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El satélite Mars Cube One B, apodado Wall-E, capta una increíble imagen de la Tierra y la Luna, recreando la fotografía del "punto azul pálido" tomada en su día por la Voyager-1.





A principios de mayo la NASA envió al espacio la misión InSight, con el objetivo de explorar por primera vez el corazón de Marte. Junto a la sonda, a bordo del cohete Atlas V, viajaban un par de pequeños satélite CubeSat, denominados Mars Cube One (MarCO), con los que la agencia espacial norteamericana pretende probar las comunicaciones en el espacio profundo. Tras el exitoso despegue desde California, las minúsculas naves —apodadas Wall-E y Eva— enviaron su primer saludo de vuelta a la Tierra para confirmar su buen funcionamiento. La imagen de la Tierra y la Luna ha sido captada a un millón de kilómetros de distancia y sirve para comprobar que la antena se ha desplegado correctamente

Ahora uno de los dos satélites, el Mars Cube One B (o simplemente MarCO B) ha tomado una imagen de nuestro planeta a un millón de kilómetros de distancia. La pequeña nave, a la que los científicos llaman cariñosamente Wall-E, ha utilizado su cámara de pez para retratar a la Tierra y a la Luna en una sola instantánea. Estas primeras pruebas permiten confirmar que la antena del satélite se ha desplegado correctamente. La fotografía captada por el satélite Wall-E recuerda a la del "punto azul pálido" (pale blue dot, en inglés) que captó en su día la misión Voyager 1. Aquella imagen, no obstante, se logró a 6.060 millones de kilómetros, una distancia récord superada recientemente por la sonda New Horizons. 




"Consideradlo como nuestro homenaje a la Voyager", ha dicho Andy Klesh, ingeniero jefe de la misión Mars Cube One de la NASA. El Jet Propulsion Laboratory construyó estos pequeños satélites, que normalmente orbitaban a la Tierra por debajo de los 800 kilómetros de altura. "CubeSats nunca han ido tan lejos en el espacio, por lo que es un gran hito. Ambas naves espaciales están en buen estado de salud y funcionando correctamente. Esperamos verlas viajar más lejos", ha comentado el investigador. Es la primera vez que dos satélites de este tipo viajan tan lejos: su objetivo es apoyar al robot InSight en su trabajo en Marte

Esta tecnología fue diseñada originalmente para estudiantes, pero hoy en día estos satélites cuentan con un gran interés comercial, según la NASA, al ofrecer datos ambientales o información sobre rutas de envío. La misión Mars Cube One se encargará de seguir a InSight en su entrada en la atmósfera de Marte, su descenso y su aterrizaje y de retransmitir los datos a la Tierra, aunque no será la única fuente de información que reciba la NASA, ya que la agencia también se apoyará en el trabajo del Mars Reconnaissance Orbiter (MRO).



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New Horizons supera a la Voyager 1 y su icónica imagen del punto azul pálido, al realizar las fotografías más alejadas de la Tierra hasta la fecha.



Hace algo más de cuatro décadas, la Voyager 1 despegó de Cabo Cañaveral con el objetivo de explorar Júpiter, Saturno, Ío y Titán. Junto a su sonda gemela, la Voyager 2, viaja por el espacio interestelar habiendo recorrido ya más de más de 20.700 millones de kilómetros, mientras continúa enviando a la Tierra datos científicos de interés a diario. Su legado inmortal ha marcado un punto de inflexión en la exploración del universo, pero tal vez su aportación más destacada y memorable fuera la imagen que tomó a 6.060 millones de kilómetros (40,5 unidades astronómicas), fotografiando ese punto azul pálido (pale blue dot, en inglés), que dijera Carl Sagan.

Aquella instantánea era en realidad una composición fotográfica de 60 imágenes, donde la Voyager 1 consiguió "mirar hacia atrás" y retratar el sistema solar a medida que se preparaba para abandonarlo para siempre. La foto fue tomada el 14 de febrero de 1990, hace casi 28 años, y poco después se apagaron las cámaras de la sonda, cuyo récord histórico nadie había logrado superar hasta ahora. Hace unas semanas, la nave New Horizons logró capturar una imagen todavía más lejos, a 6.120 millones de kilómetros (40,9 unidades astronómicas), batiendo el récord que ostentaba la icónica Voyager. Pero tal vez lo más curioso es que las imágenes fueron obtenida casi por casualidad.


 
El pasado 5 de septiembre, New Horizons encendió de forma rutinaria el instrumento llamado Long Range Reconnaissance Imager (LORRI). Con el fin de calibrarlo, la nave apuntó a un cúmulo de estrellas, tomando las imágenes más alejadas de la Tierra y superando a la Voyager 1. Dos horas más tarde, New Horizons volvía a romper su propio récord fotografiando a los objetos 2012 HZ84 y 2012 HE85, dos asteroides que orbitan en el conocido como cinturón de Kuiper, según ha explicado la NASA en un comunicado.

Tras batir este récord fotográfico, la nave continúa su viaje hacia MU69, el astro situado en las fronteras del sistema solar que visitará a principios de 2019. Este objeto es el más alejado de la Tierra que la humanidad haya explorado nunca, una travesía en la que la NASA pretende determinar cómo es este mundo aparentemente helado que podría esconder numerosos misterios. Será, sin duda, una de las misiones espaciales más destacadas de los próximos meses y que continuará haciendo historia tras explorar en detalle Plutón.



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Si intentamos arrancar un coche que ha estado parado en un garaje durante décadas, podemos dar por seguro que el motor no responda. Sin embargo, un grupo de propulsores a bordo de la sonda espacial Voyager 1 se ha encendido con éxito tras 37 años sin ser utilizado.

La Voyager 1, la nave más lejana de la Tierra y la más rápida, es el único objeto fabricado por el ser humano que ha alcanzado el espacio interestelar, el medio que se halla entre las estrellas. La nave, que ha estado volando durante 40 años, depende de unos pequeños propulsores para orientarse de manera que pueda comunicarse con la Tierra. Estos propulsores se encienden emitiendo diminutos pulsos o "ráfagas", que duran apenas milisegundos, para hacer girar de forma sutil el vehículo de modo que su antena apunte hacia nuestro planeta. Ahora, el equipo de las Voyager ha conseguido utilizar en la 1 un grupo de cuatro propulsores de reserva, que han permanecido dormidos desde 1980.

Suzanne Dodd, del equipo de las Voyager en la NASA, estima que con estos propulsores que se hallan aún funcionales después de 37 años sin utilizar, será posible extender la vida útil de la nave en dos o tres años.

Desde 2014, los ingenieros han apreciado que los propulsores que la Voyager 1 ha estado utilizando para orientarse, denominados técnicamente "propulsores de control de posición", se han ido degradando. Con el paso del tiempo, estos requieren más ráfagas para proporcionar la misma cantidad de energía. Pero a 21.000 millones de kilómetros de la Tierra, no tenemos un taller de reparación cercano para ajustarlos.

El equipo de la Voyager reunió un grupo de expertos en propulsión en el Laboratorio de Propulsión a Chorro de la NASA, en Pasadena, California, para estudiar el problema. Chris Jones, Robert Shotwell, Carl Guernsey y Todd Barber analizaron las opciones y pronosticaron cómo respondería la sonda en diferentes escenarios. Estuvieron de acuerdo en una solución inusual: intentar otorgar el trabajo de orientación a un grupo de impulsores que había permanecido inactivo durante 37 años.

Los miembros del equipo desenterraron datos de hace décadas y examinaron el software, el cual fue codificado en un obsoleto lenguaje ensamblador, para asegurarse de que podrían probar de forma segura los impulsores.

En las primeras fases de su misión, la Voyager 1 sobrevoló Júpiter, Saturno e importantes lunas de cada uno. Para sobrevolarlos de forma precisa y apuntar los instrumentos de la sonda hacia una gran cantidad de objetivos, los ingenieros utilizaron los propulsores TCM (para maniobras de corrección de trayectoria), que son idénticos en tamaño y funcionalidad a los propulsores de control de posición, y que están colocados en la parte trasera del vehículo. Pero dado que Saturno fue el último encuentro planetario de la Voyager 1, el equipo del programa no había necesitado usar los propulsores TCM desde el 8 de noviembre de 1980. En esa época, estos se utilizaban bajo un modo de encendido más continuo; nunca fueron usados en breves ráfagas, necesarias para orientar la sonda.

La extraordinaria longevidad de esta tecnología, así como su flexibilidad, han sido la clave para obrar este prodigio doble: activar con éxito propulsores que llevaban 37 años apagados, y emplearlos para una función muy distinta a la que se les asignó.


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Si elegir los diez discos que llevarse a una isla desierta se antoja peliagudo, no digamos lo que implica seleccionar una muestra de nuestro planeta sonoro para oídos alienígenas. Tal fue el desafío que Carl Sagan y su equipo se fijaron a mediados de los 70. La NASA había aceptado su propuesta de colocar dicha selección a bordo de las sondas espaciales Voyager, cuyo despegue estaba previsto para septiembre de 1977.


El Disco de Oro enviado al espacio contiene 115 fotografías, saludos en 55 idiomas, 12 minutos de sonidos de la Tierra y 90 minutos de música. (Imagen: NASA)

Como no disponía de traductor universal, Sagan partió “del único lenguaje que compartimos con los destinatarios, la ciencia”, y compuso un mensaje con dibujos de un hombre y una mujer desnudos, esquemas del sistema solar y de la trayectoria de la Pioneer; y un mapa de 14 púlsares con la posición de la Tierra en la Vía Láctea, acompañado de un diagrama de la molécula de hidrógeno con la clave del código binario necesario para descifrarlo.

La misiva dio mucho que hablar. Hubo quien acusó a los autores de mojigatos por suprimir los genitales externos de la mujer; otros les tacharon de etnocéntricos por dibujar individuos caucásicos; y alguno se alarmó de que revelaran nuestras coordenadas a alienígenas hostiles, un temor compartido por Stephen Hawking. También se cuestionó que sus destinatarios posean órganos visuales en la misma frecuencia de onda que los nuestros.

Sagan reconoció que el valor del mensaje no pasaba tanto por lo que pudieran entender sus receptores, sino porque “nos estimula a considerarnos a nosotros mismos desde una perspectiva cósmica”, escribió.

En cualquier caso, corrieron ríos de tinta gracias al escándalo causado por los periódicos que censuraron los pezones de la mujer y los genitales del varón. A la vista de la repercusión, la agencia espacial se mostró encantada de repetir la jugada con las Voyager.


 ¿Qué poner en la nueva botella que se arrojaría al océano cósmico? Dado que el mensaje anterior había sido visual, esta vez podría incorporar componentes sonoros.

Dicho y hecho. Sagan reclutó a varios compatriotas: el astrónomo Frank Drake, los periodistas científicos Ann Druyan y Timothy Ferris, el musicólogo Alan Lomax, el ilustrador Jon Lomberg y la artista Linda Salzman, casada con Sagan. Quisieron incluir a John Lennon, pero él se limitó a recomendar a su ingeniero de sonido, Jimmy Lovine.

De soporte escogieron un par de discos fonográficos de cobre en los que grabarían en formato analógico sonidos naturales, piezas musicales y saludos en 55 idiomas. Y de remate, sendos votos de paz y amistad del presidente de EE UU James Carter y el secretario general de las Naciones Unidas, Kurt Waldheim, en sintonía con el espíritu de la Federación Unida de Planetas de Star Trek.

Las 115 imágenes elegidas comprenden fotografías y esquemas científicos, de naturaleza y de la especie humana. Esta vez la NASA sustituyó el desnudo frontal de la pareja por siluetas.

En los ‘40 Principales para alienígenas’ figuran Chuck Berry, flautistas de la Melanesia, Mozart, un raga de la India, Louis Armstrong...

En cuanto a los sonidos, se compendiaron erupciones volcánicas, oleajes, cantos de pájaros y ballenas; ruidos artificiales como la sirena de un barco o el despegue de un cohete; y sonidos humanos como risas, llantos y latidos.

Y, por supuesto, música. “Sagan pensó que su codificación encierra una gran belleza que la sitúa entre las mejores creaciones humanas”, explica a Sinc Miguel Hess, investigador del Centro de Astrobiología.

En estos ‘40 Principales para alienígenas’ figuran Johnny B. Goode de Chuck Berry, flautistas de la Melanesia, el aria de la Reina de la Noche de Mozart, un canto iniciático pigmeo, un concierto de Bach, un raga de la India, un blues de Louis Armstrong, un son jarocho mejicano... Here comes the Sun de los Beatles no entró porque la discográfica se opuso; ni ninguna tonada ibérica.

En la superficie de los discos se repitieron el diagrama de la molécula de hidrógeno y el mapa de púlsares de la Pioneer. Bañados en oro y enfundados en aluminio, los soportes construidos para durar mil millones de años fueron introducidos en las sondas y expedidos al infinito.

No hubo escándalos. La música amansa a las fieras.

En los años 70, parecía normal dar por sentado que en los astros abundan civilizaciones avanzadas capaces de entender nuestros saludos. A esa certeza se había llegado como resultado de especulaciones nacidas en la Antigüedad y afianzadas en la Edad Moderna al calor del progreso de la astronomía.

Durante un par de siglos, las expectativas se cifraban en la Luna, pero, a medida que los telescopios confirmaban que nuestro satélite es un erial deshabitado, se desplazaron a Marte y Venus; y a finales de los años 60, cuando las sondas Mariner desmontaron el espejismo de los canales marcianos, se proyectaron fuera del sistema solar.

En ese punto crítico saltó al ruedo Drake, el compinche de Sagan. Su cálculo del número de civilizaciones en la Vía Láctea capaces de realizar emisiones de radio detectables dio pie al optimismo. Su ecuación recibió críticas, pero aportó el empaque científico necesario para justificar proyectos de investigación y los saludos de la NASA a ET.

A esas lucubraciones se opuso la hipótesis de la Tierra Rara del geólogo Peter Ward. Sostiene que la vida es el producto final de procesos complejísimos y aleatorios, por lo que las posibilidades de que haya surgido también fuera de nuestro planeta son ínfimas. En pocas palabras: estamos más solos que la una.

Pese a todo, Hess mantiene esperanzas: “La posibilidad de que el Disco Dorado se tope con seres inteligentes es remota, pero no nula. El pequeño resquicio justifica el intento”.

Todas las tentativas de contacto con extraterrestres han estado teñidas de antropocentrismo. En agosto de 1924, aprovechando la cercanía de Marte, se organizaron en EE UU escuchas radiofónicas contando con que sus habitantes tuvieran emisores y utilizaran el código Morse. En los años 60, la sospecha de que los extraterrestres podrían estar transmitiendo en ondas electromagnéticas puso en marcha las barridas del espectro que continúan hasta hoy, sin resultado alguno.

Con el Disco Dorado ocurre algo parecido: sus creadores suponían que quienes lo intercepten dispondrán de reproductores adecuados y de una capacidad auditiva similar a la nuestra. Por si acaso, Sagan y compañía incluyeron tres composiciones de Bach y dos de Beethoven, apostando por que sus estructuras simétricas resulten comprensibles a seres entendidos en el ‘lenguaje universal’ de las matemáticas.

A ello se sumaba una vehemente creencia en el poder de la música, en la que veían un instrumento de paz y fraternidad. Un eco de esas conjeturas resuena en la frase de cinco notas que facilita la interacción con el plato volador en Encuentros en la Tercera Fase: Spielberg, como Sagan, confiaba en que sus tripulantes compartieran la pasión sonora de los humanos, aunque, como apunta Hess, “no es nada seguro que los extraterrestres obtengan de ella el mismo placer que nosotros”.

De las dificultades de tales intercambios nos alertan otras obras de ciencia ficción: primero Solaris y, últimamente, La Llegada, cuya heroína, una lingüista, debe desentrañar el lenguaje de los visitantes de las estrellas.

“En un hipotético encuentro con una civilización ajena a nuestros parámetros, la comunicación sería imposible sin códigos comunes”, asegura a Sinc Jorge Lozano, catedrático de Teoría de la Información de la Universidad Complutense de Madrid. “Se entablaría una comunicación muy rudimentaria que permite saber al menos que hay dos interlocutores, ‘Yo’ y el ‘Otro’; una comprensión susceptible de aumentar por aproximaciones sucesivas”. Y agrega: “Si en esas condiciones no nos entendiéramos bien no sería dramático: la comunicación humana funciona a base de malentendidos y sin embargo seguimos interactuando”.

El interés por dialogar con los extraterrestres no decae pese a la falta de respuesta. Para Lozano, esto prueba el calado de cierta visión utópica de la comunicación: “En la era de las redes, el bienestar social y la felicidad personal no se conciben desligados de la circulación ilimitada de la información”.

Según el semiólogo, “el esfuerzo por mantener los canales abiertos se nos impone y nos dicta el impulso por hacer contacto y comunicar a toda costa. Importa menos lo que se transmite que el hecho de la conexión”.

Que no haya forma de prever cómo recibirán los extraterrestres el mensaje de las Voyager no nos impide interpretarlo y ver reflejada en el Disco Dorado la fe en la comunicación sin fronteras de la aldea global.

El año pasado, la track list de las cintas magnetofónicas originales del Disco Dorado fue editada en EE UU en un lote de tres LP de vinilo gracias al millón de dólares reunido por crowdfunding. Su buena acogida ha decidido a Ozma Records a lanzar para esta navidad una segunda edición más lujosa. El cofre, que incluye un libro ilustrado, se vende a un precio al alcance de bolsillos terrícolas: 98 dólares (unos 83 euros).

Uno de los responsables de la reedición del Disco Dorado, David Pescovitz, admite que es un “regalo de la humanidad a sí misma”. Pese a la ficción del interlocutor alienígena, se abre paso la intuición de que, al final de cuentas, todo se reduce a decirnos a nosotros mismos: “¿Estáis allí? Sigamos comunicándonos”.

Tras cuatro décadas de viaje, la Voyager y el Disco Dorado han alcanzado los confines del sistema solar. “Tardarán unos 40.000 años en arribar a la estrella más cercana”, calcula Hess.

El aniversario del lanzamiento ha motivado una nueva iniciativa de Jon Lomborg, quien diseñó el Disco Dorado. Su Proyecto One Earth Message pretende despachar un nuevo mensaje por medio de la sonda New Horizons. Versará sobre las imágenes, sonidos, software y otros materiales que mejor describan a la humanidad contemporánea, presentadas por personas de todo el mundo a través de internet. Las propuestas más apoyadas serán digitalizadas y transmitidas en el año 2020 por las antenas de la Red de Espacio Profundo al disco duro del vehículo, abocado a abandonar nuestro sistema planetario.




 SINC/ Pablo Francescutti


La instantánea, en la que aparece nuestro planeta junto a su satélite, ha cumplido 40 años. La fotografía fue hecha por la sonda espacial Voyager 1, lanzada en 1977 



La instantánea, tomada a una distancia de cerca de 11,7 millones de kilómetros, fue el primer fruto de una misión mítica que exploró los planetas exteriores del Sistema Solar (Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno) y muchas de sus lunas, y que incluso llegó a los límites de nuestro sistema planetario: desde 2012 la sonda Voyager 1 surca el espacio interestelar y ya no está bajo la influencia del viento solar.

Después de la toma de la Tierra y la Luna, el largo viaje de la Voyager la llevó hasta las cercanías de Júpiter, el 9 de marzo de 1979. Allí, los astrónomos descubrieron los primeros volcanes más allá de la Tierra, en la luna Ío, y que la gran mancha roja de Júpiter era una gran tormenta con aspecto de ciclón.

Después, las dos sondas Voyager se encontrarían con Saturno, Urano y Neptuno y tomarían espectaculares imágenes de su, aparentemente, tranquila superficie.

Pero si una imagen cambió la visión sobre el espacio fue la del famoso «punto azul pálido» (o «pale blue dot»). El 14 de febrero de 1990, casi 13 años después de su lanzamiento, la Voyager 1 hizo sus últimas fotos del Sistema Solar. Captó todos los planetas, apenas puntos en la negrura del espacio, a una distancia de cerca de 6.000 millones de kilómetros. La imagen de la Tierra inspiró a Carl Sagan, quien acuñó el término de «punto azul pálido» para referirse a lo frágil y excepcional que es nuestro planeta.

Después de eso, la Voyager 1 se sumergió en la vasta negrura del Sistema Solar y comenzó un largo viaje en el que ningún objeto está lo suficientemente cerca como para poder fotografiarlo. No será hasta dentro de 40.000 años cuando la Voyager 1 «se acercará» a 1,6 años luz de distancia de la estrella AC+79 3888.



ABC


Las dos sondas Voyager de la NASA se hallan recorriendo un territorio cósmico inexplorado en su viaje más allá de nuestro sistema solar. Por el camino, examinan el medio interestelar, el misterioso espacio entre las estrellas. Paralelamente, el Telescopio Espacial Hubble de la NASA está detallando la ruta que seguirán las naves y algunas de las cosas con las que se encontrarán. Incluso después de que las Voyager agoten su energía eléctrica y sean incapaces de enviarnos nuevos datos, lo cual podría suceder en el plazo de una década, los astrónomos podrán usar las observaciones del Hubble para caracterizar el entorno a través del cual se moverán estos silenciosos embajadores cósmicos de la especie humana.

En esta ilustración orientada respecto al plano de la eclíptica, el telescopio Hubble mira hacia las trayectorias interestelares de las sondas Voyager 1 y 2. (Imagen: NASA, ESA, y Z. Levay (STScI))

Un análisis preliminar de las observaciones del Hubble pone de manifiesto una “ecología” interestelar compleja y rica, que contiene múltiples nubes de hidrógeno acompañado por otros elementos. Los datos del Hubble, combinados con los de las Voyager, proporcionan también nueva información sobre el viaje de nuestro Sol a través del espacio interestelar.

Comparar datos de mediciones in situ del entorno espacial proporcionadas por las sondas Voyager, con las mediciones telescópicas del Hubble, brinda una gran oportunidad de conocer mejor nuestro vecindario interestelar, tal como destaca Seth Redfield, de la Universidad Wesleyana en Estados Unidos, y coautor del reciente estudio sobre las trayectorias futuras de las Voyager.

La NASA lanzó las sondas gemelas Voyager 1 y 2 en 1977. Las dos exploraron los planetas Júpiter y Saturno. La Voyager 2 continuó por un itinerario que le llevó a visitar Urano y Neptuno.

Las sondas Voyager están actualmente explorando el borde más exterior del espacio dominado por el Sol. La Voyager 1 está ahora mismo moviéndose a través del espacio interestelar, la región entre las estrellas en la cual hay gas, polvo y otro material reciclado de estrellas que mueren.

La Voyager 1 se encuentra a 21.000 millones de kilómetros de la Tierra, lo que la convierte en el objeto fabricado por la humanidad más lejano de nuestro mundo. En unos 40.000 años, mucho tiempo después de que deje de estar operativa y se haya vuelto incapaz de recoger nuevos datos, pasará a unos 1,6 años-luz de la estrella Gliese 445, en la constelación de Camelopardalis. Su gemela, la Voyager 2, está a unos 17.000 millones de kilómetros de nuestro planeta, y pasará a 1,7 años-luz de la estrella Ross 248, también dentro de unos 40.000 años.

El Hubble ha encontrado que la Voyager 2 saldrá de la nube interestelar que rodea a nuestro sistema solar en un par de miles de años. Los astrónomos, basándose en datos obtenidos con el telescopio, predicen que la sonda pasará 90.000 años dentro de una segunda nube y que después penetrará en una tercera.



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  • Las dos naves espaciales Voyager de la NASA están aportando datos a Hubble para poder crear un mapa interestelar.

  • Durante los próximos 10 años, los Voyagers realizarán mediciones de material interestelar, campos magnéticos y rayos cósmicos a lo largo de sus trayectorias.




    Las dos naves espaciales Voyager de la NASA se han lanzado a través de territorio inexplorado en su viaje en una carretera más allá de nuestro sistema solar. En el camino, están midiendo el medio interestelar, el misterioso ambiente entre las estrellas.

    El Telescopio Espacial Hubble de la NASA está proporcionando toda una hoja de ruta en su viaje. Incluso después de que los Voyager se queden sin energía eléctrica y no puedan enviar nuevos datos, lo que puede suceder en aproximadamente una década, los astrónomos pueden usar las observaciones del Hubble para caracterizar el entorno por el que se deslizarán estos embajadores silenciosos.

    Un análisis preliminar de las observaciones de Hubble revela una rica y compleja ecología interestelar, que contiene múltiples nubes de hidrógeno. Los datos del Hubble, combinados con los Voyagers, también han proporcionado nuevos conocimientos sobre cómo el sol viaja a través del espacio interestelar.


    "Esta es una gran oportunidad para comparar datos de mediciones realizadas in situ por la nave espacial Voyager y mediciones telescópicas realizadas por Hubble", señala Seth Redfield de la Universidad Wesleyan en Middletown, Connecticut.

    "Los Voyagers están tomando muestras de regiones minúsculas mientras aran por el espacio a unas 38.000 millas por hora. Pero no tenemos idea de si estas pequeñas áreas son típicas o raras. Las observaciones de Hubble nos dan una visión más amplia porque el telescopio está mirando a lo largo de una trayectoria más larga y más ancha. Así que Hubble da contexto a lo que cada Voyager informa".

    Los astrónomos esperan que las observaciones del Hubble les ayuden a caracterizar las propiedades físicas del medio interestelar.

    La NASA lanzó las naves espaciales Voyager 1 y 2 gemelas en 1977. Ambos exploraron los planetas exteriores Júpiter y Saturno. Voyager 2 llegó a Urano y Neptuno. La nave espacial Voyager está explorando actualmente el borde más externo del dominio del sol. La Voyager 1 ahora está haciendo zoom a través del espacio interestelar, la región entre las estrellas que está llena de gas, polvo y material reciclado de las estrellas moribundas.

    Voyager 1 se encuentra a 13.000 millones de millas de la Tierra, por lo que es el objeto creado por el hombre que ha llegado más lejos. En unos 40.000 años, después de que la nave espacial ya no esté operativa y no sea capaz de recopilar nuevos datos, pasará a menos de 1.6 años luz de la estrella Gliese 445, en la constelación Camelopardalis. Su gemelo, Voyager 2, está a 10.500 millones de millas de la Tierra, y pasará a 1.7 años luz de la estrella Ross 248 en unos 40.000 años.

    Durante los próximos 10 años, los Voyagers realizarán mediciones de material interestelar, campos magnéticos y rayos cósmicos a lo largo de sus trayectorias.

    Hubble complementa las observaciones de los Voyagers. Descubrió que el Voyager 2 se moverá fuera de la nube interestelar que rodea al sistema solar en un par de miles de años. Los astrónomos, basándose en los datos del Hubble, predicen que la nave espacial pasará 90.000 años en una segunda nube y pasará a una tercera nube interestelar.

    "Estoy realmente intrigado por la interacción entre las estrellas y el entorno interestelar", dijo Redfield. "Este tipo de interacciones están ocurriendo alrededor de la mayoría de las estrellas, y es un proceso dinámico".

    La heliosfera se comprime cuando el sol se mueve a través de material denso, pero se expande de nuevo cuando la estrella pasa a través de materia de baja densidad. Esta expansión y contracción es causada por la interacción entre la presión hacia afuera del viento estelar, compuesta por una corriente de partículas cargadas, y la presión del material interestelar que rodea a una estrella.

    El Telescopio Espacial Hubble es un proyecto de cooperación internacional entre la NASA y la Agencia Espacial Europea. Los Voyagers fueron construidos por JPL, que continúa operando ambas naves espaciales.



    lainformacion.com

  • Las claves de cómo un artilugio humano cruzó la última frontera por primera vez en la Historia 

     



La NASA ha anunciado oficialmente que, por primera vez en la historia de la exploración espacial, una nave creada por la humanidad ha conseguido salir del Sistema Solar. Es la Voyager 1 y en el vídeo sobre estas líneas te explicamos todo al respecto.
 

La sonda espacial Voyager 1 se ha convertido en el primer objeto hecho por el hombre en abandonar el Sistema Solar.

Científicos dijeron que los instrumentos de la sonda indican que ésta se ha movido más allá de la burbuja de gas caliente que emite nuestro Sol y ahora se desplaza en el espacio, entre las estrellas.
Lanzado en 1977, el Voyager fue enviado inicialmente a estudiar los planetas exteriores del Sistema Solar, pero luego siguió su curso.

Al día de hoy, la nave de la NASA se encuentra a casi 19.000 millones de kilómetros de casa.

Esta distancia es tan grande que ahora una señal de radio enviada desde el Voyager necesita 17 horas para llegar a los receptores en la Tierra.

En lo profundo del espacio
  • Viento solar: la corriente de partículas cargadas que emana el Sol y viajar a velocidades "supersónicas" (flechas blancas)
  • Frente de choque de terminación: área donde las partículas del Sol comienzan a disminuir velocidad y chocan con la materia del espacio profundo
  • Heliosfera: una vasta y turbulenta extensión donde el viento solar se amontona a medida que presiona hacia fuera contra la materia interestelar
  • Heliopausa: el límite entre el viento solar y el viento interestelar, donde la presión de ambos están en equilibrio
Hito histórico y científico 

"Esto es realmente un hito al que habíamos estado esperando llegar cuando iniciamos este proyecto hace 40 años: que tendríamos una nave espacial en el espacio interestelar", explica el profesor Ed Stone, científico jefe del proyecto.

"Científicamente es un gran hito, aunque también históricamente. Este es uno de esos viajes de exploración como darle la vuelta al mundo por primera vez o poner un pie en la Luna por primera vez. Esta es la primera vez que hemos comenzado a explorar el espacio entre las estrellas ", dice Stone a BBC News.

Los sensores del Voyager han estado indicando durante algún tiempo que su ambiente local ha cambiado.



Científicos calculan que el Voyager 1 salió del Sistema Solar el 25 de agosto de 2012.

Los datos que finalmente convencieron al equipo de la misión de oficializar el salto al espacio interestelar vinieron del instrumento de Ciencia de Onda de Plasma (PWS, por sus siglas en inglés) de la sonda. Este artefacto puede medir la densidad de las partículas cargadas en los alrededores del Voyager.

Las lecturas hechas entre abril y mayo de este año y entre octubre y noviembre del año pasado revelaron un salto de casi 100 veces en el número de protones que ocupan cada centímetro cúbico en el espacio.

Los científicos han teorizado por largo tiempo que un aumento como éste sería observado eventualmente si el Voyager sale más allá de la influencia de los campos magnéticos y del viento de partículas que ondean desde de la superficie del sol.

"Esto es grande, es realmente impresionante, el primer objeto hecho por el hombre que sale al espacio interestelar."

Don Gurnett - Universidad de Iowa

Cuando el equipo del Voyager unió los nuevos datos con la información de los otros instrumentos a bordo, se calculó que el momento de la salida se produjo alrededor del 25 de agosto de 2012. Esta conclusión está contenida en un informe.

"Esto es grande, es realmente impresionante, el primer objeto hecho por el hombre que sale al espacio interestelar", dijo el profesor Don Gurnett de la Universidad de Iowa y el investigador principal en el PWS.

El 25 de agosto de 2012, Voyager 1 estaba a unas 121 Unidades Astronómicas de distancia. Esto es 121 veces la distancia entre la Tierra y el Sol.

 Música de la Tierra penetra el espacio interestelar

Traspasar la frontera, conocida técnicamente como la heliopausa, fue, según dice el astrónomo británico Martin Rees, un logro notable: "Es absolutamente sorprendente que este frágil artefacto, basado en la tecnología de los años 70, pueda dar señales de su presencia desde esta inmensa distancia".

Aunque ahora incrustado en los campos de gas, polvo y magnéticos de otras estrellas, el Voyager todavía siente un tirón gravitatorio del Sol, al igual que ocurre con algunos cometas que se encuentran aún más allá en el espacio. No obstante, para todos los efectos, la nave ha abandonado lo que la mayoría de la gente define como el Sistema Solar. Ahora se encuentra en un domino completamente nuevo.

Hallar nuevas fronteras 
 
Lanzado en 1977, el Voyager fue diseñado originalmente como una misión de cuatro años para explorar Saturno.

El Voyager 1 partió de la Tierra el 5 de septiembre de 1977, pocos días después de su nave hermana, el Voyager 2.

El principal objetivo de la pareja era estudiar los planetas Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno –una tarea que completaron en 1989.

Entonces las dirigieron hacia lo profundo del espacio. Se espera que en unos 10 años sus fuentes de energía hechas de plutonio dejen de suministrar electricidad, entonces sus instrumentos y sus transmisores de 20W morirán.

Voyager 1 no se acercará a otra estrella hasta dentro de 40.000 años, pese a moverse a una velocidad de 45 kilómetros por segundo (160.000 kilómetros por hora).

"Voyager 1 estará en órbita alrededor del centro de nuestra galaxia con todas sus estrellas por miles de millones de años", dijo el profesor Stone.

El trabajo de la sonda no ha terminado, sin embargo. Mientras sus instrumentos sigan trabajando, los científicos querrán analizar el nuevo entorno.

La nueva región a través del cual está volando el Voyager fue generada y esculpida por grandes estrellas que explotaron hace millones de años.

Hay evidencia indirecta y modelos para describir las condiciones en este medio, pero ahora Voyager puede medirlos en el lugar y enviar el reporte.

El renombrado científico planetario británico, profesor Fred Taylor comentó: "Cuando era un joven en el posdoctorado, fui al Laboratorio de Propulsión a Chorro de la NASA y trabajé por un tiempo con el equipo que estaba haciendo el estudio de definición científica para el Gran Viaje de los Planetas Externos, lo que más tarde se convirtió en la misión Voyager”.

"Parecía tan increíble y emocionante pensar que veríamos a Júpiter y Saturno de cerca, por no mencionar Urano y Neptuno".

"La idea de que la nave espacial pudiera salir del Sistema Solar completamente era tan lejana, tanto en sentido figurado como literal, que ni siquiera la discutimos, aunque supongo que sabíamos que iba a suceder algún día. Cuarenta y tres años después, ese día ha llegado, y Voyager sigue hallando nuevas fronteras".

BBC

  • La nave de la NASA, el primer artefacto humano que ha salido del Sistema Solar, registra variaciones en el denso plasma interestelar

     


    La Voyager 1,la primera nave espacial que ha salido del Sistema Solar, según anunció el pasado jueves un estudio en la revista Science y confirmaba la NASA, ha capturado los sonidos del espacio exterior. El vídeo sobre estas líneas, que ha publicado el Laboratorio de Propulsión a Chorro (JPL) de la agencia espacial estadounidense, reproduce la amplitud y la frecuencia de las ondas de plasma interestelar, la «sopa» cargada de baja energía y partículas neutras que impregnan el espacio fuera de la heliosfera, la burbuja que rodea nuestro sistema planetario. Las ondas detectadas por las antenas de la nave pudieron ser amplificas y reproducidas a través de un altavoz con facilidad. Las frecuencias están dentro del rango que puede captar el oído humano.

    La nave espacial capturó estos sonidos del espacio interestelar de octubre a noviembre de 2012 y de abril a mayo de 2013. El gráfico del vídeo muestra la frecuencia de las ondas, lo que indica la densidad del plasma. A su vez, los colores identifican la intensidad de las ondas, o lo «fuertes» que son. El color rojo señala las olas más fuertes y el azul indica las más débiles.

    La Voyager 1 salió del Sistema Solar en agosto de 2012, según responsables de la misión. Ahora se encuentra a unos 19.000 millones de kilómetros de nuestro Sol, donde nada proveniente de nuestro mundo había llegado jamás. Ed Stone, científico del proyecto Voyager en el Instituto Tecnológico de California, en Pasadena, no dudó en calificar el logro de «salto histórico para la humanidad».
     

Ahora está a unos 19.000 millones de kilómetros lejos del Sol y sigue moviéndose a una velocidad de 11 kilómetros por segundo. Fue capaz de alcanzar esta impresionante velocidad aprovechando la gravedad de Saturno como tirachinas.





ABC.es


 
  • La NASA hace el anuncio oficial de un «hito histórico» después de un año de intensas discusiones científicas apoyándose en diferentes señales

     


    Un equipo científico anunció este jueves en la revista Science que la sonda Voyager 1 de la NASA había abandonado el Sistema Solar después de 36 años viajando por el espacio. Se hacía oficial: es el primer artefacto humano en lograr semejante hazaña y, desde luego, el que hemos conseguido enviar más lejos de la Tierra. Sin embargo, el anuncio nos suena familiar. Lo cierto es que la situación exacta de la nave ha sido objeto de discusión en la comunidad científica durante el último año. Los astrónomos no se ponían de acuerdo acerca de si la Voyager ya se había adentrado en el espacio interestelar o, por el contrario, se mantenía dentro de la heliosfera, la burbuja invisible de partículas cargadas que emite el Sol en todas direcciones y que envuelve nuestro sistema planetario. Entonces, ¿qué ha ocurrido para que el equipo de la misión Voyager está ahora tan seguro? ¿Por qué no lo han anunciado antes?

    «Hemos sido cautelosos porque estamos tratando con uno de los hitos más importantes en la historia de la exploración espacial», dice el científico del proyecto Voyager Ed Stone, del Instituto de Tecnología de California en Pasadena. «Lo que ocurre es que ahora tenemos los datos y el análisis que necesitábamos». En concreto, el equipo necesitaba más datos sobre el plasma, el gas ionizado más denso y lento de las partículas cargadas en el espacio. El plasma es el marcador más importante que distingue si la Voyager 1 está dentro de la burbuja solar, la heliosfera, que se infla por el plasma que fluye hacia el exterior desde el Sol, o en el espacio interestelar y rodeada del material eyectado hace millones de años por la explosión de estrellas gigantes cercanas .

    El problema es que los científicos no sabían cómo detectar y medir ese plasma e interpretar los datos. La Voyager 1 explora un lugar a más de 17.000 millones de kilómetros de distancia de nuestro Sol. «Nadie ha estado en el espacio interestelar antes, y es como viajar con guías incompletas», apunta Stone. «Aún así, la incertidumbre es parte de la exploración. No iríamos a explorar si supiéramos exactamente lo que vamos a encontrar».

    Situación de la sonda espacial Voyager en su camino hacia las estrellas NASA

    Las dos naves gemelas Voyager -existe una Voyager 2 que también se encuentra cerca de la frontera del Sistema Solar- fueron lanzadas en 1977 y, entre las dos han visitado Júpiter, Saturno , Urano y Neptuno. El instrumento de la Voyager 1 que mide la densidad, la temperatura y la velocidad del plasma dejó de funcionar en 1980, justo después de su último sobrevuelo planetario. Por eso, cuando la Voyager 1 detectó la presión del espacio interestelar en nuestra heliosfera en 2004, los científicos no tenían el instrumento que proporcionara mediciones directas de plasma. En su lugar, se centraron en la dirección del campo magnético como sustituto de la fuente del plasma. Como el plasma solar lleva las líneas del campo magnético que emanan del Sol y el plasma interestelar lleva las líneas de campos magnéticos interestelares, se esperaba que la dirección de los campos magnéticos solares e interestelares fueran distintas.

    Por este motivo, los científicos teorizaban que se produciría un cambio abrupto en la dirección del campo magnético cuando la Voyager alcanzara el espacio interestelar. De la misma forma, los niveles de partículas cargadas procedentes del interior de la heliosfera bajarían y los niveles de rayos cósmicos galácticos, que se originan fuera de la heliosfera, aumentarían de forma notable.

    En mayo de 2012 , el número de rayos cósmicos galácticos hizo su primer salto significativo, mientras que algunas de las partículas del interior hicieron su primera caída significativa. El ritmo del cambio se aceleró drásticamente el 28 de julio de 2012. Después de cinco días, las intensidades regresaron a lo que habían sido. Esta fue la primera experiencia de una nueva región, y en ese momento los científicos pensaron que la nave espacial Voyager podría haber tocado brevemente el borde del espacio interestelar.

    El 25 de agosto, cuando, como ahora sabemos, la Voyager 1 entró realmente en esta nueva región, todas las partículas de baja energía del interior desaparecieron y los niveles de rayos cósmicos galácticos saltaron al nivel más alto de toda la misión. Estos serían los cambios esperados en caso de que la Voyager 1 hubiera cruzado la heliopausa, que es el límite entre la heliosfera y el espacio interestelar. Sin embargo, el análisis posterior de los datos reveló que a pesar de que la intensidad del campo magnético aumentó en un 60%, la dirección cambió menos de 2 grados. Esto sugería que la Voyager 1 no había abandonado el campo magnético solar y sólo había entrado en una nueva región, aún dentro de nuestra burbuja solar, que se había agotado de partículas del interior.

    Más tarde, en abril de 2013, los científicos consiguieron por casualidad otra pieza del rompecabezas. Durante los primeros ocho años de la exploración de la heliopausa, que es la capa más externa de la heliosfera, el instrumento de ondas de plasma de la Voyager no había oído nada. Sin embargo, el equipo científico de ondas de plasma, dirigido por Don Gurnett y Bill Kurth en la Universidad de Iowa, había observado estallidos de ondas de radio en 1983 a 1984 y nuevamente en 1992 y 1993. Dedujeron que estas ráfagas habían sido producidas por el plasma interestelar cuando un gran arranque de material solar le habría arañado y le habría hecho oscilar. Esas explosiones solares tardaron cerca de 400 días en alcanzar el espacio interestelar, a una distancia estimada de 117 a 177 unidades astronómicas (UA), de 117 a 177 veces la distancia del Sol a la Tierra). Los científicos sabían, sin embargo, que serían capaces de observar oscilaciones de plasma directamente una vez la Voyager 1 estuviera rodeada de plasma interestelar.

    La tormenta solar de San Patricio

    A continuación, el 9 de abril de 2013, sucedió: el instrumento de ondas de plasma del Voyager 1 tomó oscilaciones de plasma locales. Los científicos creen que probablemente surgió de una explosión de actividad solar ocurrida un año antes, conocida como el Día de las tormentas solares de San Patricio. Las oscilaciones aumentaron en intensidad hasta el 22 de mayo e indicaron que la Voyager se estaba moviendo en una región cada vez más densa de plasma. Este plasma tenía la firma del plasma interestelar , con una densidad de más de 40 veces la observada por el Voyager 2 en la heliopausa.

    Extrapolándose hacia atrás, los investigadores dedujeron que la Voyager se había encontrado por primera vez con este denso plasma interestelar en agosto de 2012, en consonancia con los datos de las partículas cargadas y del campo magnético. Ya están convencidos: la nave está viendo plasma interestelar, pero el Sol todavía ejerce su influencia. «Estamos en una zona de transición mixta hacia el espacio interestelar, pero no sabemos cuándo vamos a llegar al espacio interestelar libre de la influencia de nuestra burbuja solar», apunta Stone.

    «Podemos decir es que la Voyager 1 se está bañando en la materia de otras estrellas», dice poéticamente el investigador. «Lo que no podemos decir es qué descubrimientos exactos podemos esperar en el viaje de la Voyager. Nadie fue capaz de predecir todos los detalles que la Voyager 1 ha visto. Así que esperamos más sorpresas».



    ABC.es


El equipo de la misión publica hoy en Science que oficialmente en agosto de 2012 la sonda Voyager 1 abandonó la heliosfera (la burbuja definida por el plasma del viento solar que separa el Sistema Solar del espacio interestelar), cruzando la heliopausa de forma definitiva. La densidad del plasma pasó de unos 0,002 cm−3 en la parte exterior de la heliosfera a unos 0,08 cm−3 en el medio interestelar. Un cambio tan brusco en la densidad del plasma se considera una señal definitiva (aunque dicho cambio no se ha confirmado hasta abril de 2013). ¿Será esta la última vez que oiremos esta historia o habrá que poner una nueva marca en la figura de XKCD que abre esta entrada? Los autores del artículo aseguran que esta vez será la última (ellos sabrán, son los expertos). La frontera del conocimiento es como la frontera del Sistema Solar, no sabemos dónde está hasta que ya la hemos pasado de largo. Nos lo cuenta Richard A. Kerr, “It’s Official—Voyager Has Left the Solar System,” Science 341: 1158-1159, 13 Sep 2013, siendo el artículo técnico D. A. Gurnett, W. S Kurth, L. F. Burlaga, N. F. Ness , “In Situ Observations of Interstellar Plasma With Voyager 1,” Science Express, AOP, Sept 12 2013.


El Science Steering Group (SSG) de la Voyager, grupo de investigadores principales de todos los instrumentos científicos activos en la sonda, cada uno experto en una rama diferente de la física, no se había puesto de acuerdo hasta ahora porque no sabíamos lo suficiente sobre la heliopausa como predecir en detalle la señal que cada instrumento de la Voyager debía observar. Ahora ya sabemos mucho más sobre esta frontera y podemos asegurar que se ha cruzado. ¿Qué opinará el resto de la comunidad científica al respecto? Algunos expertos esperan nuevas señales de confirmación, pero la mayoría coincide con la opinión del SSG (así lo han expresado en varias conferencias científicas).


El instrumento diseñado para ofrecer una señal clara del momento en el que la Voyager cruzara la heliopausa dejó de funcionar hace tiempo. Por ello hay que combinar los datos de otros instrumentos diseñados con otro propósito e interpretar sus resultados no es fácil. Una fuerte oscilación en el plasma con una frecuencia de 3,1 kHz observada el 9 de abril 2013 parece una señal definitiva de que la heliopausa ya había sido superada; la extrapolación hacia atrás, teniendo en cuenta otras pequeñas oscilaciones en octubre y noviembre de 2012, permite afirmar con rotundidad que el 25 de agosto de 2012 la sonda Voyager 1 cruzó la frontera.

Voyager 1 tiene energía suficiente para tomar datos con todos los instrumentos hasta 2020, momento en el que algunos de ellos tendrán que ser apagados; no se espera que tenga energía para aguantar más de 2025. Aún así, podría haber nuevas sorpresas en los datos que nos ofrezca hasta entonces.


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  • Responsables de la misión publican en Science que la sonda cruzó la última frontera y se adentró en el espacio profundo el 25 de agosto de 2012, aunque no todos los astrónomos están de acuerdo


    La nave espacial Voyager 1, lanzada al espacio por la NASA en 1977, ha cruzado, por fin, la última frontera del Sistema Solar y se ha adentrado en el espacio interestelar, algo que no había logrado hasta ahora ningún artefacto humano. Al menos, esto es lo que afirman responsables de la misión, que han publicado en la prestigiosa revista Science nuevos datos proporcionados por la sonda que consideran «concluyentes», datos que indican que la nave abandonó la heliosfera, la burbuja invisible de partículas cargadas que emite en Sol en todas direcciones y que envuelve nuestro sistema planetario, hace más de un año, alrededor del 25 de agosto de 2012.

    La Voyager 1 se encuentra ahora seis veces más lejos de la Tierra que la órbita de Neptuno, donde nada proveniente de nuestro mundo había llegado jamás. Pero, ¿en qué lado de la barrera, dentro o fuera del Sistema Solar? El debate comenzó el 25 de agosto de 2012, cuando los instrumentos de la Voyager 1 registraron una fuerte caída, cercana a cero, de los rayos cósmicos que se producen dentro de la heliosfera, al mismo tiempo que detectaban un incremento de los rayos cósmicos que se producen en el frío, oscuro e inexplorado espacio profundo. Los astrónomos se entusiasmaron ante lo que parecía una señal clara del salto interestelar, pero no les quedó más remedio que reconocer que, entonces, no había evidencias suficientes para afirmarlo.

    Algunas investigaciones apuntaron más tarde que la Voyager había entrado en una especie de «autopista magnética» hacia ese «más allá» espacial y, también en Science, se publicaron hace algunos meses tres estudios que indicaban que la nave se había adentrado en una región desconocida, pero aún dentro del Sistema Solar, en el límite del espacio profundo. En uno de esos estudios participaba el equipo de Leonard Burlaga, del centro Goddard de Vuelos Espaciales de la NASA, que también firma la nueva investigación junto a colegas de la Universidad de Iowa y de la Universidad Católica de América en Washington.

    Oscilaciones de plasma

    La clave para aclarar el embrollo, en la que se apoyan estos investigadores, son nuevas mediciones de las oscilaciones en la densidad del plasma -la «sopa» cargada de baja energía y partículas neutras que impregna el espacio- alrededor de la nave. Esas mediciones no habían podido ser realizadas hasta ahora, ya que un instrumento destinado a esa tarea se estropeó cuando la nave pasó Saturno. Algo lamentable ya que, según los científicos, resultaban fundamentales para llegar a una conclusión definitiva. Un miembro del equipo, Donald Gurnett, de la Universidad de Iowa, encontró la forma para medir el plasma de forma indirecta cuando el Sol envía una explosión en el camino de la Voyager. Y sus resultados son consistentes con las predicciones teóricas sobre el medio interestelar.

    El pasado 9 de abril, la Voyager 1 registró el inicio repentino de oscilaciones del plasma a una frecuencia de 3,1 kHz después de un estallido solar. Esa frecuencia implicaba una densidad de plasma 80 veces más grande de lo que nunca se había visto en el interior de la heliosfera y cerca de la densidad que los astrónomos esperan encontrar en el espacio interestelar. Dado que la Voyager 1 viaja alrededor de 3,5 unidades astronómicas por año (una unidad astronómica es la distancia media entre la Tierra y el Sol, más de 149 millones de kilómetros), los investigadores sugieren que la densidad de electrones aumenta alrededor de un 19% por cada unidad astronómica, por lo que infieren que el 25 de agosto de 2012, unos días más o menos, la nave cruzó la burbuja invisible del Sistema Solar.

    Algunos astrónomos están de acuerdo con el trabajo de Gurnett y sus colegas, pero otros creen que las variaciones del plasma no son concluyentes. «No hemos cruzado. Podemos explicar cada resultado de la Voyager de una manera natural», afirma Lennard Fisk, de la Universidad de Michigan. La sonda seguirá en funcionamiento hasta 2025, así que el tiempo dirá quién tiene razón.

    Visitantes de planetas

    La Voyager 1 fue lanzada al espacio en septiembre de 1977 pocos días después de su gemela, la Voyager 2, ambas con la misión de explorar el Sistema Solar. Entre las dos han «visitado» Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno, y 48 de sus satélites. Incorporan unas baterías de plutonio que las harán funcionar hasta 2025, momento en que dejarán de enviar datos. Ambas portan una grabación en discos de cobre con sonidos e imágenes de la vida en la Tierra, por si hay alguien ahí fuera.

    ABC.es

La semana pasada ha vuelto a ser noticia la sonda espacial Voyager que se encuentra en la frontera del Sistema Solar gracias a tres artículos publicados en la revista Science que indican que Voyager 1 ha abandonado, casi, el Sistema Solar, pero no del todo. Para este podcast me basaré en el artículo de Alexandra Witze, “Voyager 1 is going, going, but not quite gone from the Solar System,” del 27 de junio de 2013 para Nature News, y en la entrevista que le realizó a Ed Stone (que ha guiado la nave espacial Voyager 1 durante 36 años) en “Voyager: Outward Bound,” aparecida en Nature el 23 de mayo de 2013.

Voyager 1 fue lanzada en 1977 y ahora está a unos 18.600.000.000 kilometros del Sol y sigue alejándose cada día. En 2004, la Voyager 1 abandonó la región del espacio dominada por la influencia del Sol y entró en una zona de transición donde el viento solar se mezcla de forma turbulenta con el gas interestelar. Los astrofísicos están esperando ansiosos a que Voyager salga de esta zona de transición y se introduzca en el verdadero espacio interestelar. En el verano de 2012 la sonda experimentó un cambio, pero la señal no era tan clara como algunos esperaban y aún no se puede asegurar que haya atravesado la frontera del sistema solar.

Los tres artículos técnicos en Science son S. M. Krimigis et al., “Search for the Exit: Voyager 1 at Heliosphere’s Border with the Galaxy,” Science Express, Published Online June 27 2013; E. C. Stone et al., “Voyager 1 Observes Low-Energy Galactic Cosmic Rays in a Region Depleted of Heliospheric Ions,” Science Express, Published Online June 27 2013; y L. F. Burlaga et al., “Magnetic Field Observations as Voyager 1 Entered the Heliosheath Depletion Region,” Science Express, Published Online June 27 2013.



El 28 de julio de 2012 el número de partículas cargadas de los rayos cósmicos cuya energía nos indica que provienen del Sol cayó de forma repentina, reduciéndose de forma drástica. Pero a los pocos días volvió a subir. Durante casi un mes, la Voyager 1 experimentó oscilaciones arriba y abajo en el número de partículas que provenían del Sol, hasta que el 25 de agosto dicho número volvió a estabilizarse en su valor de siempre. Durante el mes de julio, en los momentos de bajo número de partículas de origen solar, el campo magnético presentaba picos que a finales de julio llegaron a triplicar el nivel más alto alcanzado desde 2004. Pero el campo magnético, tras estas fluctuaciones, también acabó estabilizándose a finales de agosto. ¿Qué le ha pasado a la sonda Voyager 1? Los científicos creen que ha cruzado una frontera mal definida en una región ligeramente diferente del espacio. Quizás la frontera de la heliosfera no está tan bien definida como se pensaba y presenta algún tipo de estructura.

Estos resultados sobre los rayos cósmicos captados por la sonda Voyager 1 fueron anunciados en una conferencia en diciembre de 2012, pero los tres artículos que se publican esta semana en la revista Science muestran muchos más detalles. De hecho, a finales de marzo de 2012 la Voyager 1 también registró un aumento en la intensidad de protones, aunque se cree que su origen fueron las erupciones solares que se observaron a principios de ese mes. Sería la medida más lejano que alguien haya realizado sobre la influencia de una erupción solar.

Los científicos creen que el límite de la heliosfera presenta una especie de onda de choque. Sin embargo, las medidas de la sonda Voyager 1 apuntan a que dicha onda de choque podría tener estructura, es decir, la transición hacia el espacio interestelar podría ir acompañada de cambios graduales en los rayos cósmicos y del campo magnético.



Muchas veces se ha dicho en el pasado que la sonda Voyager 1 ha salido fuera del sistema solar y ha penetrado en el espacio interestelar, pero los expertos creen que la sonda está cruzando una región que nunca hemos explorado y que es mucho más complicada de lo que pensábamos. La señal definitiva de que la Voyager 1 ha salido del sistema solar todavía no ha sido observada. La señal más clara que esperan los científicos es un cambio en la dirección del campo magnético. Los expertos creen que esta señal se podría observar en cualquier momento. Ed Stone convenció a la Red de Espacio Profundo (Deep Space Network) para que dedique 10 horas todos los días para seguir la débil señal de la Voyager 1 con objeto de que no perdamos el momento justo en el que se produzca la salida final del sistema solar.

Ed Stone, ya con 77 años, aún no se ha jubilado. Stone ha sido jefe del equipo científico de las Voyager 1 y 2 desde que abandonaron la Tierra en 1977, durante su exploración pionera de Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno, hasta los límites del Sistema Solar. Voyager 2 está a 15.200.000.000 kilometros del Sol y, como hemos dicho, la Voyager 1 está un poco más lejos a 18.600.000.000 kilometros, más de tres veces la distancia entre el Sol y Plutón. Hoy en día Stone es profesor del Caltech y sigue investigando en el análisis de los datos enviados por las Voyager. Para él, el último gran hito de su carrera será cuando la Voyager 1 muestre una señal clara de que ha escapado de la heliosfera, una especie de burbuja magnética que se encuentra bajo la influencia del campo magnético y del viento solar, que se compone de iones procedentes de la atmósfera solar. La heliosfera actúa como capa protectora evitando que las partículas de alta energía del medio interestelar bombardeen a los planetas del sistema solar. Ahora mismo se cree que Voyager 1 se encuentra atravesando la heliopausa, la frontera de la heliosfera con el medio interestelar.



 Las sondas Voyager están impulsadas por un generador nuclear de 315 vatios basado en la desintegración radiactiva del plutonio capaz de suministrar unos 4 vatios cada año. De los 10 instrumentos originales, cinco siguen trabajando en la Voyager 2 y cuatro en la Voyager 1. En el año 2025, toda la energía del generador de plutonio se habrá consumido y las Voyagers se convertirán en naves muertas. Pero antes, en el año 2020, habrá que tomar decidir apagar algunos instrumentos científicos, uno a uno, y elegir cuál será el primero en ser apagado será una decisión difícil y dolorosa. Stone dice que todavía no se ha pensado qué instrumento será el primero en ser apagado. A partir de 2025 las Voyagers dejarán de comunicarse con la Tierra y se desvanecerán en el vacío interestelar para siempre y jamás.


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  • Tres investigaciones distintas confirman en Science que la nave, el artefacto humano que ha llegado más lejos, atraviesa una región desconocida en el borde del Sistema Solar 

La nave espacial Voyager 1, lanzada al espacio por la NASA hace más de 35 años, se ha adentrado en una región desconocida del Sistema Solar, en el límite del espacio interestelar, según confirman tres investigaciones independientes publicadas esta semana en la revista Science. Esta región inesperada de la heliosfera, la burbuja de partículas cargadas que emite el Sol en todas direcciones y envuelve nuestro sistema planetario, puede ser la última frontera que le quede a la sonda por cruzar para volar por fin hacia las estrellas.

La Voyager 1, el artefacto humano que ha llegado más lejos, se movió hacia una región turbulenta de la heliosfera, conocida como heliofunda, en 2004. Desde entonces, los astrónomos esperaban ansiosamente la ocasión en que entrara en el espacio abierto, un hito que, cuando se produzca, será señalado en los libros de historia. Pero no ha ocurrido así, de momento. La Voyager 1 parece haberse desviado a través de una frontera previamente no identificada de esa gran burbuja protectora, en una sección que los investigadores han bautizado como «región de agotamiento de la heliofunda». Por allí la sonda se ha paseado hasta en cinco ocasiones distintas en el último año.

Los investigadores han llegado a esta conclusión tras realizar varias lecturas y mediciones tomadas por la nave. El equipo de Leonard Burlaga, del centro Goddard de Vuelos Espaciales de la NASA, comprobó que cada vez que la Voyager 1 entraba en ese territorio inexplorado, la fuerza del campo magnético de la heliosfera aumentaba abruptamente, mientras que el número de partículas cargadas caía con fuerza.

Otro equipo de investigación, dirigido por Stamatios Krimigis, del laboratorio de Física Aplicada de la Universidad Johns Hopkins, informa de la existencia de un aumento repentino de los rayos cósmicos que vienen del espacio abierto junto con una notable disminución de las partículas del Sol. El tercer grupo, encabezado por Edward Stone, del Instituto Tecnológico de California, también observó que los iones de baja energía de la heliosfera se desvanecían repentinamente y eran reemplazados por una entrada de rayos cósmicos cuando la Voyager 1 se aventuraba en la nueva zona, aunque precisan que las lecturas del campo magnético de la nave indicaban que esta ha permanecido en todo momento dentro de la burbuja invisible del Sistema Solar. Tomados en su conjunto, estos hallazgos sugieren que esta nueva región desconocida podría ser parte de una zona de contacto más grande entre la heliosfera y el resto del espacio cósmico.

Hasta 2025

La Voyager 1 fue lanzada en septiembre de 1977 pocos días después de que lo hiciera su gemela, la Voyager 2, ambas con la misión de explorar el Sistema Solar. La primera se desplaza a 17 km por segundo y sus datos tardan más de 16 horas en llegar a la Tierra. La segunda se encuentra ahora a más de 15.000 millones de km del Sol. Entre las dos han «visitado» Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno, y 48 de sus satélites. Sus baterías de plutonio están diseñadas para funcionar hasta 2025, momento en que dejarán de enviar datos a nuestro planeta. Ambas llevan una grabación en un disco de cobre con sonidos e imágenes de la vida y la cultura terrestres seleccionados por un comité de expertos presidido por el científico Carl Sagan.
 
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