pérdida de componentes volátiles como el agua. Nuestro joven planeta ya no sería igual a como era antes del choque.
Estudiar la Luna: lo estás haciendo mal
Las muestras lunares no solo nos han enseñado mucho sobre nuestro hogar: también han revelado información valiosa sobre el suyo. “Los modelos sobre la naturaleza de la Luna anteriores al alunizaje eran incorrectos”, asegura Carlson. Hasta entonces se creía que el satélite se formó en frío, y que las cuencas oscuras representaban viejos océanos cuya agua se había evaporado hacía mucho.
Gracias a las primeras muestras tomadas por el Apolo 11 se descubrió que la Luna se había formado en caliente, “probablemente fundida”. Su gruesa corteza se separó por la flotación de cristales formados en un océano de magma en enfriamiento, en un proceso que el autor compara con el de los icebergs en el océano.
Las cuencas tampoco eran las cicatrices de océanos muertos, sino cráteres que fueron resultado de los impactos de enormes meteoritos. El investigador explica que “son oscuras porque están rellenadas con la lava que erupcionó mucho después de que se formaran”. Precisamente estos impactos también revelan mucha información: “La superficie lunar es tan vieja que ha registrado la mayor parte de la historia del bombardeo de meteoritos del Sistema Solar interior”.
Este registro nos cuenta que los impactos de meteoritos eran muy comunes en el joven Sistema Solar, tanto que habrían actuado como un “agente esterilizante” de cualquier forma de vida temprana que hubiera intentado aparecer. También sirve para estudiar otros planetas: “Los cráteres lunares, cuya edad se ha determinado gracias a las muestras, nos permiten calibrar la antigüedad de las superficies de Marte y Mercurio según la densidad de cráteres”.
Todavía mucho por aprender
Entre 1969 y 1972, las misiones Apolo recogieron 2 200 rocas con un peso de 382 kg, que más tarde fueron procesadas en más de 11 000 muestras. Podríamos pensar que estas ya han revelado todos los datos que podían, pero Carlson defiende en su texto que todavía tienen mucho por enseñarnos sobre la formación y geología de otros mundos.
Hoy sabemos que esto es falso. “Hace una década, nuevas técnicas desarrolladas permitieron detectar agua en estas muestras, a concentraciones muy bajas”. La Luna es seca, pero no está completamente libre de agua. “Esto nos ha obligado a reexaminar nuestros modelos sobre la formación de los planetas y cómo estos pueden retener líquido durante su formación”, añade el geólogo. El tiempo dirá si estas muestras ya cincuentonas todavía albergan secretos en su interior.
Cincuenta años después, las muestras tomadas por las misiones Apolo y Luna han transformado nuestra visión sobre cómo se forman los planetas, incluido el nuestro. Hoy Science publica un número especial sobre el cincuenta aniversario del alunizaje y dedica una revisión a revindicar la importancia de estas muestras, cuyo trabajo todavía no ha terminado.
“Las muestras lunares aportaron evidencias de que la formación de planetas es muy violenta”, dice Richard Carlson
“Las muestras lunares aportaron evidencias convincentes de que la formación de planetas es muy violenta”, resume a Sinc Richard Carlson, investigador del Carnegie Institution for Science y autor de la revisión. “Esto cambió por completo nuestra visión de estos procesos, que antes del Apolo se consideraban relativamente fríos y provocados por la lenta acumulación de pequeños objetos”.

Portada de la revista Nature con la foto tomada por Buzz Aldrin de la sombra de Neil Armstrong sobre la superficie de la Luna. / NASA
El interés de las rocas lunares para entender nuestro propio planeta reside en su edad. “La mayoría de la superficie terrestre es bastante joven en términos geológicos, de apenas 200 millones de años”, comenta Carlson. El Sistema Solar comenzó su nacimiento hace 4 567 millones de años, pero es muy raro encontrar rocas en la superficie de la Tierra con una antigüedad superior a los 3.600 millones de años.
Esto es debido a que vivimos en un planeta ‘vivo’, activo geológicamente. El precio a pagar es que cualquier registro de los procesos implicados en su formación hace tiempo que fue eliminado por esta actividad continua. Por suerte, siempre podemos mirar hacia la Luna. “La mayoría de la superficie lunar tiene más de 4.000 millones de años, y algunas partes se acercan a los 4.400”, asegura el investigador.
La superficie lunar tiene más de 4.000 millones de años. Nuestro planeta está geológicamente vivo y es raro encontrar rocas de más de 3.600 millones de años
Por ello, el valor de las muestras que trajeron de vuelta las misiones Apolo y las soviéticas es incalculable. Según Carlson, “la Luna ‘recuerda’ los procesos implicados en la formación planetaria que la Tierra ha olvidado”.
Uno de los procesos que la Luna recuerda es, por supuesto, el de su propia formación. “[Nuestro satélite] se originó cuando un gran objeto, del tamaño de Marte, golpeó la proto-Tierra. Un impacto de tal magnitud provocó muchos cambios en la composición de la Tierra”, detalla el experto. Por ejemplo, la pérdida de componentes volátiles como el agua. Nuestro joven planeta ya no sería igual a como era antes del choque.
Estudiar la Luna: lo estás haciendo mal
Las muestras lunares no solo nos han enseñado mucho sobre nuestro hogar: también han revelado información valiosa sobre el suyo. “Los modelos sobre la naturaleza de la Luna anteriores al alunizaje eran incorrectos”, asegura Carlson. Hasta entonces se creía que el satélite se formó en frío, y que las cuencas oscuras representaban viejos océanos cuya agua se había evaporado hacía mucho.
Gracias a las muestras tomadas por el Apolo 11, se descubrió que la Luna se había formado en caliente, probablemente fundida
Gracias a las primeras muestras tomadas por el Apolo 11 se descubrió que la Luna se había formado en caliente, “probablemente fundida”. Su gruesa corteza se separó por la flotación de cristales formados en un océano de magma en enfriamiento, en un proceso que el autor compara con el de los icebergs en el océano.
Las cuencas tampoco eran las cicatrices de océanos muertos, sino cráteres que fueron resultado de los impactos de enormes meteoritos. El investigador explica que “son oscuras porque están rellenadas con la lava que erupcionó mucho después de que se formaran”. Precisamente estos impactos también revelan mucha información: “La superficie lunar es tan vieja que ha registrado la mayor parte de la historia del bombardeo de meteoritos del Sistema Solar interior”.
Este registro nos cuenta que los impactos de meteoritos eran muy comunes en el joven Sistema Solar, tanto que habrían actuado como un “agente esterilizante” de cualquier forma de vida temprana que hubiera intentado aparecer. También sirve para estudiar otros planetas: “Los cráteres lunares, cuya edad se ha determinado gracias a las muestras, nos permiten calibrar la antigüedad de las superficies de Marte y Mercurio según la densidad de cráteres”.
Todavía mucho por aprender
Nuevos análisis permitieron detectar agua en las muestras, lo cual obligó a reexaminar los modelos sobre la formación de los planetas
Entre 1969 y 1972, las misiones Apolo recogieron 2 200 rocas con un peso de 382 kg, que más tarde fueron procesadas en más de 11 000 muestras. Podríamos pensar que estas ya han revelado todos los datos que podían, pero Carlson defiende en su texto que todavía tienen mucho por enseñarnos sobre la formación y geología de otros mundos.
“Se desarrollan nuevas técnicas todo el tiempo”, asegura. Las limitaciones tecnológicas provocaron que, aunque las muestras se tomaron hace 50 años, no pudieran revelar todos sus secretos inmediatamente. Y pone como ejemplo el descubrimiento de agua lunar.
“Cuando las muestras se tomaron las técnicas analíticas de entonces no pudieron detectar la presencia de agua en ninguna de ellas”, explica. Esto reforzó la idea de que la Luna era un ambiente árido y que toda el agua se evaporó en el gran impacto que le dio origen.
Hoy sabemos que esto es falso. “Hace una década, nuevas técnicas desarrolladas permitieron detectar agua en estas muestras, a concentraciones muy bajas”. La Luna es seca, pero no está completamente libre de agua. “Esto nos ha obligado a reexaminar nuestros modelos sobre la formación de los planetas y cómo estos pueden retener líquido durante su formación”, añade el geólogo. El tiempo dirá si estas muestras ya cincuentonas todavía albergan secretos en su interior.
El futuro de la exploración pasa por China
El especial de Science también analiza el papel del gigante asiático en el futuro de la exploración lunar. Este mismo año, el Programa para la Exploración Lunar de China (CLEP) envió con éxito la sonda Chang’E-4 y el rover Yutu-2 a la cara oculta de nuestro satélite, que también tomó muestras de rocas.
En un artículo firmado por varios investigadores de la Academia China de Ciencias, se destaca que el programa asiático ha sentado las bases para el futuro a través de sus cuatro misiones exitosas. Todo esto, a pesar de su juventud.
“Así como el programa Apolo tuvo un papel positivo en el desarrollo de la sociedad humana, China trabajará con países de todo el mundo en sus proyectos de exploración espacial y lunar para construir un mejor futuro para la humanidad”, escriben los autores. En la próxima década, el CLEP enviará otras tres misiones a la Luna con el objetivo último de construir una base de investigación.
SINC
En ocasiones, todo es cuestión de perspectiva. Esta imagen tan convincente de una luna doble, que casi parece un muñeco de nieve, muestra en realidad dos de las lunas de Saturno: Dione y Rea. Sin embargo, el ángulo desde el que la sonda internacional Cassini las fotografió hace que parezcan un solo objeto.
Dione (arriba) se encontraba más cerca de la nave cuando se tomó la imagen, a aproximadamente 1,1 millones de kilómetros, en comparación con Rea (abajo), que se hallaba a unos 1,6 millones de kilómetros. Aquella tiene un diámetro de 1.123 kilómetros, frente a los 1.528 de Rea, aunque en esta imagen se diría que tienen un tamaño muy parecido, debido a las diferentes distancias.
Efectivamente, las dos lunas orbitan Saturno a distancias diferentes: mientras que Dione lo hace más o menos con la misma separación que tiene la Luna de la Tierra, con un periodo orbital de tan solo 2,7 días, Rea se encuentra algo más lejos, por lo que tarda 4,5 días en circunvalar el planeta.
Dione presenta un gran cráter, Evander, hacia el centro de la región polar meridional, lo que permite que las dos lunas se fusiones sin problemas en esta vista. Además, ambas tienen una reflectividad similar, lo que contribuye al aspecto de muñeco de nieve y nos indica que su composición superficial es comparable.
Dione está formada por una tercera parte de roca, que comprendería el núcleo, y dos terceras partes de hielo, y se sospecha que posee un océano bajo la superficie.
Llama la atención que la luna está más craterizada en el hemisferio contrario al sentido de su movimiento si lo comparamos con el hemisferio que mira en sentido opuesto, justo al contrario de lo que esperaríamos: que el lado delantero de la luna se viera bombardeado con más material. Este inusual patrón de craterización sugiere que Dione sufrió un impacto que la giró 180 grados.
Rea es la segunda mayor luna de Saturno, después de Titán, y es similar a Dione en densidad, aunque presenta una cuarta parte de roca y tres cuartas partes de hielo, como si fuera una enorme bola de nieve sucia y congelada.
Esta imagen fue capturada el 27 de julio de 2010 por Cassini en luz visible con el teleobjetivo de la cámara. Su resolución es de siete kilómetros por píxel en el caso de Dione y de diez kilómetros por píxel en el de Rea. Saturno se encuentra hacia la derecha y fuera del encuadre. Cassini es un proyecto cooperativo de la NASA, la ESA y la agencia espacial italiana ASI. La misión concluyó en septiembre de 2017.
esa
- Astrónomos del Instituto Carnegie anuncian el hallazgo de doce nuevas lunas de Júpiter.
- Una de ellas es Valetudo, un auténtico satélite 'kamikaze' que orbita al planeta gaseoso en sentido contrario.
Cuando el holandés Hans Lippershey diseñó su primer tubo con lentes, pocos imaginaban que aquel invento podría llegar tan lejos. Un astrónomo toscano, Galileo Galilei, decidió hacerse con uno de esos telescopios y apuntar a la Luna. Allí observó montañas y cráteres similares a los que podemos encontrar en la Tierra. Júpiter es el planeta más grande del sistema solar y el mundo que cuenta con un mayor número de satélites orbitando a su alrededor
No contento con ello, en 1610 descubrió cuatro lunas de Júpiter que orbitaban alrededor del planeta más grande del sistema solar. Cuatro años después, su colega alemán Simon Marius —quien hizo observaciones parecidas— bautizó los objetos recién descubiertos con los nombres de Ío, Europa, Ganímedes y Calisto.
El hallazgo de los también conocidos como satélites galileanos apuntaló las ideas de Nicolás Copérnico, que había defendido que los planetas como la Tierra orbitaban alrededor del Sol. Desde entonces, los científicos han continuado observando Júpiter —gracias a misiones como Juno—, descubriendo que a su alrededor giran 67 lunas. El planeta es el mundo del sistema solar que cuenta con un mayor número de satélites.
Crédito: Roberto Molar-Candanosa (Instituto Carnegie).
Un equipo de astrónomos del Instituto Carnegie ha encontrado una docena de nuevas lunas de Júpiter, incluyendo un bicho raro que ha recibido el nombre de Valetudo. La denominación hace referencia a la bisnieta del dios Júpiter que, según la mitología clásica, era la diosa de la salud y de la higiene. Su descubrimiento amplía el número total de satélites jupiterianos hasta las 79 lunas, logrando una cifra récord.
Doce nuevos satélites jupiterianos
El grupo de Scott S. Sheppard, que en el pasado saltó a los medios de comunicación por la búsqueda del hipotético noveno planeta del sistema solar, lleva años persiguiendo objetos distantes de nuestro vecindario cósmico. Hace unos meses, mientras trataban de encontrar el misterioso mundo bautizado como Phattie, detectaron una serie de satélites girando alrededor de Júpiter que no se habían visto antes. "Nuestro estudio toma dos imágenes de la misma ubicación del cielo cerca de Júpiter separadas por unas pocas horas. Luego buscamos objetos que se han movido entre las dos fotografías", explica el astrónomo a Hipertextual por correo electrónico. Se trata de doce nuevas lunas pequeñas y débiles, con un tamaño de apenas unos kilómetros, entre las que se encuentra el satélite Valetudo
Así captaron dos fotografías en un intervalo de apenas una o dos horas y consiguieron detectar de forma directa una serie de cuerpos celestes que se movían a la velocidad conocida de Júpiter. La razón por la que estos satélites no se hubieran observado antes, comenta, se debe a que se trata de objetos "más pequeños y débiles" que las anteriores investigaciones no habían podido captar. Todos los cuerpos celestes se encuentran en las órbitas exteriores del gigante gaseoso.
El uso de una potente cámara —llamada Dark Energy Camera e instalada en el telescopio chileno de Víctor Blanco— ha permitido retratar estas nuevas lunas de Júpiter. Tras el hallazgo inicial en 2017, otro investigador del Centro de Planetas Menores de la Unión Astronómica Internacional (IAU, en inglés) calculó sus órbitas para confirmar el hallazgo.
Los satélites descubiertos cuentan con un tamaño de apenas unos kilómetros y, según los astrónomos, es posible que haya más de cien lunas girando alrededor de este planeta gaseoso con unas dimensiones iguales o superiores a un kilómetro. La enorme fuerza de atracción gravitatoria de Júpiter explica que este mundo sea capaz de capturar tantos objetos que se sitúan en sus proximidades, comenta Sheppard a Hipertextual. Su equipo, que ha descubierto entre otros a un verdadero satélite kamikaze, pretende observar otros planetas de nuestro entorno con el fin de detectar lunas que no habían podido ser observadas hasta la fecha, gracias a las posibilidades que ofrece el Observatorio Interamericano del Cerro Tololo, ubicado en Chile.
Valetudo, una luna 'kamikaze' en Júpiter
"Valetudo es como conducir por la carretera en el lado equivocado", explica Sheppard. El satélite se desplaza siguiendo un movimiento prógrado, es decir, en sentido contrario al resto de lunas de Júpiter, que orbitan a su alrededor con un movimiento retrógrado. Por esta razón, según apunta el investigador, "las colisiones frontales son probables". De hecho, los científicos creen que esta luna pudo chocar con alguna de los satélites retrógrados en el pasado, lo que hizo que se transformase en "el último remanente de una luna [anterior] mucho más grande". Pese a su movimiento en sentido contrario alrededor de Júpiter, es improbable que veamos una colisión de la luna Valetudo
"Las colisiones ocurren, pero en una escala humana de tiempo no suceden, sí en una escala de tiempo como la del sistema solar. Valetudo, quien va en sentido contrario al de los objetos retrógrados, es posible que choque con uno de ellos cada mil millones de años aproximadamente", comenta Sheppard.
Un período de tiempo que es significativamente menor a la edad que presenta el propio sistema solar, que nació hace 4.500 millones de años. Aunque es improbable que veamos un posible accidente de Valetudo en el espacio, lo cierto es que las colisiones de este tipo de satélites kamikaze normalmente "crean más lunas debido a los grandes fragmentos que se desprenden del cuerpo original, que dan lugar a nuevos objetos celestes", concluye el astrónomo.
hipertextual
Los datos recogidos por la sonda espacial Juno de la NASA, usando su
instrumento JIRAM (Jovian InfraRed Auroral Mapper) apuntan a la
existencia de una fuente de calor, nunca antes detectada, cerca del polo
sur de Ío. Podría tratarse de un volcán previamente desconocido en ese
satélite natural del planeta más grande del sistema solar. Los datos en
la banda infrarroja del espectro electromagnético fueron recogidos el 16
de diciembre de 2017, cuando la Juno se hallaba a 470.000 kilómetros de
distancia del satélite.
Ubicación de la nueva fuente de calor en
Ío. La escala a la derecha de la imagen infrarroja ilustra la amplitud
de temperaturas mostradas en ella. Las temperaturas registradas más
altas están caracterizadas por colores más brillantes, mientras que las
más bajas tienen colores más oscuros. (Imagen:
NASA/JPL-Caltech/SwRI/ASI/INAF/JIRAM)
El nuevo punto caliente de Ío que detectó el JIRAM se encuentra a
unos 300 kilómetros del punto caliente más próximo cartografiado
previamente.
Alessandro Mura, del Instituto Nacional de Astrofísica de Roma en
Italia, , y miembro del equipo científico de la misión Juno, no descarta
un movimiento o modificación de un punto caliente previamente hallado,
pero es difícil imaginar que uno de ellos pueda viajar a tal distancia y
ser considerado aún el mismo rasgo.
El equipo de la Juno continuará evaluando los datos recogidos por el
sobrevuelo del 16 de diciembre, así como datos del JIRAM que serán
recolectados durante futuros sobrevuelos de Ío, algunos de ellos
probablemente a una distancia menor de la superficie.
Las misiones de exploración anteriores de la NASA que han visitado el
sistema joviano (Voyager 1 y 2, Galileo, Cassini y New Horizons), junto
con observaciones realizadas desde la Tierra, han localizado más de 150
volcanes activos en Ío hasta la fecha. Los científicos estiman que
aproximadamente otros 250 podrían estar esperando ser descubiertos.
Juno ha acumulado casi 235 millones de kilómetros recorridos desde
que entró en la órbita de Júpiter, el 4 de julio de 2016. Fue lanzado al
espacio el 5 de agosto de 2011, desde Cabo Cañaveral, Florida (EE.UU.).
Durante la fase actual de su misión de exploración, la Juno vuela
sobre la parte superior de las nubes del planeta, acercándose a ellas
hasta una distancia de tan solo 3.400 kilómetros. Durante estos
sobrevuelos, Juno intenta escrutar lo que hay bajo la opaca cubierta de
nubes de Júpiter, y estudia sus auroras para obtener información que
contribuya a un mejor conocimiento de los orígenes del planeta, así como
sobre su estructura, atmósfera y magnetosfera.
NCYT
Un nuevo estudio que reconstruye la historia de la relación de nuestro planeta con su satélite natural
¿Cree que no hay suficientes horas en el día para hacer todo lo que tiene que hacer? Pues no se preocupe, porque los científicos tienen una buena noticia que darle: los días en nuestro planeta son cada vez más largos. El motivo es que la Luna se aleja de nosotros a una velocidad de 3.82 centímetros por año.
Un nuevo estudio que reconstruye la historia profunda de la relación de nuestro planeta con la Luna muestra que hace 1.400 millones de años, un día terrestre duraba poco más de 18 horas. La causa se encuentra en que nuestro satélite natural estaba más cerca y cambiaba la forma en que la Tierra giraba alrededor de su eje.
«A medida que la Luna se aleja, la Tierra es como una patinadora giratoria que reduce la velocidad al estirar los brazos», explica Stephen Meyers, profesor de geociencia en la Universidad de Wisconsin-Madison y coautor del estudio publicado esta semana en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS).
El movimiento de la Tierra en el espacio está influenciado por otros cuerpos astronómicos que ejercen fuerza sobre él, como otros planetas y la Luna. Esto ayuda a determinar las variaciones en la rotación de la Tierra sobre su eje, y en la órbita que traza alrededor del Sol.
Estas variaciones se conocen colectivamente como ciclos de Milankovitch y determinan dónde se distribuye la luz solar en la Tierra, lo que también significa que determinan los ritmos climáticos de nuestro mundo. Científicos como Meyers han observado este ritmo climático en el registro de las rocas, que abarca cientos de millones de años.
Pero retroceder aún más, en la escala de miles de millones de años, ha resultado un desafío porque los medios geológicos típicos, como la datación por radioisótopos, no proporcionan la precisión necesaria para identificar los ciclos. También es complicado por la falta de conocimiento de la historia de la Luna, y por lo que se conoce como el caos del sistema solar, una teoría planteada por el astrónomo parisino Jacques Laskar en 1989.
El sistema solar tiene muchas partes móviles, incluidos los otros planetas que orbitan alrededor del Sol. Pequeñas variaciones iniciales en estas partes móviles pueden implicar grandes cambios millones de años después. Este es el caos del sistema solar, y tratar de explicarlo puede ser como intentar rastrear el efecto mariposa al revés, según los autores del estudio.
La astronomía de las rocas
El año pasado, Meyers y sus colegas descifraron el código del sistema solar caótico en un estudio de los sedimentos de una formación rocosa de 90 millones de años que capturó los ciclos climáticos de la Tierra. Sin embargo, cuanto más atrás en el registro de las rocas, menos fiables son sus conclusiones.
Por ejemplo, la Luna se está alejando de la Tierra a una velocidad de 3,82 centímetros por año. Utilizando la velocidad actual, los científicos calcularon que «más allá de 1.500 millones de años atrás, la Luna habría estado lo suficientemente cerca como para que sus interacciones gravitacionales con la Tierra la hubieran desgarrado», explica Meyers. Sin embargo, sabemos que la Luna tiene 4.500 millones de años.
Entonces, Meyers buscó una manera de explicar mejor lo que nuestros vecinos planetarios estaban haciendo hace miles de millones de años para comprender el efecto que tenían en la Tierra y sus ciclos de Milankovitch. Junto con Alberto Malinverno, Catedrático de Investigación de Lamont en Columbia, el investigador utilizó un método científico con el que observaron dos capas estratigráficas de roca: la Formación Xiamaling de 1.400 millones de años en el norte de China y un registro de 55 millones de años de Walvis Ridge, en el Atlántico sur.
Con este enfoque, pudieron determinar la duración del día y la distancia entre la Tierra y la Luna. «En el futuro, queremos ampliar el trabajo en diferentes intervalos de tiempo geológico», dice Malinverno.
El estudio complementa otros dos recientes que se basan en el registro de rocas y los ciclos de Milankovitch para comprender mejor la historia y el comportamiento de la Tierra. Un equipo de investigación de Lamont-Doherty usó una formación rocosa en Arizona para confirmar la notable regularidad de las fluctuaciones orbitales de la Tierra desde casi circulares a más elípticas en un ciclo de 405.000 años. Y otro equipo en Nueva Zelanda, en colaboración con Meyers, analizó cómo los cambios en la órbita terrestre y la rotación en su eje han afectado los ciclos de evolución y extinción de organismos marinos llamados graptolitoideos, que se remontan a 450 millones de años.
«El registro geológico es un observatorio astronómico para el sistema solar primitivo», dice Meyers. «Estamos mirando su ritmo pulsante, preservado en la roca y la historia de la vida».
ABC
- La misión Galileo detectó in situ los géiseres de agua que salen disparados de Europa.
- La luna de Júpiter, que será explorada en el futuro por la NASA y la ESA, es uno de los lugares más prometedores para la búsqueda de vida extraterrestre en el sistema solar.
Hace algo más de veinte años, una sonda de la NASA exploró una luna de Júpiter llamada Europa a unos 400 kilómetros de altura. Aquellos viajes de la misión Galileo alrededor del satélite permitieron obtener las primeras evidencias de que existía un océano de agua líquida bajo la corteza helada de su superficie. Los datos obtenidos en uno de los sobrevuelos, realizado el 21 de diciembre de 1997, mostraban además unos hallazgos inesperados, que han pasado desapercibidos hasta ahora. La misión Galileo detectó in situ las plumas de agua que salen disparadas de la luna Europa, luego observadas por el telescopio Hubble
Tras el fin de la misión Galileo en septiembre de 2003, cuando se estrelló contra Júpiter, los investigadores continuaron estudiando Europa. Esta luna, descubierta por Galileo Galilei en 1610, es uno de los lugares más destacados en la búsqueda de de vida extraterrestre en el sistema solar. El interés aumentó exponencialmente cuando el telescopio Hubble detectó fumarolas de agua emanando de la superficie del satélite, un resultado confirmado posteriormente por la NASA.
Por aquel entonces no lo sabíamos, pero los géiseres de agua —que salen disparados de Europa hasta alcanzar los 200 kilómetros de altitud— ya habían sido observados mucho tiempo atrás. Fue precisamente la sonda Galileo la que había detectado los chorros que emanaban de la luna de Júpiter, sin que los científicos pudieran interpretar correctamente sus resultados. Los datos, obtenidos hace dos décadas, han sido analizados de nuevo por un equipo de investigadores de Estados Unidos. Sus conclusiones publicadas hoy en Nature son claras: Galileo detectó plumas de agua en directo, unas fumarolas que luego fueron observadas en la distancia por el telescopio Hubble entre 2012 y 2016.
Europa, la luna de Júpiter con un océano de agua
"Los procesos de tipo pluma en Europa ya se habían detectado previamente, pero, por primera vez, se confirman mediante evidencias in situ a partir del campo magnético y del plasma", explica a Hipertextual Jesús Martínez Frías, jefe del Grupo de Investigación de Meteoritos y Geociencias Planetarias en el Instituto de Geociencias (IGEO) del CSIC y la Universidad Complutense de Madrid. En su opinión, el trabajo resulta "muy interesante" al proporcionar "información novedosa sobre los procesos geológicos del interior de Europa y sus distintas posibilidades de detección y análisis". El satélite de Júpiter alberga un océano de agua líquida bajo la corteza helada de su superficie, lugar de origen de los géiseres
"Estos resultados confirman cómo objetos planetarios de pequeño tamaño pueden tener energía para desarrollar una vitalidad geológica, gracias no a sus características endógenas, sino a la interacción de otros mayores, como es el caso de Júpiter", comenta Martínez Frías, que no ha participado en la investigación. El director de la Red Española de Planetología y Astrobiología (REDESPA) destaca la importancia de Júpiter, el mayor planeta del sistema solar, en la aparición de los géiseres de Europa y en la localización y forma de los chorros de agua. Según el estudio publicado en Nature, el plasma de la corona de este mundo interacciona con el satélite, provocando variaciones en el campo magnético y en el plasma de la propia luna, afectando a los procesos geológicos que suceden en su interior.
Más importante es, si cabe, el prometedor futuro de Europa como candidato para la búsqueda de vida extraterrestre. Según Martínez Frías, "la relación entre vitalidad geológica y búsqueda de vida en cuanto a sus condiciones de habitabilidad no tienen por qué restringirse a planetas de tipo terrestre". Este tipo de mundos tendrían el suficiente tamaño para generar su propia energía; sin embargo, los resultados presentados hoy muestran que dicha energía "puede venir 'cedida' de otros cuerpos planetarios, lo cual es importante desde el punto de vista astrobiológico", asegura a Hipertextual. Europa es uno de los lugares más prometedores para la búsqueda de vida extraterrestre
Horas antes de la publicación del trabajo, la NASA convocó una reunión para discutir los resultados sobre la luna de Júpiter. Su objetivo es valorar la situación de Europa como uno de los lugares más prometedores para la exploración espacial de todo el sistema solar. Su homóloga al otro lado del Atlántico, la Agencia Espacial Europea, tiene previsto lanzar la misión JUICE (JUpiter ICy moons Explorer) para explorar la región a partir de 2030, cuando podría saborear el océano del satélite sobrevolando su atmósfera e intentando recoger más información acerca de estas llamativas fumarolas. Unos objetivos similares a los de la misión Clipper de la NASA, cuyos datos nos permitirían entender si la luna helada presenta condiciones adecuadas para el desarrollo de la vida fuera del planeta Tierra.
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La Unión Astronómica
Internacional ha aprobado los nombres de una docena de cráteres, valles y
montes de Caronte, la luna más grande de Plutón. Los términos fueron
propuestos por el equipo de la misión New Horizons de la NASA e incluyen
algunos tan conocidos como el del cineasta Stanley Kubrick, el escritor
Arthur C. Clarke, el capitán Nemo o el personaje de Dorothy Gale de El mago de Oz, además de barcos fantasma y mitológicos.
Caronte es el satélite más grande de Plutón. Con un diámetro de unos 1.215 km y un tamaño similar al de Francia, es uno de los objetos más grandes del cinturón de Kuiper, la región de cuerpos helados y rocosos que se mueven más allá de Neptuno. El nombre de Caronte hace referencia al barquero que guiaba las sombras errantes de los difuntos de un lado a otro del río Aqueronte, según la mitología griega.
Esta luna tiene gran cantidad de cráteres, montes y valles largos y profundos conocidos como ‘chasmas’. Ahora una docena de estas estructuras geológicas han recibido su nombre oficial por parte de la Unión Astronómica Internacional (IAU), la autoridad reconocida para nombrar a los cuerpos celestes y los elementos de su superficie.
Los nombres los había propuesto el equipo de la misión y nave New Horizons de la NASA, que llevó a cabo el primer reconocimiento de Plutón y sus satélites en 2015. Ese mismo año ya recopilaron ideas a través de una campaña on line abierta al público denominada Our Pluto, en la que participaron voluntarios de todo el mundo.
Como una forma de honrar la épica exploración de Plutón y sus lunas que realizó la sonda New Horizons, muchos de los nombres característicos del sistema de este planeta enano rinden homenaje al espíritu de la exploración humana, recordando a viajeros, científicos, viajes pioneros y destinos misteriosos.
Literatura y mitología de viajes exploratorios
En el caso de Caronte, se han elegido términos centrados en la literatura y la mitología de los viajes exploratorios. Así se ha denominado Argo Chasma a una depresión que debe su nombre al barco con el que navegaron Jason y los Argonautas en busca del vellocino de oro, según se describe en la obra Las Argonáuticas.
El monte Butler Mons honra a la estadounidense Octavia E. Butler, la primera escritora de ciencia ficción que ganó una beca MacArthur. Su trilogía de Xenogenesis (Amanecer, Ritos de madurez e Imago) describe la salida de la humanidad de la Tierra y su posterior regreso.
Por su parte, Caleuche Chasma recibe su nombre del barco fantasma mitológico que viaja por los mares que rodean la pequeña isla de Chiloé, frente a la costa de Chile. Según la leyenda, el Caleuche o Barco de los Brujos recorre el litoral recogiendo a los muertos, que viajarán para siempre a bordo de la nave.
La barca Mandjet de la mitología egipcia que transportaba cada día al dios del sol Ra, uno de los primeros ejemplos mitológicos de una nave espacial, también da nombre al valle Mandjet Chasma.
Inspirado en el mundo marino, Nemo Crater lleva el nombre del capitán del Nautilus, el submarino de las novelas de Julio Verne protagonista de 20.000 leguas de viaje submarino (1870) y La isla misteriosa (1874). Y otro cráter, el Sadko Crater, reconoce al aventurero que viajó al fondo del mar en la epopeya rusa medieval Bylina.
2001: Odisea en el espacio protagoniza otras dos estructuras geológicas de Caronte. Una es el monte Kubrick Mons, para recordar al cineasta Stanley Kubrick que dirigió esa película, donde cuenta la historia de la evolución de la humanidad desde los homínidos que usaban herramientas hasta los exploradores del espacio y más allá.
El autor de la obra, Arthur C. Clarke, también aparece representado en los Clarke Montes. El prolífico escritor de ciencia ficción y de novelas futuristas es conocido por presentar imaginativas representaciones de la exploración espacial.
Por su parte, el Dorothy Crater reconoce a la protagonista de la serie de novelas para niños que escribió el estadounidense Lyman Frank Baum, que sigue los viajes y aventuras de Dorothy Gale por el mágico mundo de Oz.
Nasreddin, un personaje mítico de la tradición popular sufí, una especie de antihéroe del islam protagonista de miles de cuentos populares humorísticos contados en Oriente Medio, otras partes de Asia y sur de Europa, da nombre al Nasreddin Crater.
Un caso similar es el del Pirx Crater, que ha sido bautizado así por el personaje principal de una serie de cuentos del escritor polaco Stanislaw Lem, que viaja entre la Tierra, la Luna y Marte.
Finalmente, el Revati Crater hace referencia al personaje principal de la narrativa épica hindú Mahabharata, una obra escrita alrededor del 400 a.C y considerada como la primero en la historia que incluye el concepto de viaje en el tiempo.
IAU
Caronte es el satélite más grande de Plutón. Con un diámetro de unos 1.215 km y un tamaño similar al de Francia, es uno de los objetos más grandes del cinturón de Kuiper, la región de cuerpos helados y rocosos que se mueven más allá de Neptuno. El nombre de Caronte hace referencia al barquero que guiaba las sombras errantes de los difuntos de un lado a otro del río Aqueronte, según la mitología griega.
Los nombres los ha propuesto el equipo de la misión New Horizons con la ayuda de una campaña abierta al público denominada 'Our Pluto'
Esta luna tiene gran cantidad de cráteres, montes y valles largos y profundos conocidos como ‘chasmas’. Ahora una docena de estas estructuras geológicas han recibido su nombre oficial por parte de la Unión Astronómica Internacional (IAU), la autoridad reconocida para nombrar a los cuerpos celestes y los elementos de su superficie.
Los nombres los había propuesto el equipo de la misión y nave New Horizons de la NASA, que llevó a cabo el primer reconocimiento de Plutón y sus satélites en 2015. Ese mismo año ya recopilaron ideas a través de una campaña on line abierta al público denominada Our Pluto, en la que participaron voluntarios de todo el mundo.
"Me complace que las características de Caronte se hayan elegido con un espíritu internacional", ha destacado Rita Schulz, presidenta del Grupo de Trabajo de la IAU para la Nomenclatura del Sistema Planetario.
Como una forma de honrar la épica exploración de Plutón y sus lunas que realizó la sonda New Horizons, muchos de los nombres característicos del sistema de este planeta enano rinden homenaje al espíritu de la exploración humana, recordando a viajeros, científicos, viajes pioneros y destinos misteriosos.
Literatura y mitología de viajes exploratorios
En el caso de Caronte, se han elegido términos centrados en la literatura y la mitología de los viajes exploratorios. Así se ha denominado Argo Chasma a una depresión que debe su nombre al barco con el que navegaron Jason y los Argonautas en busca del vellocino de oro, según se describe en la obra Las Argonáuticas.
El monte Butler Mons honra a la estadounidense Octavia E. Butler, la primera escritora de ciencia ficción que ganó una beca MacArthur. Su trilogía de Xenogenesis (Amanecer, Ritos de madurez e Imago) describe la salida de la humanidad de la Tierra y su posterior regreso.
Caleuche Chasma recibe su nombre del barco fantasma mitológico que viaja por los mares que rodean la pequeña isla chilena de Chiloé
Por su parte, Caleuche Chasma recibe su nombre del barco fantasma mitológico que viaja por los mares que rodean la pequeña isla de Chiloé, frente a la costa de Chile. Según la leyenda, el Caleuche o Barco de los Brujos recorre el litoral recogiendo a los muertos, que viajarán para siempre a bordo de la nave.
La barca Mandjet de la mitología egipcia que transportaba cada día al dios del sol Ra, uno de los primeros ejemplos mitológicos de una nave espacial, también da nombre al valle Mandjet Chasma.
Inspirado en el mundo marino, Nemo Crater lleva el nombre del capitán del Nautilus, el submarino de las novelas de Julio Verne protagonista de 20.000 leguas de viaje submarino (1870) y La isla misteriosa (1874). Y otro cráter, el Sadko Crater, reconoce al aventurero que viajó al fondo del mar en la epopeya rusa medieval Bylina.
2001: Odisea en el espacio protagoniza otras dos estructuras geológicas de Caronte. Una es el monte Kubrick Mons, para recordar al cineasta Stanley Kubrick que dirigió esa película, donde cuenta la historia de la evolución de la humanidad desde los homínidos que usaban herramientas hasta los exploradores del espacio y más allá.
El autor de la obra, Arthur C. Clarke, también aparece representado en los Clarke Montes. El prolífico escritor de ciencia ficción y de novelas futuristas es conocido por presentar imaginativas representaciones de la exploración espacial.
Dos de los montes Caronte se llamarán Kubrick y Clarke, en honor del director y autor de '2001: Odisea en el espacio'
Por su parte, el Dorothy Crater reconoce a la protagonista de la serie de novelas para niños que escribió el estadounidense Lyman Frank Baum, que sigue los viajes y aventuras de Dorothy Gale por el mágico mundo de Oz.
Nasreddin, un personaje mítico de la tradición popular sufí, una especie de antihéroe del islam protagonista de miles de cuentos populares humorísticos contados en Oriente Medio, otras partes de Asia y sur de Europa, da nombre al Nasreddin Crater.
Un caso similar es el del Pirx Crater, que ha sido bautizado así por el personaje principal de una serie de cuentos del escritor polaco Stanislaw Lem, que viaja entre la Tierra, la Luna y Marte.
Finalmente, el Revati Crater hace referencia al personaje principal de la narrativa épica hindú Mahabharata, una obra escrita alrededor del 400 a.C y considerada como la primero en la historia que incluye el concepto de viaje en el tiempo.
IAU
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