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Asteroides
Cometas
Label: Articulos Astronomos
Henrietta Leavitt, la
astrónoma 'calculadora' de Harvard, nació hace 150 años. Su trabajo
contando estrellas revolucionó la comprensión del universo.
El 4 de julio de 1868, un día como hoy hace 150 años, nació Henrietta Swan Leavitt en el pueblo de Lancaster (Massachusetts, Estados Unidos). Tras graduarse en la Universidad de Oberlin y en la Universidad de Radcliffe, la joven se incorporó al Harvard College Observatory. Allí formó parte de un grupo de mujeres bautizado como el harén de Pickering —un nombre de dudoso buen gusto en honor a Edward Pickering, director del observatorio—. Henrietta Swan Leavitt, la astrónoma calculadora, trabajó en el observatorio de Harvard contando estrellas
Su jefe decidió que todas ellas fueran mujeres para pagarles un salario menor —apenas veinticinco centavos la hora— por un trabajo tedioso y que en la mayoría de casos no fue reconocido en las publicaciones científicas. Henrietta Leavitt, junto a sus compañeras, se dedicaba a contar estrellas de las placas fotográficas que obtenían los investigadores de los observatorios de Harvard y de Arequipa (Perú).
La tarea que tenía encomendada pronto le brindó el apodo de astrónoma calculadora. Leavitt no solo debía anotar cifras y mirar las placas de forma escrupulosa, sino que también registraba su tamaño —infiriendo el brillo del astro— y lo comparaba con los datos obtenidos en el pasado. La norteamericana descubrió estrellas variables en las Nubes de Magallanes, dos galaxias cercanas a la Vía Láctea. Cuatro años después, Henrietta Leavitt publicó su hallazgo en la revista Anales del Observatorio de Harvard, donde también calculó los períodos de pulsación de los astros.
Henrietta Leavitt demostró que las cefeidas que cuentan con el mismo período de pulsación tenían la misma luminosidad. Así se estableció la relación entre período y luminosidad, una observación clave para identificar la escala de la distancia que se emplea a la hora de calcular las distancias de las galaxias. Poco después, el también astrónomo Ejnar Hertzsprug estimó que la Pequeña Nube de Magallanes se situaba a 30.000 años luz, escribiendo un nuevo capítulo en la forma en la que comprendemos el universo. La repercusión de su labor llevó al matemático Gösta Mittag-Leffler a proponer la candidatura de Leavitt para el premio Nobel. Por desgracia, la astrónoma había fallecido en 1921, cuatro años antes de su iniciativa.
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El 4 de julio de 1868, un día como hoy hace 150 años, nació Henrietta Swan Leavitt en el pueblo de Lancaster (Massachusetts, Estados Unidos). Tras graduarse en la Universidad de Oberlin y en la Universidad de Radcliffe, la joven se incorporó al Harvard College Observatory. Allí formó parte de un grupo de mujeres bautizado como el harén de Pickering —un nombre de dudoso buen gusto en honor a Edward Pickering, director del observatorio—. Henrietta Swan Leavitt, la astrónoma calculadora, trabajó en el observatorio de Harvard contando estrellas
Su jefe decidió que todas ellas fueran mujeres para pagarles un salario menor —apenas veinticinco centavos la hora— por un trabajo tedioso y que en la mayoría de casos no fue reconocido en las publicaciones científicas. Henrietta Leavitt, junto a sus compañeras, se dedicaba a contar estrellas de las placas fotográficas que obtenían los investigadores de los observatorios de Harvard y de Arequipa (Perú).
La tarea que tenía encomendada pronto le brindó el apodo de astrónoma calculadora. Leavitt no solo debía anotar cifras y mirar las placas de forma escrupulosa, sino que también registraba su tamaño —infiriendo el brillo del astro— y lo comparaba con los datos obtenidos en el pasado. La norteamericana descubrió estrellas variables en las Nubes de Magallanes, dos galaxias cercanas a la Vía Láctea. Cuatro años después, Henrietta Leavitt publicó su hallazgo en la revista Anales del Observatorio de Harvard, donde también calculó los períodos de pulsación de los astros.
“Es destacable que, en esta tabla, las estrellas más brillantes tienen los períodos más largos”, afirmó la investigadora en aquel trabajo. Una observación sagaz que permitió corroborar la existencia de las cefeidas, un tipo de estrellas pulsantes con una luminosidad que varía periódicamente a lo largo del tiempo. Tiempo después, fue Edward Pickering —y no Leavitt— quien firmó una circular en Harvard en la que se recogían las observaciones de la astrónoma y sus compañeras. Una muestra más de la discriminación que han sufrido las mujeres en la historia de la ciencia. La astrónoma realizó un descubrimiento clave para poder estimar las distancias de las galaxias
Henrietta Leavitt demostró que las cefeidas que cuentan con el mismo período de pulsación tenían la misma luminosidad. Así se estableció la relación entre período y luminosidad, una observación clave para identificar la escala de la distancia que se emplea a la hora de calcular las distancias de las galaxias. Poco después, el también astrónomo Ejnar Hertzsprug estimó que la Pequeña Nube de Magallanes se situaba a 30.000 años luz, escribiendo un nuevo capítulo en la forma en la que comprendemos el universo. La repercusión de su labor llevó al matemático Gösta Mittag-Leffler a proponer la candidatura de Leavitt para el premio Nobel. Por desgracia, la astrónoma había fallecido en 1921, cuatro años antes de su iniciativa.
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Hace más de un siglo,
el Observatorio de Harvard reclutó a un grupo de mujeres para realizar
un trabajo tedioso y mal pagado: analizar estrellas en placas
fotográficas de vidrio. Pero con el tiempo aquellas damas se
convirtieron en verdaderas profesionales, y nombres como Williamina
Fleming, Annie Jump Cannon, Antonia Maury, Henrietta S. Leavitt y
Cecilia Payne entraron en la historia de la astronomía. Sus méritos los
repasa ahora para Sinc la divulgadora científica Dava Sobel, autora de El universo de cristal.
Los retratos en blanco y negro de aquellas mujeres no eran muy diferentes a los de otras señoras de la época, pero sus fotos en grupo sí reflejan que realizaban una tarea especial. No se reunían para coser o tomar el té, sino para estudiar las estrellas.
“Son las mujeres del Observatorio de Harvard que 'tomaron la medida' a las estrellas”, según cuenta la reportera y divulgadora científica Dava Sobel (Nueva York, 1947), conocida por libros como Latitud o La hija de Galileo, en su nueva obra: El universo de cristal.
La historia se desarrolla a finales del siglo XIX y principios del XX, cuando el director del observatorio, el astrónomo Edward C. Pickering, contrató a un grupo de mujeres como ‘computadoras humanas’ para registrar, de forma tediosa y metódica, las observaciones que los hombres hacían con el telescopio. De modo despectivo se bautizó a aquel inusual equipo femenino como el ‘harén de Pickering’.
El mismo trabajo lo podrían haber realizado los hombres, según la autora, pero el director eligió a mujeres: “Quizá pensó que eran más pacientes y cuidadosas con los detalles, pero también sabía que podía pagarles salarios más bajos (unos 25 centavos de dólar la hora, bastante menos que a los varones)”.
Placas de vidrio que generan astrónomas
“Pero según se fue introduciendo la fotografía en el campo de la astronomía, aquellas mujeres pasaron de la computación al estudio de las estrellas que aparecían en las placas fotográficas de vidrio”, señala la escritora, que aclara: “El universo de cristal hace referencia al medio millón de placas que se acumularon en Harvard durante décadas y que permitieron a la mayoría de aquellas mujeres llegar a ser astrónomas y hacer descubrimientos extraordinarios”.
Sobel explica a Sinc que una de las pioneras fue Williamina Fleming (Escocia, 1857 – Boston, 1911): “Comenzó su carrera en el Observatorio de Harvard como empleada doméstica –tras abandonarla el marido–, pero pronto aprendió a analizar las placas fotográficas y acabó consiguiendo numerosos hallazgos astronómicos. Entre otros, la identificación de diez novas y más de trescientas estrellas variables. Además se convirtió en la primera conservadora de fotografías astronómicas”.
Otra de las profesionales fue Annie Jump Cannon (Delaware, 1863 – Massachusetts, 1941). “La alegre y adorable Miss Cannon accedió en 1896 a su puesto en el observatorio y, en un entorno dominado por hombres, fue la primera mujer a la que se permitió hacer sus propias observaciones a través del telescopio”, apunta Sobel, quien destaca también una de sus principales aportaciones: “Desarrolló un sistema de clasificación estelar que todavía se utiliza”.

Por su parte, Antonia Maury (Cold Spring, 1866 - Nueva York, 1952) “llegó a ser la primera mujer universitaria graduada que ingresó en el Observatorio de Harvard, tras estudiar astronomía con María Mitchell, la primera estadounidense que descubrió un cometa”. Maury trabajó activamente en los catálogos de los espectros estelares.
Medir distancias astronómicas
Una de estas aportaciones relevantes la desarrolló Henrietta Swan Leavitt (Lancaster, 1868 – Massachusetts, 1921). Con su estudio de placas de vidrio tomadas por telescopios del hemisferio sur, “hizo una importante observación acerca de estrellas variables cefeidas y sentó las bases de un patrón fiable (una relación entre el periodo y la luminosidad de las estrellas) que sirvió para medir distancias en el universo”, subraya la autora. El trabajo de Leavitt, junto al de sus compañeras en el mal llamado harén de Pickering, ha inspirado una serie de vídeos divulgativos producidos por el Instituto de Astrofísica de Andalucía (CSIC).
En su libro, Sobel también destaca los estudios de otra de aquellas mujeres que llegaron más tarde al Observatorio de Harvard, la británica Cecilia Payne (Wendover, 1900 – Massachusetts, 1979): “Obtuvo el primer doctorado en astronomía en la Universidad de Harvard y mientras investigaba para su tesis –que llegó a ser calificada como la mejor de la historia astronómica–, descubrió que las estrellas están constituidas fundamentalmente de hidrógeno”.
Mujeres interesadas en ciencia desde siempre
Sobel considera que todos estos ejemplos “nos recuerdan que las mujeres siempre han estado interesadas por la ciencia, y también que lograron objetivos científicos incluso antes de que ganaran su derecho al voto (en 1920 en EEUU). Con su ejemplo, muestran lo importante que son la determinación y el trabajo duro para responder a las oportunidades que van surgiendo”.
La divulgadora también señala que las computadoras humanas de Harvard dejaron un legado importante para otras científicas: “Fueron las ‘abuelas’ de las ‘figuras ocultas’ de Langley (mujeres afroamericanas que trabajaron en ese laboratorio de la NASA en los años 60) y de las ‘rocket girls’ del Jet Propulsion Laboratory. El éxito de las mujeres de Harvard también hizo que otros directores de observatorios ofrecieran puestos al personal femenino, de modo que se convirtió en normal que las mujeres trabajaran en computación”.
Pero a pesar de los indudables avances tanto en ciencia como en la promoción de la mujer, Sobel considera que todavía queda camino por delante, especialmente en estos momentos: “Me temo que una peligrosa actitud anticiencia está ganando fuerza con la nueva administración de EE UU. El recorte de fondos en investigación, junto a la ignorancia en asuntos como el cambio climático, pueden limitar las oportunidades tanto para hombres como para mujeres".
SINC
Dava Sobel (a la derecha) recoge en su obra El universo de cristal
la historia de las mujeres del Observatorio de Harvard (a la izquierda)
que hace un siglo nos acercaron a las estrellas. / Harvard University
Archives/Mia Berg
Los retratos en blanco y negro de aquellas mujeres no eran muy diferentes a los de otras señoras de la época, pero sus fotos en grupo sí reflejan que realizaban una tarea especial. No se reunían para coser o tomar el té, sino para estudiar las estrellas.
“Son las mujeres del Observatorio de Harvard que 'tomaron la medida' a las estrellas”, según cuenta la reportera y divulgadora científica Dava Sobel (Nueva York, 1947), conocida por libros como Latitud o La hija de Galileo, en su nueva obra: El universo de cristal.
La historia se desarrolla a finales del siglo XIX y principios del XX, cuando el director del observatorio, el astrónomo Edward C. Pickering, contrató a un grupo de mujeres como ‘computadoras humanas’ para registrar, de forma tediosa y metódica, las observaciones que los hombres hacían con el telescopio. De modo despectivo se bautizó a aquel inusual equipo femenino como el ‘harén de Pickering’.
Se contrató a mujeres como ‘computadoras humanas’ para registrar las observaciones de estrellas que hacían los hombres con los telescopios
El mismo trabajo lo podrían haber realizado los hombres, según la autora, pero el director eligió a mujeres: “Quizá pensó que eran más pacientes y cuidadosas con los detalles, pero también sabía que podía pagarles salarios más bajos (unos 25 centavos de dólar la hora, bastante menos que a los varones)”.
Placas de vidrio que generan astrónomas
“Pero según se fue introduciendo la fotografía en el campo de la astronomía, aquellas mujeres pasaron de la computación al estudio de las estrellas que aparecían en las placas fotográficas de vidrio”, señala la escritora, que aclara: “El universo de cristal hace referencia al medio millón de placas que se acumularon en Harvard durante décadas y que permitieron a la mayoría de aquellas mujeres llegar a ser astrónomas y hacer descubrimientos extraordinarios”.
Sobel explica a Sinc que una de las pioneras fue Williamina Fleming (Escocia, 1857 – Boston, 1911): “Comenzó su carrera en el Observatorio de Harvard como empleada doméstica –tras abandonarla el marido–, pero pronto aprendió a analizar las placas fotográficas y acabó consiguiendo numerosos hallazgos astronómicos. Entre otros, la identificación de diez novas y más de trescientas estrellas variables. Además se convirtió en la primera conservadora de fotografías astronómicas”.
Otra de las profesionales fue Annie Jump Cannon (Delaware, 1863 – Massachusetts, 1941). “La alegre y adorable Miss Cannon accedió en 1896 a su puesto en el observatorio y, en un entorno dominado por hombres, fue la primera mujer a la que se permitió hacer sus propias observaciones a través del telescopio”, apunta Sobel, quien destaca también una de sus principales aportaciones: “Desarrolló un sistema de clasificación estelar que todavía se utiliza”.
Williamina Fleming, Annie Jump Cannon, Antonia Maury, Henrietta S. Leavitt y Cecilia Payne son algunas de la mujeres del Observatorio de Harvard que ya forman parte de la historia de la astronomía. / Curator of Astronomical Photographs at Harvard College/Library of Congress/Vassar College/Unknown author/Goodsell Observatory
Por su parte, Antonia Maury (Cold Spring, 1866 - Nueva York, 1952) “llegó a ser la primera mujer universitaria graduada que ingresó en el Observatorio de Harvard, tras estudiar astronomía con María Mitchell, la primera estadounidense que descubrió un cometa”. Maury trabajó activamente en los catálogos de los espectros estelares.
“Hicieron frente a un desafío realizando descubrimientos fundamentales en astronomía reconocidos en todo el mundo”, destaca la autora
“Cada una de aquellas mujeres se enfrentó al desafío de convertirse en una nueva clase de astrónomo, que en lugar de observar las estrellas con telescopios, lo hacía mediante placas fotográficas, lupas y microscopios”, comenta la divulgadora,"y su recompensa fue enfrentarse a un desafío realizando descubrimientos fundamentales y reconocidos en todo el mundo”.
Medir distancias astronómicas
Una de estas aportaciones relevantes la desarrolló Henrietta Swan Leavitt (Lancaster, 1868 – Massachusetts, 1921). Con su estudio de placas de vidrio tomadas por telescopios del hemisferio sur, “hizo una importante observación acerca de estrellas variables cefeidas y sentó las bases de un patrón fiable (una relación entre el periodo y la luminosidad de las estrellas) que sirvió para medir distancias en el universo”, subraya la autora. El trabajo de Leavitt, junto al de sus compañeras en el mal llamado harén de Pickering, ha inspirado una serie de vídeos divulgativos producidos por el Instituto de Astrofísica de Andalucía (CSIC).
En su libro, Sobel también destaca los estudios de otra de aquellas mujeres que llegaron más tarde al Observatorio de Harvard, la británica Cecilia Payne (Wendover, 1900 – Massachusetts, 1979): “Obtuvo el primer doctorado en astronomía en la Universidad de Harvard y mientras investigaba para su tesis –que llegó a ser calificada como la mejor de la historia astronómica–, descubrió que las estrellas están constituidas fundamentalmente de hidrógeno”.
Grupo de ‘computadoras humanas’ analizando datos y placas fotográficas en el Observatorio de Harvard. / Harvard College Observatory
Mujeres interesadas en ciencia desde siempre
Sobel considera que todos estos ejemplos “nos recuerdan que las mujeres siempre han estado interesadas por la ciencia, y también que lograron objetivos científicos incluso antes de que ganaran su derecho al voto (en 1920 en EEUU). Con su ejemplo, muestran lo importante que son la determinación y el trabajo duro para responder a las oportunidades que van surgiendo”.
"Una peligrosa actitud anticiencia está ganando fuerza con la nueva administración de EE UU", dice Sobel
La divulgadora también señala que las computadoras humanas de Harvard dejaron un legado importante para otras científicas: “Fueron las ‘abuelas’ de las ‘figuras ocultas’ de Langley (mujeres afroamericanas que trabajaron en ese laboratorio de la NASA en los años 60) y de las ‘rocket girls’ del Jet Propulsion Laboratory. El éxito de las mujeres de Harvard también hizo que otros directores de observatorios ofrecieran puestos al personal femenino, de modo que se convirtió en normal que las mujeres trabajaran en computación”.
Pero a pesar de los indudables avances tanto en ciencia como en la promoción de la mujer, Sobel considera que todavía queda camino por delante, especialmente en estos momentos: “Me temo que una peligrosa actitud anticiencia está ganando fuerza con la nueva administración de EE UU. El recorte de fondos en investigación, junto a la ignorancia en asuntos como el cambio climático, pueden limitar las oportunidades tanto para hombres como para mujeres".
“Aunque esto también nos estimula a todos a actuar", reflexiona la veterana escritora, quien considera que la comunicación de la ciencia ahora "es más importante que nunca”; y acaba dando un consejo, en principio dirigido a los periodistas y los divulgadores científicos, pero con un mensaje universal: “Adelante, queda mucho trabajo por hacer”.
SINC
Entrevista a Ramón Nuñez en el 450 aniversario del nacimiento de Galileo
El 15 de febrero de 1564 nació en la ciudad italiana de Pisa uno de los padres de la ciencia moderna, Galileo Galilei. El famoso astrónomo también fue pionero en la divulgación científica, según cuenta un experto en el tema, Ramón Núñez (La Coruña, 1946), exdirector del Museo Nacional de Ciencia y Tecnología (MUNCYT) que nos acerca al personaje.
¿Algún dato curioso sobre la infancia de Galileo?
Parece que nació en la casa materna. Su padre era un gran intérprete y compositor de laúd, y se pueden escuchar grabaciones de algunas de sus obras. Galileo también tocaba el laúd e interpretaba piezas de su padre. De él heredó el gusto por la experimentación –midiendo cómo influía la longitud de las cuerdas sobre las notas, por ejemplo–, o el hecho de ensayar y probar las cosas. Al principio su padre quería que fuera médico pero enseguida se inclinó por la física y las matemáticas.
¿Y cómo sería de joven?
Tuvo que ser una revolución. Era un tío guapo, corpulento, con melena pelirroja… Cuando ya fue profesor de matemáticas, a veces sorprendía a sus alumnos diciendo que su cargo le obligaba a cumplir algunas normas, como no llevar toga cuando iba a un prostíbulo. Hoy nos choca más, pero en aquella época los prostíbulos o el matrimonio tenían otra consideración. De hecho sus tres hijos –un varón y dos mujeres que fueron al convento– los tuvo con Marina Gamma, que no se sabe muy bien si fue sirvienta, compañera o ama de llaves.
En el ámbito científico desarrolló instrumentos como el péndulo, el compás, el telescopio…
El no inventó el telescopio. Ya había anteojos circulando por Europa, como los fabricados por artesanos catalanes y holandeses. Parece que construyó buenos catalejos, pero inventarlo no. El acto creativo fue mirar al cielo.
Entre sus investigaciones científicas ¿con cuál se queda?
Me apasionan especialmente sus experimentos de caída libre de los cuerpos, porque significan muchas cosas, como el espíritu crítico. Hasta entonces todo el mundo se creía lo que decía Aristóteles de que los cuerpos más pesados caen con mayor velocidad y que esta es uniforme. Galileo se atreve a retar esta idea preguntando a la naturaleza. Cogió bolas de distintos materiales y midió con su pulso los tiempos que tardaban en bajar por una rampa. Así observó que los cuerpos caen con una velocidad que aumenta con el cuadrado, pero lo importante es que encontró la respuesta en la experimentación, no en la filosofía o el debate de las ideas. Ese es el gran cambio.
¿Considera más importante sus investigaciones o la defensa que hizo del método científico?
Yo creo que las dos, pero además añado un tercer elemento: sacar a la ciencia del Sancta Sanctorum y llevarla al público en general. Cuando escribe el libro de las manchas solares dijo que lo publicaba en idioma vulgar para que todo el mundo pudiera leerlo. Hasta entonces los eruditos escribían en latín solo para una élite social o intelectual que te podía aplaudir. Galileo rompe esto con voluntad deliberada. En este sentido se puede decir que Galileo es uno de los padres de la divulgación científica.
Aunque su famoso Sidereus nuncius todavía está en latín...
Sí, pero se trata de la primera revista monográfica de la historia. Revista porque tenía 60 páginas y monográfica porque trataba un solo tema: sus observaciones astronómicas con el anteojo. El gran titular era el descubrimiento de que la Luna tiene montañas y que Júpiter tiene satélites. Además está ilustrado con dibujos y se publicó apenas un mes después de haber hecho los descubrimientos. Todos estos son ingredientes de un monográfico actual. Solo le faltó que todavía iba en latín, pero esto lo corrigió en su siguiente publicación. Para mí es uno de los libros más importantes de la historia, aunque desde un punto de vista científico e ideológico es más importante Diálogos sobre los dos máximos sistemas del mundo.
El libro donde se inclina por el sistema copernicano de la Tierra alrededor del Sol, una idea de la que tuvo que abjurar ante la Inquisición ¿Sabía que estaba mintiendo?
Absolutamente. El abjura para salvar la vida y para darnos un ejemplo muy importante: que la ciencia no necesita mártires. Es una actitud pragmática. Si yo le tuviera que aconsejar a mi hijo en un caso parecido, no le diría que entregara su vida por la ciencia, porque tarde o temprano esta demostrará lo que es verdadero y lo que es falso. Gracias a que Galileo abjuró pudo seguir trabajando y entregarnos algunas obras que sirvieron para que progresara la ciencia.
¿En algún momento manifestó un conflicto interno entre su fe católica y el ser científico?
Yo creo que no. En ese sentido el texto paradigmático es la carta que dirigió a la duquesa Cristina de Lorena. En ella comenta la famosa frase de que la Biblia nos puede servir para decirnos cómo ir al cielo, pero no cómo funcionan los cielos. Ahí marca muy bien la diferencia, aunque sea compatible su fe católica con sus opiniones científicas. Galileo explica que la fe debe meterse en el comportamiento de las personas y para nada en la explicación de los hechos. De eso ya se encarga la ciencia. Los conflictos que tuvo fueron por política eclesiástica, además de por envidias y revanchas, pero fue atrevido y orgulloso, y afirmó las cosas porque se sentía seguro de lo que pensaba.
Galileo, la comida y el buen vino
De vez en cuando Ramón Núñez le hace un homenaje a Galileo comiendo el que fuera uno de sus platos favoritos, el cerdo con nabos, regado con vino Barolo del Piamonte.
“De la vida privada de Galileo sabemos sobre todo por las cartas de su hija María Celeste, que estaba en un convento”, dice Núñez. La correspondencia desvela aspectos de la vida cotidiana, como la afición de Galileo por la buena cocina y el buen vino, y el control a distancia que desde 1631 mantenía sobre las producciones de su casa de Arcetri, a las afueras de Florencia.
Esta casa tenía un jardín donde se cultivaban frutales (como limoneros, naranjos, perales, ciruelos, albaricoques o manzanos) y hortalizas, además de romero, ruda y otras plantas medicinales.
Entre las hortalizas destacaban, por el número de veces que se las nombra, las lechugas, alcachofas, berenjenas, alcaparras, coles, cebollas, habas y alubias blancas. Las laderas tenían almendros y olivos, y allí recogían espárragos silvestres. También había un palomar, y una mula mal alimentada ayudaba a las faenas duras.
En las cartas, su hija le comenta a Galileo aspectos como que el vino se le está picando, las habas son muy buenas o sobre envíos de pasteles de espinacas y cabritos. “Se ve que le interesa mucho cómo están las cosechas o el huerto”, dice Núñez, a quien llama la atención el hecho de que en bastantes cartas María Celeste le advierte a su padre que no beba tanto.
Parece que nació en la casa materna. Su padre era un gran intérprete y compositor de laúd, y se pueden escuchar grabaciones de algunas de sus obras. Galileo también tocaba el laúd e interpretaba piezas de su padre. De él heredó el gusto por la experimentación –midiendo cómo influía la longitud de las cuerdas sobre las notas, por ejemplo–, o el hecho de ensayar y probar las cosas. Al principio su padre quería que fuera médico pero enseguida se inclinó por la física y las matemáticas.
¿Y cómo sería de joven?
Tuvo que ser una revolución. Era un tío guapo, corpulento, con melena pelirroja… Cuando ya fue profesor de matemáticas, a veces sorprendía a sus alumnos diciendo que su cargo le obligaba a cumplir algunas normas, como no llevar toga cuando iba a un prostíbulo. Hoy nos choca más, pero en aquella época los prostíbulos o el matrimonio tenían otra consideración. De hecho sus tres hijos –un varón y dos mujeres que fueron al convento– los tuvo con Marina Gamma, que no se sabe muy bien si fue sirvienta, compañera o ama de llaves.
"De joven era guapo, corpulento y con melena pelirroja, y de profesor recomendaba no ir con toga a los prostíbulos"
En el ámbito científico desarrolló instrumentos como el péndulo, el compás, el telescopio…
El no inventó el telescopio. Ya había anteojos circulando por Europa, como los fabricados por artesanos catalanes y holandeses. Parece que construyó buenos catalejos, pero inventarlo no. El acto creativo fue mirar al cielo.
Entre sus investigaciones científicas ¿con cuál se queda?
Me apasionan especialmente sus experimentos de caída libre de los cuerpos, porque significan muchas cosas, como el espíritu crítico. Hasta entonces todo el mundo se creía lo que decía Aristóteles de que los cuerpos más pesados caen con mayor velocidad y que esta es uniforme. Galileo se atreve a retar esta idea preguntando a la naturaleza. Cogió bolas de distintos materiales y midió con su pulso los tiempos que tardaban en bajar por una rampa. Así observó que los cuerpos caen con una velocidad que aumenta con el cuadrado, pero lo importante es que encontró la respuesta en la experimentación, no en la filosofía o el debate de las ideas. Ese es el gran cambio.
¿Considera más importante sus investigaciones o la defensa que hizo del método científico?
Yo creo que las dos, pero además añado un tercer elemento: sacar a la ciencia del Sancta Sanctorum y llevarla al público en general. Cuando escribe el libro de las manchas solares dijo que lo publicaba en idioma vulgar para que todo el mundo pudiera leerlo. Hasta entonces los eruditos escribían en latín solo para una élite social o intelectual que te podía aplaudir. Galileo rompe esto con voluntad deliberada. En este sentido se puede decir que Galileo es uno de los padres de la divulgación científica.
Aunque su famoso Sidereus nuncius todavía está en latín...
"Su obra Sidereus nuncius es la primera revista monográfica de la historia"
Sí, pero se trata de la primera revista monográfica de la historia. Revista porque tenía 60 páginas y monográfica porque trataba un solo tema: sus observaciones astronómicas con el anteojo. El gran titular era el descubrimiento de que la Luna tiene montañas y que Júpiter tiene satélites. Además está ilustrado con dibujos y se publicó apenas un mes después de haber hecho los descubrimientos. Todos estos son ingredientes de un monográfico actual. Solo le faltó que todavía iba en latín, pero esto lo corrigió en su siguiente publicación. Para mí es uno de los libros más importantes de la historia, aunque desde un punto de vista científico e ideológico es más importante Diálogos sobre los dos máximos sistemas del mundo.
El libro donde se inclina por el sistema copernicano de la Tierra alrededor del Sol, una idea de la que tuvo que abjurar ante la Inquisición ¿Sabía que estaba mintiendo?
Absolutamente. El abjura para salvar la vida y para darnos un ejemplo muy importante: que la ciencia no necesita mártires. Es una actitud pragmática. Si yo le tuviera que aconsejar a mi hijo en un caso parecido, no le diría que entregara su vida por la ciencia, porque tarde o temprano esta demostrará lo que es verdadero y lo que es falso. Gracias a que Galileo abjuró pudo seguir trabajando y entregarnos algunas obras que sirvieron para que progresara la ciencia.
¿En algún momento manifestó un conflicto interno entre su fe católica y el ser científico?
Yo creo que no. En ese sentido el texto paradigmático es la carta que dirigió a la duquesa Cristina de Lorena. En ella comenta la famosa frase de que la Biblia nos puede servir para decirnos cómo ir al cielo, pero no cómo funcionan los cielos. Ahí marca muy bien la diferencia, aunque sea compatible su fe católica con sus opiniones científicas. Galileo explica que la fe debe meterse en el comportamiento de las personas y para nada en la explicación de los hechos. De eso ya se encarga la ciencia. Los conflictos que tuvo fueron por política eclesiástica, además de por envidias y revanchas, pero fue atrevido y orgulloso, y afirmó las cosas porque se sentía seguro de lo que pensaba.
Galileo, la comida y el buen vino
De vez en cuando Ramón Núñez le hace un homenaje a Galileo comiendo el que fuera uno de sus platos favoritos, el cerdo con nabos, regado con vino Barolo del Piamonte.
“De la vida privada de Galileo sabemos sobre todo por las cartas de su hija María Celeste, que estaba en un convento”, dice Núñez. La correspondencia desvela aspectos de la vida cotidiana, como la afición de Galileo por la buena cocina y el buen vino, y el control a distancia que desde 1631 mantenía sobre las producciones de su casa de Arcetri, a las afueras de Florencia.
Esta casa tenía un jardín donde se cultivaban frutales (como limoneros, naranjos, perales, ciruelos, albaricoques o manzanos) y hortalizas, además de romero, ruda y otras plantas medicinales.
La hija le decía que no bebiera tanto
Entre las hortalizas destacaban, por el número de veces que se las nombra, las lechugas, alcachofas, berenjenas, alcaparras, coles, cebollas, habas y alubias blancas. Las laderas tenían almendros y olivos, y allí recogían espárragos silvestres. También había un palomar, y una mula mal alimentada ayudaba a las faenas duras.
En las cartas, su hija le comenta a Galileo aspectos como que el vino se le está picando, las habas son muy buenas o sobre envíos de pasteles de espinacas y cabritos. “Se ve que le interesa mucho cómo están las cosechas o el huerto”, dice Núñez, a quien llama la atención el hecho de que en bastantes cartas María Celeste le advierte a su padre que no beba tanto.
SINC
Durará mucho, unas cuatro horas, cuando una parte de nuestro satélite natural entrará en la penumbra que proyecta la Tierra
Imagínese que el Sol, la Tierra y la Luna se alinean perfectamente o casi. Este fenómeno suele ocurrir con cierta frecuencia. La Tierra entonces proyecta una sombra en el espacio muy oscura, y a su alrededor, la penumbra, una sombra mucho más sutil.
En este tipo de alineamiento, la Luna en su movimiento alrededor de la Tierra se oscurece, pero el grado de oscurecimiento dependerá de si entra totalmente en la sombra o parcialmente, o si entra totalmente en la penumbra o parcialmente. Los mejores eclipses de Luna son los totales, en los que la Luna entra completamente en la sombra de la Tierra.
Existen pues varios eclipses de Luna:
- Total: La Luna entra completamente en la sombra de la Tierra. Los eclipses totales suelen durar mucho tiempo, debido a que la sombra mide 2,65 veces el diámetro de la Luna.
- Parcial: Una parte de la Luna entra en la sombra, el resto cae en la penumbra.
- Penumbral total: La Luna entra totalmente en la penumbra proyectada por la Tierra, no toca en ningún momento la sombra. Estos son los más infrecuentes, debido a que la penumbra es solo algo mayor que el diámetro de la Luna, y se da con una frecuencia de unos tres eclipses por siglo.
- Penumbral Parcial: Una parte de la Luna entra en la penumbra que proyecta la Tierra, el resto de la Luna está fuera de ella y recibe la luz del Sol completamente, sin que en esta parte de nuestro satélite se proyecte la sombra ni la penumbra de la Tierra.
Precisamente este último tipo de eclipse de Luna es el que veremos la noche del 18 al 19 de octubre, coincidiendo con la famosa «Luna del Cazador». La Luna entrará en la penumbra de la Tierra, un 76,5% de la totalidad de la superficie visible del satélite. El resto no será eclipsado, por lo que esta parte brillará, como si el eclipse no fuera con ella, es decir, el Sol lucirá en la zona norte o de arriba de la Luna. Así pues, las Ÿ partes de la Luna se internarán en la zona de la penumbra.
Muy prolongado
Será un evento muy duradero, casi exactamente 4 horas de eclipse, aunque, los eclipses penumbrales y especialmente los penumbrales parciales como éste, presentan una gran dificultad para su observación, ya que en el máximo del eclipse, la luz de la Luna se atenúa mínimamente y tenemos que estar muy atentos para poder darnos cuenta de ello. En un eclipse penumbral total es difícil percatarse de la aparición de la penumbra sobre la Luna. En los eclipse penumbrales parciales, es aún más moderada la atenuación de la luz lunar.
Junto a la Luna de la cosecha, la Luna del cazador, que tendrá lugar en la misma noche del eclipse, es la Luna llena más próxima al equinoccio de otoño, que este año tiene lugar el 22 de septiembre, cuando los días son exactamente iguales en tiempo a las noches y en todo los lugares del mundo. El otoño comenzó el domingo 22 de septiembre a las 22h 44m hora oficial peninsular, una hora menos en Canarias. El otoño durará 89 días y 20 horas, y finalizará el 21 de diciembre cuando comience el invierno.
La Luna del Cazador y la de la Cosecha salen antes por el horizonte que cualquier Luna llena, por lo que permanece en el cielo toda la noche, sin dejar de dar luz durante toda ella. La cacería, fundamentalmente, la caza mayor, aprovecha esta situación de la Luna llena, para poder contemplar mejor a los animales en mitad de la noche, debido a la luz que refleja nuestro satélite durante toda la noche. Especialmente en Europa, se aprovecha para dar caza a venados y zorros. Este tipo de cacería se realiza la noche del 18 al 19 y del 19 al 20 de octubre.
Esta Luna también es llamada del Cazador, porque es la última Luna en la parte más meridional del planeta, que permitía o permitea los cazadores, dependiendo del lugar, cobrarse durante la noche sus presas, antes de la llegada de las nieves. Por lo que desde hace cientos de años, ha sido la gran campaña de caza, de hecho los cotos de caza, se preparan durante las semanas previas para este evento.
En el hemisferio norte la Luna del Cazador ocurre en octubre, rara vez a primeros de noviembre, mientras que en el hemisferio sur, tiene lugar en abril o en el mes de mayo.
Visibilidad del eclipse desde España:
Es visible desde su inicio hasta su final desde la península y desde Canarias. La Luna comenzará a aparecer por el horizonte sobre las 19.20 horas peninsular del día 18 de octubre, dependiendo de lo despejado que tenga usted el horizonte, podrá verla algo más tarde, pero aún de día y se pondrá en el amanecer del día 19 de octubre sobre las 8,30 horas peninsular.
En la Península:
Primer contacto penumbra: día 18,hora: 23:48:04
Máximo del eclipse: día 19,hora: 01:50:08
Último contacto penumbra: día 19,hora: 03:52:11
El eclipse se verá desde una gran parte del mundo: desde toda Europa, África y América. Sólo Australia, Japón y la mayor parte del Pacífico estarán fuera de la visibilidad del eclipse.
El eclipse se puede contemplar a simple vista, teniendo en cuenta que la luz de la Luna se atenuará muy poco. Unos prismáticos o un pequeño telescopio nos pueden ayudar a percibir mejor el evento. También una cámara fotográfica, realizando fotos cada 10 minutos, nos hará apreciar con mayor claridad la disminución de la luz de la Luna.
Curiosidades: en 2009 hubo tres eclipses de Luna penumbrales parciales,en 2016 habrá otros tres y en 2020 cuatro.
La zona blanca del mapamundi es la de la visibilidad del eclipse. En la gris, el eclipse no se apreciará. Arriba, la zona roja es la sombra que proyecta la Tierra, la zona gris a su alrededor es la penumbra, por la que pasará la Luna, que se observa como un círculo en su primer contacto con la penumbra, en la fase de máximo y en el último contacto con ella. La Luna se dirige de izquierda a derecha. Obsérvese cómo en el máximo del eclipse, la parte de arriba de la Luna, queda fuera de la penumbra, que quedará iluminada por el Sol
ABC.es
Cuando se le pregunta a Ramón Núñez Centella si podría recomendar un lugar con sabor científico para visitar este verano, exclama: “¡Claro, hay muchos! Pero los que me han dejado una huella más intensa están en Italia”. El director del Museo Nacional de Ciencia y Tecnología (MUNCYT) disfruta visitando los lugares clave de la vida de Galileo en Roma, Florencia y Pisa. Como él dice, le gusta practicar el ‘culto laico’
“Cuando visité la basílica de Santa María sopra Minerva, en Roma, se me erizó el vello de los brazos al pensar que estaba pisando uno de los lugares donde Galileo Galilei hubo de abjurar ante el tribunal de la Inquisición”, asegura Ramón Núñez Centella.
El director del MUNCYT confiesa su admiración por el astrónomo, filósofo, matemático y físico italiano, que abjuró en una de las salas de ese convento: “Galileo es mi científico favorito, eso sin contar que comparto con él aficiones placenteras, como el gusto por la música, la cocina y la comida”, expone.
Ramón Núñez ha rastreado las huellas de Galileo Galilei (Pisa, 1564 – Florencia, 1642) en Roma y otras ciudades italianas. Es lo que él llama, bromeando, una romería científica. “Según Dante en Vita Nuova, los únicos peregrinos son los que van a Santiago, porque quienes van a Roma son romeros y los que van a Jerusalén, palmeros”.
Entre platos de pasta y pizza, le vienen a la cabeza otros recuerdos de este ‘culto laico’ que a él le gusta practicar, como visitar la tumba del mismo Galileo, en la iglesia de la Santa Croce de Florencia, “nada más entrar, a la izquierda”, detalla Núñez. “Allí están también enterrados otros ilustres, como Miguel Ángel, Maquiavelo y Rossini; es un panorama culturalmente completo y además, tiene unos frescos preciosos”, continúa.
Otro lugar de culto científico para este exprofesor y pionero de la divulgación en España es la tumba de Isaac Newton en la Abadía de Westminster, “en donde por cierto –en contra de lo que muchos piensan– no figura el famoso epitafio escrito por Alexander Pope [La naturaleza y sus leyes yacían ocultas en la noche; dijo Dios 'que sea Newton' y todo se hizo luz], porque no lo autorizaron”, aclara. Sobre los restos figura una losa con la descriptiva pero mucho menos poética inscripción Hic depositum est, quod mortale fuit Isaaci Newtoni (Aquí está depositado lo que tuvo de mortal Isaac Newton).
Volviendo a Galileo, la Toscana es la región donde Núñez encuentra más rincones en los que ‘honrar’ a su admirado científico, desde el baptisterio de Pisa, "que me recuerda la anécdota del péndulo", hasta las calles de Padua o el Museo de Historia de la Ciencia en Florencia, ahora denominado Museo Galileo.
“Muchas son las cosas que me fascinan de Galileo, como su enfoque de búsqueda experimental del conocimiento, su espíritu crítico para enfrentarse a la fe aristotélica, su curiosidad para apuntar su telescopio al cielo o para medir los espacios recorridos en tiempos iguales por una bola al caer por un plano inclinado. Su constancia para seguir mirando al cielo día tras día y ver el movimiento de los satélites de Júpiter, o su creatividad al diseñar experimentos y aparatos”, enfatiza.
Pero sobre todo lo que le encanta es su humanidad: “Sabía que la ciencia no necesita mártires, que las afirmaciones científicas se verifican o falsean con el tiempo. Por eso lo que tenía sentido era abjurar, y poder seguir viviendo, pensando y escribiendo. Era muy pragmático y rebelde. Se dice de él que cuando era profesor de matemáticas en Pisa, una de las razones que esgrimía para negarse a usar la toga era que con esa vestimenta no se podía acudir a un prostíbulo, pues se atentaba contra la dignidad del traje de profesor”.
Arrodillado donde abjuró el maestro
Cuenta el director del MUNCYT que cuando acudió hace cuatro años a la basílica de Roma –que se supone construida sobre un templo de Minerva– sintió la necesidad de arrodillarse. “Recordé el texto que Galileo tuvo que leer ante el tribunal de la Inquisición, que comenzaba así: ‘Yo, Galileo, hijo de Vincenzo Galileo de Florencia, a la edad de 70 años, comparecido personalmente en juicio y arrodillado ante vosotros, Eminentísimos y Reverendísimos Señores Cardenales […]’, y finaliza: ‘Como prueba de verdad he escrito con mi propia mano la presente cédula de mi abjuración y la he recitado palabra por palabra en Roma, en el convento de Minerva este 22 de junio de 1633’”.
Esa abjuración es uno de los documentos que más ha influido en su educación científica y recuerda que lo leyó por primera vez en el libro Biografía de la Física, de George Gamow. “Es impresionante”, expresa.
Finalmente, lo que a Núñez le gustaría elaborar son guías turísticas en clave científica, que dijesen dónde nacieron o están enterrados científicos ilustres, o inventores, dónde hay antiguas fábricas, o sus restos; instalaciones singulares de la tecnología, o de los árboles más destacados. “Frente a la divulgación artística, musical o literaria todavía nos queda mucho por hacer. Londres y París ya tienen una guía así… ¿preparamos la de Madrid?”.
“Cuando visité la basílica de Santa María sopra Minerva, en Roma, se me erizó el vello de los brazos al pensar que estaba pisando uno de los lugares donde Galileo Galilei hubo de abjurar ante el tribunal de la Inquisición”, asegura Ramón Núñez Centella.
El director del MUNCYT confiesa su admiración por el astrónomo, filósofo, matemático y físico italiano, que abjuró en una de las salas de ese convento: “Galileo es mi científico favorito, eso sin contar que comparto con él aficiones placenteras, como el gusto por la música, la cocina y la comida”, expone.
En la iglesia de la Santa Croce de Florencia, “nada más entrar, a la izquierda”, está la tumba del gran físico italiano
Ramón Núñez ha rastreado las huellas de Galileo Galilei (Pisa, 1564 – Florencia, 1642) en Roma y otras ciudades italianas. Es lo que él llama, bromeando, una romería científica. “Según Dante en Vita Nuova, los únicos peregrinos son los que van a Santiago, porque quienes van a Roma son romeros y los que van a Jerusalén, palmeros”.
Entre platos de pasta y pizza, le vienen a la cabeza otros recuerdos de este ‘culto laico’ que a él le gusta practicar, como visitar la tumba del mismo Galileo, en la iglesia de la Santa Croce de Florencia, “nada más entrar, a la izquierda”, detalla Núñez. “Allí están también enterrados otros ilustres, como Miguel Ángel, Maquiavelo y Rossini; es un panorama culturalmente completo y además, tiene unos frescos preciosos”, continúa.
Otro lugar de culto científico para este exprofesor y pionero de la divulgación en España es la tumba de Isaac Newton en la Abadía de Westminster, “en donde por cierto –en contra de lo que muchos piensan– no figura el famoso epitafio escrito por Alexander Pope [La naturaleza y sus leyes yacían ocultas en la noche; dijo Dios 'que sea Newton' y todo se hizo luz], porque no lo autorizaron”, aclara. Sobre los restos figura una losa con la descriptiva pero mucho menos poética inscripción Hic depositum est, quod mortale fuit Isaaci Newtoni (Aquí está depositado lo que tuvo de mortal Isaac Newton).
Ramón Núñez en Santa María sopra Minerva, Roma.
Volviendo a Galileo, la Toscana es la región donde Núñez encuentra más rincones en los que ‘honrar’ a su admirado científico, desde el baptisterio de Pisa, "que me recuerda la anécdota del péndulo", hasta las calles de Padua o el Museo de Historia de la Ciencia en Florencia, ahora denominado Museo Galileo.
“Muchas son las cosas que me fascinan de Galileo, como su enfoque de búsqueda experimental del conocimiento, su espíritu crítico para enfrentarse a la fe aristotélica, su curiosidad para apuntar su telescopio al cielo o para medir los espacios recorridos en tiempos iguales por una bola al caer por un plano inclinado. Su constancia para seguir mirando al cielo día tras día y ver el movimiento de los satélites de Júpiter, o su creatividad al diseñar experimentos y aparatos”, enfatiza.
Pero sobre todo lo que le encanta es su humanidad: “Sabía que la ciencia no necesita mártires, que las afirmaciones científicas se verifican o falsean con el tiempo. Por eso lo que tenía sentido era abjurar, y poder seguir viviendo, pensando y escribiendo. Era muy pragmático y rebelde. Se dice de él que cuando era profesor de matemáticas en Pisa, una de las razones que esgrimía para negarse a usar la toga era que con esa vestimenta no se podía acudir a un prostíbulo, pues se atentaba contra la dignidad del traje de profesor”.
Ramón Núñez sintió la necesidad de arrodillarse en honor de Galileo en la basílica de Roma donde el italiano abjuró
Arrodillado donde abjuró el maestro
Cuenta el director del MUNCYT que cuando acudió hace cuatro años a la basílica de Roma –que se supone construida sobre un templo de Minerva– sintió la necesidad de arrodillarse. “Recordé el texto que Galileo tuvo que leer ante el tribunal de la Inquisición, que comenzaba así: ‘Yo, Galileo, hijo de Vincenzo Galileo de Florencia, a la edad de 70 años, comparecido personalmente en juicio y arrodillado ante vosotros, Eminentísimos y Reverendísimos Señores Cardenales […]’, y finaliza: ‘Como prueba de verdad he escrito con mi propia mano la presente cédula de mi abjuración y la he recitado palabra por palabra en Roma, en el convento de Minerva este 22 de junio de 1633’”.
Esa abjuración es uno de los documentos que más ha influido en su educación científica y recuerda que lo leyó por primera vez en el libro Biografía de la Física, de George Gamow. “Es impresionante”, expresa.
Finalmente, lo que a Núñez le gustaría elaborar son guías turísticas en clave científica, que dijesen dónde nacieron o están enterrados científicos ilustres, o inventores, dónde hay antiguas fábricas, o sus restos; instalaciones singulares de la tecnología, o de los árboles más destacados. “Frente a la divulgación artística, musical o literaria todavía nos queda mucho por hacer. Londres y París ya tienen una guía así… ¿preparamos la de Madrid?”.
SINC
Aunque la Humanidad llevaba milenios contemplando el firmamento nocturno, la astronomía tuvo la poca fortuna de alcanzar su edad adulta en una Europa enfrentada por un sinfín de conflictos religiosos. Ni la Iglesia de Roma ni los protestantes de centroeuropa recibieron bien los nuevos hallazgos y teorías de los dos observadores del cielo más revolucionarios del siglo XVII: Galileo y Kepler.
Galileo Galilei, nacido en Pisa en 1564, es el científico que mejor simboliza la ruptura con el mundo medieval y la irrupción del método hipotético-deductivo, es decir, el método de la ciencia moderna por excelencia. La gran ruptura que provocó este sistema de estudio se debe a que no se limitaba a argumentar en abstracto, sino que se apoya en observaciones y experimentos que otros investigadores pueden confirmar por sí mismos y que reafirman o refutan la hipótesis de la que se parte.
Fascinado por las nuevas posibilidades de la óptica, Galileo fabricó su propio telescopio y comenzó a estudiar la Luna entre 1609 y 1610. Ese mismo año se publicaba en Venecia 'Siderius nuncius' (Mensajero sideral), la obra que contiene todas las observaciones de este científico sobre nuestro satélite. Analizando cuidadosamente las variaciones del terminador (la frontera entre la parte iluminada de la Luna y la zona que permanece oscura), descubrió la existencia de valles y montañas lunares. También dedujo que las zonas oscuras (los cráteres) eran las más bajas, por lo que estas deberían corresponderse con los mares, de acuerdo con la visión pitagórica de la Luna como un mundo similar a la Tierra. Galileo, que no era muy amigo de la antigua filosofía griega, no apoyó directamente esta teoría, sino que se limitó a mostrar que, de existir mares, estos deberían ser las manchas más oscuras.
Galileo era católico, pero despreciaba sobre todas las cosas los argumentos basados en el principio de autoridad. Al parecer, este irreducible espíritu crítico lo había heredado de su padre, quien, según sus propias palabras, le había enseñado: "Me parece que aquellos que solo se basan en argumentos de autoridad para mantener sus afirmaciones, sin buscar razones que las apoyen, actúan de forma absurda. Desearía poder cuestionar libremente y responder libremente sin adulaciones. Así se comporta aquel que persigue la verdad". Educado en esta mentalidad, y armado con las sólidas pruebas que le proporcionaba su telescopio, no tuvo ningún reparo en despojarse de la tesis aristotélica de que la Luna era un cuerpo perfecto, muy extendida entonces entre los académicos cristianos.
Por el contrario, Galileo consideraba que haber descubierto la verdadera naturaleza del satélite era una especie de regalo divino. "Doy infinitas gracias a Dios por haber sido tan bondadoso de permitirme solo a mí ser el primer observador de maravillas que se habían mantenido escondidas en la oscuridad durante todos los siglos anteriores", escribió. El jesuita Cristóbal Clavius, uno de los impulsores del calendario gregoriano, no creía que fuese posible que la Luna tuviese irregularidades, pero Galileo logró convencerlo mostrándoselas con un telescopio. Pese a haberse resistido a creer en su existencia, Clavius daría nombre después a un inmenso cráter lunar. La Iglesia no pudo nunca oponerse a los descubrimientos del toscano sobre la Luna por la sencilla razón de que cualquiera podía verlos con sus propios ojos. Los problemas vendrían después.
Animado por sus éxitos, Galileo apuntó su telescopio hacia nuevos planetas. Su aversión por el aristotelismo y el argumento de autoridad abarcaba todos los campos, desde la mecánica hasta la astronomía. Pero en esta última disciplina, además, contaba con el apoyo de una obra monumental publicada medio siglo antes y que Galileo conocía muy bien: 'De Revolutionibus Orbium Coelestium' (Sobre las revoluciones de los orbes celestes), de Nicolás Copérnico.
Este astrónomo polaco había pasado veinticinco años estudiando los movimientos de los astros y había descrito un sistema cosmológico en el que todos los planetas, incluida la Tierra, giraban alrededor del Sol en órbitas circulares, mientras que las estrellas seguían una órbita aún más alejada pero también alrededor del Sol. Teniendo en cuenta las limitaciones de su tiempo, en el que el universo no excedía el sistema solar, el modelo de Copérnico era básicamente correcto. Dos de sus errores, además, se corregirían enseguida: Kepler demostró que las órbitas de los planetas no son circulares, sino elípticas; y Galileo descubrió que la Tierra no es el único planeta sobre el que gira un satélite, ya que Júpiter tenía hasta cuatro lunas a su alrededor. Cada nuevo descubrimiento parecía despojar a nuestro planeta de todas sus peculiaridades para relegarlo a un lugar secundario en la inmensidad del cosmos.
Kepler recibió una copia de El mensajero sideral de Galileo y redactó una nueva obra como respuesta a la misma, llamada Conversación con el mensajero sideral. Allí avalaba los descubrimientos de su colega, tanto sobre la Luna como sobre los cuatro satélites jovianos, de cuya existencia algunos aún dudaban. Kepler, sin embargo, tenía una visión de la Luna algo distinta a la de Galileo, y mucho más fantástica; el alemán pensaba que en ella había océanos, vegetación y vida inteligente, mientras que su colega italiano no prestaba demasiada credibilidad a estas ideas, a las que consideraba una herencia de los pitagóricos. Ambos investigadores se habían conocido unos años atrás cuando Galileo escribió a Kepler para felicitarlo por su exposición de un modelo heliocéntrico en 'Mysterium cosmographicum' (Misterio cosmográfico), obra publicada en 1695. La tesis de que el Sol está en el centro del universo, compartida por ambos desde antes de tener pruebas concluyentes que la demostraran, comenzaba por fin a cobrar sentido gracias al telescopio.
A finales de 1610, Galileo envió a Kepler y otros conocidos un enigmático mensaje en latín: "Haec immatura a me iam frustra leguntur o y" ("Esto ya había sido intentado antes sin éxito por mí"). Kepler estaba ya acostumbrado a recibir anagramas de su colega toscano, así que sabía que se trataba de un nuevo hallazgo en clave cifrada. No pudo aguantar la curiosidad y pidió a Galileo que enviara la solución cuanto antes. La respuesta llegó en enero de 1611. Cambiando el orden de las letras y formando con ellas nuevas palabras, se puede obtener este otro enunciado, también compuesto en clave de enigma, pero de una importancia capital en la historia de la ciencia: "Cynthiae figuras aemulatur mater amorum" ("La madre del amor emula las figuras de Cynthia").
Galileo Galilei, nacido en Pisa en 1564, es el científico que mejor simboliza la ruptura con el mundo medieval y la irrupción del método hipotético-deductivo, es decir, el método de la ciencia moderna por excelencia. La gran ruptura que provocó este sistema de estudio se debe a que no se limitaba a argumentar en abstracto, sino que se apoya en observaciones y experimentos que otros investigadores pueden confirmar por sí mismos y que reafirman o refutan la hipótesis de la que se parte.
Fascinado por las nuevas posibilidades de la óptica, Galileo fabricó su propio telescopio y comenzó a estudiar la Luna entre 1609 y 1610. Ese mismo año se publicaba en Venecia 'Siderius nuncius' (Mensajero sideral), la obra que contiene todas las observaciones de este científico sobre nuestro satélite. Analizando cuidadosamente las variaciones del terminador (la frontera entre la parte iluminada de la Luna y la zona que permanece oscura), descubrió la existencia de valles y montañas lunares. También dedujo que las zonas oscuras (los cráteres) eran las más bajas, por lo que estas deberían corresponderse con los mares, de acuerdo con la visión pitagórica de la Luna como un mundo similar a la Tierra. Galileo, que no era muy amigo de la antigua filosofía griega, no apoyó directamente esta teoría, sino que se limitó a mostrar que, de existir mares, estos deberían ser las manchas más oscuras.
Sistema Solar de Kepler.
Galileo era católico, pero despreciaba sobre todas las cosas los argumentos basados en el principio de autoridad. Al parecer, este irreducible espíritu crítico lo había heredado de su padre, quien, según sus propias palabras, le había enseñado: "Me parece que aquellos que solo se basan en argumentos de autoridad para mantener sus afirmaciones, sin buscar razones que las apoyen, actúan de forma absurda. Desearía poder cuestionar libremente y responder libremente sin adulaciones. Así se comporta aquel que persigue la verdad". Educado en esta mentalidad, y armado con las sólidas pruebas que le proporcionaba su telescopio, no tuvo ningún reparo en despojarse de la tesis aristotélica de que la Luna era un cuerpo perfecto, muy extendida entonces entre los académicos cristianos.
Por el contrario, Galileo consideraba que haber descubierto la verdadera naturaleza del satélite era una especie de regalo divino. "Doy infinitas gracias a Dios por haber sido tan bondadoso de permitirme solo a mí ser el primer observador de maravillas que se habían mantenido escondidas en la oscuridad durante todos los siglos anteriores", escribió. El jesuita Cristóbal Clavius, uno de los impulsores del calendario gregoriano, no creía que fuese posible que la Luna tuviese irregularidades, pero Galileo logró convencerlo mostrándoselas con un telescopio. Pese a haberse resistido a creer en su existencia, Clavius daría nombre después a un inmenso cráter lunar. La Iglesia no pudo nunca oponerse a los descubrimientos del toscano sobre la Luna por la sencilla razón de que cualquiera podía verlos con sus propios ojos. Los problemas vendrían después.
Animado por sus éxitos, Galileo apuntó su telescopio hacia nuevos planetas. Su aversión por el aristotelismo y el argumento de autoridad abarcaba todos los campos, desde la mecánica hasta la astronomía. Pero en esta última disciplina, además, contaba con el apoyo de una obra monumental publicada medio siglo antes y que Galileo conocía muy bien: 'De Revolutionibus Orbium Coelestium' (Sobre las revoluciones de los orbes celestes), de Nicolás Copérnico.
Este astrónomo polaco había pasado veinticinco años estudiando los movimientos de los astros y había descrito un sistema cosmológico en el que todos los planetas, incluida la Tierra, giraban alrededor del Sol en órbitas circulares, mientras que las estrellas seguían una órbita aún más alejada pero también alrededor del Sol. Teniendo en cuenta las limitaciones de su tiempo, en el que el universo no excedía el sistema solar, el modelo de Copérnico era básicamente correcto. Dos de sus errores, además, se corregirían enseguida: Kepler demostró que las órbitas de los planetas no son circulares, sino elípticas; y Galileo descubrió que la Tierra no es el único planeta sobre el que gira un satélite, ya que Júpiter tenía hasta cuatro lunas a su alrededor. Cada nuevo descubrimiento parecía despojar a nuestro planeta de todas sus peculiaridades para relegarlo a un lugar secundario en la inmensidad del cosmos.
Universo Heliocéntrico según Andreas Cellarius
Kepler recibió una copia de El mensajero sideral de Galileo y redactó una nueva obra como respuesta a la misma, llamada Conversación con el mensajero sideral. Allí avalaba los descubrimientos de su colega, tanto sobre la Luna como sobre los cuatro satélites jovianos, de cuya existencia algunos aún dudaban. Kepler, sin embargo, tenía una visión de la Luna algo distinta a la de Galileo, y mucho más fantástica; el alemán pensaba que en ella había océanos, vegetación y vida inteligente, mientras que su colega italiano no prestaba demasiada credibilidad a estas ideas, a las que consideraba una herencia de los pitagóricos. Ambos investigadores se habían conocido unos años atrás cuando Galileo escribió a Kepler para felicitarlo por su exposición de un modelo heliocéntrico en 'Mysterium cosmographicum' (Misterio cosmográfico), obra publicada en 1695. La tesis de que el Sol está en el centro del universo, compartida por ambos desde antes de tener pruebas concluyentes que la demostraran, comenzaba por fin a cobrar sentido gracias al telescopio.
A finales de 1610, Galileo envió a Kepler y otros conocidos un enigmático mensaje en latín: "Haec immatura a me iam frustra leguntur o y" ("Esto ya había sido intentado antes sin éxito por mí"). Kepler estaba ya acostumbrado a recibir anagramas de su colega toscano, así que sabía que se trataba de un nuevo hallazgo en clave cifrada. No pudo aguantar la curiosidad y pidió a Galileo que enviara la solución cuanto antes. La respuesta llegó en enero de 1611. Cambiando el orden de las letras y formando con ellas nuevas palabras, se puede obtener este otro enunciado, también compuesto en clave de enigma, pero de una importancia capital en la historia de la ciencia: "Cynthiae figuras aemulatur mater amorum" ("La madre del amor emula las figuras de Cynthia").
El derrocamiento del sistema geocéntrico
Cynthia era otro de los nombres que recibía la diosa Artemisa, y se refiere, evidentemente, a la Luna. La madre del amor, por tanto, no puede ser otra más que Venus. Y las figuras de Cynthia son las fases lunares. En otras palabras, Galileo había visto con sus propios ojos, a través de su flamante telescopio, que el planeta Venus también cambia ligeramente sus fases. Este descubrimiento, por sí solo, bastaba para derrocar al sistema geocéntrico. Hasta entonces, no había nada que pudiera desbancar definitivamente a la Tierra del centro del universo, pese a que el modelo de Copérnico era más simple, preciso y elegante. Ahora las cosas habían cambiado: no había modo alguno en que la Tierra pudiese ser el centro del universo si Venus cambiaba su rostro como mostraba el telescopio. Galileo y Kepler tuvieron desde entonces la certeza de que la victoria era suya. El descubrimiento se publicó en 1613 y, esta vez, tampoco intervino la Iglesia.
Más bien al contrario, hubo varios religiosos que se sintieron fascinados por la nueva astronomía de Galileo y Kepler y trataron de congeniar sus hallazgos con los postulados tradicionales del catolicismo. Fue el caso del carmelita italiano Paolo Foscarini, que defendió en público a Galileo y redactó una obra en la que trataba de demostrar que el heliocentrismo no estaba reñido con la Biblia. No era el primer libro de estas características escrito por un católico, ya que el agustino Diego de Zúñiga había publicado uno con el mismo fin en 1594.
Las jerarquías católicas no se sintieron nada cómodas con esta situación: una cosa era que los astrónomos hablaran de lo que veían con sus telescopios y otra bien distinta es que sus observaciones ejercieran un poderoso -e incontrolable- influjo en el pensamiento teológico. En 1616, un decreto de la Congregación del Índice prohibió por completo la obra de Foscarini y censuró en buena parte las de Zúñiga y Copérnico. El motivo de que el astrónomo polaco cayera en desgracia junto a los dos teólogos reprobados radica en que Copérnico -canónigo de la catedral de Frombork y sobrino del obispo católico Ukasz Watzenrode- también había tratado de compatibilizar sus teorías con las Sagradas Escrituras. Los pasajes sobre las revoluciones que incurrían en esta práctica fueron eliminados, aunque no así el modelo heliocéntrico que se presentaba en dicha obra. Lo que sí se hizo fue incorporar nuevos pasajes en los que se explicaba que la visión heliocéntrica era tan solo una hipótesis, ahondando en lo que ya había hecho casi un siglo antes, previendo que algo así podía pasar, el editor original de la obra, Andreas Osiander.
Cynthia era otro de los nombres que recibía la diosa Artemisa, y se refiere, evidentemente, a la Luna. La madre del amor, por tanto, no puede ser otra más que Venus. Y las figuras de Cynthia son las fases lunares. En otras palabras, Galileo había visto con sus propios ojos, a través de su flamante telescopio, que el planeta Venus también cambia ligeramente sus fases. Este descubrimiento, por sí solo, bastaba para derrocar al sistema geocéntrico. Hasta entonces, no había nada que pudiera desbancar definitivamente a la Tierra del centro del universo, pese a que el modelo de Copérnico era más simple, preciso y elegante. Ahora las cosas habían cambiado: no había modo alguno en que la Tierra pudiese ser el centro del universo si Venus cambiaba su rostro como mostraba el telescopio. Galileo y Kepler tuvieron desde entonces la certeza de que la victoria era suya. El descubrimiento se publicó en 1613 y, esta vez, tampoco intervino la Iglesia.
Más bien al contrario, hubo varios religiosos que se sintieron fascinados por la nueva astronomía de Galileo y Kepler y trataron de congeniar sus hallazgos con los postulados tradicionales del catolicismo. Fue el caso del carmelita italiano Paolo Foscarini, que defendió en público a Galileo y redactó una obra en la que trataba de demostrar que el heliocentrismo no estaba reñido con la Biblia. No era el primer libro de estas características escrito por un católico, ya que el agustino Diego de Zúñiga había publicado uno con el mismo fin en 1594.
Las jerarquías católicas no se sintieron nada cómodas con esta situación: una cosa era que los astrónomos hablaran de lo que veían con sus telescopios y otra bien distinta es que sus observaciones ejercieran un poderoso -e incontrolable- influjo en el pensamiento teológico. En 1616, un decreto de la Congregación del Índice prohibió por completo la obra de Foscarini y censuró en buena parte las de Zúñiga y Copérnico. El motivo de que el astrónomo polaco cayera en desgracia junto a los dos teólogos reprobados radica en que Copérnico -canónigo de la catedral de Frombork y sobrino del obispo católico Ukasz Watzenrode- también había tratado de compatibilizar sus teorías con las Sagradas Escrituras. Los pasajes sobre las revoluciones que incurrían en esta práctica fueron eliminados, aunque no así el modelo heliocéntrico que se presentaba en dicha obra. Lo que sí se hizo fue incorporar nuevos pasajes en los que se explicaba que la visión heliocéntrica era tan solo una hipótesis, ahondando en lo que ya había hecho casi un siglo antes, previendo que algo así podía pasar, el editor original de la obra, Andreas Osiander.
Galileo ante la Inquisición romana
La realidad es que, durante algunos años más, siguió estudiando el universo con su telescopio y publicando sus obras con normalidad (al menos, con toda la normalidad que podía esperarse en aquellos tiempos). Los inquisidores aceptaban que el sistema de Galileo era más elegante que el de Ptolomeo y consentían de buen grado que se usara como método de trabajo, pero aún pensaban que la Biblia, tal y como había sido interpretada por los padres de la Iglesia, reflejaba la realidad científica del cosmos. La situación, en el fondo insostenible, se mantuvo así durante algún tiempo: mientras Galileo moderara su entusiasmo, la Inquisición no se metería en sus asuntos.
Tras leer el libro prohibido de Foscarini, Belarmino escribió una carta al autor en la que queda reflejada, en un lenguaje algo rebuscado, la postura oficial de la Iglesia: "Las palabras 'el Sol se levantó y el Sol descendió, y se apresuró al lugar por el que se había levantado, etc.' fueron pronunciadas por Salomón, quien no solo hablaba por inspiración divina, sino que fue un hombre sabio como ningún otro y más educado en ciencias humanas y en el conocimiento de todas las cosas creadas, y su sabiduría provenía de Dios. Por eso es muy poco probable que afirmara algo contrario a una verdad que ya había sido demostrada o con posibilidades de ser demostrada. Y si me dices que Salomón hablaba solo de acuerdo con las apariencias, y que parece que el Sol da vueltas cuando realmente es la Tierra la que se mueve, igual que a alguien que va en un barco le parece que la playa se está alejando del barco, yo responderé que alguien que se está marchando de la playa, aunque le parezca que la playa se está alejando, sabe que está en un error y lo corrige, viendo claramente que es el barco el que se mueve y no la playa. Pero con respecto al Sol y la Tierra, ningún hombre sabio necesita corregir el error, ya que nota claramente que la Tierra está quieta y que su ojo no está siendo engañado cuando interpreta que la Luna y las estrellas se mueven».
La Iglesia calificaba a los pitagóricos de paganos heréticos. .
Al Vaticano le preocupaba la ciencia moderna por dos motivos: el primero es que promovía interpretaciones libres de las Sagradas Escrituras, algo a lo que Roma era especialmente sensible desde las escisiones protestantes y que ya había prohibido el Concilio de Trento, clausurado en 1563. El segundo es que la nueva astronomía recuperaba una cosmovisión pagana cuyo origen se remontaba a los pitagóricos, una secta que guardaba demasiadas similitudes con muchas de las herejías que había combatido la Iglesia desde los primeros siglos de nuestra era. No en vano, el decreto contra el copernicanismo de 1616 se refería insistentemente a la supuesta influencia pagana de este sistema.
Al parecer, la Congregación del Índice no consideraba que los defensores del heliocentrismo se basaran en las observaciones telescópicas, sino que creía que trataban de recuperar las antiguas doctrinas de Pitágoras. Esta interpretación estaría avalada por el libro de Foscarini, en el que se denominaba al heliocentrismo 'nuevo sistema pitagórico del mundo'. En realidad, Galileo no mostraba ningún respeto por las teorías de la antigua Grecia, y eso incluía a la secta de matemáticos tanto como a Aristóteles. El apoyo de Foscarini, por tanto, no le hizo ningún bien. Lo más probable es que el científico toscano tuviera escaso -o nulo- interés en las viejas herejías de inspiración pagana y que, empecinado como estaba en combatir a las nuevas élites aristotélicas, no cayera en la cuenta de que estaba despertado a un dragón dormido. Y vaya si lo hizo...
ELMUNDO.es
El gran novelista y divulgador científico Isaac Asimov decía que "la Luna y sus fases dieron al hombre su primer calendario". La afirmación es totalmente cierta, aunque quizás hoy el maestro hubiese podido especificar un poco más: fueron en realidad las mujeres, según apuntan todos los indicios, las primeras 'sapiens' interesadas en ayudarse de los astros para medir matemáticamente el tiempo e intentar así ordenar -dominar- la vida.
De todos los orbes que giran en el firmamento, no es de extrañar que la Luna fuese la elegida por nuestros ancestros para inspirar sus primeros calendarios: el satélite terrestre es muy fácil de observar a simple vista, cambia de aspecto todos los días y sus ciclos permiten prever –aunque no con total exactitud- la llegada de una nueva estación, algo que los humanos de la Prehistoria debían tener muy en cuenta si no querían poner en riesgo sus vidas.
Aún hoy, cuando no dependemos del movimiento de los astros para dividir el tiempo, la medida del mes -es decir, de una luna- sigue siendo muy útil: la usamos para cobrar nóminas, pagar facturas e hipotecas, planear cuánto nos va a llevar concluir un trabajo o incluso poner límite a nuestras vacaciones. Tal y como rezaba un antiguo texto hebreo, "la Luna fue hecha para que contásemos los días".
Los primeros calendarios que se han encontrado hasta la fecha datan del Paleolítico superior, y fueron fabricados a partir de huesos de animales, mediante incisiones que marcan el paso de las fases lunares. El más antiguo que se conoce es el hueso Lebombo, fabricado hace unos 37.000 años y descubierto a principios de la década de los 70 en Swazilandia, un pequeño país al sur de África donde la esperanza de vida apenas supera los 40 años debido a la lacra del sida.
Se trata de un peroné de babuino con 29 incisiones, no muy distinto de los calendarios de palo que aún usan los bosquimanos de Namibia, una cultura milenaria cuya esperanza de vida rozaba hace poco los 90 años y que en la actualidad está a punto de extinguirse.
Otro objeto similar, con más de 20.000 años de edad, es el hueso de Isturitz, que fue hallado en Dordoña, Francia, y presenta calendarios lunares de cuatro y cinco meses. Fue en esa misma región donde el geólogo francés Louis Larlet encontró los primeros restos del Homo sapiens arcaico u hombre de Cromagnon, en 1868. Allí se encuentra la cueva de Lascaux, donde, junto a sus célebres pinturas rupestres, aún pueden contemplarse una serie de símbolos que parecen ser calendarios lunares.
Según identíficó el doctor Michael Rappenglueck durante un estudio de la Universidad de Munich, allí están representados tanto un ciclo lunar de 29 días como un año lunar compuesto por 13 ciclos. Ambos fueron impresos sobre las paredes de la gruta hace unos 15.000 años.
Aquellos cromañones "eran conscientes de los ritmos de la naturaleza porque su vida dependía de ellos", según dedujo el mencionado investigador tras su descubrimiento, publicado en el año 2000. Otro objeto que maravilla a los expertos es el hueso de Ishango, aparecido en los años 60 en el lago Edwards, Zaire, donde alguien representó un calendario lunar de seis meses hace poco menos de 25.000 años. Este primitivo almanaque, que se conserva en el Real Museo de Ciencias Naturales de Bélgica, se construyó a partir del peroné de un babuino, al igual que el hueso Lebombo.
De todos los orbes que giran en el firmamento, no es de extrañar que la Luna fuese la elegida por nuestros ancestros para inspirar sus primeros calendarios: el satélite terrestre es muy fácil de observar a simple vista, cambia de aspecto todos los días y sus ciclos permiten prever –aunque no con total exactitud- la llegada de una nueva estación, algo que los humanos de la Prehistoria debían tener muy en cuenta si no querían poner en riesgo sus vidas.
Aún hoy, cuando no dependemos del movimiento de los astros para dividir el tiempo, la medida del mes -es decir, de una luna- sigue siendo muy útil: la usamos para cobrar nóminas, pagar facturas e hipotecas, planear cuánto nos va a llevar concluir un trabajo o incluso poner límite a nuestras vacaciones. Tal y como rezaba un antiguo texto hebreo, "la Luna fue hecha para que contásemos los días".
Los primeros calendarios que se han encontrado hasta la fecha datan del Paleolítico superior, y fueron fabricados a partir de huesos de animales, mediante incisiones que marcan el paso de las fases lunares. El más antiguo que se conoce es el hueso Lebombo, fabricado hace unos 37.000 años y descubierto a principios de la década de los 70 en Swazilandia, un pequeño país al sur de África donde la esperanza de vida apenas supera los 40 años debido a la lacra del sida.
Se trata de un peroné de babuino con 29 incisiones, no muy distinto de los calendarios de palo que aún usan los bosquimanos de Namibia, una cultura milenaria cuya esperanza de vida rozaba hace poco los 90 años y que en la actualidad está a punto de extinguirse.
Otro objeto similar, con más de 20.000 años de edad, es el hueso de Isturitz, que fue hallado en Dordoña, Francia, y presenta calendarios lunares de cuatro y cinco meses. Fue en esa misma región donde el geólogo francés Louis Larlet encontró los primeros restos del Homo sapiens arcaico u hombre de Cromagnon, en 1868. Allí se encuentra la cueva de Lascaux, donde, junto a sus célebres pinturas rupestres, aún pueden contemplarse una serie de símbolos que parecen ser calendarios lunares.
Según identíficó el doctor Michael Rappenglueck durante un estudio de la Universidad de Munich, allí están representados tanto un ciclo lunar de 29 días como un año lunar compuesto por 13 ciclos. Ambos fueron impresos sobre las paredes de la gruta hace unos 15.000 años.
Aquellos cromañones "eran conscientes de los ritmos de la naturaleza porque su vida dependía de ellos", según dedujo el mencionado investigador tras su descubrimiento, publicado en el año 2000. Otro objeto que maravilla a los expertos es el hueso de Ishango, aparecido en los años 60 en el lago Edwards, Zaire, donde alguien representó un calendario lunar de seis meses hace poco menos de 25.000 años. Este primitivo almanaque, que se conserva en el Real Museo de Ciencias Naturales de Bélgica, se construyó a partir del peroné de un babuino, al igual que el hueso Lebombo.
Un calendario menstrual
Estos utensilios y otros similares muestran que el 'Homo sapiens' ya había adquirido en la Edad de Piedra el sentido del paso tiempo y había encontrado un método preciso y cuantitativo para medirlo. Se trata, por tanto, de los primeros objetos matemáticos que se conocen.
De hecho, al principio se pensó que el hueso de Ishango, de unos 10 centímetros de longitud y repleto de marcas a ambos lados, era una especie de calculadora prehistórica con la que el hombre del paleolítico se ayudaba a multiplicar. Un posterior análisis microscópico del hueso reveló que el patrón de incisiones se correspondía también con un calendario lunar de seis meses. Quizás fuera ambas cosas a la vez, e incluso otra más: un calendario del ciclo menstrual de la mujer durante medio año.
Del Paleolítico superior también datan las primeras manifestaciones artísticas que se conocen, entre ellas las estatuillas dedicadas a deidades femeninas, como la Venus de Willendorf o la Venus de Laussel. Estas esculturas prehistóricas muestran una auténtica devoción por la fertilidad femenina: atributos como los pechos y las caderas son desproporcionadamente grandes, y en su tiempo estuvieron cubiertas por un tinte rojo cobrizo, que representaba la menstruación.
Ya que el ciclo de la Luna y el de la ovulación duran lo mismo, es lógico pensar que, además de usarse como calendarios, estos instrumentos servían a las mujeres de la Edad de Piedra para llevar la cuenta de su menstruación. Por eso mismo, los primeros instrumentos que creó el 'Homo sapiens' para medir el tiempo debieron ser también objetos de una gran carga simbólica y religiosa, que reflejaban a la perfección la cualidad más idolatrada por las sociedades paleolíticas: la fertilidad.
La Luna y la fertilidad eran inseparables para el hombre primitivo, como muestra el hecho de que la Venus de Laussel, una figura de 44 centímetros tallada en roca caliza hace 25.000 años, sostenga en su mano un cuerno de bisonte con 13 incisiones, que muy posiblemente representan las 13 lunas del año (según el tipo de calendario, el número de lunas oscila entre 12 y 13, al igual que los días de los que se compone un ciclo lunar varían entre 28 y 30).
Los primeros matemáticos fueron mujeres
Todo ello ha llevado a varios expertos a postular que las primeras personas en pensar matemáticamente debieron ser mujeres. En el paleolítico, las sociedades humanas eran cazadoras-recolectoras, lo que significa que el hombre salía a cazar mientras la mujer se encargaba de recoger los alimentos que brotaban naturalmente de la tierra –aún no existía la agricultura. Los calendarios lunares tenían, entonces, dos funciones principales: medir los periodos de ovulación y determinar el momento de maduración de distintos frutos y vegetales.
Ambos cometidos apuntan a que las creadoras de estos primitivos ingenios fueron nuestras abuelas del Paleolítico. Así lo explica la etnomatemática estadounidense Claudia Zaslavsky: "¿Quién, salvo una mujer pendiente de sus ciclos, iba a necesitar un calendario lunar? Cuando le pregunté esto a algún colega con intereses matemáticos similares, me sugerió que los primeros agricultores podrían haber realizado dichos registros. Sin embargo, fue lo bastante rápido como para añadir que, probablemente, los primeros agricultores fueron también mujeres. Que descubrieron los cultivos mientras los hombres cazaban fuera".
El matemático John Kellermeier añade al argumento la dimensión religiosa que tenían la fertilidad y la menstruación en el Paleolítico. "Los calendarios lunares no habrían sido sólo métodos de medir el tiempo, sino que también reflejaban la resonancia entre las fases de la Luna y los ciclos sagrados de la menstruación. Esta evidencia apunta a la conclusión de que la menstruación de las mujeres dio lugar a las primeras matemáticas. Y también sugiere que las mujeres fueron las primeras matemáticas". Lo que las convierte, de paso, en las primeras astrónomas.
Decía Albert Einstein, quizás exagerando un poco, que lo más importante de una teoría científica es que tuviera belleza. La hipótesis de Zaslavsky y Kellermeier, imposible de comprobar empíricamente, sin duda la tiene: las primeras sociedades matemáticas estuvieron compuestas por mujeres del Paleolítico, trasuntos carnales de las fértiles y orondas divinidades veneradas en aquel periodo. Contemplar los astros era para ellas tan sólo un modo de saber en qué día vivían, así que se reunían bajo la luz de la Luna para echar cuentas, anticiparse al germinar de los frutos y planificar la llegada al mundo de nuevos -aunque primitivos- 'sapiens'.
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