Si elegir los diez discos que llevarse a una isla desierta se antoja
peliagudo, no digamos lo que implica seleccionar una muestra de nuestro
planeta sonoro para oídos alienígenas. Tal fue el desafío que Carl Sagan
y su equipo se fijaron a mediados de los 70. La NASA había aceptado su
propuesta de colocar dicha selección a bordo de las sondas espaciales
Voyager, cuyo despegue estaba previsto para septiembre de 1977.
El Disco de Oro enviado al espacio
contiene 115 fotografías, saludos en 55 idiomas, 12 minutos de sonidos
de la Tierra y 90 minutos de música. (Imagen: NASA)
Como no disponía de traductor universal, Sagan partió “del único
lenguaje que compartimos con los destinatarios, la ciencia”, y compuso
un mensaje con dibujos de un hombre y una mujer desnudos, esquemas del
sistema solar y de la trayectoria de la Pioneer; y un mapa de 14
púlsares con la posición de la Tierra en la Vía Láctea, acompañado de un
diagrama de la molécula de hidrógeno con la clave del código binario
necesario para descifrarlo.
La misiva dio mucho que hablar. Hubo quien acusó a los autores de
mojigatos por suprimir los genitales externos de la mujer; otros les
tacharon de etnocéntricos por dibujar individuos caucásicos; y alguno se
alarmó de que revelaran nuestras coordenadas a alienígenas hostiles, un
temor compartido por Stephen Hawking. También se cuestionó que sus
destinatarios posean órganos visuales en la misma frecuencia de onda que
los nuestros.
Sagan reconoció que el valor del mensaje no pasaba tanto por lo que
pudieran entender sus receptores, sino porque “nos estimula a
considerarnos a nosotros mismos desde una perspectiva cósmica”,
escribió.
En cualquier caso, corrieron ríos de tinta gracias al escándalo
causado por los periódicos que censuraron los pezones de la mujer y los
genitales del varón. A la vista de la repercusión, la agencia espacial
se mostró encantada de repetir la jugada con las Voyager.
¿Qué poner en la nueva botella que se arrojaría al océano cósmico?
Dado que el mensaje anterior había sido visual, esta vez podría
incorporar componentes sonoros.
Dicho y hecho. Sagan reclutó a varios compatriotas: el astrónomo
Frank Drake, los periodistas científicos Ann Druyan y Timothy Ferris, el
musicólogo Alan Lomax, el ilustrador Jon Lomberg y la artista Linda
Salzman, casada con Sagan. Quisieron incluir a John Lennon, pero él se
limitó a recomendar a su ingeniero de sonido, Jimmy Lovine.
De soporte escogieron un par de discos fonográficos de cobre en los
que grabarían en formato analógico sonidos naturales, piezas musicales y
saludos en 55 idiomas. Y de remate, sendos votos de paz y amistad del
presidente de EE UU James Carter y el secretario general de las Naciones
Unidas, Kurt Waldheim, en sintonía con el espíritu de la Federación
Unida de Planetas de Star Trek.
Las 115 imágenes elegidas comprenden fotografías y esquemas
científicos, de naturaleza y de la especie humana. Esta vez la NASA
sustituyó el desnudo frontal de la pareja por siluetas.
En los ‘40 Principales para alienígenas’ figuran Chuck Berry,
flautistas de la Melanesia, Mozart, un raga de la India, Louis
Armstrong...
En cuanto a los sonidos, se compendiaron erupciones volcánicas,
oleajes, cantos de pájaros y ballenas; ruidos artificiales como la
sirena de un barco o el despegue de un cohete; y sonidos humanos como
risas, llantos y latidos.
Y, por supuesto, música. “Sagan pensó que su codificación encierra
una gran belleza que la sitúa entre las mejores creaciones humanas”,
explica a Sinc Miguel Hess, investigador del Centro de Astrobiología.
En estos ‘40 Principales para alienígenas’ figuran Johnny B. Goode de
Chuck Berry, flautistas de la Melanesia, el aria de la Reina de la
Noche de Mozart, un canto iniciático pigmeo, un concierto de Bach, un
raga de la India, un blues de Louis Armstrong, un son jarocho
mejicano... Here comes the Sun de los Beatles no entró porque la
discográfica se opuso; ni ninguna tonada ibérica.
En la superficie de los discos se repitieron el diagrama de la
molécula de hidrógeno y el mapa de púlsares de la Pioneer. Bañados en
oro y enfundados en aluminio, los soportes construidos para durar mil
millones de años fueron introducidos en las sondas y expedidos al
infinito.
No hubo escándalos. La música amansa a las fieras.
En los años 70, parecía normal dar por sentado que en los astros
abundan civilizaciones avanzadas capaces de entender nuestros saludos. A
esa certeza se había llegado como resultado de especulaciones nacidas
en la Antigüedad y afianzadas en la Edad Moderna al calor del progreso
de la astronomía.
Durante un par de siglos, las expectativas se cifraban en la Luna,
pero, a medida que los telescopios confirmaban que nuestro satélite es
un erial deshabitado, se desplazaron a Marte y Venus; y a finales de los
años 60, cuando las sondas Mariner desmontaron el espejismo de los
canales marcianos, se proyectaron fuera del sistema solar.
En ese punto crítico saltó al ruedo Drake, el compinche de Sagan. Su
cálculo del número de civilizaciones en la Vía Láctea capaces de
realizar emisiones de radio detectables dio pie al optimismo. Su
ecuación recibió críticas, pero aportó el empaque científico necesario
para justificar proyectos de investigación y los saludos de la NASA a
ET.
A esas lucubraciones se opuso la hipótesis de la Tierra Rara del
geólogo Peter Ward. Sostiene que la vida es el producto final de
procesos complejísimos y aleatorios, por lo que las posibilidades de que
haya surgido también fuera de nuestro planeta son ínfimas. En pocas
palabras: estamos más solos que la una.
Pese a todo, Hess mantiene esperanzas: “La posibilidad de que el
Disco Dorado se tope con seres inteligentes es remota, pero no nula. El
pequeño resquicio justifica el intento”.
Todas las tentativas de contacto con extraterrestres han estado
teñidas de antropocentrismo. En agosto de 1924, aprovechando la cercanía
de Marte, se organizaron en EE UU escuchas radiofónicas contando con
que sus habitantes tuvieran emisores y utilizaran el código Morse. En
los años 60, la sospecha de que los extraterrestres podrían estar
transmitiendo en ondas electromagnéticas puso en marcha las barridas del
espectro que continúan hasta hoy, sin resultado alguno.
Con el Disco Dorado ocurre algo parecido: sus creadores suponían que
quienes lo intercepten dispondrán de reproductores adecuados y de una
capacidad auditiva similar a la nuestra. Por si acaso, Sagan y compañía
incluyeron tres composiciones de Bach y dos de Beethoven, apostando por
que sus estructuras simétricas resulten comprensibles a seres entendidos
en el ‘lenguaje universal’ de las matemáticas.
A ello se sumaba una vehemente creencia en el poder de la música, en
la que veían un instrumento de paz y fraternidad. Un eco de esas
conjeturas resuena en la frase de cinco notas que facilita la
interacción con el plato volador en Encuentros en la Tercera Fase:
Spielberg, como Sagan, confiaba en que sus tripulantes compartieran la
pasión sonora de los humanos, aunque, como apunta Hess, “no es nada
seguro que los extraterrestres obtengan de ella el mismo placer que
nosotros”.
De las dificultades de tales intercambios nos alertan otras obras de
ciencia ficción: primero Solaris y, últimamente, La Llegada, cuya
heroína, una lingüista, debe desentrañar el lenguaje de los visitantes
de las estrellas.
“En un hipotético encuentro con una civilización ajena a nuestros
parámetros, la comunicación sería imposible sin códigos comunes”,
asegura a Sinc Jorge Lozano, catedrático de Teoría de la Información de
la Universidad Complutense de Madrid. “Se entablaría una comunicación
muy rudimentaria que permite saber al menos que hay dos interlocutores,
‘Yo’ y el ‘Otro’; una comprensión susceptible de aumentar por
aproximaciones sucesivas”. Y agrega: “Si en esas condiciones no nos
entendiéramos bien no sería dramático: la comunicación humana funciona a
base de malentendidos y sin embargo seguimos interactuando”.
El interés por dialogar con los extraterrestres no decae pese a la
falta de respuesta. Para Lozano, esto prueba el calado de cierta visión
utópica de la comunicación: “En la era de las redes, el bienestar social
y la felicidad personal no se conciben desligados de la circulación
ilimitada de la información”.
Según el semiólogo, “el esfuerzo por mantener los canales abiertos se
nos impone y nos dicta el impulso por hacer contacto y comunicar a toda
costa. Importa menos lo que se transmite que el hecho de la conexión”.
Que no haya forma de prever cómo recibirán los extraterrestres el
mensaje de las Voyager no nos impide interpretarlo y ver reflejada en el
Disco Dorado la fe en la comunicación sin fronteras de la aldea global.
El año pasado, la track list de las cintas magnetofónicas originales
del Disco Dorado fue editada en EE UU en un lote de tres LP de vinilo
gracias al millón de dólares reunido por crowdfunding. Su buena acogida
ha decidido a Ozma Records a lanzar para esta navidad una segunda
edición más lujosa. El cofre, que incluye un libro ilustrado, se vende a
un precio al alcance de bolsillos terrícolas: 98 dólares (unos 83
euros).
Uno de los responsables de la reedición del Disco Dorado, David
Pescovitz, admite que es un “regalo de la humanidad a sí misma”. Pese a
la ficción del interlocutor alienígena, se abre paso la intuición de
que, al final de cuentas, todo se reduce a decirnos a nosotros mismos:
“¿Estáis allí? Sigamos comunicándonos”.
Tras cuatro décadas de viaje, la Voyager y el Disco Dorado han
alcanzado los confines del sistema solar. “Tardarán unos 40.000 años en
arribar a la estrella más cercana”, calcula Hess.
El aniversario del lanzamiento ha motivado una nueva iniciativa de
Jon Lomborg, quien diseñó el Disco Dorado. Su Proyecto One Earth Message
pretende despachar un nuevo mensaje por medio de la sonda New Horizons.
Versará sobre las imágenes, sonidos, software y otros materiales que
mejor describan a la humanidad contemporánea, presentadas por personas
de todo el mundo a través de internet. Las propuestas más apoyadas serán
digitalizadas y transmitidas en el año 2020 por las antenas de la Red
de Espacio Profundo al disco duro del vehículo, abocado a abandonar
nuestro sistema planetario.
SINC/ Pablo Francescutti