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Asteroides

Cometas

Label: Meteorito Chelyabinsk

Un impresionante meteoro iluminó los cielos de China el pasado 4 de octubre. El bólido alcalzó los 14 Km/s y una potencia de medio kilotón, siendo uno de los objetos más potentes de este año.



En China, el Festival de Medio Otoño de este año ha traído un regalo especial para sus ciudadanos: un impresionante meteoro iluminó el pasado cuatro de octubre los cielos del país. Numerosas cámaras grabaron el inusual evento, dejando un maravilloso vídeo con el que disfrutar de algo tan poco frecuente como llamativo. ¿Qué sabemos de este meteoro chino? 

Una bola de fuego cruzó China

Provincia de Yunnan, cuatro de octubre, una fecha que coincide con la celebración del festival de la cosecha o Festival del Medio Otoño en China, con la llegada de la luna llena. A las ocho de la tarde de pronto, una bola de fuego cruza el cielo de la provincia, iluminando durante unos largos segundos el cielo. Al final de su corto pero intenso vuelo estalla, creando un una luz cegadora, como si de un pequeño sol se tratase. El bólido de China no llegó a caer en el suelo, como se aprecia en las imágenes recogidas por los videoaficionados. Y menos mal.

 El meteoro alcanzó los 14 Km/s y estalló con una potencia de 540 toneladas de TNT 


Según recoge la NASA, que lleva estudiando y registrando este tipo de elementos desde 1988, el dichoso meteoro alcanzó una velocidad de catorce kilómetros por segundo y explotó a treinta y siete kilómetros de altura con una fuerzaa equivalente a 540 toneladas de TNT, es decir, medio kilotón de potencia. Hay que aclarar que en el caso de que hubiera llegado al suelo, probablemente no lo hubiera hecho con semejante intensidad, ya que gran parte se habría desintegrado mucho antes. Por los vídeos grabados, este bólido nos recuerda al de Chelyabinsk, que sorprendió a los rusos en 2013, causando más de 1.000 heridos, según las autoridades.

Entre los problemas causados por el meteoro de Chelyabinsk se cuentan daños a los edificios e, incluso, quemaduras "solares" causadas por el brillo de la explosión. Algunos expertos afirman que los bólidos y sus explosiones aéreas podrían ser más dañinos para la vida que los propios meteoritos, que son aquellos cuerpos que terminan por caer en la Tierra. En cualquier caso, por el momento, el meteoro de China ha quedado en un espectáculo sin más, ya que no se ha reportado ningún herido ni daño material relacionado con su explosión. 

Es el vigésimo en lo que va de año

Aunque no es el primero, ni mucho menos, este meteoro ha sido especialmente llamativo, uno de los más visuales que hemos podido contemplar en mucho tiempo. Según la NASA, en lo que llevamos de 2017 ya se han documentado veinte bolas de fuego surcando los cielos. Pero este tampoco ha sido el más potente. Atendiendo al Centro de Estudios de Objetos Cercanos a la Tierra, el bólido que ostenta ese récord, este año, se observó en mitad del océano, al sur de Australia, en el Atlántico, cerca de las Islas Bermudas. Su potencia alcanzó nada menos que los 2,9 kilotones. Por supuesto, sólo los satélites estaban ahí para registrar el evento, aunque es una zona bastante "concurrida" para ser alta mar.


Para que nos hagamos una idea, son cientos los bólidos registrados a lo largo del año en todo el planeta, aunque no todos son apreciables a simple vista. Por supuesto, muy pocos son tan vistosos como este meteoro chino, cuya composición química probablemente fuese rica en magnesio, cobre y hierro, por sus colores, aunque todavía no lo sabemos. Es interesante la comparativa entre este meteoro, que se registró con una fuerza notable, pero que fue mucho menor que el de Chelyabinsk, el cual alcanzó los 440 kilotones de potencia a unos veintitrés kilómetros de altura. Las agencias espaciales siguen muy interesadas en estudiar este tipo de elementos.

El meteoro de Chelyabinsk estalló con 440 kilotones de potencia a unos 23 Km de altura

En el caso de que otro elemento como el de Rusia estallase, o, aún peor, cayese sobre la superficie terrestre, podría provocar un trágico desastre. Especialmente si lo hiciese en una zona poblada. Por otra parte, los expertos también están preocupados por los meteoritos de potencial catastrófico. Para ello existen equipos y propuestas científicas serias trabajando en el hipotético caso de que tuviéramos que defendernos de un evento así. Y es que, por el momento, no hay razón para preocuparse. Podemos seguir disfrutando de las estrellas fugaces y los bólidos que iluminan el cielo otoñal sentados tranquilamente en el porche de nuestra casa.



hipertextual


Estadísticamente es improbable que un asteroide de tamaño kilométrico impacte contra la Tierra provocando unas consecuencias devastadoras. Sin embargo, sí que es más probable que objetos de algunas decenas de metros alcancen la atmósfera e incluso la superficie terrestre.
Imagen polarizada del meteorito Cheliábinsk. (Foto: JOAN COSTA/CSIC)
Hoy, científicos del CSIC han presentado los resultados de un estudio cuyo objetivo final es reunir la información necesaria que ayude en el futuro a desviar asteroides antes de que puedan entrar en contacto con la Tierra. La investigación se publica en la revista The Astrophysical Journal.

Se trata de un estudio internacional liderado por Josep María Trigo y Carles Moyano, del Instituto de Ciencias Espaciales del CSIC (España). La investigación ha tenido como objeto los restos del meteorito Cheliábinsk, “un meteorito único y que despertó conciencias”, explica Josep María Trigo.

Este asteroide explotó sobre la ciudad rusa de Cheliábisnk en febrero de 2013, impactando a 80 kilómetros de la localidad. Se trata de un objeto de unos 18 metros de diámetro cuya onda expansiva provocó muchos daños materiales y cientos de heridos leves.

El meteorito es de una clase conocida como condrita ordinaria, representativa, según los investigadores, del tipo de materiales de los que están formados los objetos potencialmente peligrosos y que permite estudiar su estructura interna y cualidades mecánicas.

Además, Moyano apunta que estos materiales recuperados se obtuvieron muy pronto y se encuentran en muy buenas condiciones, lo que facilita el estudio.

La información obtenida sobre las propiedades materiales de las zonas del asteroide, su dureza, elasticidad y resistencia a la fractura, son muy importantes para el éxito de una posible misión en la que se quiera desviar un asteroide que pueda impactar contra la Tierra.

Usando una técnica llamada nanoindentación, los científicos han realizado pequeñas punciones en muestras del meteorito, con una presión determinada, midiendo la profundidad y la elasticidad del material.

“En función de cómo responde el meteorito, si impide mucho que la aguja penetre o si, cuando la ajuga sale, el meteorito recupera su forma, nos da información sobre hasta qué punto es duro, blando o elástico es el material”, explica Moyano.

Durante la investigación se han detectado zonas más claras y zonas más oscuras en el material. El estudio de sus cualidades mecánicas determina cuál es la mejor zona para recibir un impacto y desviarlo fácilmente.

Según los datos del estudio, las zonas claras son más elásticas, y,  probablemente, “mejores para provocar un impacto y desviar el asteroide que las zonas oscuras”, apunta Moyano.

Aunque Trigo define la atmósfera de la Tierra como “un magnífico escudo”, lo cierto es que se han identificado cerca de 15.500 objetos próximos a la Tierra. De ellos, unos mil pueden ser considerados objetos potencialmente peligros y  876 poseen un diámetro de más de un kilómetro.

“Tunguska y Cheliábinsk son claros ejemplos de los materiales que acechan la vida en la Tierra. Hasta ahora hemos sido afortunados porque cayeron en zonas relativamente deshabitadas”, explica Josep María Trigo.

Desde la Agencia Espacial Europea (ESA) se trabaja en la Asteroid Impact Mission (AIM), en la que participan también varios expertos de este estudio. Como explica Trigo, la misión se basa en  desviar asteroides mediante un proyectil cinético sin involucrar ningún tipo de explosión atómica, algo que está prohibido por convenios internacionales.

La misión AIM tiene prevista su lanzamiento en 2020 para llegar al asteoride Didymos para continuar las investigaciones, aunque la ESA continua buscando financiación tras la negativa de los ministros europeos a financiarla. “La idea es que este estudio nos sirva para comprender cuál va a ser la mayor eficiencia para que, mediante el impacto, se pueda desviar el meteorito de manera preferente”, cuentan los autores.

Aun así, una misión para desviar un asteroide de cierta magnitud mediante este tipo de proyectiles, solo podría reaccionar contra un objeto identificado en un plazo de meses. “En el caso de objetos como el 2008 TC3, que se detectó en cuestión de horas, no hay nada que hacer. Se pueden realizar programas paliativos”, cuenta Trigo.

Lo importante es descubrir estos asteroides con suficiente antelación. Como apunta Trigo, es clave poner en órbita telescopios basados en infrarrojos que nos ayuden a descubrirlos incluso con años de antelación.

“Telescopios que puedan trabajar en cualquier dirección del espacio, no sólo limitados por las geometrías que nos permiten los telescopios actuales. Por ejemplo en dirección al Sol no podemos seguir y descubrir nuevos objetos”. 



SINC
El proceso de expansión de la estrella KOI-2133 acabará por devorar el plantea Kepler-91b en un plazo inferior a 55 millones de años. Es la primera vez que se detecta un fenómeno como este. Los investigadores, liderados por científicos españoles, han estudiado el sistema formado por estos cuerpos celestes con técnicas similares al estudio de los terremotos y con mediciones del espectro luminoso.
Investigadores de varias instituciones, liderados por Jorge Lillo-Box y David Barrado, del Centro de Astrobiología (CSIC-­‐INTA), han estudiado el sistema formado por una estrella gigante roja y su planeta (Kepler-­‐91 b), cuya órbita es extraordinariamente próxima a la estrella. La estrella, una gigante también denominada KOI-­133 y que ahora se encuentra en un proceso de expansión de sus capas externas, acabará devorando al planeta.

Durante cuatro años, el telescopio espacial Kepler ha estado obteniendo datos de multitud de estrellas candidatas a albergar planetas. Una de estas candidatas era KOI-­‐2133, una estrella gigante roja de la cual este trabajo ha derivado propiedades físicas como la masa, el radio o la edad de manera precisa mediante el uso de la astrosismología, técnica análoga al estudio de los terremotos en nuestro planeta, y que incluye un detallado estudio teórico.

Este análisis ha requerido observaciones complementarias llevadas a cabo con el espectrógrafo CAFÉ (Calar Alto Fiber-­‐fed Echelle spectrograph) y la cámara AstraLux (ambos instalados en el telescopio de 2,2 metros del Observatorio de Calar Alto). Además, el análisis minucioso de los datos de Kepler también ha permitido identificar pequeños cambios en su curva de luz, tanto disminuciones periódicas debidas a los eclipses que provoca el planeta, como modulaciones en la intensidad, lo cual verifica la presencia de un planeta, además de las provocadas por la sismicidad.

Para confirmar la existencia del planeta Kepler-­‐91 b se ha empleado el método de variaciones elipsoidales que consiste, básicamente, en la detección de la deformación de la superficie de la estrella por las fuerzas de marea ejercidas por el paso del planeta (ver vídeo). Hasta la fecha solo se han detectado con este método unos quince planetas, ya que se necesitan unas determinadas condiciones muy específicas que pocas veces se dan para poder aplicarlo. En cualquier caso, estos planetas orbitan alrededor de estrellas en una fase tranquila de su vida, con tamaños similares al Sol y sus planetas tienen asegurada una larga vida en ambientes estables. El ambiente de Kepler-­‐91 b es totalmente distinto.

Este planeta es el primer candidato a ser engullido por su estrella

La atmósfera planetaria de Kepler-­‐91 b, el nombre de este planeta, parece inflada, probablemente debido a la intensa radiación estelar, ya que el planeta está tan sumamente cerca de su estrella que tarda tan solo 6.24 días es dar una vuelta a su alrededor. Es, por tanto, el planeta más cercano a una estrella gigante roja conocido, lo que lo convierte en el primer candidato a ser engullido por su estrella. Esto sucederá en un plazo inferior a 55 millones de años, un periodo de tiempo muy reducido a escalas astronómicas.

Un enorme sol ocupando el horizonte

La cercanía del planeta y el gran tamaño de la estrella implican que un ocho por ciento de la bóveda celeste del planeta estaría ocupado por la visión rojiza de su estrella. Si tenemos en cuenta que, en el caso de la Tierra, el Sol o la Luna ocupan en la bóveda celeste un 0.0005%, podemos hacernos una idea del panorama que podría verse en el cielo diurno de Kepler-­‐91 b: una inmensa bola roja ocupando una fracción muy significativa del cielo y una intensidad luminosa extraordinaria.

Otra particularidad es que, dada la arquitectura del sistema, una fracción de la parte de la cara oculta del planeta debería estar iluminada. Un fenómeno análogo al sol de medianoche en los polos de la Tierra, pero que ocurriría en cualquier región del planeta. Comparativamente, en la actualidad, la estrella tiene un radio de 6,3 veces el radio del Sol y el planeta gigante gaseoso tiene un radio de 1,38 veces el radio de Júpiter y una masa de 0,88 veces la masa de Júpiter.

Colaboración hispano-­alemana

Este trabajo está basado parcialmente en observaciones llevadas a cabo por el Centro Astronómico Hispano-­‐Alemán, en Calar Alto (Almería, España), operado conjuntamente por el Instituto Max Planck de Astronomía (Heidelberg) y el Instituto de Astrofísica de Andalucía (IAA-­‐ CSIC, Granada).

Además, este trabajo hace uso de tiempo de observación gestionado tanto por el observatorio como de tiempo garantizado de ambos centros de referencia. Ha sido posible por el uso intensivo del espectrógrafo CAFÉ, el primer instrumento desarrollado y construido por el observatorio de Calar Alto, demostrando una vez más la necesidad de disponer de telescopios de tamaño medio e instrumentación de última generación en proyectos dedicados, que requieren un gran número de noches, y representa un modelo a seguir en el desarrollo del espectrógrafo Carmenes, un instrumento diseñado por un consorcio de 11 instituciones españolas y alemanas y piedra fundamental de la explotación del observatorio en los próximos años. 
IAC


El 15 de febrero de 2013, un meteoro de tamaño medio impactó en la atmósfera terrestre en la región de Chelyabinsk, Rusia. Los datos iniciales sobre su trayectoria y la estimación mediante infrasonidos de su masa han sido revisados por dos artículos en Nature y un artículo en Science. El meteoro que impactó en Chelyabinsk tenía una masa entre 12.000 y 13.000 toneladas métricas, casi el doble de lo que se estimó en su momento, impactó en la atmósfera superior a una velocidad de unos 19 km/s, más de 50 veces la velocidad del sonido, liberando una energía de unos 500 kilotones de TNT que en gran parte fue absorbida por la atmósfera (lo que minimizó los daños). A una altura entre 30 y 45 km el meteoro se fracturó en miles de pedazos. Sólo se han encontrado unos pocos meteoritos, el mayor con 600 kg formó un agujero circular en el hielo de la superficie y acabó en el fondo del lago Chebarkul, a 60 km al suroeste de Chelyabinsk. Los modelos por ordenador predicen que un asteroide como el Chelyabinsk colisiona con la Tierra una vez cada 150 años (en promedio). Nos lo cuenta Quirin Schiermeier, “Risk of massive asteroid strike underestimated. Meteor in Chelyabinsk impact was twice as heavy as initially thought,” News, Nature, 5 Nov 2013. Los artículos técnicos en Nature son Jiří Borovička et al., “The trajectory, structure and origin of the Chelyabinsk asteroidal impactor,” Nature, AOP, 06 Nov 2013; y P. G. Brown et al., “A 500-kiloton airburst over Chelyabinsk and an enhanced hazard from small impactors,” Nature, AOP 06 Nov 2013. El artículo en Science no lo he podido leer aún,
Popova, O. P. et al. Science (2013) (cuando aparezca añadiré los comentarios oportunos a esta entrada).


El artículo de Jiří Borovička et al. ha realizado un estudio detallado de todos los vídeos (la mayoría caseros) que grabaron el evento. Esta figura presenta el análisis del vídeo 7 que muestra que los fragmentos F1–F7 se originaron a baja altitud (~25 km), mientras que los fragmentos F11–F16 se originaron a mayor altitud (>30 km). Los interesados en ver figuras similares para los demás vídeos disfrutarán con las figuras y tablas que aparecen online como información extendida al artículo (por cierto, requiere acceso por suscripción a Nature).


Esta figura muestra la trayectoria principal del meteoro (línea gruesa en rojo) y la trayectoria del mayor fragmento F1 (línea delgada naranja); los números sobre la línea roja indican la altura en kilómetros. Las marcas F1–F4, F6, F7 y F11–F15 indican la posición de 11 fragmentos que han sido recopilados (ordenados de mayor a menor desde F1 a F15). Las líneas en amarillo indican fragmentos que se separaron a baja altura, entre 21 y 26 km, y las líneas en morado los que se separaron a gran altura, entre 30 y 39 km.


El artículo de Brown et al., a partir de los análisis de infrasonidos recogidos en múltiples estaciones distribuidas por todo el mundo (la más próxima a sólo 150 km del lugar del impacto) estima la energía liberada por el meteoro, 500 ± 100 kilotones de TNT (1 kilotón de TNT = 4,185 × 10¹² julios) y su tamaño (entre 17 y 20 metros de diámetro). El artículo se centra en el estudio mediante simulaciones por ordenador de la onda de choque producida por el impacto y su comparación con las estimaciones basadas en los daños producidos. Además, se estima la probabilidad de que este evento se repita en los próximos 20 años, obteniendo un valor del 13% (que los propios autores consideran que puede estar sesgado, pues los datos históricos de infrasonidos son fiables a partir de 1960).

Francis (th)E mule Science's News


El meteorito Chelyabinsk, que colisionó con la Tierra el pasado mes de febrero, entró en la atmósfera terrestre a poco más de 19 kilómetros por segundo, un poco más rápido de lo que se había informado hasta ahora, según concluye un estudio dirigido por Olga Popova, de la Academia rusa de Ciencias, en Moscú, y por el astrónomo Peter Jenniskens, del Centro de Investigación Ames de la NASA y el Instituto SETI, en California, Estados Unidos, así como otros 57 investigadores de nueve países.

"Si la humanidad no quiere seguir el camino de los dinosaurios, tenemos que estudiar un evento como este en detalle", destacó Qing- Zhu Yin, profesor del Departamento de Ciencias Terrestres y Planetarias en la Universidad de California Davis y uno de los científicos que participó en esta investigación, cuyos resultados se publican este jueves en 'Science'. Chelyabinsk pertenece al tipo más común de meteorito, una "condrita ordinaria", por lo que, tal y como expone Yin, si en el futuro se produjera un impacto catastrófico de un meteorito, su composición sería de este tipo.

En su conjunto, las mediciones confirmaron que el objeto Chelyabinsk era una condrita ordinaria, de 4.452 millones de años y que sufrió un impacto significativo unos 115 millones de años después de la formación del sistema solar hace 4.567 millones de años. Ese impacto fue en una fecha mucho más tardía que en otras condritas conocidas del mismo tipo, lo que sugiere una historia violenta, según Yin.

"Nuestro objetivo era comprender todas las circunstancias que dieron lugar a la onda de choque perjudicial que envió más de 1.200 personas a los hospitales en el área de Oblast ese día", señala Jenniskens. Los modelos de entrada de meteoroides (objetos originales) que utilizó el equipo mostraron que el impacto de Chelyabinsk fue causado por un único trozo del tamaño de 20 metros de roca que se fragmentó a 30 km de altitud.

El brillo del meteoro (la "estrella fugaz" que se ve en el cielo) llegó a su máximo a una altitud de 29,7 km ( 18,5 millas ) cuando el objeto explotó, de forma que para los observadores apareció brevemente más brillante que el Sol y provocó algunas quemaduras graves. El equipo estima que alrededor de tres cuartas partes de los meteoritos se evaporan en ese punto y la mayor parte del resto se convierte en polvo, siendo sólo una pequeña fracción (menos de un 0,05 por ciento ) la que cae al suelo como meteoritos.

La pieza individual más grande, que pesa unos 650 kilogramos, se recuperó del fondo del lago Chebarkul en octubre por un equipo de la Universidad Federal de los Urales, dirigido por el profesor Viktor Grokhovsky. Las ondas de la explosión en el aire rompieron ventanas, sacudieron los edificios y causaron daños a unos 90 kilómetros a ambos lados de la trayectoria. El equipo demostró que la forma de la zona dañada podría explicarse por el hecho de que la energía se deposita sobre una gama de altitudes.

El objeto se rompió a una altitud de 30 kilometros por la enorme presión de entrar en la atmósfera a gran velocidad. La ruptura fue probablemente facilitada por la abundancia de "venas de choque" que pasan a través de la roca, causada por un impacto que se produjo cientos de millones de años atrás.

Jenniskens calcula que el objeto pudo haber sido por asteroides de la familia Flora en el cinturón de asteroides, pero el trozo que afectó a Chelyabinsk, aparentemente, no se rompió en el cinturón de asteroides en sí. Investigadores de la Universidad de Tokio y la Universidad de Waseda en Japón encontraron que la piedra había sido expuesta a los rayos cósmicos durante alrededor de 1,2 millones de años, un periodo inusualmente corto para las rocas originarias de la familia Flora.

Jenniskens especula que Chelyabinsk pertenecía a un "montón de escombros" de un asteroide más grande que se rompió hace 1,2 millones de años, posiblemente en un anterior encuentro cercano con la Tierra. El resto de los escombros aún podrían estar alrededor como parte de la población de asteroides cercanos a la Tierra, según Jenniskens.

"Chelyabinsk sirve como punto de calibración único para eventos de impacto de meteoritos de alta energía para nuestros futuros estudios -dijo Yin--. Se necesita tecnología para la detección temprana de estos objetos, como el Gran Telescopio para Rastreos Sinópticos, que actualmente está siendo desarrollado por un equipo internacional encabezado por el profesor de física J. Anthony Tyson, de la Universidad de California Davis".
 

  • Tres estudios independientes analizan la trayectoria, velocidad y composición de la famosa roca que impactó en Rusia, cuya explosión fue equivalente a la de 600.000 toneladas de TNT

     



    El meteorito que explotó sobre los cielos de Chelyabinsk en febrero de 2013 fue el de mayor intensidad desde el evento Tunguska, que se produjo en Siberia en 1908 y arrasó 2.000 km cuadrados de tundra siberiana. Sin embargo, y a diferencia de aquella ocasión, esta vez miles de cámaras, desde sofisticados telescopios y satélites a cámaras caseras e incluso teléfonos móviles, capturaron hasta el último detalle de la brillante trayectoria y posterior explosión de la roca espacial, proporcionando a los investigadores un material de incalculable valor para comprender esta clase de fenómenos.


    Esta semana, Nature y Science, las dos principales revistas científicas del mundo, publican tres estudios con las conclusiones de varios equipos de investigadores. “Si la Humanidad no quiere seguir el mismo camino que los dinosaurios – dice en Science Quing-Zhu Yin, profesor de Ciencias Planetarias de la Universidad de Davis- necesitamos estudiar un evento como éste con todo detalle”. El meteorito de Chelyabinsk, cuyos restos fueron recientemente recuperados del fondo del lago Chebarkul, pertenece a la clase más común de meteoritos, las condritas. “Si se produjera en el futuro un impacto catastrófico –añade Yin- lo más probable es que el responsable fuera un objeto de este tipo”.

    El equipo del que Yin forma parte, liderado por Olga Popova, de la Academia Rusa de Ciencias, y por el astrónomo de la NASA Peter Jenniskens, agrupa a otros 57 investigadores de nueve países diferentes. “Nuestro objetivo –señala el propio Jenniskens- es el de comprender todas las circunstancias que dieron lugar a la onda expansiva que envió a 1.200 personas al hospital en la zona de Chelyabinsk ese día”. La explosión fue equivalente a la de 600.000 toneladas de TNT.

    Basándose en los múltiples vídeos disponibles, tomados desde todos los ángulos, el equipo ha podido determinar con precisión la trayectoria del bólido y también su velocidad, que fue de 19 km. por segundo en el momento de entrar en la atmósfera. “nuestro modelo de entrada del meteoroide –explica Olga Popova- muestra que el impacto fue causado por un único fragmento de roca de 20 metros de diámetro, que se fragmentó después a una altitud de 30 km.

    Más brillante que el Sol

    La terminología cientofica distingue entre “meteoroide”, que es el objeto original; meteoro, que es el (o los) objetos que dejan brillantes estelas en el cielo; y meteorito, que es el (o los) objetos que finalmente llegan al suelo. Así, el brillo del meteoro alcanzó su máxima intensidad a una altitud de 29,7 km, momento en el que estalló. Para quienes pudieron contemplarlo a simple vista, en ese instante brilló más que el propio Sol. Después se produjeron varias estelas secundarias, mucho menos brillantes.

    El equipo de investigadores estima que cerca de las tres cuartas partes del meteoroide original se evaporaron durante la explosión. Y de lo que quedó, la mayor parte se convirtió en polvo. Solo una pequeña parte, pues, con una masa de entre 4.000 y 6.000 kg (o lo que es lo mismo, el 0,05 por ciento del meteoroide), cayó al suelo en forma de meteoritos. El mayor de los restos encontrados pesa unos 650 kg. Y fue recuperado del fondo del lago Chebarkul el pasado mes de octubre por un equipo de la Universidad Federal de los Urales.

    La onda expansiva de la explosión rompió cristales, sacudió edificios e incluso abatió a personas en más de 50 poblaciones del área de impacto, unos 90 km. de extensión en el mismo sentido que la trayectoria. La curiosa forma del área afectada se explica por el hecho de que la energía del bólido quedó repartida a diferentes altitudes.

    En laboratorio, los investigadores llevaron también a cabo detallados análisis químicos e isotópicos de los fragmentos recuperados en tierra. Se midieron también las propiedades magnéticas de los gránulos metálicos del meteorito y se realizaron incluso tomografías computerizadas para escanear la roca.

    La otra parte

    El resultado de todas estas pruebas confirma que el objeto de Chelyabinsk era una condrita, una roca de 4.452 millones de años de antigüedad procedente de un enorme enorme impacto que se produjo apenas 115 millones de años después de que se formara nuestro Sistema Solar, hace 4.567 millones de años. Una historia, pues, cargada de violencia. Además, la roca que llegó a la Tierra formaba parte de otra mayor, de la que se escindió hace apenas 1,2 millones de años, probablemente en una “pasada” previa en las cercanías de nuestro planeta.

    Lo cual, por supuesto, significa que la otra parte está aún “ahí arriba”, en alguna lugar indeterminado y formando parte de la numerosa población de asteroides cercanos a la Tierra. Yin, subraya que impactos notables, como el de Chelyabinsk o el de Tunguska, suceden con una frecuencia mayor de la que tendemos a pensar. Por ejemplo, en 1976 se recuperaron en China hasta cuatro toneladas de material procedente de una lluvia de meteoritos en la localidad de Jilin.
     
    ABC.es
La amenaza de otro impacto de asteroide como el que cayó en el centro de Rusia este año es mucho más alta de lo que se pensaba hasta ahora.



En esta imagen de octubre de este año, se observa parte del meteorito recuperado del lago Chebarkul.
Así lo sugiere un estudio publicado en la revista científica Nature en el que investigadores constataron que rocas espaciales tan grandes como una casa y de un tamaño similar a la que explotó sobre la localidad de Chelyabinsk, están viajando hacia la atmósfera de la Tierra con una frecuencia sorprendente.

Los científicos dicen que es necesario poner en marcha sistemas de alerta temprana.

El autor principal de la investigación, el profesor Peter Brown, de la Universidad de Western Ontario en Canadá, le dijo al programa de la BBC Science in Action: "Probablemente merezca la pena crear una suerte de sistema que escanee el cielo de una forma casi constante y busque estos objetos antes de que alcancen la Tierra.

"En el caso de Chelyabinsk, una alerta previa de unos días o una semana hubiera sido valiosa", precisó.

El objeto que cayó en la ciudad rusa se hundió en el lago Chebarkul, lo que causó una perforación de seis metros de ancho en el hielo de la superficie.

Científicos afirman que la roca recuperada parece ser el fragmento más grande de un meteorito que se ha encontrado hasta ahora.

Recuperan meteorito que cayó en lago ruso

Bola de fuego

"En el caso de Chelyabinsk, una alerta previa de unos días o una semana hubiera sido valiosa"

Peter Brown, Universidad de Western Ontario, Canadá

Se calcula que el asteroide que explotó sobre Chelyabinsk el pasado 15 de febrero medía cerca de 19 metros de ancho.

Golpeó la atmósfera con una energía que se calcula era equivalente a 500.000 toneladas de TNT, generando una onda sísmica que dio dos vueltas alrededor del globo. Causó daños generalizados e hirió a más de 1.000 personas.

Ahora, los científicos dicen que puede haber más rocas espaciales de este tipo en rumbo de colisión hacia la Tierra.

Un equipo internacional revisó datos de los últimos 20 años recopilados de sensores que utiliza el gobierno de Estados Unidos y sensores de infrasonidos posicionados en todo el globo.

Estos sensores están colocados para detectar la amenaza de armas nucleares, pero también pueden capturar las explosiones causadas por impactos de asteroides.

Los investigadores comprobaron que, durante este tiempo, cerca de 60 asteroides de hasta 20 metros de tamaño se habían estrellado en la atmósfera de la Tierra: muchos más de lo que se pensó previamente.

La mayoría de ellos pasaron inadvertidos porque explotaron sobre el océano o sobre zonas muy remotas.

Brown explicó: "Fuimos capaces de obtener la tasa de incidencia que se podría esperar de eventos como el de Chelyabinsk y de impactos menores. Cuando se compara con las cifras que se reciben de las observaciones con telescopio, nuestros números son varias veces más altos".

Esto sugiere que el riesgo que suponen los asteroides de este tamaño ha sido subestimado hasta ahora.


La entrada de asteroides en la atmósfera es más frecuente de lo que se pensaba.

Más impactos y mayor presencia

El equipo calcula que la tasa de alcance de asteroides de decenas de metros de tamaño oscila entre 2 y 10 veces más de lo que se pensaba hasta ahora.

"Algo como lo de Chelyabinsk se esperaría que ocurriera sólo cada 150 años, según la información de los telescopios. Pero cuando se analizan nuestros datos y se extrapolan, vemos que estos eventos parecen estar ocurriendo cada 30 años o así", dijo Brown.

Un evento como el impacto de Tunguska en 1908, año en que un asteroide aplanó miles de kilómetros cuadrados de bosque en Siberia, probablemente ocurra cada pocos cientos de años en lugar de cada pocos miles de años, añadió.

Brown defendió que se deben hacer más esfuerzos para crear sistemas de alerta temprana.


Muchas personas en Rusia capturaron imágenes del meteoro de Chelyabinsk.

"Hay literalmente millones de objetos en el rango de las decenas de metros de tamaño que sospechamos son asteroides cercanos a la Tierra que pueden aproximarse a nuestro planeta", explicó.

"Sólo hemos descubierto algo más de 1.000 de estos elementos. Hay muchos más por encontrar, pero sería muy caro encontrarlos todos y probablemente no tendría mucho sentido, porque la atmósfera los detiene en muchos casos.

"Lo que sí puede tener sentido es desarrollar sistemas que encuentren objetos unos días o semanas antes de que lleguen… que digan dónde y cuándo impactarán la Tierra. Esto permitiría que se diera algún tipo de alerta a las autoridades de defensa civil".

En otro estudio, también publicado en Nature, los científicos dijeron haber rastreado el asteroide del que se escindió el meteoro de Chelyabinsk.

Creen que es un fragmento de una roca de 2 km de ancho llamada asteroide 86039.

El profesor Jiri Borovicka, de la Academia de Ciencias de la República Checa, dijo que las órbitas eran "llamativamente similares", aunque el equipo no pudo probar "el origen común con certeza absoluta".



El riesgo de meteoritos peligrosos es 10 veces más alto de lo que se creía

 

Una llamada de atención. Así define un equipo de investigadores la explosión causada por el meteorito que el pasado 15 de febrero provocó más de un millar de heridos en Chelyabinsk (Rusia) y que supuso el mayor impacto registrado en la Tierra desde el denominado evento Tunguska (en 1908 la caída de un objeto, del que no se encontraron restos, causó un enorme cráter en una zona despoblada de Siberia).

Según un estudio publicado esta semana en Nature y liderado por investigadores de la Universidad de Western Ontario (Canadá), el número de rocas espaciales con un tamaño parecido al de Chelyabinsk (de unos 19 metros) que suponen una amenaza para la Tierra podría ser diez veces mayor de lo que pensaba hasta ahora.

Peter Brown y sus colegas han calculado asimismo la cantidad total de energía liberada por la explosión del meteorito, que fue capaz de romper miles de cristales de ventanas y puertas. Su impacto, comparan, fue equivalente a una explosión de 500 kilotones (se calcula que la potencia destructiva de la bomba atómica lanzada en Hiroshima en 1945 fue de 15 kilotones).

Se trata de una de las tres investigaciones sobre el meteorito ruso que esta semana coinciden en las páginas de Nature y Science, consideradas las dos revistas científicas más prestigiosas. Y es que, a diferencia de lo que ocurrió en Tunguska, la roca de Chelyabinsk cayó cerca de una zona densamente poblada y en pleno siglo XXI, por lo que los numerosos vídeos grabados por cámaras de vigilancia y teléfonos móviles de ciudadanos, junto con los abundantes fragmentos de roca recogidos por la zona, están permitiendo reconstruir con detalle lo que ocurrió aquel día e investigar de dónde procedió este meteorito.

Detectar asteroides de pequeño tamaño

Numerosos equipos de investigación en todo el mundo están estudiando este episodio y las probabilidades de que un objeto de estas características vuelva a caer sobre la Tierra. Y es que, aunque los científicos monitorizan y tienen más o menos vigilados a los asteroides de gran tamaño que podrían suponer una amenaza en el futuro, los de menor tamaño son muy difíciles de detectar con antelación. Como ocurrió en febrero.

"Si la Humanidad no quiere acabar como los dinosaurios, tenemos que estudiar este tipo de sucesos con detalle", advierte rotundo Qing-Zhu Yin, profesor del Departamento de Ciencias Planetarias y de la Tierra de la Universidad de California, y coautor del estudio publicado esta semana en la revista Science.

Confirmando lo que habían revelado anteriores investigadores, este equipo de científicos afirma que la roca es una condrita ordinaria, un tipo muy común: "Si un meteorito impacta de forma catastrófica en la Tierra, lo más probable es que se trate de un objeto de este tipo", sostiene Qing-Zhu Yin.

Tras la explosión, los autores de este estudio, liderados por Olga Popova, de la Academia de Ciencia Rusas, visitaron medio centenar de localidades de los alrededores para evaluar el impacto. Según comprobaron, la onda expansiva causó daños en zonas situadas hasta 90 kilómetros de distancia.


Simulación de la roca entrando en la atmósfera.

NATURE
Estudio de su trayectoria

Basándose en las imágenes grabadas por las cámaras de vídeo desde diferentes ángulos, el equipo liderado por Popova calcula que el asteroide entró en la atmósfera terrestre a una velocidad de 19 kilómetros por segundo, ligeramente más rápido de lo que se había estimado previamente.

El impacto lo causó un trozo de roca de unos 20 metros de diámetro que se fragmentó cuando se encontraba a 30 kilómetros de altura. Fue en ese momento cuando hizo explosión y alcanzó su pico máximo de brillo (se percibió como 30 veces más brillante que el Sol y causó quemaduras graves en algunas personas).

Fragmentos recuperados
Tras la explosión, tres cuartas partes de la roca se evaporaron. La mayor parte de lo que quedó se convirtió en polvo y sólo una pequeña cantidad (entre 4.000 y 6.000 kilogramos, es decir, el equivalente al 0,05% de la roca que entró en la atmósfera) cayó al suelo como meteorito.

El mayor fragmento de roca recuperado hasta ahora pesa 650 kilogramos y fue sacado del fondo del lago helado Chebarkul el pasado mes de octubre. Antes se habían recogido numerosos trozos de pequeño tamaño que han sido analizados por otros investigadores. Sin embargo, se cree que muchos cayeron en manos de los cazameteoritos, pues la compraventa de estos restos de roca supone un lucrativo negocio.


Detalle de un fragmento del meteorito de Chelyabinsk.

SCIENCE

Por lo que respecta a su antigüedad, proponen que esta condrita tiene 4.452 millones de años. Mientras que, básicamente, los diferentes equipos de investigadores que estudian el meteorito ruso están de acuerdo sobre las características de la roca, la trayectoria que siguió y la altura a la que hizo explosión, existen diferentes teorías sobre la procedencia del objeto, como ha quedado de manifiesto en los artículos publicados en los últimos meses.

Por ejemplo, los autores de uno de los estudios publicados esta semana en Nature afirman que la órbita de Chelyabinsk es parecida a la de otro asteroide que ha orbitado cerca de la Tierra (el denominado 86039 (1999 NC43), y sugieren que los dos probablemente fueron parte del mismo objeto celeste.

En lo que todos coinciden es en la necesidad de seguir estudiando estos objetos e implantar sistemas de alerta temprana para ser capaces de detectarlos con antelación y evitar sorpresas como la de febrero.

Según advierte Qing-Zhu Yin, los eventos como el de Tunguska o Chelyabinsk ocurren con más frecuencia de la que pensamos, aunque no siempre hayan sido detectados cuando se producen (la mayoría de la superficie terrestre está cubierta por agua). Por ejemplo, recuerda, cuatro toneladas de material fueron recuperadas de una lluvia de meteoros en Jilin, China, en 1976.

En la actualidad hay varios proyectos para desarrollar telescopios o utilizar equipos ya existentes para detectar de forma temprana estos objetos, como el Large Synoptic Survey Telescope que coordinan desde la Universidad de California.

Asimismo, José Luis Galache, científico del Minor Planet Center, un centro desde el que monitorizan los asteroides que pueden suponer un peligro para la Tierra y coordinan los nuevos objetos descubiertos, explica que recientemente la NASA financian un proyecto de la Universidad de Hawai llamado ATLAS con el objetivo de descubrir asteroides rumbo a la Tierra antes de que lleguen a impactar: "Harán uso de uno dos telescopios pequeños que cubrirán todo el cielo (el visible desde Hawai) dos veces por noche. Para objetos del tamaño de Tunguska, ATLAS dará una alerta de aproximadamente una semana, pero para los de tamaño de Chelyabinsk, escasas 24 horas", explica. Aunque sería un margen pequeño, el investigador cree que podría ser tiempo suficiente para alertar a la población del peligro y pedirles que se resguardaran en lugar seguro y alejado de ventanas.

 

BBC
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