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Asteroides
Cometas
Label: Articulos Astronautica
El cosmonauta ruso sobrevivió a uno de los accidentes más graves ocurridos en el espacio durante su primer vuelo en 1997
El cosmonauta ruso Alexander Lazutkin (Moscú, 1957) se enfrentaba a su primer vuelo espacial en febrero de 1997 cuando se le ocurrió preguntar a sus colegas más veteranos a cuántas situaciones de emergencia podría enfrentarse en la ya desaparecida estación espacial Mir, donde estaría en órbita durante seis meses. Por estadística, le dijeron cuatro o cinco, seis como máximo. Pero durante los tres primeros días, Lazutkin y sus dos compañeros, el ruso Vasili Tsibliev y el estadounidense Michael Foale, ya sufrieron tres. En la primera semana se produjo un incendio. «Ese era muy grave, valía por dos, así que pensé que el resto del vuelo sería muy tranquilo», explica el que entonces era ingeniero a bordo. Nada de eso. Se les rompió un sistema de producción de oxígeno y el de extracción de gas, falló la electricidad varias veces e incluso el cuarto de baño les dio problemas. Y después llegó el choque. En junio, una nave de carga Progress M-34 se empotró contra un módulo de la plataforma orbital y provocó su despresurización. La tripulación logró salir viva del peor accidente ocurrido a casi 400 km sobre la Tierra, una historia increíble que Lazutkin ha contado en una conferencia en el Planetario de Madrid organizada por la Obra Social «la Caixa» y el Centro Ruso de Ciencia y Cultura.
-Su vida corrió grave peligro en la Mir. ¿Cómo se vive algo así cuando se sabe rodeado de la nada más absoluta?
-Cuando ocurrió el incendio, lo primero que pensé fue: aquí no viene ningún bombero. Por supuesto, me asusté. Pero cuando superamos el primer fuego, surgió en mí la convicción de que podríamos superar cualquier cosa. Y llegué a la conclusión de que todo depende de la tripulación. Al principio esperábamos las instrucciones desde el puesto de mando de la Tierra, pero después estábamos mucho más convencidos de nuestras propias fuerzas y recursos.
-Menos mal, porque luego ocurrió lo peor.
-El choque con la nave Progress. En la pantalla salió la señal de que empezaba la despresurización. ¡El aire empezaba a irse! Incluso lo notamos en los oídos, como cuando despega un avión. Fue un cambio brusco de presión. En ese momento, lo primero que hicimos fue determinar en qué sitio se produjo el choque. Ya oíamos por donde se escapaba el aire y detectamos la fisura en uno de los módulos de la estación. (El módulo científico Spektor, amarrado de manera permanente).
-Intentó cortar unos cables con un cuchillo para llegar al agujero.
-Es cierto. Al borde del abismo, no tenía tiempo de ver dónde estaban las conexiones, así que cogí una navaja suiza y empecé a cortar. Pero el lugar estaba repleto de tendidos eléctricos y maquinaria, no se podía llegar a la pared. Entonces tomamos la decisión de aislar el módulo. En ese momento, el aire empezó a circular por la estación. En el módulo, se fue por completo.
-¿Por qué se produjo el choque?
-Era un experimento. Las naves de carga vuelan sin tripulación y son dirigidas por un ordenador que las lleva a la estación espacial y las acopla. Pensamos que si ese ordenador se rompía, los suministros, tan valiosos, podían perderse, así que intentamos dirigir la nave desde la estación. Esto ya se había hecho antes en dos ocasiones: una vez desde 20 metros y otra desde 120 metros. Pero nosotros empezamos desde 5 km. Pronto nos dimos cuenta de que no teníamos información fiable de la velocidad ni de la distancia de la nave. Esta fue una de las causas por las que chocó.
-Debió de sentir un miedo atroz.
-Éramos conscientes de la emergencia, pero estábamos tranquilos porque podíamos actuar, seguir un protocolo. Eso sí, tras tomar todas las medidas, cuando nos sentamos y asimilamos lo que había ocurrido, nos dimos cuenta de que si la nave hubiera chocado no en ese sitio sino un poco más abajo, el módulo se habría desprendido y habríamos muerto de forma irremediable. Entonces sí que sentimos pánico. Pero pensamos: estamos vivos, la estación funciona, hemos perdido solo un módulo, para qué sufrir.
-¿No le temblaba todo el cuerpo de arriba a abajo?
-Sí (risas). Es un escape emocional. Después del choque, sujeté con las dos manos la escotilla, y estuve así durante un tiempo, sujetando muy fuerte, mientras el comandante iba diciendo la presión una y otra vez. Solo la solté cuando la presión se había restablecido. Entonces me di cuenta de que me temblaba una uña, el dedo, la mano... y ese temblor me fue recorriendo todo el cuerpo.
-Es algo terrorífico, pero por su reacción fue condecorado como un héroe.
-Sí, y no estamos preparados para algo así. Cuando ocurren cosas tan graves, lo que se pone en marcha es un mecanismo de supervivencia. Toda la energía se dirige a intentar salvar la vida, no te da tiempo a pensar en nada más.
-¿Esa experiencia le ha cambiado personalmente?
-No lo sé, pero sí cambió mi percepción de la realidad. Cuando era un niño jugaba alrededor de mi casa y ese era mi mundo. En una ocasión mis padres me autorizaron a subir a la azotea y descubrí que el mundo iba mucho más allá. En el espacio ocurre igual, es una azotea superior, y te das cuenta de que existe más de lo que crees. Nuestro planeta es solo una mota de polvo. Por eso, los problemas que yo tengo en la Tierra me parecen también muy pequeñitos. Después de ese vuelo estoy mucho más sereno.
-Fueron unos accidentes terribles para la MIR. ¿Podría suceder lo mismo en la Estación Espacial Internacional (ISS)?
-En principio todo es posible, pero ahora somos más sabios. Todo lo aprendido en la MIR ha servido para que se tomen medidas para que no vuelva a ocurrir.
-¿Ahora es menos peligroso volar al espacio?
-No, no. El peligro es el mismo. Un meteorito de 10 cm es suficiente para que atraviese toda la estación espacial sin salvación. Y hay muchísimas toneladas de meteoritos de ese tipo cayendo continuamente sobre la Tierra.
-A pesar de todo, creo que ha dicho alguna vez que lo peor fue adaptarse a la falta de gravedad.
-La ingravidez no es terrible, pero para mí fue muy pesada. Hay un período en el que tienes que acostumbrarte. Para algunas personas ese proceso es menos tormentoso; en mi caso, durante siete u ocho días sentí que tenía ganas de que todo acabase. Ahora tratan de disminuir estos síntomas con medicamentos.
-Aquellos que se enfrenten al primer viaje interplanetario tendrán que asumir retos aún mayores. ¿Cómo deberán prepararse?
-Es muy sencillo, porque la experiencia acumulada por los vuelos de los astronautas es enorme. Hay que asimilar bien lo que ya sabemos y tener en cuenta una cosa: Como la vida, el Cosmos no perdona las menudencias. Quiero decir, aunque tengamos la nave espacial más moderna y mejor equipada, si hacemos mal los cálculos y le restamos media tonelada de agua a la tripulación para ahorrar peso, podemos conducirles a la muerte.
-Donald Trump quiere volver a la Luna. ¿Es un anuncio político o un proyecto necesario?
-Toda la comunidad cosmonáutica estamos esperando con mucho interés que él diga qué objetivo se propone.
-¿Ha cambiado mucho la carrera espacial desde que usted voló al espacio?
-Entonces solo había dos países en la carrera espacial, ahora tenemos muchos. EE.UU., Rusia, Europa, China, India.. pueden hacer naves e investigación espacial. No depende de Putin ni de Trump, es el momento de tomar decisiones colectivas. Y es la comunidad científica internacional quien debe pronunciarse hacia dónde debemos ir. Los científicos saben mejor que los presidentes de qué es capaz la ciencia astronáutica actual. Los dirigentes políticos lo único que pueden y deben hacer es dirigir sus estados, apoyándonos o no.
-Además hay otro factor en juego que son las empresas privadas. ¿Qué opina de la privatización del espacio?
-Es un proceso natural y soy favorable. Estas empresas, como SpaceX, resuelven las tareas técnicas de manera muy brillante, pero son pobres de ideas, no están descubriendo nada nuevo. Cuando surjan diez nuevas entonces puede que se produzca un salto cualitativo en cuanto a la investigación. Están en ello y un día harán algo revolucionario.
-Volviendo al pasado, ¿de verdad les daban coñac a los cosmonautas rusos o es una leyenda?
-Sí, estaba dentro de la dieta en los primeros vuelos. Después dijeron: 'pero no, qué estamos haciendo, los cosmonautas tienen que estar serenos'. Y lo sustituyeron por eleuterococo, un licor de hierbas que crecen en Siberia y ayudan a proteger el sistema inmunológico. Fumar es perjudicial, pero el uso moderado del alcohol protege la salud.
-Su vuelo espacial parece una versión menos fantasiosa de la película «Gravity».
-He visto la película, pero ¡bah! (hace un gesto de rechazo con la mano). Lo nuestro fue más interesante. Para rematar, incluso nos falló un motor en el aterrizaje. Escribí un diario durante el vuelo y este año voy a editarlo. Confío en que algún director de cine se interese y haga una película, ¡pero ateniéndose a lo que yo he escrito! Será de Oscar.
ABC
Tras la fase de frenado paulatino surcando el borde de la atmósfera de Marte, la misión ExoMars de la ESA ha alcanzado su órbita alrededor del Planeta Rojo y ya está lista para comenzar la búsqueda de metano.
El Satélite para el estudio de Gases Traza de ExoMars llegó a Marte en octubre de 2016 con el objetivo de investigar el posible origen biológico o geológico de estos gases en la atmósfera.
No obstante, también funcionará como relé de comunicación entre los robots en la superficie y sus controladores en la Tierra.
Pero para que todo esto fuera posible, la nave primero tuvo que transformar su órbita elíptica inicial de cuatro días, de unos 98.000 x 200 km, en otra circular y mucho más baja, a unos 400 km del planeta.
“Llevamos desde marzo de 2017 efectuando una campaña extremadamente delicada de aerofrenado: con cada revolución, hemos ido sumergiendo la nave en las últimas briznas de la atmósfera, decelerándola y rebajando su órbita”, apunta el director de vuelos de la ESA, Michel Denis.
“Así, aprovechamos el leve arrastre de los vientos solares para transformar poco a poco la órbita. Ha sido todo un reto para los equipos de la misión, que han contado con el apoyo de la industria europea, pero han hecho un trabajo excelente y hemos conseguido alcanzar nuestro objetivo inicial”.
“Durante algunas de las órbitas hemos estado increíblemente cerca de Marte, a tan solo 103 km”.
La empresa finalizó a las 17:20 GMT del 20 de febrero, con el encendido de los propulsores durante unos 16 minutos para elevar el acercamiento máximo a la superficie a unos 200 km, fuera de la atmósfera. Con esta maniobra acabó efectivamente la campaña de aerofrenado, al situar la nave en una órbita de unos 1.050 x 200 km.
Aerofrenado de Venus Express en 2014
“Ya teníamos experiencia en aerofrenado al probar esta técnica en 2014, durante el final de Venus Express, a pesar de que esa misión no estaba diseñada para ello”, señala Peter Schmitz, responsable de operaciones de la nave.
“No obstante, esta es la primera vez que la ESA emplea esta técnica para alcanzar una órbita rutinaria alrededor de otro planeta, y ExoMars se ha diseñado específicamente con ello en mente”.
El aerofrenado alrededor de un planeta distinto al nuestro y que se encuentra a una media de 225 millones de kilómetros de distancia es una empresa arriesgada. La tenue atmósfera superior ofrece una deceleración bastante limitada, de 17 mm/s por segundo como máximo. ¿Cuánto sería eso?
Imaginemos que para conseguir detener un coche en un cruce, partiendo de una velocidad inicial de 50 km/h, necesitaríamos 6 km de distancia.
“El aerofrenado funciona únicamente porque pasamos un tiempo significativo en la atmósfera durante cada órbita y luego lo repetimos 950 veces”, reconoce Michel.
“A lo largo de un año, hemos reducido la velocidad de la nave 3.600 km/h, que es muchísimo, haciendo descender su órbita en la medida necesaria”.
El mes que viene, el equipo de control someterá la nave a una serie de hasta diez maniobras de corte orbital, una cada pocos días, encendiendo sus propulsores para ajustar la órbita a su forma circular final de dos horas a unos 400 km de altitud, algo que debería lograrse a mediados de abril.
Toma de imágenes estéreo
Las fases iniciales de recopilación científica de datos, a mediados de marzo, servirán para comprobar los instrumentos y llevar a cabo observaciones preliminares de calibración y validación. Las observaciones científicas rutinarias deberían comenzar hacia el 21 de abril.
“A continuación, reorientaremos la nave para que su cámara siga apuntando hacia abajo y los espectrómetros hacia el Sol, para poder observar la atmósfera marciana. Y, entonces, por fin podremos comenzar la esperada fase científica de la misión”, explica Håkan Svedhem, científico del proyecto de la ESA.
El principal objetivo es realizar un inventario detallado de los gases traza, en busca especialmente de metano y otros gases que pudieran indicar actividad biológica o geológica.
Un conjunto de cuatro instrumentos científicos llevará a cabo mediciones complementarias de la atmósfera, la superficie y el subsuelo. Su cámara ayudará a caracterizar las formaciones en la superficie que pudieran estar relacionadas con fuentes de gases traza, como los volcanes.
También se buscará hielo de agua oculto bajo la superficie que, junto a las potenciales fuentes de gases traza, podría ayudar a definir los lugares de aterrizaje de futuras misiones.
En abril también se comprobará la capacidad de retransmisión de datos de la nave, un aspecto crucial de la misión en Marte.
Una carga útil de relé de radio, suministrada por la NASA, captará señales de datos de los róveres estadounidenses en superficie y los retransmitirá a las estaciones terrestres. Las operaciones rutinarias de retransmisión de datos comenzarán a finales de verano.
A partir de 2021, una vez que el róver ExoMars de la ESA llegue a Marte, el orbitador ofrecerá servicios de relé de datos para ambas agencias y para una plataforma científica de superficie rusa.
ExoMars es una misión conjunta de la ESA y Roscosmos.
esa
Hace algo más de 60 años desde que la exploración espacial dio comienzo. El Explorer 1 fue el primer satélite con proyección científica y a él le debemos el descubrimiento de los cinturones de Van Allen.
Era una fría tarde de enero, en 1958, cuando Estados Unidos marcó su historia espacial a fuego en la memoria humana. El Explorer 1 salía desde Cabo Cañaveral, en Florida, hacia las estrellas. A este satélite le debemos algo tan importante como el descubrimiento de los cinturones de Van Allen. Pero también supuso un hito en la carrera espacial y en la Guerra Fría. Hoy se cumplen sesenta años desde este momento.
Un satélite para demostrar algo
Seis décadas de descubrimientos espaciales, nada menos, es lo que lleva a sus espaldas Estados Unidos. Aunque el primer satélite artificial de la historia de la humanidad fue el Sputnik 1, el Explorer no tiene nada que envidiarle. Pero, para entender lo importante de su lanzamiento, hay que comprender el contexto histórico.
En 1958, las tensiones de posguerra entre los bloques occidental y oriental, entre los que destacaban claramente Estados Unidos y la Unión Soviética, estaban en pleno apogeo. Este conflicto alcanzó todos los aspectos posibles, ya que consistió en un enfrentamiento político, económico, social, militar, informativo, científico y deportivo.
Pero nunca se disparó una sola bala. En vez de eso, los países protagonistas corrían para tratar de ser los mejores y demostrar su poder. El lanzamiento del Sputnik 1, en 1957, fue justo eso: la prueba de que la URSS había ganado la carrera por el espacio. Pero esta estaba lejos de terminarse tan rápidamente. Así, Estados Unidos no tardó de hacer su puesta en escena.
El arma escogida fue un satélite de apenas trece kilos, con forma de bala y poco más de dos metros. Pero no lo minusvaloremos. Este pequeño artefacto permaneció en órbita algo más de tres meses, hasta que se agotaron sus baterías. Y fue tiempo más que suficiente para descubrir los cinturones de radiación de Van Allen.
Un error exitoso
Cuando se lanzó, además de una demostración de poder, el satélite tenía un claro objetivo: detectar la radiación del espacio. Así se topó con los cinturones de radiación de Van Allen, zonas de la magnetosfera terrestre donde se concentran las partículas cargadas.
Estos cinturones son áreas en forma de toroide, en las que los protones y los electrones se mueven en espiral entre los polos magnéticos del planeta. De esta forma, estos cinturones protegen a nuestro planeta de la radiación proveniente del espacio. Estos se llaman así en honor a James Van Allen, quien diseñó la instrumentación del Explorer 1 y describió los susodichos cinturones.

Pero lo más curioso es que el descubrimiento fue casi fortuito. En 1958, muchos pensaba que el espacio alrededor de la Tierra estaba totalmente vacío. En el lanzamiento, el Explorer 1 midió, de pronto, una gran cantidad de radiación. Súbitamente, esta descendía a cero para volver a subir y volver a ser cero.
La cuestión es que estas mediciones estaban ¡fuera de la escala! La sonda no había seguido la órbita esperada debido a condiciones atmosféricas adversas. El "error" permitió que se detectara esta configuración inusual, que el físico había previsto (aunque nunca imaginado de esa manera). Así que el error, finalmente, fue para bien.
Nada como los satélites de antes
El Explorer 1 marcó muchos hitos. Uno de ellos fue el de la forma. Definitivamente, este no es el mejor ejemplo de satélite. Su esbelta forma no dejaba demasiado espacio para la instrumentación científica y tampoco permitía mucha maniobrabilidad, pero sí que supuso una mejora en peso frente a su contrincante: el Sputnik 1.
La transmisión de los datos a tierra se realizaba mediante dos antenas. Un transmisor de 60 mW alimentaba una antena dipolo formada por dos varas de fibra de vidrio situadas en el cuerpo del satélite.
En su interior, un tubo Geiger-Müller, capaz de detectar la radiación ionizante, era el detector principal, transmitiendo las mediciones a la base. Y con esta forma tan sumamente sencilla y práctica, el satélite cumplió su misión. De hecho, a día de hoy todavía quedan muchas incógnitas en torno a los cinturones.
El Explorer 1 demostró que no hace falta un complicado experimento para realizar un gran descubrimiento científico. Ni tampoco para poner la primera piedra en una elongada carrera espacial. Lo único que hace falta es tener un poco de iniciativa, algo de visión y un satélite sencillo pero fiable. Como los de antes.
Celebrando el sexagésimo aniversario
En conmemoración de este hito de la historia espacial, la NASA está apoyando y organizando eventos en Estados Unidos. Entre ellos se encuentra la oportunidad de visitar el histórico complejo de lanzamiento en Cabo Cañaveral, pero si Florida nos pilla un poco lejos también hay multitud de eventos Online.
El mismo miércoles 31, desde las 5:00 pm (GMT) hasta las 10:00 pm (GMT), la NASA discutirá muchos de los aspectos técnicos y científicos de la misión, con expertos y astrónomos que hablarán sobre los cinturones y sus implicaciones.

La NASA también ha puesto al servicio de Internet una página especial dedicada al aniversario que cuenta con todo tipo de información. Especialmente interesantes son sus fotos, no solo las del Explorer 1, sino las de otras misiones y satélites, o las historias de investigadores y gente relacionada con el satélite de una u otra manera.
El Explorer 1, al fin y al cabo, marcó un antes y un después; al igual que lo hizo el Sputnik, por supuesto. Especialmente porque fue el primer satélite en transmitir información científica, demostrando que podíamos observar y analizar el espacio. Llevamos poco más de sesenta años desde que tocamos el cielo y nuestra historia más allá de la Tierra no ha hecho más que empezar.
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Era una fría tarde de enero, en 1958, cuando Estados Unidos marcó su historia espacial a fuego en la memoria humana. El Explorer 1 salía desde Cabo Cañaveral, en Florida, hacia las estrellas. A este satélite le debemos algo tan importante como el descubrimiento de los cinturones de Van Allen. Pero también supuso un hito en la carrera espacial y en la Guerra Fría. Hoy se cumplen sesenta años desde este momento.
Un satélite para demostrar algo
Seis décadas de descubrimientos espaciales, nada menos, es lo que lleva a sus espaldas Estados Unidos. Aunque el primer satélite artificial de la historia de la humanidad fue el Sputnik 1, el Explorer no tiene nada que envidiarle. Pero, para entender lo importante de su lanzamiento, hay que comprender el contexto histórico.
En 1958, las tensiones de posguerra entre los bloques occidental y oriental, entre los que destacaban claramente Estados Unidos y la Unión Soviética, estaban en pleno apogeo. Este conflicto alcanzó todos los aspectos posibles, ya que consistió en un enfrentamiento político, económico, social, militar, informativo, científico y deportivo.
El equipo del Explorer 1. Fuente. NASA
Pero nunca se disparó una sola bala. En vez de eso, los países protagonistas corrían para tratar de ser los mejores y demostrar su poder. El lanzamiento del Sputnik 1, en 1957, fue justo eso: la prueba de que la URSS había ganado la carrera por el espacio. Pero esta estaba lejos de terminarse tan rápidamente. Así, Estados Unidos no tardó de hacer su puesta en escena.
El arma escogida fue un satélite de apenas trece kilos, con forma de bala y poco más de dos metros. Pero no lo minusvaloremos. Este pequeño artefacto permaneció en órbita algo más de tres meses, hasta que se agotaron sus baterías. Y fue tiempo más que suficiente para descubrir los cinturones de radiación de Van Allen.
Un error exitoso
Cuando se lanzó, además de una demostración de poder, el satélite tenía un claro objetivo: detectar la radiación del espacio. Así se topó con los cinturones de radiación de Van Allen, zonas de la magnetosfera terrestre donde se concentran las partículas cargadas.
Estos cinturones son áreas en forma de toroide, en las que los protones y los electrones se mueven en espiral entre los polos magnéticos del planeta. De esta forma, estos cinturones protegen a nuestro planeta de la radiación proveniente del espacio. Estos se llaman así en honor a James Van Allen, quien diseñó la instrumentación del Explorer 1 y describió los susodichos cinturones.

Pero lo más curioso es que el descubrimiento fue casi fortuito. En 1958, muchos pensaba que el espacio alrededor de la Tierra estaba totalmente vacío. En el lanzamiento, el Explorer 1 midió, de pronto, una gran cantidad de radiación. Súbitamente, esta descendía a cero para volver a subir y volver a ser cero.
La cuestión es que estas mediciones estaban ¡fuera de la escala! La sonda no había seguido la órbita esperada debido a condiciones atmosféricas adversas. El "error" permitió que se detectara esta configuración inusual, que el físico había previsto (aunque nunca imaginado de esa manera). Así que el error, finalmente, fue para bien.
Nada como los satélites de antes
El Explorer 1 marcó muchos hitos. Uno de ellos fue el de la forma. Definitivamente, este no es el mejor ejemplo de satélite. Su esbelta forma no dejaba demasiado espacio para la instrumentación científica y tampoco permitía mucha maniobrabilidad, pero sí que supuso una mejora en peso frente a su contrincante: el Sputnik 1.
La transmisión de los datos a tierra se realizaba mediante dos antenas. Un transmisor de 60 mW alimentaba una antena dipolo formada por dos varas de fibra de vidrio situadas en el cuerpo del satélite.
Lanzamiento del Explorer 1 a bordo del Jupiter C. Fuente: NASA
En su interior, un tubo Geiger-Müller, capaz de detectar la radiación ionizante, era el detector principal, transmitiendo las mediciones a la base. Y con esta forma tan sumamente sencilla y práctica, el satélite cumplió su misión. De hecho, a día de hoy todavía quedan muchas incógnitas en torno a los cinturones.
El Explorer 1 demostró que no hace falta un complicado experimento para realizar un gran descubrimiento científico. Ni tampoco para poner la primera piedra en una elongada carrera espacial. Lo único que hace falta es tener un poco de iniciativa, algo de visión y un satélite sencillo pero fiable. Como los de antes.
Celebrando el sexagésimo aniversario
En conmemoración de este hito de la historia espacial, la NASA está apoyando y organizando eventos en Estados Unidos. Entre ellos se encuentra la oportunidad de visitar el histórico complejo de lanzamiento en Cabo Cañaveral, pero si Florida nos pilla un poco lejos también hay multitud de eventos Online.
El mismo miércoles 31, desde las 5:00 pm (GMT) hasta las 10:00 pm (GMT), la NASA discutirá muchos de los aspectos técnicos y científicos de la misión, con expertos y astrónomos que hablarán sobre los cinturones y sus implicaciones.

La NASA también ha puesto al servicio de Internet una página especial dedicada al aniversario que cuenta con todo tipo de información. Especialmente interesantes son sus fotos, no solo las del Explorer 1, sino las de otras misiones y satélites, o las historias de investigadores y gente relacionada con el satélite de una u otra manera.
El Explorer 1, al fin y al cabo, marcó un antes y un después; al igual que lo hizo el Sputnik, por supuesto. Especialmente porque fue el primer satélite en transmitir información científica, demostrando que podíamos observar y analizar el espacio. Llevamos poco más de sesenta años desde que tocamos el cielo y nuestra historia más allá de la Tierra no ha hecho más que empezar.
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Si elegir los diez discos que llevarse a una isla desierta se antoja
peliagudo, no digamos lo que implica seleccionar una muestra de nuestro
planeta sonoro para oídos alienígenas. Tal fue el desafío que Carl Sagan
y su equipo se fijaron a mediados de los 70. La NASA había aceptado su
propuesta de colocar dicha selección a bordo de las sondas espaciales
Voyager, cuyo despegue estaba previsto para septiembre de 1977.
Como no disponía de traductor universal, Sagan partió “del único lenguaje que compartimos con los destinatarios, la ciencia”, y compuso un mensaje con dibujos de un hombre y una mujer desnudos, esquemas del sistema solar y de la trayectoria de la Pioneer; y un mapa de 14 púlsares con la posición de la Tierra en la Vía Láctea, acompañado de un diagrama de la molécula de hidrógeno con la clave del código binario necesario para descifrarlo.
La misiva dio mucho que hablar. Hubo quien acusó a los autores de mojigatos por suprimir los genitales externos de la mujer; otros les tacharon de etnocéntricos por dibujar individuos caucásicos; y alguno se alarmó de que revelaran nuestras coordenadas a alienígenas hostiles, un temor compartido por Stephen Hawking. También se cuestionó que sus destinatarios posean órganos visuales en la misma frecuencia de onda que los nuestros.
Sagan reconoció que el valor del mensaje no pasaba tanto por lo que pudieran entender sus receptores, sino porque “nos estimula a considerarnos a nosotros mismos desde una perspectiva cósmica”, escribió.
En cualquier caso, corrieron ríos de tinta gracias al escándalo causado por los periódicos que censuraron los pezones de la mujer y los genitales del varón. A la vista de la repercusión, la agencia espacial se mostró encantada de repetir la jugada con las Voyager.
¿Qué poner en la nueva botella que se arrojaría al océano cósmico? Dado que el mensaje anterior había sido visual, esta vez podría incorporar componentes sonoros.
Dicho y hecho. Sagan reclutó a varios compatriotas: el astrónomo Frank Drake, los periodistas científicos Ann Druyan y Timothy Ferris, el musicólogo Alan Lomax, el ilustrador Jon Lomberg y la artista Linda Salzman, casada con Sagan. Quisieron incluir a John Lennon, pero él se limitó a recomendar a su ingeniero de sonido, Jimmy Lovine.
De soporte escogieron un par de discos fonográficos de cobre en los que grabarían en formato analógico sonidos naturales, piezas musicales y saludos en 55 idiomas. Y de remate, sendos votos de paz y amistad del presidente de EE UU James Carter y el secretario general de las Naciones Unidas, Kurt Waldheim, en sintonía con el espíritu de la Federación Unida de Planetas de Star Trek.
Las 115 imágenes elegidas comprenden fotografías y esquemas científicos, de naturaleza y de la especie humana. Esta vez la NASA sustituyó el desnudo frontal de la pareja por siluetas.
En los ‘40 Principales para alienígenas’ figuran Chuck Berry, flautistas de la Melanesia, Mozart, un raga de la India, Louis Armstrong...
En cuanto a los sonidos, se compendiaron erupciones volcánicas, oleajes, cantos de pájaros y ballenas; ruidos artificiales como la sirena de un barco o el despegue de un cohete; y sonidos humanos como risas, llantos y latidos.
Y, por supuesto, música. “Sagan pensó que su codificación encierra una gran belleza que la sitúa entre las mejores creaciones humanas”, explica a Sinc Miguel Hess, investigador del Centro de Astrobiología.
En estos ‘40 Principales para alienígenas’ figuran Johnny B. Goode de Chuck Berry, flautistas de la Melanesia, el aria de la Reina de la Noche de Mozart, un canto iniciático pigmeo, un concierto de Bach, un raga de la India, un blues de Louis Armstrong, un son jarocho mejicano... Here comes the Sun de los Beatles no entró porque la discográfica se opuso; ni ninguna tonada ibérica.
En la superficie de los discos se repitieron el diagrama de la molécula de hidrógeno y el mapa de púlsares de la Pioneer. Bañados en oro y enfundados en aluminio, los soportes construidos para durar mil millones de años fueron introducidos en las sondas y expedidos al infinito.
No hubo escándalos. La música amansa a las fieras.
En los años 70, parecía normal dar por sentado que en los astros abundan civilizaciones avanzadas capaces de entender nuestros saludos. A esa certeza se había llegado como resultado de especulaciones nacidas en la Antigüedad y afianzadas en la Edad Moderna al calor del progreso de la astronomía.
Durante un par de siglos, las expectativas se cifraban en la Luna, pero, a medida que los telescopios confirmaban que nuestro satélite es un erial deshabitado, se desplazaron a Marte y Venus; y a finales de los años 60, cuando las sondas Mariner desmontaron el espejismo de los canales marcianos, se proyectaron fuera del sistema solar.
En ese punto crítico saltó al ruedo Drake, el compinche de Sagan. Su cálculo del número de civilizaciones en la Vía Láctea capaces de realizar emisiones de radio detectables dio pie al optimismo. Su ecuación recibió críticas, pero aportó el empaque científico necesario para justificar proyectos de investigación y los saludos de la NASA a ET.
A esas lucubraciones se opuso la hipótesis de la Tierra Rara del geólogo Peter Ward. Sostiene que la vida es el producto final de procesos complejísimos y aleatorios, por lo que las posibilidades de que haya surgido también fuera de nuestro planeta son ínfimas. En pocas palabras: estamos más solos que la una.
Pese a todo, Hess mantiene esperanzas: “La posibilidad de que el Disco Dorado se tope con seres inteligentes es remota, pero no nula. El pequeño resquicio justifica el intento”.
Todas las tentativas de contacto con extraterrestres han estado teñidas de antropocentrismo. En agosto de 1924, aprovechando la cercanía de Marte, se organizaron en EE UU escuchas radiofónicas contando con que sus habitantes tuvieran emisores y utilizaran el código Morse. En los años 60, la sospecha de que los extraterrestres podrían estar transmitiendo en ondas electromagnéticas puso en marcha las barridas del espectro que continúan hasta hoy, sin resultado alguno.
Con el Disco Dorado ocurre algo parecido: sus creadores suponían que quienes lo intercepten dispondrán de reproductores adecuados y de una capacidad auditiva similar a la nuestra. Por si acaso, Sagan y compañía incluyeron tres composiciones de Bach y dos de Beethoven, apostando por que sus estructuras simétricas resulten comprensibles a seres entendidos en el ‘lenguaje universal’ de las matemáticas.
A ello se sumaba una vehemente creencia en el poder de la música, en la que veían un instrumento de paz y fraternidad. Un eco de esas conjeturas resuena en la frase de cinco notas que facilita la interacción con el plato volador en Encuentros en la Tercera Fase: Spielberg, como Sagan, confiaba en que sus tripulantes compartieran la pasión sonora de los humanos, aunque, como apunta Hess, “no es nada seguro que los extraterrestres obtengan de ella el mismo placer que nosotros”.
De las dificultades de tales intercambios nos alertan otras obras de ciencia ficción: primero Solaris y, últimamente, La Llegada, cuya heroína, una lingüista, debe desentrañar el lenguaje de los visitantes de las estrellas.
“En un hipotético encuentro con una civilización ajena a nuestros parámetros, la comunicación sería imposible sin códigos comunes”, asegura a Sinc Jorge Lozano, catedrático de Teoría de la Información de la Universidad Complutense de Madrid. “Se entablaría una comunicación muy rudimentaria que permite saber al menos que hay dos interlocutores, ‘Yo’ y el ‘Otro’; una comprensión susceptible de aumentar por aproximaciones sucesivas”. Y agrega: “Si en esas condiciones no nos entendiéramos bien no sería dramático: la comunicación humana funciona a base de malentendidos y sin embargo seguimos interactuando”.
El interés por dialogar con los extraterrestres no decae pese a la falta de respuesta. Para Lozano, esto prueba el calado de cierta visión utópica de la comunicación: “En la era de las redes, el bienestar social y la felicidad personal no se conciben desligados de la circulación ilimitada de la información”.
Según el semiólogo, “el esfuerzo por mantener los canales abiertos se nos impone y nos dicta el impulso por hacer contacto y comunicar a toda costa. Importa menos lo que se transmite que el hecho de la conexión”.
Que no haya forma de prever cómo recibirán los extraterrestres el mensaje de las Voyager no nos impide interpretarlo y ver reflejada en el Disco Dorado la fe en la comunicación sin fronteras de la aldea global.
El año pasado, la track list de las cintas magnetofónicas originales del Disco Dorado fue editada en EE UU en un lote de tres LP de vinilo gracias al millón de dólares reunido por crowdfunding. Su buena acogida ha decidido a Ozma Records a lanzar para esta navidad una segunda edición más lujosa. El cofre, que incluye un libro ilustrado, se vende a un precio al alcance de bolsillos terrícolas: 98 dólares (unos 83 euros).
Uno de los responsables de la reedición del Disco Dorado, David Pescovitz, admite que es un “regalo de la humanidad a sí misma”. Pese a la ficción del interlocutor alienígena, se abre paso la intuición de que, al final de cuentas, todo se reduce a decirnos a nosotros mismos: “¿Estáis allí? Sigamos comunicándonos”.
Tras cuatro décadas de viaje, la Voyager y el Disco Dorado han alcanzado los confines del sistema solar. “Tardarán unos 40.000 años en arribar a la estrella más cercana”, calcula Hess.
El aniversario del lanzamiento ha motivado una nueva iniciativa de Jon Lomborg, quien diseñó el Disco Dorado. Su Proyecto One Earth Message pretende despachar un nuevo mensaje por medio de la sonda New Horizons. Versará sobre las imágenes, sonidos, software y otros materiales que mejor describan a la humanidad contemporánea, presentadas por personas de todo el mundo a través de internet. Las propuestas más apoyadas serán digitalizadas y transmitidas en el año 2020 por las antenas de la Red de Espacio Profundo al disco duro del vehículo, abocado a abandonar nuestro sistema planetario.
SINC/ Pablo Francescutti
El Disco de Oro enviado al espacio
contiene 115 fotografías, saludos en 55 idiomas, 12 minutos de sonidos
de la Tierra y 90 minutos de música. (Imagen: NASA)
Como no disponía de traductor universal, Sagan partió “del único lenguaje que compartimos con los destinatarios, la ciencia”, y compuso un mensaje con dibujos de un hombre y una mujer desnudos, esquemas del sistema solar y de la trayectoria de la Pioneer; y un mapa de 14 púlsares con la posición de la Tierra en la Vía Láctea, acompañado de un diagrama de la molécula de hidrógeno con la clave del código binario necesario para descifrarlo.
La misiva dio mucho que hablar. Hubo quien acusó a los autores de mojigatos por suprimir los genitales externos de la mujer; otros les tacharon de etnocéntricos por dibujar individuos caucásicos; y alguno se alarmó de que revelaran nuestras coordenadas a alienígenas hostiles, un temor compartido por Stephen Hawking. También se cuestionó que sus destinatarios posean órganos visuales en la misma frecuencia de onda que los nuestros.
Sagan reconoció que el valor del mensaje no pasaba tanto por lo que pudieran entender sus receptores, sino porque “nos estimula a considerarnos a nosotros mismos desde una perspectiva cósmica”, escribió.
En cualquier caso, corrieron ríos de tinta gracias al escándalo causado por los periódicos que censuraron los pezones de la mujer y los genitales del varón. A la vista de la repercusión, la agencia espacial se mostró encantada de repetir la jugada con las Voyager.
¿Qué poner en la nueva botella que se arrojaría al océano cósmico? Dado que el mensaje anterior había sido visual, esta vez podría incorporar componentes sonoros.
Dicho y hecho. Sagan reclutó a varios compatriotas: el astrónomo Frank Drake, los periodistas científicos Ann Druyan y Timothy Ferris, el musicólogo Alan Lomax, el ilustrador Jon Lomberg y la artista Linda Salzman, casada con Sagan. Quisieron incluir a John Lennon, pero él se limitó a recomendar a su ingeniero de sonido, Jimmy Lovine.
De soporte escogieron un par de discos fonográficos de cobre en los que grabarían en formato analógico sonidos naturales, piezas musicales y saludos en 55 idiomas. Y de remate, sendos votos de paz y amistad del presidente de EE UU James Carter y el secretario general de las Naciones Unidas, Kurt Waldheim, en sintonía con el espíritu de la Federación Unida de Planetas de Star Trek.
Las 115 imágenes elegidas comprenden fotografías y esquemas científicos, de naturaleza y de la especie humana. Esta vez la NASA sustituyó el desnudo frontal de la pareja por siluetas.
En los ‘40 Principales para alienígenas’ figuran Chuck Berry, flautistas de la Melanesia, Mozart, un raga de la India, Louis Armstrong...
En cuanto a los sonidos, se compendiaron erupciones volcánicas, oleajes, cantos de pájaros y ballenas; ruidos artificiales como la sirena de un barco o el despegue de un cohete; y sonidos humanos como risas, llantos y latidos.
Y, por supuesto, música. “Sagan pensó que su codificación encierra una gran belleza que la sitúa entre las mejores creaciones humanas”, explica a Sinc Miguel Hess, investigador del Centro de Astrobiología.
En estos ‘40 Principales para alienígenas’ figuran Johnny B. Goode de Chuck Berry, flautistas de la Melanesia, el aria de la Reina de la Noche de Mozart, un canto iniciático pigmeo, un concierto de Bach, un raga de la India, un blues de Louis Armstrong, un son jarocho mejicano... Here comes the Sun de los Beatles no entró porque la discográfica se opuso; ni ninguna tonada ibérica.
En la superficie de los discos se repitieron el diagrama de la molécula de hidrógeno y el mapa de púlsares de la Pioneer. Bañados en oro y enfundados en aluminio, los soportes construidos para durar mil millones de años fueron introducidos en las sondas y expedidos al infinito.
No hubo escándalos. La música amansa a las fieras.
En los años 70, parecía normal dar por sentado que en los astros abundan civilizaciones avanzadas capaces de entender nuestros saludos. A esa certeza se había llegado como resultado de especulaciones nacidas en la Antigüedad y afianzadas en la Edad Moderna al calor del progreso de la astronomía.
Durante un par de siglos, las expectativas se cifraban en la Luna, pero, a medida que los telescopios confirmaban que nuestro satélite es un erial deshabitado, se desplazaron a Marte y Venus; y a finales de los años 60, cuando las sondas Mariner desmontaron el espejismo de los canales marcianos, se proyectaron fuera del sistema solar.
En ese punto crítico saltó al ruedo Drake, el compinche de Sagan. Su cálculo del número de civilizaciones en la Vía Láctea capaces de realizar emisiones de radio detectables dio pie al optimismo. Su ecuación recibió críticas, pero aportó el empaque científico necesario para justificar proyectos de investigación y los saludos de la NASA a ET.
A esas lucubraciones se opuso la hipótesis de la Tierra Rara del geólogo Peter Ward. Sostiene que la vida es el producto final de procesos complejísimos y aleatorios, por lo que las posibilidades de que haya surgido también fuera de nuestro planeta son ínfimas. En pocas palabras: estamos más solos que la una.
Pese a todo, Hess mantiene esperanzas: “La posibilidad de que el Disco Dorado se tope con seres inteligentes es remota, pero no nula. El pequeño resquicio justifica el intento”.
Todas las tentativas de contacto con extraterrestres han estado teñidas de antropocentrismo. En agosto de 1924, aprovechando la cercanía de Marte, se organizaron en EE UU escuchas radiofónicas contando con que sus habitantes tuvieran emisores y utilizaran el código Morse. En los años 60, la sospecha de que los extraterrestres podrían estar transmitiendo en ondas electromagnéticas puso en marcha las barridas del espectro que continúan hasta hoy, sin resultado alguno.
Con el Disco Dorado ocurre algo parecido: sus creadores suponían que quienes lo intercepten dispondrán de reproductores adecuados y de una capacidad auditiva similar a la nuestra. Por si acaso, Sagan y compañía incluyeron tres composiciones de Bach y dos de Beethoven, apostando por que sus estructuras simétricas resulten comprensibles a seres entendidos en el ‘lenguaje universal’ de las matemáticas.
A ello se sumaba una vehemente creencia en el poder de la música, en la que veían un instrumento de paz y fraternidad. Un eco de esas conjeturas resuena en la frase de cinco notas que facilita la interacción con el plato volador en Encuentros en la Tercera Fase: Spielberg, como Sagan, confiaba en que sus tripulantes compartieran la pasión sonora de los humanos, aunque, como apunta Hess, “no es nada seguro que los extraterrestres obtengan de ella el mismo placer que nosotros”.
De las dificultades de tales intercambios nos alertan otras obras de ciencia ficción: primero Solaris y, últimamente, La Llegada, cuya heroína, una lingüista, debe desentrañar el lenguaje de los visitantes de las estrellas.
“En un hipotético encuentro con una civilización ajena a nuestros parámetros, la comunicación sería imposible sin códigos comunes”, asegura a Sinc Jorge Lozano, catedrático de Teoría de la Información de la Universidad Complutense de Madrid. “Se entablaría una comunicación muy rudimentaria que permite saber al menos que hay dos interlocutores, ‘Yo’ y el ‘Otro’; una comprensión susceptible de aumentar por aproximaciones sucesivas”. Y agrega: “Si en esas condiciones no nos entendiéramos bien no sería dramático: la comunicación humana funciona a base de malentendidos y sin embargo seguimos interactuando”.
El interés por dialogar con los extraterrestres no decae pese a la falta de respuesta. Para Lozano, esto prueba el calado de cierta visión utópica de la comunicación: “En la era de las redes, el bienestar social y la felicidad personal no se conciben desligados de la circulación ilimitada de la información”.
Según el semiólogo, “el esfuerzo por mantener los canales abiertos se nos impone y nos dicta el impulso por hacer contacto y comunicar a toda costa. Importa menos lo que se transmite que el hecho de la conexión”.
Que no haya forma de prever cómo recibirán los extraterrestres el mensaje de las Voyager no nos impide interpretarlo y ver reflejada en el Disco Dorado la fe en la comunicación sin fronteras de la aldea global.
El año pasado, la track list de las cintas magnetofónicas originales del Disco Dorado fue editada en EE UU en un lote de tres LP de vinilo gracias al millón de dólares reunido por crowdfunding. Su buena acogida ha decidido a Ozma Records a lanzar para esta navidad una segunda edición más lujosa. El cofre, que incluye un libro ilustrado, se vende a un precio al alcance de bolsillos terrícolas: 98 dólares (unos 83 euros).
Uno de los responsables de la reedición del Disco Dorado, David Pescovitz, admite que es un “regalo de la humanidad a sí misma”. Pese a la ficción del interlocutor alienígena, se abre paso la intuición de que, al final de cuentas, todo se reduce a decirnos a nosotros mismos: “¿Estáis allí? Sigamos comunicándonos”.
Tras cuatro décadas de viaje, la Voyager y el Disco Dorado han alcanzado los confines del sistema solar. “Tardarán unos 40.000 años en arribar a la estrella más cercana”, calcula Hess.
El aniversario del lanzamiento ha motivado una nueva iniciativa de Jon Lomborg, quien diseñó el Disco Dorado. Su Proyecto One Earth Message pretende despachar un nuevo mensaje por medio de la sonda New Horizons. Versará sobre las imágenes, sonidos, software y otros materiales que mejor describan a la humanidad contemporánea, presentadas por personas de todo el mundo a través de internet. Las propuestas más apoyadas serán digitalizadas y transmitidas en el año 2020 por las antenas de la Red de Espacio Profundo al disco duro del vehículo, abocado a abandonar nuestro sistema planetario.
SINC/ Pablo Francescutti
Se cumplen 60 años del lanzamiento al espacio del primer ser vivo. No llegó a dar más que cuatro vueltas alrededor de la Tierra antes de morir, pero marcó el comienzo de una era
ABC
Hace 60 años fue lanzado al espacio el primer ser vivo, la perra Laika. No estaba previsto su regreso a la Tierra y murió pocas horas después del lanzamiento. Pero el experimento resultó ser un éxito porque preparó el terreno para que, cuatro años más tarde, el 12 de abril de 1961, el cosmonauta Yuri Gagarin se convirtiera en el primer ser humano en viajar al espacio y esta vez con trayecto de retorno asegurado.
Los soviéticos fueron los primeros en poner en órbita un satélite artificial, el Sputnik-1, lanzado el 4 de octubre de 1957. Un mes después, el 3 de noviembre, en la víspera de las celebraciones del aniversario del 40 aniversario de la Revolución Bolchevique, un cohete R-7 catapultaba a las estrellas a la pobre perrita Laika en el interior del Sputnik-2, una cápsula del tamaño de una lavadora.
Pese a que se había previsto que el infeliz animal viviera una semana dando vueltas a la Tierra, la alta temperatura dentro del habitáculo y el estrés hicieron que su corazón se detuviera a las pocas horas. El cohete partió desde Kazajistán a las cinco y media de la mañana y alcanzó su órbita sin novedad. Eso sí, según reconoció muchos años después Adilia Kotóvskaya, la científica que entrenó a la perra, su corazón se aceleró hasta las 260 pulsaciones por minuto, tres veces más de lo normal, pero después el ritmo cardiaco se normalizó.
La causa de la muerte
Lo malo llegó cuando la nave empezó a calentarse a causa de la última sección del cohete, que no se desprendió y transmitió su enorme temperatura, y por culpa también de las radiaciones solares. Además, el ingenio no era de la mejor calidad, sobre todo su sistema de aislamiento térmico, porque fue construido deprisa y corriendo para hacer coincidir el funesto viaje espacial con las celebraciones revolucionarias y así poder dar un nuevo corte de mangas a los americanos, que ya llevaban clara desventaja en la carrera espacial.
Unas seis o siete horas se calcula que vivió Laika desde el momento del lanzamiento. Y su muerte debió de ser terrible. Según desveló 45 años más tarde, en 2002, uno de los responsables del programa, Dmitri Malashénkov, durante una conferencia en Houston, el animal murió por sobrecalentamiento y deshidratación sin haber llegado a completar la cuarta órbita alrededor de la Tierra.
Sin embargo, oficialmente se dijo que todo salió bien y que la perra falleció el octavo día debido a la sustancias tóxicas y sedantes suministrados con la comida para propiciar una muerte indolora, ya que la tecnología en aquel momento descartaba desde un principio la posibilidad de regreso a la Tierra de Laika. El satélite, junto con su cadáver, se desintegró al reentrar en la atmósfera terrestre el 14 de abril de 1958.
La idea de poner en órbita entonces un animal no era nueva y los experimentos y ensayos para conseguirlo comenzaron ya en 1951. Sin embargo, por imperativos propagandísticos, el Partido Comunista, exigió premura.
Odisea en el espacio
Iván Kasián, responsable del equipo médico que participó en aquella época en la preparación de los vuelos espaciales, cuenta en su libro, «Los primeros pasos hacia el cosmos», que la tarea no fue fácil. «No estaba claro cómo se conseguiría que funcionase sin fallos el suministro de oxígeno y el sistema para alimentar a la perra durante tantos días». Los vuelos estratosféricos que se habían realizado anteriormente con animales a bordo de cohetes duraban menos de una hora.
Se decidió utilizar perros, no monos como en el caso de los estadounidenses. Los canes callejeros eran los más adecuados para ese tipo de misiones por que, según explica Kasián, «tienen más aguante, mayor capacidad de adaptación y se acostumbran rápidamente a cualquier dueño». Tenían que ser precisamente hembras, lo que facilitaba la colocación de sondas para poder hacer sus necesidades durante la travesía, y menudas de tamaño, para que el habitáculo no fuese demasiado grande.
Fueron seleccionadas cuatro perritas: Laika (ladradora), Albina, palabra que tiene el mismo significado que en español, Muja (mosca) y Úmnitsa (listilla). Para habituarlas a las condiciones de un vuelo espacial se las mantenía durante días metidas en una reducida cabina con la escafandra puesta y alimentadas por un sistema automático que, cada ciertas horas, se abría y dejaba salir una especie de pasta compuesta de vitaminas, proteínas, grasas, hidratos de carbono y agua. Tuvieron que pasar también por la desagradable centrifugadora.
La perra más fotogénica y tranquila
La más paciente y tranquila resultó ser Laika. Tenía dos años y, pese a no ser de raza, era la más fotogénica, cuestión importante teniendo en cuenta que su imagen aparecería en todos los periódicos del mundo.
Tras aquel trágico vuelo, aunque fructuoso desde el punto de vista científico, la Unión Soviética no volvió a enviar animales al espacio hasta 1960. El 19 de agosto de aquel año volaron juntas las perritas Belka (ardilla) y Strelka (flecha). Tuvieron mayor fortuna que su antecesora por que ellas sí lograron regresar a la Tierra sanas y salvas. Pasaron en órbita un total de 25 horas y estuvieron acompañadas de moscas y ratones.
Un mes antes, el 28 de julio de 1960, habían perecido en órbita otras dos perras, Bars (lince) y Lisichka (zorra). Otros tres animales sucumbieron en los meses siguientes. De la treintena de perros que fueron empleados como cobayas entre 1951 y 1961, la mitad se dejaron la piel en el espacio.
ABC
Estamos en el corazón de la capital rusa para celebrar los 60 años del lanzamiento de Sputnik, el primer satélite enviado al espacio.
Hemos marcado el aniversario a lo largo del año en nuestra serie "Legends of Space" pero este mes dedicamos todo el contenido a este diminuto satélite que cambió el mundo para siempre".
Todo empezó aquí. Hemos logrado entrar en el museo privado de RSC Energia, la compañía estatal rusa que construyó el primer satélite artificial. Su nombre oficial, Sputnik 1.
Aquí hay expuestos diversos tesoros del espacio.
Nuestro guía, el cosmonauta Alexander Kalery, nos dice que los diseñadores del satélite artificial querían una máquina simple pero poderosa.
"Tras el primer lanzamiento exitoso del cohete R7, se sugirió enviar al espacio el más simple de los Sputnik. Ello significaba que no llevaría un equipamiento cientifico, sino simplemente baterías, un sistema de control térmico y un módulo de transmisión", explica el cosmonauta Alexander Kalery.
El Sputnik fue lanzado el 4 de octubre de 1957. Luego empezó a orbitar la Tierra a la velocidad de una vuelta completa cada 98 minutos.
Con su señal, el satélite permitió a la URSS enviar un mensaje a todo el planeta.
El director general de Roscosmos, Igor Komarov, recuerda la importancia del lanzamiento del Sputnik:
"Fue muy emocionante y muy importante para todos los soviéticos, ya que fue un gran avance. Fue la prueba del progreso tecnológico y del éxito de los programas que estaban encabezados por Serguéi Koroliov y otros científicos. En total, consiguieron crear una industria espacial que es líder mundial en muchos campos ".
Hace 60 años, la noticia se difundió a la velocidad de la luz.
El astrofísico francés Roger-Maurice Bonnet evoca que "fue un acontecimiento muy importante, fue el inicio de la conquista del espacio por parte de los soviéticos, algo que nadie esperaba. Se esperaba que fueran los estadounidenses, que acabarían llegando más tarde. Hubo pánico en las capitales occidentales cuando se dieron cuenta de lo que eran capaces de hacer los rusos, los soviéticos".
Sputnik fue muy importante porque inició la carrera espacial entre la Unión Soviética y Estados Unidos. La gente a menudo no entiende la importancia de ello, piensan que es porque era un satélite, pero la principal amenaza de Sputnik era, por supuesto, el misil que lo puso en el espacio. Era un misil balístico intercontinental que la había desarrollado la Unión Soviética. Solo lo había probado el mes anterior por primera vez, y por primera vez en su historia reciente Estados Unidos se sintió un país amenazado", expresa el historiador de Ciencia y Tecnología John Krige.
Con la carrera espacial iniciada, Koroliov y sus ingenieros se movieron rápidamente.
Menos de un mes después del Sputnik-1 lanzaron el Sputnik-2, con la perrita Laika a bordo. El can se convirtió en el primer ser vivo en el espacio, aunque murió pocas horas después del despegue por sobrecalentamiento.
Fue una época de grandes metas, tal como cuentan ilustres veteranos de aquel entonces:
"Serguéi Pávlovich Koroliov estableció la tarea de crear una nave espacial tripulada con el cohete Vostok, que se utilizó para lanzar el primer Sputnik. Su equipo empezó a estudiar el reclutamiento de una tripulación entre las personas que trabajaban como pilotos de prueba para los aviones de caza.
En 1959, ya formábamos parte del primer grupo que debía llevar a cabo pruebas", cuenta el cosmonauta Alexei Leonov.
"El Gobierno publicó el programa de la futura exploración del espacio. En este artículo se mencionaban estaciones automáticas para ir a la Luna, vuelos a Marte y Venus, la huida de los seres humanos al espacio, también hablaba del hombre pisando Marte, Venus y la Luna y de la construcción de estaciones allí. ¡Tenga en cuenta que fue en diciembre de 1959!", recuerda Kalery.
En los años siguientes, los soviéticos acumularon éxitos: el primer hombre y la primera mujer en el espacio, la primera salida extravehicular y el primer ingenio humano en aterrizar en la Luna y luego en Venus.
Con la llegada de los estadounidenses a la Luna en 1969, la carrera espacial iniciada por el Sputnik terminó.
60 años después de su lanzamiento, ¿qué queda del Sputnik? ¿Qué recuerdan los rusos del satélite?
Hemos preguntado a los visitantes del Museo de la Cosmonáutica.
"El primer Sputnik fue lanzado en 1957 por la Unión Soviética. Eso es lo único que sé", afirma un joven.
Otro visitante explica que "todo el país hizo un gran trabajo para conseguir ese gran objetivo. Fue muy importante para la historia de la humanidad".
"Lo estudié en la escuela y ahora he traído a mis hijos aquí para enseñarles todo aquello que todos deberían aprender de los libros de Historia y que nuestro país fue el primero en explorar el espacio", comenta otro hombre.
El legado de Sputnik continúa: el cosmódromo de Baikonur desde el que fue lanzado todavía sirve a los astronautas que parten hacia la Estación Espacial Internacional.
Por otro lado, la agencia especial rusa Roscosmos trabaja en varios proyectos, como su cápsula Federación dedicada al espacio lejano y su nuevo cosmódromo Vostochny.
Hoy en día, la competencia ha sido reemplazada por la cooperación con la ESA y la NASA.
"Ocupar el primer lugar ya no es tan importante, lo que importa es lo que queremos hacer con nuestros socios. Hablo de las exploraciones que supondrán avances importantes, como la misión de ExoMars: vamos a comenzar su segunda etapa en 2020 y en estos momentos estamos en fase de preparación activa.
También hablo de las exploraciones en la Luna que nos van a aproximar a la exploración del ambiente lunar para el establecimiento de una estación habitable allí y que pueda ser visitada", dice Komarov.
Misiones como estas sin duda habrían hecho soñar a los pioneros que pusieron el Sputnik en órbita.
Ahora aquellos que tomaron su relevo mantienen la esperanza de llevar al hombre cada vez más lejos en el espacio.
esa
El incendio de la capsula de la misión Apolo 1, en 1967, acabó con la vida de sus tres tripulantes
El 27 de enero de 1967, hace ahora justo cincuenta años, la NASA sufrió su primera tragedia: el incendio del Apolo 1,
que supuso la muerte de los tres hombres que debían haberlo tripulado y
casi hizo descarrilar todo el programa lunar americano.
Era un viernes por la tarde en Cabo Kennedy. El cohete que pocas
semanas después debía llevar al espacio a la primera nave Apolo
tripulada estaba ya instalado en la plataforma de lanzamiento. Dentro de
la cápsula, los tres astronautas – Virgil Grissom, un veterano del
programa Mercury, Ed White, el primer americano que realizó un paseo
espacial y el novato, Roger Chaffee- estaban simulando por enésima vez
las operaciones previas al lanzamiento.
Pero no todo iba bien. Las comunicaciones entre la nave y la sala de
control se entrecortaban y sufrían interferencias. Un exasperado Grissom
llegaría a quejarse. “¿Cómo se pretende que nos comuniquemos desde la
Luna si no conseguimos hacerlo a solo tres edificios de distancia?”.
Cierto que esa cápsula era un modelo ya obsoleto, el llamado Block 1,
adecuado sólo para vuelos orbitales. Pero era la única disponible; el
modelo 2, el que sí que iría a la Luna, estaba todavía en construcción.
La NASA pensaba lanzar esa cápsula para probar la mayoría de equipos
sin salir de la órbita terrestre. En las semanas anteriores, docenas de
técnicos habían entrado y salido de ella, instalando y modificando un
dispositivo tras otro. De hecho, el suelo debajo de los asientos de los
pilotos era un amasijo de cables desordenados.
A fin de reproducir las condiciones reales de la misión, el interior
de la cápsula se había llenado con oxígeno puro a una presión
ligeramente superior a la atmosférica. En el vacío del espacio, la
presión sería de sólo un tercio de atmósfera pero para una prueba a
nivel del mar, esas condiciones tenían que simularse aplicando una
presión algo superior a la del exterior.
¿Por qué una atmósfera de oxígeno puro y no una mezcla de oxígeno y
nitrógeno, como hacían los rusos? Esencialmente, para purgar todo el
nitrógeno disuelto en la sangre de los astronautas y evitar así el
peligro de embolia gaseosa cuando saliesen al exterior de la nave, con
sus trajes a presión reducida. Siempre había sido ésa la política de la
NASA y había dado buenos resultados desde los primeros días del programa
Mercury.
Además, con una presión interna baja, las paredes de la cápsula
podían ser menos resistentes y eso ahorraba peso. Los rusos, cuyos
cohetes siempre habían ido sobrados de potencia, no tenían ese problema.
La escotilla para acceder a la nave estaba diseñada casi como un tapón
que se abriese hacia adentro. De esta forma, la propia presión interior
asegurase su estanqueidad. En caso de urgencia, antes de poderla sacar
de su marco, el comandante tenía que abrir una válvula para igualar
presiones dentro y fuera de la nave. Se había pensado en instalar una
carga explosiva para volar la portezuela si era necesario, pero la
experiencia del propio Grissom años antes aconsejó rechazar la idea: Su
cápsula Mercury se había hundido en el mar al detonar accidentalmente el
sistema de apertura y él mismo estuvo a punto de morir ahogado.
A las seis y media de la tarde, ya anocheciendo, los astronautas
llevaban más de cinco horas encerrados en su nave, tratando de solventar
multitud de pequeños problemas. Primero había sido un olor raro, que
Grissom detectó a poco de ocupar su asiento. Después, una serie de
inexplicables oscilaciones de voltaje que al final fueron ignoradas. Y,
por fin, las continuas interferencias en las comunicaciones por radio.
Pero de una manera u otra, se había llegado a simular la cuenta atrás
hasta el momento en que debía desconectarse toda la alimentación externa
y la cápsula pasaba a depender de su propia fuente de energía.
Fue en ese momento cuando los instrumentos de la sala de control
registraron primero unos movimientos bruscos dentro de la cabina, un
incremento del flujo de oxígeno seguidos por un súbito pico de voltaje.
No había cámaras de televisión instaladas en el interior. En algún sitio
del cableado, probablemente en la zona izquierda de la cápsula, cerca
de los pies del comandante, había saltado una chispa. En una atmósfera
de oxígeno puro a presión bastaron un par de segundos para que el
incendio se extendiera por toda la cabina.
Se había pensado en instalar una carga explosiva para volar la portezuela si era necesario, pero la experiencia del propio Grissom años antes aconsejó rechazar la idea
Primero las llamas formaron una barrera a lo largo de la pared
izquierda, junto a Grissom. Al chocar contra el panel de control, en la
parte superior de la cápsula, el fuego se extendió a toda la cabina.
Grissom intentó alcanzar la válvula de liberación de presión,
imprescindible para poder abrir la escotilla pero quedaba más allá de la
pared de llamas. Para entonces, muchos materiales normalmente inocuos
habían prendido con virulencia: Aislantes de los cables, la red de
nailon colocada bajo los asientos para evitar que alguna herramienta
cayese al suelo, poliuretano, dos colchonetas de espuma, plásticos y
papeles, soportes de velcro distribuidos por toda la cabina, las propias
escafandras que vestían los astronautas y hasta las soldaduras en los
tubos de aluminio del circuito de refrigeración.
En los diez segundos siguientes, se oyeron sólo dos o tres
exclamaciones entrecortadas en las que apenas se pudo distinguir las
palabras “fuego” y “un mal fuego” seguidas de un grito de dolor.
Incluso en esas terribles circunstancias, parece que los astronautas
mantuvieron la presencia de ánimo para intentar el procedimiento de
emergencia para la apertura de la cabina. Pero no tenían ninguna
posibilidad. Las escafandras perdieron estanqueidad y quedaron abiertas a
los gases tóxicos de la cabina, provocando la asfixia de los tres
hombres por inhalación de monóxido de carbono. Esta sería, al menos, la
causa oficial del fallecimiento que indicó la autopsia.
La combustión de todos los materiales en un recinto herméticamente
cerrado provocó un súbito aumento de presión, hasta casi tres
atmósferas. La cápsula Apolo no era especialmente resistente. Al fin y
al cabo, durante un vuelo espacial sólo tendría que soportar diferencias
de un tercio de atmósfera entre el interior y el vacío exterior. Así
que el resultado fue una brecha en la pared por la que escapo una espesa
nube de humo y llamas que inundó toda la plataforma de servicio,
cincuenta metros por encima del suelo.
En una atmósfera de oxígeno puro a presión bastaron un par de segundos para que el incendio se extendiera por toda la cabina
En ese nivel había pocas personas. Entre la repentina humareda,
algunas corrieron hacia niveles inferiores temiendo que el cohete de
escape, situado por encima de la nave pudiera entrar en ignición. Otras
agarraron extintores y máscaras e intentaron abrir la escotilla pese a
que la visibilidad era prácticamente nula y tenían que turnarse cada
pocos segundos para poder respirar fuera de la nube tóxica. Algunos de
ellos sufrieron quemaduras en las manos al tratar de abrirla sin haber
podido encontrar las herramientas adecuadas en medio de la humareda.
La escotilla estaba formada por tres piezas independientes, una sobre
otra: La exterior, una cubierta ligera de corcho que servía para
proteger la nave del rozamiento del aire durante el ascenso; la segunda,
era parte de la cubierta termorresistente y la tercera, la más
interior, iba sujeta por una serie de tornillos y la propia presión
interna. Tardaron unos cinco minutos en abrir las tres. La última se
resistió como si no pudiese desplazarse hacia abajo, hasta apoyarse en
el suelo. Enseguida se sabría que era el cuerpo de Ed White el que lo
impedía.
Tardaron unos cinco minutos en abrir las tres e inmediatamente estuvo claro que no había esperanza ninguna para los tres pilotos
inmediatamente, estuvo claro que no había esperanza. Entre el humo
que escapaba por las grietas, uno de los técnicos vio salir un pedazo de
tejido de nailon requemado. Aun en medio del caos no tuvo dificultades
en identificarlo como parte de una escafandra.
El interior de la nave era un tizón ennegrecido; entre el humo
todavía se veía el resplandor de algunas luces del cuatro de mando. En
el primer momento, nadie consiguió localizar a ninguno de los tres
pilotos.
Cuando se aclaró el humo, pudo verse a Grissom, caído bajo los
asientos chamuscados, como si intentase ayudar a White, en la posición
central, a desconectar los pernos de la escotilla. Chaffee, en el
asiento de la derecha, había recibido una exposición menor a las llamas.
Las escafandras de los tres estaban prácticamente destruidas. En
algunos casos, el nailon se había desecho o fundido con otros plásticos.
Los tres habían sufrido quemaduras de tercer grado en más de la mitad
de su cuerpo, aunque es posible que estas se produjesen post mortem.
La operación de recuperar los cuerpos iba a ser muy complicada, así
que se decidió no intentarlo hasta seis horas más tarde, cuando los
rescoldos se hubieran enfriado. Como parte del protocolo de desastres,
se sellaron las puertas de la sala de control y el búnker de lanzamiento
y se implantó una estricta prohibición de llamadas al exterior pero la
conmoción había sido tal que no todo el mundo lo respetó y la noticia se
filtró rápidamente.
Los encargados de comunicar la noticia a las familias fueron los
propios compañeros de los astronautas. En muchos casos, eran vecinos en
la misma calle. Betty Grissom y Pat White fueron localizadas enseguida;
Martha Chaffee fue la última en recibir la noticia, de boca de un
atribulado Michel Collins, quien años después formaría parte de la
tripulación del Apolo 11.
Ninguna de las tres mujeres consiguió superar el trauma. Betty
Grissom se enzarzó en una disputa con la NASA a la que acusó de ocultar
información sobre el accidente. Años después, sin haber recibido
indemnización alguna, pleiteó contra North American como fabricantes de
la cápsula y consiguió una compensación de 300.000 dólares. Pat White y
Martha Chaffee recibieron justo la mitad de esa cantidad. Pat se suicidó
pocos años después del accidente, para muchos, la cuarta víctima del
incendio del Apolo 1.
No pudo descubrirse la causa exacta del fuego pero sí que salieron a la luz docenas de defectos y, sobre todo, serios fallos en los procesos de fabricación y control de calidad.
La investigación que siguió se prolongó durante más de tres meses. No
pudo descubrirse la causa exacta del fuego (probablemente una chispa en
un cable mal aislado) pero sí que salieron a la luz docenas de
defectos, algunos muy graves y, sobre todo, serios fallos en los
procesos de fabricación y control de calidad.
En los meses que siguieron, el diseño de la cápsula cambió de arriba
abajo. Se eliminaron todos los materiales combustibles. Las escafandras
se rediseñaron para hacerlas más ignífugas. La escotilla fue sustituida
por un modelo de una sola pieza que los astronautas podían abrir desde
dentro sin más que accionar una palanca.
La NASA decidió mantener el empleo de atmósfera de oxígeno puro.
Convertirlo a un sistema de dos gases hubiese sido demasiado complicado e
introducido un exceso de peso inasumible. Como compromiso, mientras el
cohete estuviese en la plataforma, la atmósfera en la cabina sería una
mezcla de oxígeno y nitrógeno pero tras el despegue, a medida que ganase
altura, iría sustituyéndose por oxígeno puro a baja presión. Una vez en
el espacio, cualquier conato de incendio sería más controlable sin más
que abrir la nave al vacío.
Ningún Apolo volaría ya hasta que todas las modificaciones estuvieran
listas, año y medio más tarde. Además, en abril de ese mismo año, los
rusos también sufrieron su tragedia, esta vez cuando el primer Soyuz,
tripulado por Vladimir Komarov, se estrelló al aterrizar tras un vuelo
orbital que también se había visto plagado de problemas. La carrera
hacia la Luna entraba así en una última y decisiva fase.
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