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Sucedió el 21 de marzo de 2013. La prensa científica de todo el mundo se había congregado en la sede parisina de la ESA o se había conectado online, junto a una multitud de científicos, para presenciar el momento en que la misión Planck de la ESA revelaría su ‘imagen’ del cosmos. Una imagen capturada no en luz visible, sino en microondas.

Mientras que la luz que nuestros ojos puede ver está compuesta por pequeñas longitudes de onda, de menos de una milésima de milímetro, la radiación que estaba detectando Planck abarcaba longitudes algo mayores, de unas décimas de milímetro a varios milímetros. Y sobre todo, se había generado en los albores del Universo.

Esta radiación se conoce colectivamente como fondo cósmico de microondas. Al medir sus minúsculas diferencias a lo largo del firmamento, la imagen de Planck era capaz de hablarnos sobre la edad, la expansión, la historia y el contenido del Universo. Nada más y nada menos que un primer plano cósmico.

Los astrónomos sabían lo que buscaban. Dos misiones de la NASA, COBE a principios de los noventa y WMAP durante la década siguiente, ya habían llevado a cabo una serie de estudios análogos del firmamento que proporcionaron imágenes similares. Pero carecían de la precisión y la nitidez de Planck.

La nueva vista mostraría la impronta del Universo temprano con un detalle sin precedentes. Y había mucho en juego.

Si nuestro modelo del Universo era correcto, Planck lo confirmaría con unos niveles de precisión inauditos. Si el modelo estaba equivocado, Planck mandaría a los científicos de vuelta a la mesa de dibujo.     
            
Una vez revelada la imagen, los datos confirmaron el modelo. Respondía con tal precisión a las expectativas que no cabía extraer otra conclusión: Planck nos mostraba un ‘universo casi perfecto’. Pero ¿por qué ‘casi’? Porque quedaban algunas anomalías, que se convertirían en el objetivo de la investigación futura.

Ahora, cinco años después, el Consorcio Planck acaba de publicar los datos definitivos del legado de Planck. El mensaje de la misión es el mismo, e incluso se ve reforzado.

“Se trata del legado más importante de Planck —señala Jan Tauber, científico del proyecto Planck de la ESA—. Hasta el momento, el modelo cosmológico estándar ha superado todas las pruebas y Planck ha efectuado las mediciones que lo demuestran”.

Todos los modelos de cosmología se basan en la teoría general de la relatividad de Albert Einstein. Para reconciliar las ecuaciones de la relatividad general con un amplio abanico de observaciones, incluidas las de la radiación cósmica de fondo, el modelo estándar incorpora la acción de dos componentes desconocidos.

En primer lugar, un componente de materia atractivo, denominado materia oscura fría y que, a diferencia la materia común, no interactúa con la luz. En segundo lugar, una forma repulsiva de energía, conocida como energía oscura, que promueve la actual expansión acelerada del Universo. Se ha descubierto que son componentes esenciales para explicar nuestro cosmos junto a la materia común conocida. Pero por el momento no sabemos qué son exactamente estos componentes exóticos.

Planck se lanzó en 2009 y recopiló datos hasta 2013. El primer lanzamiento de datos, que mostraba el Universo casi perfecto, tuvo lugar en la primavera de ese año. Se basaban únicamente en la temperatura de la radiación cósmica de fondo y solo empleaba los dos primeros estudios del firmamento de la misión.

Los datos también presentaban pruebas adicionales de una fase muy temprana de expansión acelerada, denominada inflación, en la primera minúscula fracción de un segundo en la historia del Universo, durante la cual surgió el germen de todas las estructuras cósmicas. Al proporcionar una medida cuantitativa de la distribución relativa de estas fluctuaciones primigenias, Planck ofreció la confirmación más clara jamás obtenida del escenario inflacionario.

Además de cartografiar la temperatura del fondo cósmico de microondas a lo largo de firmamento con una precisión sin precedentes, Planck también midió su polarización, que indica si la luz vibra en una dirección preferente. La polarización de la radiación cósmica de fondo ofrece una huella de la última interacción entre la radiación y las partículas de materia del Universo temprano, y como tal contiene información adicional y fundamental sobre la historia del cosmos. Además, también contiene información sobre los primeros instantes del Universo y nos proporciona claves para comprender su nacimiento.

En 2015, un segundo lanzamiento de datos recogía todos los datos recopilados durante la misión, que abarcaba ocho estudios del firmamento. Incluía la temperatura y la polarización, pero venía con una advertencia.

“Sabíamos que la calidad de algunos de los datos de polarización no era suficiente para utilizarse en cosmología”, reconoce Jan. Y añade que, por supuesto, eso no les impidió seguir adelante, aunque ciertas conclusiones extraídas en ese momento precisarían de confirmación y, por lo tanto, deberían tratarse con cautela.

Y ese es el gran cambio que aporta este lanzamiento de datos de 2018. El Consorcio Planck los ha procesado de nuevo. La mayoría de señales tempranas que exigían precaución han desaparecido. Los científicos ahora están seguros de que tanto la temperatura como la polarización se han determinado de forma precisa.

“Estamos convencidos de que podemos obtener un modelo cosmológico basado únicamente en la temperatura, únicamente en la polarización o basado en ambas magnitudes. Y todos coinciden”, explica Reno Mandolesi, principal investigador del instrumento LFI de Planck en la Universidad de Ferrara (Italia).

“Desde 2015, otros experimentos han ido recopilando más datos astrofísicos y se han llevado a cabo nuevos análisis cosmológicos, combinando observaciones de la radiación cósmica de fondo a pequeñas escalas con observaciones de galaxias, cúmulos galácticos y supernovas, que en la mayoría de casos han mejorado la coherencia con los datos de Planck y el modelo cosmológico que respalda”, añade Jean-Loup Puget, principal investigador del instrumento HFI de Planck en el Instituto de Astrofísica Espacial de Orsay (Francia).

Se trata de toda una proeza e implica que los cosmólogos pueden estar seguros de que su descripción del Universo, con materia común, materia oscura fría y energía oscura, y poblado por estructuras surgidas durante una fase temprana de expansión inflacionaria, es correcto en su mayor parte.

Aún quedan por explicar algunas anomalías, o tensiones, como las llaman los cosmólogos. Una en concreto tiene que ver con la expansión del Universo. Su velocidad viene dada por la denominada constante de Hubble.

Para obtener esta constante, los astrónomos normalmente tenían que observar distancias a lo largo del cosmos y se veían limitados a hacerlo en el Universo más cercano, midiendo el brillo aparente de determinados tipos de estrellas variables y estrellas en explosión, cuyo brillo real se puede estimar de forma independiente. Se trata de una técnica ampliamente probada y desarrollada a lo largo del último siglo, descubierta por Henrietta Leavitt y aplicada posteriormente, a finales de los años veinte, por Edwin Hubble y sus colaboradores, que utilizaron estrellas variables en galaxias distantes y otras observaciones para revelar que el Universo se estaba expandiendo.

El valor que los astrónomos derivan de la constante de Hubble empleando una gran variedad de observaciones punteras, incluidas algunas del telescopio espacial Hubble de la NASA/ESA  (que debe su nombre a este científico pionero), y más recientemente a la misión Gaia de la ESA, es de 73,5 km/s/Mpc, con una incertidumbre de tan solo un dos por ciento. Estas unidades indican la velocidad de la expansión en km/s por cada millón de pársecs (Mpc) de separación en el espacio, donde un pársec equivale a 3,26 años luz.

Una segunda forma de calcular la constante de Hubble es usar el modelo cosmológico coherente con la imagen del fondo cósmico de microondas, que representa un Universo muy joven, y calcular una predicción de cuál sería la constante hoy. Al aplicarse a los datos de Planck, este método nos da un valor menor, de 67,4 km/s/Mpc, con una mínima incertidumbre, inferior al uno por ciento.

Por un lado, resulta extraordinario que dos formas tan distintas de derivar la constante de Hubble (una empleando el Universo local y maduro, y la otra basada en el Universo distante y temprano) ofrezcan resultados tan cercanos. Por otro, en principio estas dos cifras deberían coincidir dentro de sus respectivas incertidumbres. Esta es la tensión, y la pregunta es ¿cómo reconciliarlas?

De ambos lados existe el convencimiento de que los errores que podrían quedar en sus métodos de medida son demasiado pequeños como para provocar esta discrepancia. Así que, ¿quizá nuestro entorno cósmico local tiene alguna peculiaridad que haga que la medición cercana presente una leve anomalía? Por ejemplo, sabemos que nuestra Galaxia se halla en una región más bien poco densa del Universo, lo que podría afectar al valor local de la constante de Hubble.

“No hay una única solución astrofísica satisfactoria que pueda explicar esta discrepancia. Así que puede que exista una nueva física aún por descubrir”, apunta Marco Bersanelli, investigador principal adjunto del instrumento LFI en la Universidad de Milán (Italia).

Como ‘nueva física’ se entiende que una serie de partículas o fuerzas exóticas podrían influir en los resultados. Sin embargo, por muy emocionante que suene, los resultados de Planck limitan enormemente esta posibilidad, ya que encaja a la perfección en la mayoría de observaciones.

“Es muy difícil añadir una nueva física que resuelva la tensión, pero que a la vez conserve la descripción precisa del modelo estándar, en la que ya encaja todo lo demás”, señala François Bouchet, investigador principal adjunto del instrumento HFI en el Instituto de Astrofísica de París.

Así pues, nadie ha sido capaz de aportar una explicación satisfactoria para las diferencias entre las dos mediciones, y la cuestión sigue sin resolverse.

“Por el momento, no deberíamos hacernos demasiadas ilusiones con encontrar una nueva física: la discrepancia relativamente menor quizá podría explicarse por una combinación de pequeños errores y efectos locales. Pero tenemos que seguir mejorando nuestras mediciones y pensando en formas mejores de explicarla”, advierte Jan.

Este es el legado de Planck: con su Universo casi perfecto, la misión ha confirmado a los investigadores sus modelos, salvo por un par de detalles que habrá que resolver. En otras palabras: lo mejor de dos mundos.



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Henrietta Leavitt, la astrónoma 'calculadora' de Harvard, nació hace 150 años. Su trabajo contando estrellas revolucionó la comprensión del universo.




El 4 de julio de 1868, un día como hoy hace 150 años, nació Henrietta Swan Leavitt en el pueblo de Lancaster (Massachusetts, Estados Unidos). Tras graduarse en la Universidad de Oberlin y en la Universidad de Radcliffe, la joven se incorporó al Harvard College Observatory. Allí formó parte de un grupo de mujeres bautizado como el harén de Pickering —un nombre de dudoso buen gusto en honor a Edward Pickering, director del observatorio—. Henrietta Swan Leavitt, la astrónoma calculadora, trabajó en el observatorio de Harvard contando estrellas

Su jefe decidió que todas ellas fueran mujeres para pagarles un salario menor —apenas veinticinco centavos la hora— por un trabajo tedioso y que en la mayoría de casos no fue reconocido en las publicaciones científicas. Henrietta Leavitt, junto a sus compañeras, se dedicaba a contar estrellas de las placas fotográficas que obtenían los investigadores de los observatorios de Harvard y de Arequipa (Perú).

La tarea que tenía encomendada pronto le brindó el apodo de astrónoma calculadora. Leavitt no solo debía anotar cifras y mirar las placas de forma escrupulosa, sino que también registraba su tamaño —infiriendo el brillo del astro— y lo comparaba con los datos obtenidos en el pasado. La norteamericana descubrió estrellas variables en las Nubes de Magallanes, dos galaxias cercanas a la Vía Láctea. Cuatro años después, Henrietta Leavitt publicó su hallazgo en la revista Anales del Observatorio de Harvard, donde también calculó los períodos de pulsación de los astros. 


“Es destacable que, en esta tabla, las estrellas más brillantes tienen los períodos más largos”, afirmó la investigadora en aquel trabajo. Una observación sagaz que permitió corroborar la existencia de las cefeidas, un tipo de estrellas pulsantes con una luminosidad que varía periódicamente a lo largo del tiempo. Tiempo después, fue Edward Pickering —y no Leavitt— quien firmó una circular en Harvard en la que se recogían las observaciones de la astrónoma y sus compañeras. Una muestra más de la discriminación que han sufrido las mujeres en la historia de la ciencia. La astrónoma realizó un descubrimiento clave para poder estimar las distancias de las galaxias

Henrietta Leavitt demostró que las cefeidas que cuentan con el mismo período de pulsación tenían la misma luminosidad. Así se estableció la relación entre período y luminosidad, una observación clave para identificar la escala de la distancia que se emplea a la hora de calcular las distancias de las galaxias. Poco después, el también astrónomo Ejnar Hertzsprug estimó que la Pequeña Nube de Magallanes se situaba a 30.000 años luz, escribiendo un nuevo capítulo en la forma en la que comprendemos el universo. La repercusión de su labor llevó al matemático Gösta Mittag-Leffler a proponer la candidatura de Leavitt para el premio Nobel. Por desgracia, la astrónoma había fallecido en 1921, cuatro años antes de su iniciativa.



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El cosmonauta ruso sobrevivió a uno de los accidentes más graves ocurridos en el espacio durante su primer vuelo en 1997 




El cosmonauta ruso Alexander Lazutkin (Moscú, 1957) se enfrentaba a su primer vuelo espacial en febrero de 1997 cuando se le ocurrió preguntar a sus colegas más veteranos a cuántas situaciones de emergencia podría enfrentarse en la ya desaparecida estación espacial Mir, donde estaría en órbita durante seis meses. Por estadística, le dijeron cuatro o cinco, seis como máximo. Pero durante los tres primeros días, Lazutkin y sus dos compañeros, el ruso Vasili Tsibliev y el estadounidense Michael Foale, ya sufrieron tres. En la primera semana se produjo un incendio. «Ese era muy grave, valía por dos, así que pensé que el resto del vuelo sería muy tranquilo», explica el que entonces era ingeniero a bordo. Nada de eso. Se les rompió un sistema de producción de oxígeno y el de extracción de gas, falló la electricidad varias veces e incluso el cuarto de baño les dio problemas. Y después llegó el choque. En junio, una nave de carga Progress M-34 se empotró contra un módulo de la plataforma orbital y provocó su despresurización. La tripulación logró salir viva del peor accidente ocurrido a casi 400 km sobre la Tierra, una historia increíble que Lazutkin ha contado en una conferencia en el Planetario de Madrid organizada por la Obra Social «la Caixa» y el Centro Ruso de Ciencia y Cultura.


-Su vida corrió grave peligro en la Mir. ¿Cómo se vive algo así cuando se sabe rodeado de la nada más absoluta?

-Cuando ocurrió el incendio, lo primero que pensé fue: aquí no viene ningún bombero. Por supuesto, me asusté. Pero cuando superamos el primer fuego, surgió en mí la convicción de que podríamos superar cualquier cosa. Y llegué a la conclusión de que todo depende de la tripulación. Al principio esperábamos las instrucciones desde el puesto de mando de la Tierra, pero después estábamos mucho más convencidos de nuestras propias fuerzas y recursos.

-Menos mal, porque luego ocurrió lo peor.

-El choque con la nave Progress. En la pantalla salió la señal de que empezaba la despresurización. ¡El aire empezaba a irse! Incluso lo notamos en los oídos, como cuando despega un avión. Fue un cambio brusco de presión. En ese momento, lo primero que hicimos fue determinar en qué sitio se produjo el choque. Ya oíamos por donde se escapaba el aire y detectamos la fisura en uno de los módulos de la estación. (El módulo científico Spektor, amarrado de manera permanente).

-Intentó cortar unos cables con un cuchillo para llegar al agujero.

-Es cierto. Al borde del abismo, no tenía tiempo de ver dónde estaban las conexiones, así que cogí una navaja suiza y empecé a cortar. Pero el lugar estaba repleto de tendidos eléctricos y maquinaria, no se podía llegar a la pared. Entonces tomamos la decisión de aislar el módulo. En ese momento, el aire empezó a circular por la estación. En el módulo, se fue por completo.

-¿Por qué se produjo el choque?

-Era un experimento. Las naves de carga vuelan sin tripulación y son dirigidas por un ordenador que las lleva a la estación espacial y las acopla. Pensamos que si ese ordenador se rompía, los suministros, tan valiosos, podían perderse, así que intentamos dirigir la nave desde la estación. Esto ya se había hecho antes en dos ocasiones: una vez desde 20 metros y otra desde 120 metros. Pero nosotros empezamos desde 5 km. Pronto nos dimos cuenta de que no teníamos información fiable de la velocidad ni de la distancia de la nave. Esta fue una de las causas por las que chocó.

-Debió de sentir un miedo atroz.

-Éramos conscientes de la emergencia, pero estábamos tranquilos porque podíamos actuar, seguir un protocolo. Eso sí, tras tomar todas las medidas, cuando nos sentamos y asimilamos lo que había ocurrido, nos dimos cuenta de que si la nave hubiera chocado no en ese sitio sino un poco más abajo, el módulo se habría desprendido y habríamos muerto de forma irremediable. Entonces sí que sentimos pánico. Pero pensamos: estamos vivos, la estación funciona, hemos perdido solo un módulo, para qué sufrir.

-¿No le temblaba todo el cuerpo de arriba a abajo?

-Sí (risas). Es un escape emocional. Después del choque, sujeté con las dos manos la escotilla, y estuve así durante un tiempo, sujetando muy fuerte, mientras el comandante iba diciendo la presión una y otra vez. Solo la solté cuando la presión se había restablecido. Entonces me di cuenta de que me temblaba una uña, el dedo, la mano... y ese temblor me fue recorriendo todo el cuerpo.

-Es algo terrorífico, pero por su reacción fue condecorado como un héroe.

-Sí, y no estamos preparados para algo así. Cuando ocurren cosas tan graves, lo que se pone en marcha es un mecanismo de supervivencia. Toda la energía se dirige a intentar salvar la vida, no te da tiempo a pensar en nada más.

-¿Esa experiencia le ha cambiado personalmente?

-No lo sé, pero sí cambió mi percepción de la realidad. Cuando era un niño jugaba alrededor de mi casa y ese era mi mundo. En una ocasión mis padres me autorizaron a subir a la azotea y descubrí que el mundo iba mucho más allá. En el espacio ocurre igual, es una azotea superior, y te das cuenta de que existe más de lo que crees. Nuestro planeta es solo una mota de polvo. Por eso, los problemas que yo tengo en la Tierra me parecen también muy pequeñitos. Después de ese vuelo estoy mucho más sereno.

-Fueron unos accidentes terribles para la MIR. ¿Podría suceder lo mismo en la Estación Espacial Internacional (ISS)?

-En principio todo es posible, pero ahora somos más sabios. Todo lo aprendido en la MIR ha servido para que se tomen medidas para que no vuelva a ocurrir.

-¿Ahora es menos peligroso volar al espacio?

-No, no. El peligro es el mismo. Un meteorito de 10 cm es suficiente para que atraviese toda la estación espacial sin salvación. Y hay muchísimas toneladas de meteoritos de ese tipo cayendo continuamente sobre la Tierra.

-A pesar de todo, creo que ha dicho alguna vez que lo peor fue adaptarse a la falta de gravedad.

-La ingravidez no es terrible, pero para mí fue muy pesada. Hay un período en el que tienes que acostumbrarte. Para algunas personas ese proceso es menos tormentoso; en mi caso, durante siete u ocho días sentí que tenía ganas de que todo acabase. Ahora tratan de disminuir estos síntomas con medicamentos.

-Aquellos que se enfrenten al primer viaje interplanetario tendrán que asumir retos aún mayores. ¿Cómo deberán prepararse?

-Es muy sencillo, porque la experiencia acumulada por los vuelos de los astronautas es enorme. Hay que asimilar bien lo que ya sabemos y tener en cuenta una cosa: Como la vida, el Cosmos no perdona las menudencias. Quiero decir, aunque tengamos la nave espacial más moderna y mejor equipada, si hacemos mal los cálculos y le restamos media tonelada de agua a la tripulación para ahorrar peso, podemos conducirles a la muerte.

-Donald Trump quiere volver a la Luna. ¿Es un anuncio político o un proyecto necesario?

-Toda la comunidad cosmonáutica estamos esperando con mucho interés que él diga qué objetivo se propone.

-¿Ha cambiado mucho la carrera espacial desde que usted voló al espacio?

-Entonces solo había dos países en la carrera espacial, ahora tenemos muchos. EE.UU., Rusia, Europa, China, India.. pueden hacer naves e investigación espacial. No depende de Putin ni de Trump, es el momento de tomar decisiones colectivas. Y es la comunidad científica internacional quien debe pronunciarse hacia dónde debemos ir. Los científicos saben mejor que los presidentes de qué es capaz la ciencia astronáutica actual. Los dirigentes políticos lo único que pueden y deben hacer es dirigir sus estados, apoyándonos o no.

-Además hay otro factor en juego que son las empresas privadas. ¿Qué opina de la privatización del espacio?

-Es un proceso natural y soy favorable. Estas empresas, como SpaceX, resuelven las tareas técnicas de manera muy brillante, pero son pobres de ideas, no están descubriendo nada nuevo. Cuando surjan diez nuevas entonces puede que se produzca un salto cualitativo en cuanto a la investigación. Están en ello y un día harán algo revolucionario.

-Volviendo al pasado, ¿de verdad les daban coñac a los cosmonautas rusos o es una leyenda?

-Sí, estaba dentro de la dieta en los primeros vuelos. Después dijeron: 'pero no, qué estamos haciendo, los cosmonautas tienen que estar serenos'. Y lo sustituyeron por eleuterococo, un licor de hierbas que crecen en Siberia y ayudan a proteger el sistema inmunológico. Fumar es perjudicial, pero el uso moderado del alcohol protege la salud.

-Su vuelo espacial parece una versión menos fantasiosa de la película «Gravity».

-He visto la película, pero ¡bah! (hace un gesto de rechazo con la mano). Lo nuestro fue más interesante. Para rematar, incluso nos falló un motor en el aterrizaje. Escribí un diario durante el vuelo y este año voy a editarlo. Confío en que algún director de cine se interese y haga una película, ¡pero ateniéndose a lo que yo he escrito! Será de Oscar.



ABC



Aún en cama, el profesor alarga el brazo y tantea la mesilla hasta que sus dedos tropiezan con el reloj. Poco a poco sus ojos se acostumbran a la débil luz que se cuela por los estores. Faltan un par de minutos para las siete. A su lado, las sábanas suben y bajan con la ronca respiración de su esposa. El profesor se destapa con cuidado. Coge su pipa de brezo y las cerillas, desliza los pies dentro de las pantuflas -las suyas, las de su casa de Berlín; temía no encontrar unas tan cómodas en el hotel- y camina con paso lento hacia la ventana. 

La Academia hizo público en 1922 que Einstein al fin recibiría el Nobel que tanto se le había resistido

Tras subir los estores y abrir la cristalera, le golpea en la cara el viento gélido de Tokio… y el rumor de la multitud que abarrota la calle. Desde la tarde anterior un millar de personas lo espera frente al hotel. Lo aguardan a él, a Albert Einstein. Al genio. Para verlo, tocarlo, para estar cerca del físico a quien los diarios equiparan a Newton, cientos y cientos de personas han pasado a la intemperie toda una larga y fría noche del invierno nipón. Desde la cama, Elsa refunfuña y con la mano hace un gesto desganado a su marido. Él clava en ella sus ojos, aún legañosos, y la apunta con la pipa.

  • "Ninguna persona viviente merece esta clase de recepción. Me temo que somos unos estafadores… Todavía acabaremos en la cárcel."

Poco después, ya vestidos, la pareja se asoma al balcón. En la calle un millar de admiradores estalla en vítores. Es diciembre de 1922. Un mes antes la Academia de Suecia había hecho público que Einstein al fin recibiría el Nobel que se le había resistido durante años.

Albert Einstein, ¿inventor del automóvil?

En su libro Einstein, su vida y su universo, Walter Isaacson relata la anécdota -aquí novelada- que Einstein y su segunda esposa, Elsa, vivieron durante su visita al país del Sol Naciente. Otras muchas parecidas protagonizaron a lo largo y ancho del mundo: en Estados Unidos, Francia, Palestina, Ceilán… Incluso en España, adonde el matrimonio Einstein llegó en 1923 por invitación de Julio Rey Pastor y Esteve Terradas. En las calles de Madrid el físico viviría de hecho uno de los instantes más hilarantes de su carrera cuando una castañera reconoció aquella alborotada melena que tantas veces había visto en las páginas de los diarios, su bigote, su raída chaqueta gris de lana, su pipa de brezo… Pero no alcanzaba a acertar quién era y qué había hecho exactamente el científico que tenía delante. “¡Viva el inventor del automóvil!”, le espetó la mujer, entre risas.

 El rostro de Einstein es aún hoy uno de los más reconocidos de la historia: se convirtió en un icono de la cultura pop

Aunque no pasan de anécdotas curiosas –a veces desternillantes-, los episodios que el físico encadenó durante décadas son la mejor prueba de la fama desorbitada que alcanzó en la segunda mitad de su vida. Después de que en 1919 una expedición británica confirmara su predicción de en qué medida la gravedad hace curvarse la luz, el genio de Ulm se erigió en una celebridad que movía multitudes a su paso. Como explica Manjit Kumar en su libro Quántum, accedió a “una forma de devoción reservada, hoy en día, a los cantantes y artistas de cine”. “Se convirtió en una supernova científica”, en palabras de Isaacson.

Seis décadas después de su muerte, su rostro es aún hoy uno de los más reconocidos de la historia, un icono de la cultura pop. Uno puede apostar casi con total certeza que en las aulas de ciencias de al menos la mitad de los institutos, junto a la foto del Congreso Solvay de 1927, cuelga la que tomaron al célebre padre de la teoría de la relatividad en 1951 sacando la lengua a cámara.

 

En realidad su gran brote de creatividad había ocurrido más de una década antes, en 1905, cuando -entre otros logros- formuló su teoría de la relatividad especial y aclaró los fundamentos de la mecánica cuántica. Tras la publicación de sus cuatro artículos trascendentales en la prestigiosa Annale der Physik, Einstein confiaba en conseguir reconocimiento, o cuando menos, un lugar en el mundo académico. Acertó en el fondo -no así en las formas; probablemente nunca imaginó el estrellato que alcanzaría-, pero desde luego erró en los tiempos. Lo que obtuvo en 1905 fue la admiración de un reducido pero selecto grupo encabezado por el eminente físico Max Planck, consejero editorial de los Annale. Años después, en 1919, uno de los primeros indicadores de la gran celebridad que cosecharía sería la prensa generalista.

Einstein recibió el Nobel de Física por la ley del efecto fotoeléctrico, y no por la teoría de la relatividad

Tras la sesión de noviembre de 1919 en la que la Royal Society y la Royal Astronomical Society confirmaron que la predicción de Einstein se ajustaba a lo que se había observado en mayo, durante un eclipse, Times publicó un gran titular en el que se leía “Revolución en la ciencia”. En Alemania el Berliner Illustrirte Zeitung iba más allá y lo situaba a la altura de Copérnico, Kepler y Newton. No todas las pasiones que desató fueron igual de entusiastas. Científicos como Philipp Lenard o Ernst Gehrcke -que además de antirrelativistas hacían gala de un recalcitrante antisemitismo- serían reacios a aceptar las ideas de Einstein. La propia Academia de Suecia esquivó la polémica que suscitaba su teoría de la relatividad otorgándole el Nobel de Física de 1921 –su primera nominación databa de más de una década antes, de 1910- por otra de sus aportaciones, menos controvertida: la ley del efecto fotoeléctrico. Fue necesaria esa carambola, 14 nominaciones, posponer el galardón un año… y todo el peso de la fama de Einstein para que la institución sueca diera el paso.

El precio de la fama: de ocultarse en una cabaña a pasear por la alfombra roja

Sobran ejemplos de la fama que a partir de 1919 fue creciendo como una gran bola de nieve en torno a Einstein. También del “efecto fan” que arrastró. Los responsables del teatro Palladium de Londres, por ejemplo, llegaron a ofrecerle un cheque en blanco a cambio de que apareciera en su escenario durante tres semanas. Al otro lado del océano, en EE.UU., cuando acompañó a Charlie Chaplin en 1931 durante el estreno de la película Luces de la ciudad, la pareja recibió una estrepitosa ovación. En Ginebra incluso le acosaban en la calle. Se cuenta que durante su visita a Palestina la gran multitud agolpada fuera de un edificio al que Einstein había acudido para una recepción hacía retumbar las puertas por su impaciencia.

El teatro Palladium de Londres le llegó a ofrecer un cheque en blanco a cambio de que apareciera en su escenario durante tres semanas

La adoración que tanto rubor causó al físico en su balcón de Tokio en 1922 no era nada si se compara con lo que había vivido un año antes en su primera visita a EE.UU. Cuando arribó a Manhattan lo esperaban en el muelle decenas de reporteros. Más tarde el Metropolitan Opera House de Nueva York se llenó hasta la bandera por él. Pero sin duda el instante más ilustrativo lo protagonizó durante su visita a Connecticut junto al doctor Weizman, cuando el físico se paseó en automóvil en un desfile multitudinario que presenciaron cerca de 15.000 espectadores y que estuvo secundado por más de un centenar de coches, una banda de música e incluso veteranos de guerra con estandartes.




Tales cotas de fama resultaban en ocasiones insufribles para el antiguo funcionario de la oficina de patentes de Berna. Cuando en marzo de 1929 se preparaba para cumplir 50 años decidió refugiarse de la vorágine de reporteros que lo asediaban -meses antes había publicado su teoría del campo unificado entre gran expectación- y ocultarse en una pequeña cabaña a orilla del río Havel, en Berlín. Solo su familia y su ayudante sabían el paradero de Einstein. Su aversión al estrellato no era sin embargo absoluta. Oscilaba, más bien, con los vaivenes propios de una relación de amor-odio. De ocultarse en una cabaña, a pasear por la alfombra roja con Chaplin o desfilar entre miles de desconocidos rodeado de fanfarrias.

 "Todos le admirábamos; pero si alguien nos pregunta por qué, nos pondrá en un apuro bastante serio", escribió el periodista Julio Camba

¿A qué se debía la fama sin parangón de Einstein? Una grandísima parte a la importancia capital de su trabajo. Otra no menor al contexto, con la Primera Guerra Mundial recién finalizada. Y un tercer factor clave de la ecuación fue sin duda el propio magnetismo personal de Einstein. Estos dos últimos ingredientes no son menores. Al fin y al cabo en pocos sitios -como sí ocurrió en Japón- se le echaría en cara al físico que dejara sus conferencias en “solo” tres horas. En la mayoría de los países, al igual que en España -reconocía Julio Camba en una crónica de 1923- “todos le admirábamos; pero si alguien nos pregunta por qué, nos pondrá en un apuro bastante serio”.

Albert Einstein logró cautivar la imaginación popular

En 1921, durante su tour por EE.UU., y tras una jornada maratoniana de desfiles en caravana y baños multitudinarios, un periodista lanzó a Einstein la pregunta que muchos llevaban tiempo rumiando. ¿Por qué despertaba esa aclamación popular? ¿De dónde venía la veneración y el interés de tantas personas que no entendían su obra? El físico sonrío: “Parece algo psicopatológico”, le espetó como respuesta.

Otros grandes físicos, como Max Planck o Niels Bohr, no alcanzaron su nivel de celebridad

“Si no hubiera tenido aquella desordenada melena y aquellos ojos penetrantes, ¿se habría convertido de todos modos en uno de los rostros científicos predominantes de los pósteres de la época?”, se pregunta Isaacson, quien recuerda que otros grandes físicos, como Planck o Bohr, no alcanzaron su nivel de celebridad. Su respuesta es afirmativa. En la obra de Einstein identifica un carácter único, “muy personal”, y nociones capaces de “cautivar la imaginación popular”.

 

La confirmación de su teoría de la relatividad llegó además tras la Primera Guerra Mundial, en un momento en el que el mundo anhelaba la razón y la trascendencia humana. “Europa necesitaba héroes, no de las armas, sino del intelecto”, apunta Vicenzo Barone en Albert Einstein, constructor de universos. Aquel genio de cabellos alborotados resultó además ser un hombre tranquilo, encantador, un pacifista convencido, un sionista cultural con madera de estrella que -como diría C.P. Snow- en cierto modo “disfrutaba con los fotógrafos y las multitudes”.

Su fama creciente no solo atrajo el halago y la admiración: Einstein también recibió insultos y cartas amenazadoras

Su fama creciente no solo atrajo el halago y la admiración. En una medida similar -aunque mucho menos numerosa, por fortuna- lo situó en el centro de la diana de los extremismos que él deploraba. Como recuerda Kumar, su firme antibelicismo y su condición de judío lo convirtieron en “blanco fácil de las campañas que alentaban el odio”. Recibió cartas amenazadoras, insultos… A principios de 1920 un grupo de energúmenos llegó incluso a interrumpir una de sus clases en la universidad entre gritos de “cortaremos la garganta a este sucio judío”. Solo dos años después radicales de ultraderecha perpetrarían el brutal asesinato del político y empresario judío-alemán Walther Rathenau, lo que causó una profunda consternación a Einstein y le decidió a emprender su gira por Asia y Europa, incluida España. En EE.UU. no se libró de esa carga. Su celebridad e ideario lo situaron bajo la lupa del FBI, entonces en manos de Edgar Hoover.



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Ernest Rutherford, el físico que hizo avances clave sobre la radiactividad y los átomos, cuenta con una faceta desconocida, la de maestro de otros Nobel.




En un lugar privilegiado de la Abadía de Westminster, cerca de las tumbas de Isaac Newton y Lord Kelvin y al lado de quien fue su predecesor al frente del Cavendish Laboratory, Joseph John (J.J.) Thomson, yacen las cenizas de uno de los científicos más eminentes del prolífico siglo XX: el físico Ernest Rutherford, aunque su epitafio lo recuerda con el pomposo título de barón de Nelson que le concedió en 1931 el rey George V. Rodeado de las lápidas de próceres de las artes y las ciencias –Dickens, Häendel, Darwin…-, entre mármoles cerúleos y bajo la bóveda del templo londinense, es fácil que el visitante olvide los orígenes de Rutherford como uno de los 12 hijos de una maestra y un carretillero de la zona rural de Nueva Zelanda. También la infancia que vivió: la de un joven brillante y aficionado al rugby que debió encadenar varias becas para completar sus estudios.

El joven brillante, de origen humilde y aficionado al rugby, cambió para siempre la historia de la ciencia

Su humildad y humanidad acompañarían a Rutherford durante toda su vida y explican una de las grandes facetas del físico neozelandés: su increíble capacidad para alentar a otros genios. A Rutherford se le recuerda –entre múltiples méritos- por ser un pionero de la física nuclear y los trabajos en el campo de la radiactividad que desarrolló en Canadá, Manchester y Cambridge. En 1908 –cuando aún no había cumplido 40 años- recibiría de hecho el Premio Nobel de Química por “sus investigaciones sobre la desintegración de los elementos y la química de las sustancias radiactivas”. También fue, sin embargo, un imán para los científicos creativos y de gran talento, a los que supo comprender, orientar e incentivar en su labor.

Rutherford inspiró a numerosos científicos

En Marie Curie. Una vida por la ciencia, Adela Muñoz Páez resalta la “extraordinaria capacidad” del neozelandés para brindar a los jóvenes genios con los que se cruzaba “el espacio y el estímulo que necesitaban”. En esa faceta de su vida casi se puede considerar a Rutherford como “el profesor” de Premios Nobel.

"La mayoría de los experimentos en Cavendish se iniciaron realmente con la sugerencia directa o indirecta de Ernest Rutherford"

En un momento u otro de sus carreras, alentó la labor de al menos una decena de futuros galardonados por la Real Academia de las Ciencias de Suecia en las categorías de Física o Química: Frederick Soddy (1921), Niels Bohr (1922), James Chadwick (1935), Otto Hahn (1944), Patrick Blackett (1948), Edward Victor Appleton (1947), Cecil Powell (1950), John Douglas Cockcroft (1951), Ernest Thomas Sinton Walton (1951) y Piotr Leonídovich Kapitsa (1978). El listado podría ser más amplio. Henry Moseley, por ejemplo, quien también se benefició de su influjo, se quedó a las puertas de la Academia al morir en la guerra.

Ingleses, daneses, rumanos, alemanes… cada uno con un origen distinto y –en más de un caso- con egos indigestos, excentricidades y temperamentos difíciles. El barón de Nelson supo ganarse el respeto de todos. Incluso a pesar de las diferencias de edades. A Soddy solo le llevaba 6 años, mientras que a Powell o Walton les sacaba más de 30.



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En su web oficial, los Premios Nobel reconocen que Rutherford actuó como “un líder inspirador” en el Laboratorio de Cavendish, en Cambridge, y que ayudó a futuros galardonados en el camino “hacia sus grandes logros”. Como explicaría más tarde Charles Drummond Ellis –coautor, junto con Rutherford y James Chadwick de Radiaciones de las sustancias radiactivas—, “la mayoría de los experimentos en Cavendish se iniciaron realmente con su sugerencia directa o indirecta”.

Un físico premiado con el Nobel de Química

Ironías del destino, Rutherford no estaba muy satisfecho con el Nobel que él mismo recibió en 1908. El neozelandés se consideraba ante todo un físico y no encajó bien que le diesen el premio en la categoría de Química. Durante años bromeó con que la “transmutación” más sorprendente no era la de los átomos de nitrógeno al bombardearlos con partículas alfa, sino la que –por obra y gracia de los suecos— le hizo pasar a él de físico a químico. Solía burlarse de la preferencia de estos últimos por la experimentación frente al pensamiento abstracto del que hacían gala los físicos. “Si los químicos trabajaran menos y pensaran más, ¡qué avances tan portentosos podríamos ver en su ciencia en los próximos años!”, arengó en 1930 –recuerda Muñoz Páez— ante un auditorio de Oxford abarrotado… ¡De estudiantes de Química!

 La transmutación más sorprendente, según Rutherford, no era la de los átomos, sino que el Nobel le hiciera pasar a él de físico a químico

Al final de su vida, sin embargo, el galardón sueco de 1908 sería uno más en su amplio medallero científico. Entre 1926 y 1930 presidió la Royal Society y fue condecorado con la Orden del Mérito del Reino Unido en 1925. Obtuvo la Medalla Rumford, la Copley, la Albert, la Faraday, el Premio Bressa… Tras su muerte esas “preseas” de la ciencia se donaron a la Universidad de Canterbury. Su nombre bautiza centros repartidos por el mundo e incluso dos cráteres, uno en la Luna y otro en Marte. Su efigie se ha reproducido además en gran cantidad de sellos o el actual billete de 100 dólares neozelandeses.




De izquierda a derecha, J.J. Thomson, Ernest Rutherford y Francis Aston. Fuente: American Institute of Physics

Con sus logros, Rutherford consiguió alzarse como uno de los grandes nombres de la ciencia del siglo XX. Pionero de la física nuclear, dio forma al mundo subatómico al ordenar los hallazgos previos y deducir la primera explicación de la estructura del átomo. Al investigar la radiación descubierta por Becquerel identificó que estaba formada por dos componentes, a los que denominó radiación alfa y beta. Más tarde, en 1900, mientras trabajaba en Canadá, sumaría un tercer tipo, la gamma. Su modelo atómico fue su aportación crucial y -en palabras de John Gribbin- por él, “con toda seguridad, tendría que haber recibido un segundo Premio Nobel, esta vez el de Física”.

El barón de Nelson, el "primer alquimista con éxito"

En 1912 dio nombre al núcleo del átomo y apenas un lustro después –en 1919, el mismo año en que sucedió a J.J. Thomson al frente del Cavendish Laboratory- logró la primera transmutación artificial de un elemento, lo que lo convierte en opinión de Campbell en “el primer alquimista con éxito”. Lo logró tras descubrir que los átomos de nitrógeno bombardeados con partículas alfa se convertían en una forma del oxígeno, con la emisión de un núcleo de hidrógeno.

 Fue "el principal explorador del vasto universo infinitamente complejo dentro del átomo, un universo en el que fue el primero en penetrar"

Junto con Hans Geiger ideó un contador que permitía detectar partículas alfa y que más tarde perfeccionaría el físico germano con ayuda de Walter Müller. A Rutherford se debe también un innovador sistema para los detectores de humos ideado en 1899 y que hoy permite proteger un buen número de vidas con las alarmas de incendios. La anécdota la cuenta Manuel Lozano Leyva en De Arquímedes a Einstein: quizás repantingado en su silla, mientras estudiaba cómo las radiaciones ionizaban los gases en su laboratorio de la Universidad McGill, en Quebec, el neozelandés encendió un cigarro, se lo llevó a los labios y exhaló una calada de humo sobre un tubo de medida. Sorprendido, comprobó los efectos que permitirían desarrollar uno de los sistemas que más ayuda a los bomberos de todo el mundo.




Anna L. Martín (Flickr)

“Él es para el átomo lo que Darwin para la evolución, Newton para la mecánica, Faraday para la electricidad y Einstein para la relatividad”, señala John Campbell, profesor de la Universidad de Canterbury y autor del libro Rutherford Scientist Supreme. Ya el New York Times lo señala en un obituario de 1937 como “el principal explorador del vasto universo infinitamente complejo dentro del átomo, un universo en el que fue el primero en penetrar”. 

Un defensor de la igualdad de derechos

Su trabajo en el laboratorio, en sus propias investigaciones y alentando las de los jóvenes talentos, no le impidió dedicarse a otras tareas. Durante la Primera Guerra Mundial trabajó para la Junta de Invención e Investigación del Almirantazgo Británico en métodos acústicos para la detección de submarinos. También abogó por aprovechar el talento de los jóvenes científicos en vez de enviarlos a morir a las trincheras. Uno de sus pupilos más brillantes y prometedores, Moseley, había fallecido con tan solo 27 años durante la batalla de Galípoli, en 1915. Un francotirador le acertó en la cabeza mientras el pobre físico inglés telegrafiaba una orden.

Cuando ascendió a la nobleza, como barón de Nelson, hizo un guiño a su lugar de origen, Nueva Zelanda

Durante toda su vida fue también un hombre orgulloso de las islas de Oceanía en las que había nacido. Su apoyo jugó un papel importante en la creación, en 1926, del Departamento de Investigación Científica e Industrial de Nueva Zelanda. La mejor prueba del amor que sentía por su tierra es que cuando ascendió a la nobleza le lanzó dos guiños en su escudo de armas: en él incluyó un ave kiwi y un guerrero maorí. La figura de Hermes Trismegisto y la leyenda “Primordia Quaerere Rerum” (“Buscar la naturaleza de las cosas”) enlazaban con el otro gran ingrediente de su identidad, su impulso científico. 

 
Fuente: Pixabay

Su influencia fue decisiva también para fundar la Academic Assitance Council, que ayudó a cientos de profesores e investigadores que tras el ascenso de los regímenes fascistas tuvieron que dejar sus países por sus razas, religiones u opiniones políticas. La institución -que estuvo presidida por el propio Rutherford- les ayudó a establecerse de forma temporal en universidades y colegios de Belfast, Bristol, Londres, Manchester… Igual de importante fue su defensa de los derechos de las mujeres. Su esposa, Mary Georgina Newton, era de hecho hija de una de las sufragistas que logró instaurar el voto femenino en Nueva Zelanda. En la Universidad de Cambridge abogó por que sus compañeras tuviesen los mismos derechos que los hombres. Trabó también una fuerte amistad con Marie Curie, de quien era admirador sincero.

La famosa anécdota del barómetro atribuida a Rutherford es apócrifa

Quizás más que su lápida en Westminster, las escuelas, infinidad de billetes y sellos que llevan su nombre o rostro… puede incluso que por encima de sus trascendentales aportaciones a la Física, lo más conocido de Rutherford sea la famosa anécdota del barómetro y el joven Niels Bohr que resalta la importancia de enseñar a pensar por sí mismos a los estudiantes. La historia, sin embargo –explica Francisco R. Villatoro— es apócrifa y se la debemos al ingenio de Alexander Calandra, profesor de la Universidad de Washington.



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¿Cómo reaccionaríamos ante el posible hallazgo de vida extraterrestre? Una investigación desmiente a Hollywood: probablemente no habría una ola de pánico.







Cuando Orson Welles emitió en 1938 su adaptación de La guerra de los mundos, de H.G. Wells, no se esperaba que causaría tamaño revuelo. La supuesta noticia de un contacto (hostil) con una raza extraterrestre supuso un duro golpe para la tranquilidad de los habitantes de este pequeño planeta. Las comisarías de Nueva York se colapsaron con ciudadanos aterrorizados y confundidos por la emisión de radio. ¿Pasaría lo mismo si se repitiese un programa similar? ¿Cómo reaccionaríamos ante la posibilidad de encontrar vida extraterrestre? Nunca hemos estado tan cerca de descubrir que no estamos solos. ¿Qué consecuencias tendría un hipotético hallazgo en nuestra sociedad? 

"Hola, terrícola"

En Independence Day, cientos de personas se reúnen bajo las enormes naves nodrizas alienígenas para darles una cálida y estúpida bienvenida que acaba con un desastroso color azul. Y lo más curioso es que probablemente es una estampa bastante realista de nuestra actitud hacia el posible contacto con extraterrestres.

No nos referimos a la posibilidad de que una raza tecnológicamente superior venga a conquistarnos, algo que es más materia de ciencia ficción. Hablamos de cómo reaccionaríamos. Desde el pánico ocasionado por Welles hasta la docilidad cruel, vista en la película, hay un espectro enorme de posibilidades. 

 
Este es O. Welles durante la emisión de "La guerra de los mundos" adaptada.

Un reciente estudio realizado por Michael Varnum, profesor de Psicología de la Universidad Estatal de Arizona, analiza esta inusual situación. La investigación, publicada en Frontiers in Psychology, trata de diseccionar la reacción que tendría la gente al recibir la noticia de que hemos sido capaces de detectar vida extraterrestre.

"Si nos encontráramos cara a cara con la vida fuera de la Tierra, en realidad seríamos muy optimistas al respecto", explica Varnum. "Siempre ha habido mucha especulación sobre cómo responderíamos a este tipo de noticias, pero hasta ahora no se ha realizado casi ninguna investigación empírica sistemática", apunta. 

Analizando el lenguaje

Para llevar a cabo su estudio piloto, el investigador analizó el lenguaje usado en noticias de periódicos y otras publicaciones donde se hablaba de potenciales descubrimientos de vida extraterrestre. Entre ellos están el hallazgo en 1996 de posibles restos fosilizados de microbios marcianos, la inquietante estructura de la "Estrella de Tabby", que tanto ha dado que hablar, o el descubrimiento de cientos de nuevos exoplanetas.

Para hacerlo, este investigador ha usado un software especializado que es capaz de encontrar patrones emocionales y sentimientos propios de los estados psicológicos del escritor. Estos programas usan complejos algoritmos de machine learning para poder llevar a cabo esta difícil tarea. 

 
Crédito: ESO/M. Kornmesser

El resultado del análisis muestra que los textos tienen un carácter más positivo que negativo, mostrando expresiones y palabras que van en ese sentido. Para poder afianzar más sus resultados, el equipo realizó un estudio separado en el que pidió a más de 500 participantes diferentes que describieran sus propias reacciones y la respuesta hipotética de la humanidad ante el anuncio de que se hubiera descubierto la vida microbiana extraterrestre.

Las respuestas de los participantes fueron en la misma línea que las noticias: significativamente (una palabra que en ciencia indica análisis estadístico) más emociones positivas que negativas, tanto al hablar de sus propias reacciones como las de la humanidad en su conjunto. 

El caso Welles fue una excepción

En un tercer estudio, el grupo de Varnum analizó a otras 500 personas, preguntándoles sobre noticias pasadas de descubrimientos científicos. Entre ellas se encontraban el descubrimiento de vida microbiana extraterrestre y el desarrollo de organismos sintéticos. Como esperaban, las noticias sobre vida extraterrestre fueron recibidas con una actitud muy positiva.

El hipotético contacto con seres extraterrestres se valoró mejor que las noticias sobre vida creada en el laboratorio

Sin embargo, lo más sorprendente es que se valoraron mejor que las noticias sobre biología sintética, es decir, sobre vida creada en el laboratorio. Este hallazgo por sí solo no dice nada. Pero en conjunto, esta pieza parece bastante interesante ya que nos ayuda a entender mejor el cuadro completo uniendo sus conclusiones a las obtenidas en el resto de investigaciones de Varnum, que presenta hoy los trabajos en el congreso de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia.

Los resultados del último estudio analizan además la cobertura reciente de los medios sobre la posibilidad de que el asteroide interestelar 'Oumuamua sea en realidad una nave espacial. Aquí también el equipo encontró evidencia de más emociones positivas que negativas, lo que sugiere que también podemos reaccionar mucho mejor de lo que pensamos a la hipotética noticia sobre la existencia de seres inteligentes en otras partes del universo.



"En conjunto, todo esto sugiere que si descubrimos que no estamos solos, tomaremos las noticias bastante bien", comenta Varnum. Y es que parece que la reacción a la noticia de Welles fue un poco excesiva. Probablemente esto se deba no al imaginario contacto con vida extraterrestre, sino, más bien, a la "pequeña" cuestión de los rayos de calor y las nubes venenosas a los que hacía referencia La guerra de los mundos.

A pesar de las deleznables muestras de xenofobia y otras manifestaciones de rechazo, lo cierto es que los seres humanos, como otros primates, tendemos a ser bastante tolerantes con otros seres vivos. Incluso entusiastas. Lo que tal vez explique la satisfacción que nos generaría el saber, al fin, que no estamos solos en el universo.


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Se cumplen tres décadas de la muerte de uno de los científicos más influyentes de todos los tiempos. Recordemos las palabras más interesantes que nos dejó.




Tal vez sólo las personas a las que les interesa verdaderamente el desarrollo científico y el pensamiento escéptico sepan quién fue el neoyorkino Richard Feynman, físico teórico del Instituto Tecnológico de Massachusetts y la Universidad de Princeton, ganador del premio Nobel en 1965, al que se conoce sobre todo por su trabajo en mecánica y electrodinámica cuánticas, por formular los principios de la nanotecnología, por su participación en el Proyecto Manhattan para producir la bomba atómica durante la Segunda Guerra Mundial y en la Comisión Rogers, encargada de esclarecer el desastre del transbordador espacial Challenger en 1986, por su obra como divulgador de su área y por su ateísmo declarado.

"Hay que tener la mente abierta, pero no tanto como para que se te caiga el cerebro"

Dos extraños tipos de cáncer, un liposarcoma y una macroglobulinemia de Waldenström, acabaron con su vida el 15 de febrero de 1988, justo tres décadas atrás, y se supone que sus últimas palabras recogidas fueron estas: “No me gustaría morir dos veces; es tan aburrido…”. Pero no son las únicas que nos dejó para el recuerdo en los sesenta y nueve años que estuvo paseando su serena lucidez por el mundo, sino que hay muchas otras suelen citarse y que también circulan por las redes como indicativo de por qué en los resultados de una encuesta de la revista británica Physics World, realizada en 1999, aparece entre los diez físicos más importantes de la historia.

Por ejemplo, algo tan fundamental como lo que va a continuación, que tal vez deberían tatuarse en una zona corporal bien visible todos aquellos que navegan jovialmente por las procelosas aguas de los disparates pseudocientíficos y del pensamiento mágico: “El principio de la ciencia, casi la definición, es el siguiente: «La prueba de todo conocimiento es el experimento». El experimento es el único juez de la verdad científica”. Porque, según él, “hay que tener la mente abierta, pero no tanto como para que se te caiga el cerebro”, y “capacidad experimental, honestidad en la publicación de los resultados e inteligencia para interpretarlos”, pues “hay que demostrar nuestras equivocaciones lo más rápido posible; es la única manera de avanzar”.

 
Lab.CCCB.org 

"Lo que necesitamos es imaginación, pero imaginación encorsetada en la terrible camisa de fuerza que es el conocimiento"

Como defensor insobornable del pensamiento crítico, Feynman sabía que “lo que necesitamos es imaginación, pero imaginación encorsetada en la terrible camisa de fuerza que es el conocimiento”, que “no importa cuán hermosa sea tu conjetura, no importa cuán inteligente seas, quién hiciese la conjetura o cómo se llame. Si no está de acuerdo con el experimento, está mal”. No obstante, desconocía “lo que le pasa a la gente: no aprenden comprendiendo, aprenden de alguna otra forma, por la rutina o de algún otro modo. ¡Qué frágil es su conocimiento!”. Y se demostró capaz de comprender, en una muestra de humildad bien entendida, que “cuando un científico examina problemas no científicos, puede ser tan listo o tan tonto como cualquier prójimo, y de que cuando habla de un asunto no científico, puede sonar igual de ingenuo que cualquier persona no puesta en la materia”.

Si bien no le preocupaba, y como ateo sin la avidez exigente de que le tranquilizasen con maravillas de la revelación religiosa, se pudo tomar la incertidumbre de la vida humana con paradójica sabiduría y sosiego absoluto: “No debo tener una respuesta. No me siento aterrorizado por no conocer cosas, por estar perdido en este misterioso universo sin tener ningún propósito, que es el modo en que la realidad es, hasta donde puedo decir, posiblemente. Esto no me aterra”. Sin embargo, su conocimiento firme tampoco se podía poner en duda: “Para aquellos que no conocen las matemáticas, es difícil sentir la belleza de la naturaleza… Si quieren aprender sobre la naturaleza, apreciar la naturaleza, es necesario aprender el lenguaje en el que habla”.

"La física es a las matemáticas lo que el sexo a la masturbación"

Con una comparación risueña, consideraba por otra parte que “la física es a las matemáticas lo que el sexo a la masturbación”, pues “la física es como el sexo: seguro que da alguna compensación práctica, pero no es por eso por lo que la hacemos”. Y, pese a que el bueno de Feynman se comunicase con la naturaleza casi de tú a tú entonces, no se engañaba al respecto, y decía que “la mecánica cuántica describe la naturaleza como algo absurdo para el sentido común, pero concuerda plenamente con las pruebas experimentales”; y remataba: “Espero que ustedes puedan aceptar la naturaleza tal y como es: absurda”. Porque “las cosas más importantes de la naturaleza parecen ser resultado del azar o de los accidentes”, y “ni siquiera la propia naturaleza sabe qué camino va a seguir un electrón”. 

 
WashingtonPost.com 

"No me parece que este universo fantásticamente maravilloso pueda simplemente ser un escenario para que Dios vea a los seres humanos luchar por el bien y el mal"

Con su mente despejada, dijo sin contemplaciones: “No me parece que este universo fantásticamente maravilloso, esta tremenda gama de tiempo y espacio y diferentes tipos de animales, y todos los distintos planetas, y todos estos átomos con todos sus movimientos, etcétera, todo esto interconectado pueda simplemente ser un escenario para que Dios vea a los seres humanos luchar por el bien y el mal, que es la visión que tiene la religión. El escenario es demasiado grande para el drama”. Y es que “Dios siempre ha sido inventado para explicar misterios. A Dios siempre se lo inventa para explicar esas cosas que no entiendes. Ahora, cuando finalmente descubres cómo funciona algo, obtienes algunas leyes que le estás quitando a Dios; ya no lo necesitas más”.

Desde luego, no se andaba con circunloquios al abordar estas cuestiones. He aquí otro ejemplo pertinente: “La observación que leí en alguna parte, que la ciencia está bien siempre y cuando no ataque a la religión, fue la clave que necesitaba para comprender el problema. Mientras no ataque a la religión, no es necesario prestarle atención y nadie tiene que aprender nada”. Ni al referirse al tratamiento de las ciencias en el arte: “¿Qué hombres son poetas que podrían hablar de Júpiter si fuera un hombre, pero si es una inmensa esfera giratoria de metano y amoníaco deben permanecer en silencio?”. O a la filosofía vital de tres al cuarto: “Una persona habla con tales generalidades que todos pueden entenderlo y se considera una filosofía profunda. Sin embargo, me gustaría ser mucho más especial y ser entendido de una forma honesta, no de una forma vaga”.

“¿Qué hombres son poetas que podrían hablar de Júpiter si fuera un hombre, pero si es una inmensa esfera giratoria de metano y amoníaco deben permanecer en silencio?"

Aunque, “demonios, si pudiera explicárselo a la persona promedio, no hubiera valido la pena el premio Nobel”. Y no eso solamente: “Creo que puedo decir con seguridad”, afirmó un día de asombro público, “que nadie entiende la mecánica cuántica”. Sin embargo, por encima de las dificultades numerosas y de la incomprensión reinante, su compromiso ilustrado no se alteró ni un tanto así: “Es responsabilidad nuestra hacer lo que podamos, aprender lo que podamos, mejorar las soluciones y transmitirlas a nuestros sucesores”, aseguraba. “Es responsabilidad nuestra dejar la manos libres a las generaciones futuras”. Y prosiguió de esta forma: “Es nuestra responsabilidad como científicos, sabiendo el gran progreso que proviene de una filosofía satisfactoria de la ignorancia, el gran progreso que es fruto de la libertad de pensamiento, para proclamar el valor de esta libertad, para enseñar cómo la duda no debe temerse sino ser bienvenida y debatida, y exigir esta libertad como nuestro deber para todas las generaciones venideras”. Las mismas generaciones que, de verdad, estamos y estaremos siempre en deuda con el gran Richard Feynman.



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