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El satélite Mars Cube One B, apodado Wall-E, capta una increíble imagen de la Tierra y la Luna, recreando la fotografía del "punto azul pálido" tomada en su día por la Voyager-1.





A principios de mayo la NASA envió al espacio la misión InSight, con el objetivo de explorar por primera vez el corazón de Marte. Junto a la sonda, a bordo del cohete Atlas V, viajaban un par de pequeños satélite CubeSat, denominados Mars Cube One (MarCO), con los que la agencia espacial norteamericana pretende probar las comunicaciones en el espacio profundo. Tras el exitoso despegue desde California, las minúsculas naves —apodadas Wall-E y Eva— enviaron su primer saludo de vuelta a la Tierra para confirmar su buen funcionamiento. La imagen de la Tierra y la Luna ha sido captada a un millón de kilómetros de distancia y sirve para comprobar que la antena se ha desplegado correctamente

Ahora uno de los dos satélites, el Mars Cube One B (o simplemente MarCO B) ha tomado una imagen de nuestro planeta a un millón de kilómetros de distancia. La pequeña nave, a la que los científicos llaman cariñosamente Wall-E, ha utilizado su cámara de pez para retratar a la Tierra y a la Luna en una sola instantánea. Estas primeras pruebas permiten confirmar que la antena del satélite se ha desplegado correctamente. La fotografía captada por el satélite Wall-E recuerda a la del "punto azul pálido" (pale blue dot, en inglés) que captó en su día la misión Voyager 1. Aquella imagen, no obstante, se logró a 6.060 millones de kilómetros, una distancia récord superada recientemente por la sonda New Horizons. 




"Consideradlo como nuestro homenaje a la Voyager", ha dicho Andy Klesh, ingeniero jefe de la misión Mars Cube One de la NASA. El Jet Propulsion Laboratory construyó estos pequeños satélites, que normalmente orbitaban a la Tierra por debajo de los 800 kilómetros de altura. "CubeSats nunca han ido tan lejos en el espacio, por lo que es un gran hito. Ambas naves espaciales están en buen estado de salud y funcionando correctamente. Esperamos verlas viajar más lejos", ha comentado el investigador. Es la primera vez que dos satélites de este tipo viajan tan lejos: su objetivo es apoyar al robot InSight en su trabajo en Marte

Esta tecnología fue diseñada originalmente para estudiantes, pero hoy en día estos satélites cuentan con un gran interés comercial, según la NASA, al ofrecer datos ambientales o información sobre rutas de envío. La misión Mars Cube One se encargará de seguir a InSight en su entrada en la atmósfera de Marte, su descenso y su aterrizaje y de retransmitir los datos a la Tierra, aunque no será la única fuente de información que reciba la NASA, ya que la agencia también se apoyará en el trabajo del Mars Reconnaissance Orbiter (MRO).



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New Horizons supera a la Voyager 1 y su icónica imagen del punto azul pálido, al realizar las fotografías más alejadas de la Tierra hasta la fecha.



Hace algo más de cuatro décadas, la Voyager 1 despegó de Cabo Cañaveral con el objetivo de explorar Júpiter, Saturno, Ío y Titán. Junto a su sonda gemela, la Voyager 2, viaja por el espacio interestelar habiendo recorrido ya más de más de 20.700 millones de kilómetros, mientras continúa enviando a la Tierra datos científicos de interés a diario. Su legado inmortal ha marcado un punto de inflexión en la exploración del universo, pero tal vez su aportación más destacada y memorable fuera la imagen que tomó a 6.060 millones de kilómetros (40,5 unidades astronómicas), fotografiando ese punto azul pálido (pale blue dot, en inglés), que dijera Carl Sagan.

Aquella instantánea era en realidad una composición fotográfica de 60 imágenes, donde la Voyager 1 consiguió "mirar hacia atrás" y retratar el sistema solar a medida que se preparaba para abandonarlo para siempre. La foto fue tomada el 14 de febrero de 1990, hace casi 28 años, y poco después se apagaron las cámaras de la sonda, cuyo récord histórico nadie había logrado superar hasta ahora. Hace unas semanas, la nave New Horizons logró capturar una imagen todavía más lejos, a 6.120 millones de kilómetros (40,9 unidades astronómicas), batiendo el récord que ostentaba la icónica Voyager. Pero tal vez lo más curioso es que las imágenes fueron obtenida casi por casualidad.


 
El pasado 5 de septiembre, New Horizons encendió de forma rutinaria el instrumento llamado Long Range Reconnaissance Imager (LORRI). Con el fin de calibrarlo, la nave apuntó a un cúmulo de estrellas, tomando las imágenes más alejadas de la Tierra y superando a la Voyager 1. Dos horas más tarde, New Horizons volvía a romper su propio récord fotografiando a los objetos 2012 HZ84 y 2012 HE85, dos asteroides que orbitan en el conocido como cinturón de Kuiper, según ha explicado la NASA en un comunicado.

Tras batir este récord fotográfico, la nave continúa su viaje hacia MU69, el astro situado en las fronteras del sistema solar que visitará a principios de 2019. Este objeto es el más alejado de la Tierra que la humanidad haya explorado nunca, una travesía en la que la NASA pretende determinar cómo es este mundo aparentemente helado que podría esconder numerosos misterios. Será, sin duda, una de las misiones espaciales más destacadas de los próximos meses y que continuará haciendo historia tras explorar en detalle Plutón.



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Si intentamos arrancar un coche que ha estado parado en un garaje durante décadas, podemos dar por seguro que el motor no responda. Sin embargo, un grupo de propulsores a bordo de la sonda espacial Voyager 1 se ha encendido con éxito tras 37 años sin ser utilizado.

La Voyager 1, la nave más lejana de la Tierra y la más rápida, es el único objeto fabricado por el ser humano que ha alcanzado el espacio interestelar, el medio que se halla entre las estrellas. La nave, que ha estado volando durante 40 años, depende de unos pequeños propulsores para orientarse de manera que pueda comunicarse con la Tierra. Estos propulsores se encienden emitiendo diminutos pulsos o "ráfagas", que duran apenas milisegundos, para hacer girar de forma sutil el vehículo de modo que su antena apunte hacia nuestro planeta. Ahora, el equipo de las Voyager ha conseguido utilizar en la 1 un grupo de cuatro propulsores de reserva, que han permanecido dormidos desde 1980.

Suzanne Dodd, del equipo de las Voyager en la NASA, estima que con estos propulsores que se hallan aún funcionales después de 37 años sin utilizar, será posible extender la vida útil de la nave en dos o tres años.

Desde 2014, los ingenieros han apreciado que los propulsores que la Voyager 1 ha estado utilizando para orientarse, denominados técnicamente "propulsores de control de posición", se han ido degradando. Con el paso del tiempo, estos requieren más ráfagas para proporcionar la misma cantidad de energía. Pero a 21.000 millones de kilómetros de la Tierra, no tenemos un taller de reparación cercano para ajustarlos.

El equipo de la Voyager reunió un grupo de expertos en propulsión en el Laboratorio de Propulsión a Chorro de la NASA, en Pasadena, California, para estudiar el problema. Chris Jones, Robert Shotwell, Carl Guernsey y Todd Barber analizaron las opciones y pronosticaron cómo respondería la sonda en diferentes escenarios. Estuvieron de acuerdo en una solución inusual: intentar otorgar el trabajo de orientación a un grupo de impulsores que había permanecido inactivo durante 37 años.

Los miembros del equipo desenterraron datos de hace décadas y examinaron el software, el cual fue codificado en un obsoleto lenguaje ensamblador, para asegurarse de que podrían probar de forma segura los impulsores.

En las primeras fases de su misión, la Voyager 1 sobrevoló Júpiter, Saturno e importantes lunas de cada uno. Para sobrevolarlos de forma precisa y apuntar los instrumentos de la sonda hacia una gran cantidad de objetivos, los ingenieros utilizaron los propulsores TCM (para maniobras de corrección de trayectoria), que son idénticos en tamaño y funcionalidad a los propulsores de control de posición, y que están colocados en la parte trasera del vehículo. Pero dado que Saturno fue el último encuentro planetario de la Voyager 1, el equipo del programa no había necesitado usar los propulsores TCM desde el 8 de noviembre de 1980. En esa época, estos se utilizaban bajo un modo de encendido más continuo; nunca fueron usados en breves ráfagas, necesarias para orientar la sonda.

La extraordinaria longevidad de esta tecnología, así como su flexibilidad, han sido la clave para obrar este prodigio doble: activar con éxito propulsores que llevaban 37 años apagados, y emplearlos para una función muy distinta a la que se les asignó.


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Si elegir los diez discos que llevarse a una isla desierta se antoja peliagudo, no digamos lo que implica seleccionar una muestra de nuestro planeta sonoro para oídos alienígenas. Tal fue el desafío que Carl Sagan y su equipo se fijaron a mediados de los 70. La NASA había aceptado su propuesta de colocar dicha selección a bordo de las sondas espaciales Voyager, cuyo despegue estaba previsto para septiembre de 1977.


El Disco de Oro enviado al espacio contiene 115 fotografías, saludos en 55 idiomas, 12 minutos de sonidos de la Tierra y 90 minutos de música. (Imagen: NASA)

Como no disponía de traductor universal, Sagan partió “del único lenguaje que compartimos con los destinatarios, la ciencia”, y compuso un mensaje con dibujos de un hombre y una mujer desnudos, esquemas del sistema solar y de la trayectoria de la Pioneer; y un mapa de 14 púlsares con la posición de la Tierra en la Vía Láctea, acompañado de un diagrama de la molécula de hidrógeno con la clave del código binario necesario para descifrarlo.

La misiva dio mucho que hablar. Hubo quien acusó a los autores de mojigatos por suprimir los genitales externos de la mujer; otros les tacharon de etnocéntricos por dibujar individuos caucásicos; y alguno se alarmó de que revelaran nuestras coordenadas a alienígenas hostiles, un temor compartido por Stephen Hawking. También se cuestionó que sus destinatarios posean órganos visuales en la misma frecuencia de onda que los nuestros.

Sagan reconoció que el valor del mensaje no pasaba tanto por lo que pudieran entender sus receptores, sino porque “nos estimula a considerarnos a nosotros mismos desde una perspectiva cósmica”, escribió.

En cualquier caso, corrieron ríos de tinta gracias al escándalo causado por los periódicos que censuraron los pezones de la mujer y los genitales del varón. A la vista de la repercusión, la agencia espacial se mostró encantada de repetir la jugada con las Voyager.


 ¿Qué poner en la nueva botella que se arrojaría al océano cósmico? Dado que el mensaje anterior había sido visual, esta vez podría incorporar componentes sonoros.

Dicho y hecho. Sagan reclutó a varios compatriotas: el astrónomo Frank Drake, los periodistas científicos Ann Druyan y Timothy Ferris, el musicólogo Alan Lomax, el ilustrador Jon Lomberg y la artista Linda Salzman, casada con Sagan. Quisieron incluir a John Lennon, pero él se limitó a recomendar a su ingeniero de sonido, Jimmy Lovine.

De soporte escogieron un par de discos fonográficos de cobre en los que grabarían en formato analógico sonidos naturales, piezas musicales y saludos en 55 idiomas. Y de remate, sendos votos de paz y amistad del presidente de EE UU James Carter y el secretario general de las Naciones Unidas, Kurt Waldheim, en sintonía con el espíritu de la Federación Unida de Planetas de Star Trek.

Las 115 imágenes elegidas comprenden fotografías y esquemas científicos, de naturaleza y de la especie humana. Esta vez la NASA sustituyó el desnudo frontal de la pareja por siluetas.

En los ‘40 Principales para alienígenas’ figuran Chuck Berry, flautistas de la Melanesia, Mozart, un raga de la India, Louis Armstrong...

En cuanto a los sonidos, se compendiaron erupciones volcánicas, oleajes, cantos de pájaros y ballenas; ruidos artificiales como la sirena de un barco o el despegue de un cohete; y sonidos humanos como risas, llantos y latidos.

Y, por supuesto, música. “Sagan pensó que su codificación encierra una gran belleza que la sitúa entre las mejores creaciones humanas”, explica a Sinc Miguel Hess, investigador del Centro de Astrobiología.

En estos ‘40 Principales para alienígenas’ figuran Johnny B. Goode de Chuck Berry, flautistas de la Melanesia, el aria de la Reina de la Noche de Mozart, un canto iniciático pigmeo, un concierto de Bach, un raga de la India, un blues de Louis Armstrong, un son jarocho mejicano... Here comes the Sun de los Beatles no entró porque la discográfica se opuso; ni ninguna tonada ibérica.

En la superficie de los discos se repitieron el diagrama de la molécula de hidrógeno y el mapa de púlsares de la Pioneer. Bañados en oro y enfundados en aluminio, los soportes construidos para durar mil millones de años fueron introducidos en las sondas y expedidos al infinito.

No hubo escándalos. La música amansa a las fieras.

En los años 70, parecía normal dar por sentado que en los astros abundan civilizaciones avanzadas capaces de entender nuestros saludos. A esa certeza se había llegado como resultado de especulaciones nacidas en la Antigüedad y afianzadas en la Edad Moderna al calor del progreso de la astronomía.

Durante un par de siglos, las expectativas se cifraban en la Luna, pero, a medida que los telescopios confirmaban que nuestro satélite es un erial deshabitado, se desplazaron a Marte y Venus; y a finales de los años 60, cuando las sondas Mariner desmontaron el espejismo de los canales marcianos, se proyectaron fuera del sistema solar.

En ese punto crítico saltó al ruedo Drake, el compinche de Sagan. Su cálculo del número de civilizaciones en la Vía Láctea capaces de realizar emisiones de radio detectables dio pie al optimismo. Su ecuación recibió críticas, pero aportó el empaque científico necesario para justificar proyectos de investigación y los saludos de la NASA a ET.

A esas lucubraciones se opuso la hipótesis de la Tierra Rara del geólogo Peter Ward. Sostiene que la vida es el producto final de procesos complejísimos y aleatorios, por lo que las posibilidades de que haya surgido también fuera de nuestro planeta son ínfimas. En pocas palabras: estamos más solos que la una.

Pese a todo, Hess mantiene esperanzas: “La posibilidad de que el Disco Dorado se tope con seres inteligentes es remota, pero no nula. El pequeño resquicio justifica el intento”.

Todas las tentativas de contacto con extraterrestres han estado teñidas de antropocentrismo. En agosto de 1924, aprovechando la cercanía de Marte, se organizaron en EE UU escuchas radiofónicas contando con que sus habitantes tuvieran emisores y utilizaran el código Morse. En los años 60, la sospecha de que los extraterrestres podrían estar transmitiendo en ondas electromagnéticas puso en marcha las barridas del espectro que continúan hasta hoy, sin resultado alguno.

Con el Disco Dorado ocurre algo parecido: sus creadores suponían que quienes lo intercepten dispondrán de reproductores adecuados y de una capacidad auditiva similar a la nuestra. Por si acaso, Sagan y compañía incluyeron tres composiciones de Bach y dos de Beethoven, apostando por que sus estructuras simétricas resulten comprensibles a seres entendidos en el ‘lenguaje universal’ de las matemáticas.

A ello se sumaba una vehemente creencia en el poder de la música, en la que veían un instrumento de paz y fraternidad. Un eco de esas conjeturas resuena en la frase de cinco notas que facilita la interacción con el plato volador en Encuentros en la Tercera Fase: Spielberg, como Sagan, confiaba en que sus tripulantes compartieran la pasión sonora de los humanos, aunque, como apunta Hess, “no es nada seguro que los extraterrestres obtengan de ella el mismo placer que nosotros”.

De las dificultades de tales intercambios nos alertan otras obras de ciencia ficción: primero Solaris y, últimamente, La Llegada, cuya heroína, una lingüista, debe desentrañar el lenguaje de los visitantes de las estrellas.

“En un hipotético encuentro con una civilización ajena a nuestros parámetros, la comunicación sería imposible sin códigos comunes”, asegura a Sinc Jorge Lozano, catedrático de Teoría de la Información de la Universidad Complutense de Madrid. “Se entablaría una comunicación muy rudimentaria que permite saber al menos que hay dos interlocutores, ‘Yo’ y el ‘Otro’; una comprensión susceptible de aumentar por aproximaciones sucesivas”. Y agrega: “Si en esas condiciones no nos entendiéramos bien no sería dramático: la comunicación humana funciona a base de malentendidos y sin embargo seguimos interactuando”.

El interés por dialogar con los extraterrestres no decae pese a la falta de respuesta. Para Lozano, esto prueba el calado de cierta visión utópica de la comunicación: “En la era de las redes, el bienestar social y la felicidad personal no se conciben desligados de la circulación ilimitada de la información”.

Según el semiólogo, “el esfuerzo por mantener los canales abiertos se nos impone y nos dicta el impulso por hacer contacto y comunicar a toda costa. Importa menos lo que se transmite que el hecho de la conexión”.

Que no haya forma de prever cómo recibirán los extraterrestres el mensaje de las Voyager no nos impide interpretarlo y ver reflejada en el Disco Dorado la fe en la comunicación sin fronteras de la aldea global.

El año pasado, la track list de las cintas magnetofónicas originales del Disco Dorado fue editada en EE UU en un lote de tres LP de vinilo gracias al millón de dólares reunido por crowdfunding. Su buena acogida ha decidido a Ozma Records a lanzar para esta navidad una segunda edición más lujosa. El cofre, que incluye un libro ilustrado, se vende a un precio al alcance de bolsillos terrícolas: 98 dólares (unos 83 euros).

Uno de los responsables de la reedición del Disco Dorado, David Pescovitz, admite que es un “regalo de la humanidad a sí misma”. Pese a la ficción del interlocutor alienígena, se abre paso la intuición de que, al final de cuentas, todo se reduce a decirnos a nosotros mismos: “¿Estáis allí? Sigamos comunicándonos”.

Tras cuatro décadas de viaje, la Voyager y el Disco Dorado han alcanzado los confines del sistema solar. “Tardarán unos 40.000 años en arribar a la estrella más cercana”, calcula Hess.

El aniversario del lanzamiento ha motivado una nueva iniciativa de Jon Lomborg, quien diseñó el Disco Dorado. Su Proyecto One Earth Message pretende despachar un nuevo mensaje por medio de la sonda New Horizons. Versará sobre las imágenes, sonidos, software y otros materiales que mejor describan a la humanidad contemporánea, presentadas por personas de todo el mundo a través de internet. Las propuestas más apoyadas serán digitalizadas y transmitidas en el año 2020 por las antenas de la Red de Espacio Profundo al disco duro del vehículo, abocado a abandonar nuestro sistema planetario.




 SINC/ Pablo Francescutti


La instantánea, en la que aparece nuestro planeta junto a su satélite, ha cumplido 40 años. La fotografía fue hecha por la sonda espacial Voyager 1, lanzada en 1977 



La instantánea, tomada a una distancia de cerca de 11,7 millones de kilómetros, fue el primer fruto de una misión mítica que exploró los planetas exteriores del Sistema Solar (Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno) y muchas de sus lunas, y que incluso llegó a los límites de nuestro sistema planetario: desde 2012 la sonda Voyager 1 surca el espacio interestelar y ya no está bajo la influencia del viento solar.

Después de la toma de la Tierra y la Luna, el largo viaje de la Voyager la llevó hasta las cercanías de Júpiter, el 9 de marzo de 1979. Allí, los astrónomos descubrieron los primeros volcanes más allá de la Tierra, en la luna Ío, y que la gran mancha roja de Júpiter era una gran tormenta con aspecto de ciclón.

Después, las dos sondas Voyager se encontrarían con Saturno, Urano y Neptuno y tomarían espectaculares imágenes de su, aparentemente, tranquila superficie.

Pero si una imagen cambió la visión sobre el espacio fue la del famoso «punto azul pálido» (o «pale blue dot»). El 14 de febrero de 1990, casi 13 años después de su lanzamiento, la Voyager 1 hizo sus últimas fotos del Sistema Solar. Captó todos los planetas, apenas puntos en la negrura del espacio, a una distancia de cerca de 6.000 millones de kilómetros. La imagen de la Tierra inspiró a Carl Sagan, quien acuñó el término de «punto azul pálido» para referirse a lo frágil y excepcional que es nuestro planeta.

Después de eso, la Voyager 1 se sumergió en la vasta negrura del Sistema Solar y comenzó un largo viaje en el que ningún objeto está lo suficientemente cerca como para poder fotografiarlo. No será hasta dentro de 40.000 años cuando la Voyager 1 «se acercará» a 1,6 años luz de distancia de la estrella AC+79 3888.



ABC


Las dos sondas Voyager de la NASA se hallan recorriendo un territorio cósmico inexplorado en su viaje más allá de nuestro sistema solar. Por el camino, examinan el medio interestelar, el misterioso espacio entre las estrellas. Paralelamente, el Telescopio Espacial Hubble de la NASA está detallando la ruta que seguirán las naves y algunas de las cosas con las que se encontrarán. Incluso después de que las Voyager agoten su energía eléctrica y sean incapaces de enviarnos nuevos datos, lo cual podría suceder en el plazo de una década, los astrónomos podrán usar las observaciones del Hubble para caracterizar el entorno a través del cual se moverán estos silenciosos embajadores cósmicos de la especie humana.

En esta ilustración orientada respecto al plano de la eclíptica, el telescopio Hubble mira hacia las trayectorias interestelares de las sondas Voyager 1 y 2. (Imagen: NASA, ESA, y Z. Levay (STScI))

Un análisis preliminar de las observaciones del Hubble pone de manifiesto una “ecología” interestelar compleja y rica, que contiene múltiples nubes de hidrógeno acompañado por otros elementos. Los datos del Hubble, combinados con los de las Voyager, proporcionan también nueva información sobre el viaje de nuestro Sol a través del espacio interestelar.

Comparar datos de mediciones in situ del entorno espacial proporcionadas por las sondas Voyager, con las mediciones telescópicas del Hubble, brinda una gran oportunidad de conocer mejor nuestro vecindario interestelar, tal como destaca Seth Redfield, de la Universidad Wesleyana en Estados Unidos, y coautor del reciente estudio sobre las trayectorias futuras de las Voyager.

La NASA lanzó las sondas gemelas Voyager 1 y 2 en 1977. Las dos exploraron los planetas Júpiter y Saturno. La Voyager 2 continuó por un itinerario que le llevó a visitar Urano y Neptuno.

Las sondas Voyager están actualmente explorando el borde más exterior del espacio dominado por el Sol. La Voyager 1 está ahora mismo moviéndose a través del espacio interestelar, la región entre las estrellas en la cual hay gas, polvo y otro material reciclado de estrellas que mueren.

La Voyager 1 se encuentra a 21.000 millones de kilómetros de la Tierra, lo que la convierte en el objeto fabricado por la humanidad más lejano de nuestro mundo. En unos 40.000 años, mucho tiempo después de que deje de estar operativa y se haya vuelto incapaz de recoger nuevos datos, pasará a unos 1,6 años-luz de la estrella Gliese 445, en la constelación de Camelopardalis. Su gemela, la Voyager 2, está a unos 17.000 millones de kilómetros de nuestro planeta, y pasará a 1,7 años-luz de la estrella Ross 248, también dentro de unos 40.000 años.

El Hubble ha encontrado que la Voyager 2 saldrá de la nube interestelar que rodea a nuestro sistema solar en un par de miles de años. Los astrónomos, basándose en datos obtenidos con el telescopio, predicen que la sonda pasará 90.000 años dentro de una segunda nube y que después penetrará en una tercera.



NCYT

  • Las dos naves espaciales Voyager de la NASA están aportando datos a Hubble para poder crear un mapa interestelar.

  • Durante los próximos 10 años, los Voyagers realizarán mediciones de material interestelar, campos magnéticos y rayos cósmicos a lo largo de sus trayectorias.




    Las dos naves espaciales Voyager de la NASA se han lanzado a través de territorio inexplorado en su viaje en una carretera más allá de nuestro sistema solar. En el camino, están midiendo el medio interestelar, el misterioso ambiente entre las estrellas.

    El Telescopio Espacial Hubble de la NASA está proporcionando toda una hoja de ruta en su viaje. Incluso después de que los Voyager se queden sin energía eléctrica y no puedan enviar nuevos datos, lo que puede suceder en aproximadamente una década, los astrónomos pueden usar las observaciones del Hubble para caracterizar el entorno por el que se deslizarán estos embajadores silenciosos.

    Un análisis preliminar de las observaciones de Hubble revela una rica y compleja ecología interestelar, que contiene múltiples nubes de hidrógeno. Los datos del Hubble, combinados con los Voyagers, también han proporcionado nuevos conocimientos sobre cómo el sol viaja a través del espacio interestelar.


    "Esta es una gran oportunidad para comparar datos de mediciones realizadas in situ por la nave espacial Voyager y mediciones telescópicas realizadas por Hubble", señala Seth Redfield de la Universidad Wesleyan en Middletown, Connecticut.

    "Los Voyagers están tomando muestras de regiones minúsculas mientras aran por el espacio a unas 38.000 millas por hora. Pero no tenemos idea de si estas pequeñas áreas son típicas o raras. Las observaciones de Hubble nos dan una visión más amplia porque el telescopio está mirando a lo largo de una trayectoria más larga y más ancha. Así que Hubble da contexto a lo que cada Voyager informa".

    Los astrónomos esperan que las observaciones del Hubble les ayuden a caracterizar las propiedades físicas del medio interestelar.

    La NASA lanzó las naves espaciales Voyager 1 y 2 gemelas en 1977. Ambos exploraron los planetas exteriores Júpiter y Saturno. Voyager 2 llegó a Urano y Neptuno. La nave espacial Voyager está explorando actualmente el borde más externo del dominio del sol. La Voyager 1 ahora está haciendo zoom a través del espacio interestelar, la región entre las estrellas que está llena de gas, polvo y material reciclado de las estrellas moribundas.

    Voyager 1 se encuentra a 13.000 millones de millas de la Tierra, por lo que es el objeto creado por el hombre que ha llegado más lejos. En unos 40.000 años, después de que la nave espacial ya no esté operativa y no sea capaz de recopilar nuevos datos, pasará a menos de 1.6 años luz de la estrella Gliese 445, en la constelación Camelopardalis. Su gemelo, Voyager 2, está a 10.500 millones de millas de la Tierra, y pasará a 1.7 años luz de la estrella Ross 248 en unos 40.000 años.

    Durante los próximos 10 años, los Voyagers realizarán mediciones de material interestelar, campos magnéticos y rayos cósmicos a lo largo de sus trayectorias.

    Hubble complementa las observaciones de los Voyagers. Descubrió que el Voyager 2 se moverá fuera de la nube interestelar que rodea al sistema solar en un par de miles de años. Los astrónomos, basándose en los datos del Hubble, predicen que la nave espacial pasará 90.000 años en una segunda nube y pasará a una tercera nube interestelar.

    "Estoy realmente intrigado por la interacción entre las estrellas y el entorno interestelar", dijo Redfield. "Este tipo de interacciones están ocurriendo alrededor de la mayoría de las estrellas, y es un proceso dinámico".

    La heliosfera se comprime cuando el sol se mueve a través de material denso, pero se expande de nuevo cuando la estrella pasa a través de materia de baja densidad. Esta expansión y contracción es causada por la interacción entre la presión hacia afuera del viento estelar, compuesta por una corriente de partículas cargadas, y la presión del material interestelar que rodea a una estrella.

    El Telescopio Espacial Hubble es un proyecto de cooperación internacional entre la NASA y la Agencia Espacial Europea. Los Voyagers fueron construidos por JPL, que continúa operando ambas naves espaciales.



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