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Asteroides

Cometas

Label: Tierra



El satélite Integral de la ESA lleva desde 2002 buscando alrededor de nuestro planeta signos de radiación de alta energía mediante la observación de partículas expulsadas por fenómenos extremos como agujeros negros, estrellas de neutrones y supernovas. El 10 de noviembre de 2015, la sonda encontró por casualidad algo especialmente interesante, y cerca de casa: unas intensas auroras serpenteando alrededor del polo norte.

Este fotograma es parte de una secuencia de imágenes mayor y muestra cómo las auroras forman un semicírculo en las latitudes septentrionales. Estas auroras se vieron por primera vez en el este de Siberia y el norte de Japón hacia las 11:00 GMT y, más tarde, se extendieron por un área mayor al otro lado del planeta, sobre Canadá y Groenlandia.

Cuando detectó esta aurora, Integral estaba preparándose para la investigación astronómica: la sonda tenía previsto observar el firmamento en longitudes de onda de rayos X para medir el fondo cósmico de rayos X, un nivel de radiación difusa que impregna el cosmos y está asociado a eventos de alta energía como la absorción por parte de agujeros negros de material circundante en galaxias lejanas. Esta radiación de fondo es sutil y complicada de detectar y, en este caso, las potentes e inesperadas auroras que iluminaron la Tierra lo dificultaron aún más.

No obstante, las observaciones se aprovecharon de otro modo. Aunque se las conoce sobre todo por el espectáculo visual que ofrecen, las auroras nos dicen mucho sobre el espacio que rodea nuestro planeta. Se forman cuando partículas de viento solar acceden a las capas superiores de la atmósfera e interactúan con la materia presente, desencadenando emisiones luminosas que llenan el cielo con los característicos velos de colores iridiscentes.

Las auroras son fenómenos transitorios y difíciles de predecir, por lo que capturar un ejemplo de tal intensidad con Integral ha ayudado a los científicos a comprender mejor la distribución y la cantidad de partículas cargadas que rodean la Tierra y a caracterizar la interacción entre el Sol y nuestra magnetosfera, la región del espacio dominada por el campo magnético terrestre. Aquí se puede obtener más información sobre las observaciones, de las que se informó en 2016.

Integral capturó las imágenes en rayos X con el instrumento IBIS a intervalos de unos ocho minutos. El tamaño, la orientación y la posición de nuestro planeta en el encuadre cambia de una imagen a la siguiente según la posición de Integral. Efectivamente, el satélite se desplaza por una órbita altamente excéntrica de 64 horas, por lo que llega a acercarse hasta a 10.000 km y a alejarse hasta a 140.000 km de distancia de la Tierra.



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Un nuevo estudio basado en datos del telescopio espacial NuSTAR de la NASA sugiere que Eta Carinae, un sistema estelar muy luminoso y masivo, situado a 7.500 años-luz de distancia, está acelerando partículas hasta dotarlas de altas energías. Algunos de estos chorros de partículas (rayos cósmicos) podrían alcanzar la Tierra.

 Eta Carinae brilla en rayos X en esta imagen del observatorio Chandra de rayos X de la NASA. Los colores indican diferentes energías. El rojo va de 300 a 1.000 electronvoltios (eV), el verde de 1.000 a 3.000 eV y el azul de 3.000 a 10.000 eV. Las observaciones del NuSTAR (contornos en verde) revelan una fuente de rayos X con energías unas tres veces más altas que lo que detecta el Chandra. (Foto: NASA/CXC, NASA/JPL-Caltech)

Se sabe que los rayos cósmicos con energías superiores a 1.000 millones de electronvoltios (eV) nos llegan desde fuera de nuestro sistema solar. Pero dado que estas partículas (electrones, protones y núcleos atómicos) transportan todas una carga eléctrica, se desvían cada vez que encuentran campos magnéticos. Esto dificulta muchísimo averiguar sus trayectorias originales y enmascara sus orígenes.

Eta Carinae, situada en la constelación de Carina, es famosa por una erupción ocurrida en el siglo XIX que brevemente la convirtió en la segunda estrella más brillante en el cielo. Este suceso también eyectó materia que formó una masiva nebulosa con aspecto de reloj de arena, pero la causa de la erupción sigue estando poco clara.

El sistema contiene una pareja de estrellas masivas cuyas órbitas excéntricas las acerca mucho cada 5,5 años. Las estrellas contienen 90 y 30 veces la masa de nuestro Sol y se acercan a 225 millones de kilómetros en su máxima aproximación, más o menos la distancia media que separa Marte del Sol.

Las dos estrellas de Eta Carinae emiten potentes flujos de materia (vientos estelares). El lugar en el que estos vientos chocan cambia durante el ciclo orbital, lo que produce una señal periódica de rayos X de baja energía.

El Telescopio Espacial Fermi de rayos gamma de la NASA también observó un cambio en la emisión de rayos gamma (radiación más energética que los rayos X) desde una fuente en la dirección de Eta Carinae. Pero los "ojos" del Fermi no tienen tanta agudeza visual como los de los telescopios de rayos X, de modo que los astrónomos no pudieron confirmar la conexión. A fin de verificar dicha conexión, el equipo de Kenji Hamaguchi y Michael Corcoran, del Centro Goddard de Vuelos Espaciales de la NASA, en Greenbelt, Maryland, Estados Unidos, recurrió al NuSTAR, un satélite astronómico de la NASA en colaboración con entidades de Estados Unidos, Dinamarca e Italia.

Lanzado en 2012, el NuSTAR puede trabajar con rayos X mucho más energéticos que los asequibles para cualquier otro telescopio anterior. El equipo de investigación examinó las observaciones del NuSTAR obtenidas entre marzo de 2014 y junio de 2016, junto con observaciones de rayos X de menor energía del satélite XMM-Newton de la Agencia Espacial Europea a lo largo del mismo periodo.

Los rayos X de baja energía, o blandos, de Eta Carinae proceden del gas en el punto de contacto de los vientos estelares en colisión, donde las temperaturas superan los 40 millones de grados centígrados. Pero el NuSTAR detecta una fuente que emite rayos X por encima de los 30.000 electronvoltios (eV), unas tres veces más que lo conseguible mediante las ondas de choque en la zona donde los vientos colisionan. Como comparación, la energía de la luz visible oscila entre 2 y 3 eV.

El análisis del equipo muestra que estos rayos X "duros" varían con el periodo orbital de la binaria y que presentan un patrón de producción de energía similar al de los rayos gamma observados por el Fermi.

Los investigadores creen que la mejor explicación tanto para los rayos X duros como para la emisión de rayos gamma es que los electrones son acelerados en violentas ondas de choque a lo largo de la frontera en la que chocan ambos vientos estelares.

Sin duda, algunos de los electrones superrápidos, así como otras partículas aceleradas, escapan del sistema y quizá algunos en su caótica travesía acaban alcanzando la Tierra, donde podrían ser detectados como rayos cósmicos.





NCYT
El pasado mes de mayo unos investigadores descubrieron que el agujero de la capa de ozono se estaba cerrando más despacio debido al uso de un gas ilegal que no sabían qué país emitía. ¿Quién está destruyendo la capa de ozono otra vez?




Durante años el agujero de la capa de ozono se ha ido cerrando tras la firma del Tratado de Montreal, en 1985, para proteger esta zona de la estratosfera que protege a los humanos y al resto de seres vivos de los rayos ultravioleta. Sin embargo, alguien no está respetando el pacto firmado en los que se prohibía el uso de los clorofluorocarbonos (CFC) y, ahora, la Agencia para la Investigacion Medioambiental (EIA, por sus siglas en inglés) ha descubierto quién es. Los culpables de la nueva emisión están en la industria de la vivienda en China

En mayo ya salió un estudio en Nature que apuntaba que el agujero de la capa de ozono se estaba ralentizando a la hora de cerrarse en comparación con los grandes avances que se habían hecho los últimos años, sobre todo desde que en 2010 se prohibió el CFC-11, un producto que se utiliza para hacer espuma de uretano, que se usa como aislante. Entre las causas que ellos mismos propusieron estaba que algún país asiático tenía que estar emitiendo de forma ilegal este compuesto. En este segundo estudio fijan el foco en la industria de la construcción de viviendas en China. El país asiático parece ser el culpable de estas nuevas emisiones del gas que destruye la capa de ozono.

El CFC-11 se está usando como aislante térmico en las casas de nueva construcción chinas y, como explican los investigadores tras hablar con ejecutivos de 18 firmas concluyeron que la mayoría utilizan este producto y no tienen problemas en reconocerlo, como recogen en BBC News. Es más, un vendedor de este producto calcula que el 70% de nuevos productos para uso doméstico utilizan este gas en China, a pesar de ser ilegal. Pero ¿por qué? La respuesta es clara: es más barato y de mejor calidad que cualquiera de las alternativas que pueda haber en el mercado. Además, en China la aplicación de la normativa es, como se puede ver, más bien laxa.
Varias empresas han confirmado su uso

Desde la EIA se han sorprendido por la respuesta que les dieron las empresas: "Estábamos absolutamente desconcertados al descubrir que las empresas confirmaron abiertamente el uso de CFC-11 y sabían que era ilegal", comentó Avipsa Mahapatra de EIA a BBC News. China produce un tercio de la espuma de poliuterano, lo que puede retrasar el cierre de la capa de ozono hasta una década

Por otra parte, hay que tener en cuenta que China produce un tercio de la espuma de poliuterano que se utiliza como aislante y esto puede retrasar hasta en una década el cierre de la capa de ozono, según señalan los investigadores.

La comunidad internacional podría sancionar a China por incumplir el tratado que firmaron. Sin embargo, este tipo de multas parecen el último recurso ya que no se ha sancionado a ningún país firmante desde que está en vigor.

Para solucionar este problema la EIA y la comunidad internacional alentarán al país asiático a tomar medidas para que se deje de utilizar este gas y a que investigue lo sucedido. "Queremos que repriman, pero es sumamente importante que lleven a cabo una investigación exhaustiva del sector. Tiene que haber incautaciones y arrestos para que las personas sepan que existen sanciones severas para la producción de CFC- 11", comentó Mahapatra a BBC News.



hipeetextual

La corteza terrestre se enfrió y recién emergida se expuso a la intemperie por procesos químicos y físicos.




La masa terrestre del planeta Tierra emergió de forma abrupta hace alrededor de 2.400 millones de años y generó cambios drásticos en el clima, la geología y la vida, puesto que la temperatura global se enfrió y comenzó a generarse grandes cantidades de oxígeno en la atmósfera.

Así lo afirma un equipo internacional formado por nueve investigadores de universidades de Estados Unidos, Sudáfrica y Suiza en un artículo publicado en la revista ‘Nature’ después de analizar 278 muestras de lutita, que es la roca sedimentaria más común de la Tierra, tras ser extraídas de afloramientos y perforaciones de todos los continentes y que abarcan cerca de 3.700 millones de años de la historia de la Tierra.

Los investigadores analizaron las muestras en el Laboratorio de Isótopos Estables de la Universidad de Oregón (Estados Unidos), dirigido por el geólogo Ilya Bindeman.

Bindeman apunta que la masa terrestre que surgió en el planeta hace unos 2.400 millones de años era aproximadamente dos tercios de la actual, pero la aparición de esa superficie sólida ocurrió abruptamente, en paralelo con los cambios a gran escala en la dinámica del manto. La corteza terrestre recién emergida se expuso a la intemperie por procesos químicos y físicos, y comenzó el proceso hidrológico moderno de destilación de humedad en grandes continentes.

Los cambios isotópicos registrados en las muestras de lutitas coinciden con el momento hipotético de las colisiones terrestres que formaron el primer supercontinente de la Tierra (Kenorland), así como cadenas montañosas y mesetas altas.

“La corteza debe ser gruesa para quedar fuera del agua”, apunta Bindeman, quien añade: “El espesor depende de su cantidad y también la regulación térmica y la viscosidad del manto. Cuando la Tierra estaba caliente y el manto era blando, las montañas grandes y altas no podían sostenerse. Nuestros datos indican que esto cambió exponencialmente hace 2.400 millones de años. El manto más frío fue capaz de soportar grandes franjas de tierra sobre el nivel del mar”.

Este investigador subraya que las temperaturas superficiales de la nueva tierra emergida de los mares probablemente eran más altas que las actuales en varias decenas de grados, pero hace 2.400 millones de años la masa terrestre comenzó a consumir dióxido de carbono de la atmósfera en medio de la erosión química.

Ese momento coincide con la transición desde el eón Arcaico (cuando las formas de vida procarióticas simples, las arqueas y las bacterias prosperaron en el agua) hasta el eón Proterozoico (momento en que emergieron eucariotas como algas, plantas y hongos).

"La tierra que surge del agua cambia el albedo del planeta. Inicialmente, la Tierra habría sido azul oscura con algunas nubes blancas cuando se ve desde el espacio. Los primeros continentes aumentaron la reflexión de la luz. Hoy tenemos continentes oscuros debido a la gran cantidad de vegetación", explica Bindeman.

Este geólogo apunta que la exposición de la tierra nueva a la superficie pudo haber desencadenado un sumidero de gases de efecto invernadero como el dióxido de carbono, alterando así el balance radiativo de la Tierra, lo que generó episodios glaciales hace entre 2.400 y 2.200 millones de años. De esta forma nació la Gran Oxidación, cuando los cambios atmosféricos trajeron cantidades significativas de oxígeno al aire libre. Entonces, las rocas se oxidaron y se volvieron rojas.

Antes de que existiera la superficie terrestre, los fotones del Sol interactuaban con el agua y la calentaban. Una superficie brillante proporcionada por la tierra emergente reflejaría la luz solar de vuelta al espacio, creando un cambio en el clima. “Una vez que emergieron grandes continentes, la luz se reflejaría nuevamente en el espacio e iniciaría la glaciación", indica Bindeman, quien apostilla: "La Tierra habría visto su primera nevada".


lainformación

El satélite Mars Cube One B, apodado Wall-E, capta una increíble imagen de la Tierra y la Luna, recreando la fotografía del "punto azul pálido" tomada en su día por la Voyager-1.





A principios de mayo la NASA envió al espacio la misión InSight, con el objetivo de explorar por primera vez el corazón de Marte. Junto a la sonda, a bordo del cohete Atlas V, viajaban un par de pequeños satélite CubeSat, denominados Mars Cube One (MarCO), con los que la agencia espacial norteamericana pretende probar las comunicaciones en el espacio profundo. Tras el exitoso despegue desde California, las minúsculas naves —apodadas Wall-E y Eva— enviaron su primer saludo de vuelta a la Tierra para confirmar su buen funcionamiento. La imagen de la Tierra y la Luna ha sido captada a un millón de kilómetros de distancia y sirve para comprobar que la antena se ha desplegado correctamente

Ahora uno de los dos satélites, el Mars Cube One B (o simplemente MarCO B) ha tomado una imagen de nuestro planeta a un millón de kilómetros de distancia. La pequeña nave, a la que los científicos llaman cariñosamente Wall-E, ha utilizado su cámara de pez para retratar a la Tierra y a la Luna en una sola instantánea. Estas primeras pruebas permiten confirmar que la antena del satélite se ha desplegado correctamente. La fotografía captada por el satélite Wall-E recuerda a la del "punto azul pálido" (pale blue dot, en inglés) que captó en su día la misión Voyager 1. Aquella imagen, no obstante, se logró a 6.060 millones de kilómetros, una distancia récord superada recientemente por la sonda New Horizons. 




"Consideradlo como nuestro homenaje a la Voyager", ha dicho Andy Klesh, ingeniero jefe de la misión Mars Cube One de la NASA. El Jet Propulsion Laboratory construyó estos pequeños satélites, que normalmente orbitaban a la Tierra por debajo de los 800 kilómetros de altura. "CubeSats nunca han ido tan lejos en el espacio, por lo que es un gran hito. Ambas naves espaciales están en buen estado de salud y funcionando correctamente. Esperamos verlas viajar más lejos", ha comentado el investigador. Es la primera vez que dos satélites de este tipo viajan tan lejos: su objetivo es apoyar al robot InSight en su trabajo en Marte

Esta tecnología fue diseñada originalmente para estudiantes, pero hoy en día estos satélites cuentan con un gran interés comercial, según la NASA, al ofrecer datos ambientales o información sobre rutas de envío. La misión Mars Cube One se encargará de seguir a InSight en su entrada en la atmósfera de Marte, su descenso y su aterrizaje y de retransmitir los datos a la Tierra, aunque no será la única fuente de información que reciba la NASA, ya que la agencia también se apoyará en el trabajo del Mars Reconnaissance Orbiter (MRO).



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Un estudio afirma que la razón fue el comienzo de la tectónica de placas, que tuvo lugar miles de millones de años después de lo que se pensaba




Un equipo de investigadores de las universidades de Texas en Austin y UT Dallas acaba de presentar una atrevida hipótesis que relaciona el comienzo de la tectónica de placas con la etapa de «bola de nieve» de la Tierra, un periodo de drástico cambio climático que congeló completamente nuestro planeta durante varios millones de años.

Los científicos sabían de antemano que sus ideas generarían una agria polémica. Los geólogos, en efecto, suelen situar el inicio de la tectónica de placas hace unos 3.000 millones de años, mientras que la nueva hipótesis sostiene que ese proceso comenzó en tiempos mucho más recientes, en un periodo conocido como Neoproterozóico, que abarca entre hace 542 y 1.000 millones de años.

«Si nos fijamos e las evidencias que se han conservado -explica Nathaniel Miller, coautor de la investigación- resulta evidente la idea de una tectónica de placas moderna, principalmente neoproterozoica e incluso más joven. Pero la mayoría de la gente cree que eso sucedió mucho antes en la historia de la Tierra».

Para llegar a estas conclusiones, Miller y Robert Stern, profesor en el Departamento de Geociencias de UT Dallas, examinaron un conjunto de datos científicos publicados sobre la actividad geológica durante el Neoproterozoico, la era en que la Tierra se convirtió en una «bola de nieve», y encontraron un vínculo entre la tectónica de placas y un mundo que se estaba enfriando rápidamente. El trabajo se publicó en diciembre del pasado año en la revista «Terra Nova».


La Tierra, planeta único

En todo el Sistema Solar, la Tierra es el único planeta que tiene placas tectónicas, con su corteza y manto superior formados por distintas piezas que se mueven lenta e independientemente, creando y destruyendo continentes, cadenas montañosas y volcanes y produciendo terremotos a medida que esas piezas interaccionan.

De hecho, la tectónica de placas es uno de los procesos más transformadores de cuantos suceden en nuestro planeta, y los geólogos creen que ese proceso ha estado activo durante la mayor parte de los 4.500 millones de historia de nuestro mundo. Sin embargo, según Miller y Stern, existe toda una variedad de rastros y evidencias en el registro geológico que podrían ser consistentes con la idea de que la tectónica de placas no comenzó hasta una época mucho más reciente.

Por ejemplo, todas las formaciones rocosas, piedras preciosas y firmas químicas que se sabe están relacionadas con la tectónica de placas datan del Neoproterozoico. E incluso las simulaciones informáticas indican que la Tierra no se enfrió hasta las temperaturas requeridas para la actividad tectónica hasta ese periodo. Los autores también hacen notar que el intervalo geológico que precede al Neoproterozoico adolece de una falta casi completa de actividad geológica, una característica que le ha valido el apodo de «los aburridos mil millones de años» y que podría indicar que, en esos momentos, toda la Tierra estaba cubierta por una única y continua capa de roca en lugar de por las múltiples placas que se observan en la actualidad.

¿Llevó la geología a un enfriamiento global?

Dado que estas «pistas» de la actividad tectónica se superponen en el tiempo con el fenómeno conocido como «Tierra bola de nieve», los investigadores empezaron a preguntarse si existía algún tipo de relación entre ambas cosas, como por ejemplo que el paso de una Tierra con corteza única a otra con muchas placas hubiera podido desencadenar un drástico periodo de enfriamiento global.

«Esta crisis climática -asegura Stern- podría haber sido ocasionada por toda una serie de acontecimientos, pero sin duda la gran causa fue esta auténtica revolución en el estilo tectónico de la Tierra».

El artículo enumera hasta 22 formas diferentes en que la puesta en marcha de la tectónica de placas podría haber provocado un enfriamiento global tan drástico que el mundo entero, de polo a polo, se vio cubierto por una gruesa capa de hielo. Entre esas causas, destacan el surgimiento de volcanes explosivos, cuyas emisiones de azufre contribuyen al enfriamiento, el cambio de orientación del eje del planeta provocado por la ruptura de la capa rocosa única, o el aumento de meteorización de las rocas, proceso que empuja CO2, un conocido gas de efecto invernadero, a la atmósfera.

En su estudio, los investigadores también consideraron las posibles razones «no tectónicas» para el enfriamiento, muchas de ellas de origen espacial, como el impacto de múltiples asteroides o el colapso de los anillos de hielo que podrían haberse formado alrededor del planeta. Si esas fueran las causas reales de que la Tierra se convirtiera en una bola de nieve, la hipótesis de Stern y Miller se vendría abajo. Pero no existen evidencias que confirmen que fueron esos, y no otros, los desencadenantes de la congelación masiva de nuestro planeta.

Si bien todos los posibles mecanismos de enfriamiento han sido descritos previamente en otros artículos de investigación, Stern asegura que su trabajo (y el de Miller) es el primero en plantear la posibilidad de que cada uno de esos mecanismos esté, en realidad, relacionado con la transición a la tectónica de placas, una idea que él describe como «radical».

«Durante mucho tiempo -afirma Stern- la gente ha estado diciendo que siempre ha habido placas tectónicas... pero creo que eso podría ser producto de la imaginación».

Una hipótesis entre otras

Otros investigadores, por supuesto, no comparten la teoría de Stern y Miller. Como por ejemplo Graham Shields, profesor de Geología del University College, de Londres, quien afirma se necesitan más evidencias antes de poder afirmar que el efecto «bola de nieve» está vinculado al inicio, y no solo a un momento, de la tectónica de placas. «¿Cómo podemos distinguir su hipótesis de inicio tectónico de otras hipótesis -afirma el científico- muchas de las cuales, además, también están relacionadas con la tectónica y el ciclo bien establecido de los supercontinentes?».

Los autores, sin embargo, se defienden de las críticas señalando que su trabajo solo presenta un posible escenario de la historia de la Tierra, y que, efectivamente, se necesita más investigación para probar definitivamente el vínculo entre el comienzo de la tectónica de placas y la Tierra «bola de nieve».

«En nuestro campo -concluye Stern- las revoluciones no ocurren a menudo o fácilmente. Primero siembras ideas, y luego vas y buscas más datos que las apoyen o que las rechacen».


ABC



Menos de dos semanas después de su lanzamiento, el satélite Sentinel-3B de Copernicus ya ha transmitido sus primeras imágenes de la Tierra. Estas imágenes, que superan todas las expectativas, incluyen una puesta de sol sobre la Antártida, hielo marino en el Ártico y una vista del norte de Europa.

La primera imagen, capturada el 7 de mayo a las 10:33 GMT (12:33 CEST), muestra el paso del día a la noche sobre el mar de Weddell en la Antártida. Ese mismo día, el satélite también capturó remolinos de hielo marino más allá de las costas de Groenlandia. Otra de las imágenes de este primer conjunto ofrece una vista poco común del norte de Europa libre de nubes.

Las fotografías fueron tomadas por el instrumento para el color de la Tierra y los océanos, que presenta 21 bandas, una resolución de 300 m y una anchura de barrido de 1.270 km. El instrumento puede emplearse para monitorizar la producción biológica acuática y la contaminación en el mar, además del estado de la vegetación en tierra.

Como señala Josef Aschbacher, director de los Programas de Observación de la Tierra de la ESA: ̋“Con el lanzamiento de Sentinel-3B se completa el primer conjunto de satélites de Copernicus”.

“Terminamos la fase de lanzamiento y órbita temprana en tiempo récord y ahora estamos trabajando en la puesta en servicio”.


Remolinos en Groenlandia

“Estas primeras imágenes del instrumento para el color de la Tierra y los océanos ya muestran que el satélite está listo para cumplir su misión proporcionando un flujo de datos medioambientales de alta calidad para mejorar nuestras vidas, promover la economía y proteger el planeta”.

Sentinel-3B fue lanzado desde Rusia el 25 de abril para unirse una vez en órbita con su gemelo Sentinel-3A. Este par de satélites aumenta la cobertura y la producción de datos para el programa medioambiental Copernicus de la Unión Europea.

Los dos satélites, que constituyen la misión insignia de Copernicus, transportan los mismos instrumentos con el fin medir sistemáticamente los océanos, la tierra, el hielo y la atmósfera de nuestro planeta.

Sobre los océanos, miden la temperatura, el color y la altura de la superficie marina, así como el grosor del hielo. Estas mediciones se utilizan, por ejemplo, para monitorizar los cambios en el clima terrestre y otras aplicaciones más prácticas, como vigilar la contaminación marina.

En tierra, esta innovadora misión monitoriza incendios, cartografía la forma en que se explota la tierra, vigila el estado de la vegetación y mide la altura de ríos y lagos.


Norte de Europa

La comisaria europea de Mercado Interior, Industria, Emprendimiento y Pymes, Elzbieta Bienkowska, afirma que este nuevo satélite “proporcionará imágenes valiosas sobre los cambios que se están experimentando en los océanos y en tierra”.

“La misión no solo agiliza nuestra respuesta ante los desastres naturales, también crea nuevas oportunidades de negocio. La observación de la Tierra es un mercado mayor de lo que podríamos creer, motor de descubrimientos en investigación, fuente de empleo de alta cualificación y promotor de aplicaciones y servicios innovadores”.

Bruno Berruti, responsable del proyecto Sentinel-3 de la ESA, ha expresado su enorme satisfacción al ver las primeras imágenes, que demuestran la buena salud del satélite:

“La ESA pasará los próximos cinco meses calibrando con sumo cuidado los instrumentos y preparando el satélite para su puesta en servicio, antes de hacer la entrega a Eumetsat, que se encargará de las operaciones rutinarias”.

Durante la fase de puesta en servicio, los dos satélites Sentinel-3 volarán en tándem, separados por unos 30 segundos.


Despegue de Sentinel-3B

A continuación, Sentinel-3B irá distanciando gradualmente hasta alcanzar su posición final, en la misma órbita pero con una separación de 140° respecto de Sentinel-3A.

Una vez en servicio, las operaciones satelitales se transferirán de la ESA a Eumetsat. A partir de ese momento, la ESA se ocupará de generar los productos terrestres y Eumetsat de los marinos, para su aplicación a través de los servicios de Copernicus.

Como apunta Alain Ratier, director general de Eumetsat: “La constelación Sentinel-3 constituye el eje central europeo para un sistema de vigilancia de los océanos desde el espacio”.

“Estas imágenes son la primera prueba de que Sentinel-3B cumplirá su promesa de inaugurar una nueva era de oceanografía operacional y de beneficios para la seguridad, las empresas y la industria”.

“Amplificarán las virtudes de la misión Sentinel-3 para la previsión oceánica y la economía azul”.

Sentinel-3B es el séptimo satélite Sentinel lanzado en el marco del programa Copernicus. Cada misión transporta tecnología punta para suministrar un flujo de datos e imágenes complementarios clave para la vigilancia del medio ambiente.


esa

  • Los microorganismos que habitan el desierto de Atacama soportan unas condiciones de aridez extremas.
  • Un estudio muestra cómo estas bacterias especializadas eran capaces de "reactivarse", lo que ofrece nuevas esperanzas para la búsqueda de vida en Marte. 



Atacama es, probablemente, el lugar más marciano de la Tierra. Al menos así lo describía el astrobiólogo Armando Azua-Bustos en una charla TED el pasado mes de abril, en la que el científico —que creció en este vasto y árido territorio al norte de Chile— hablaba de algunas de las formas de vida encontradas hasta la fecha en el desierto más antiguo y seco del planeta. El desierto de Atacama ha sido descrito como "el lugar más marciano de la Tierra"

Hoy la ciencia vuelve a poner su atención en este extraño paraje, donde en algunos de sus rincones no ha llovido en los últimos cuatrocientos años. Pero no lo hace para anunciar el descubrimiento de nuevos seres vivos capaces de resistir las condiciones extremas de sequía. Un estudio publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) muestra cómo algunos organismos son capaces de "reactivarse" años después de entrar en un profundo letargo. 

La lluvia en Atacama trajo una sorpresa

El equipo de Dirk Schulze-Makuch viajó a Atacama por primera vez hace tres años. Su objetivo era analizar cómo los organismos son capaces de sobrevivir en un ambiente extremadamente seco; sin embargo, se toparon con una sorprendente noticia: estaba lloviendo. Después de aquel evento tan poco habitual para el desierto de Atacama, los científicos detectaron una "explosión" de actividad biológica en la región. Según su investigación, algunos microbios —principalmente bacterias, aunque también detectaron hongos y algunos tipos de virus— son capaces de vivir en el suelo, permanecer en estado durmiente durante décadas si no hay agua, para finalmente despertarse y reproducirse de nuevo en el caso de que llueva.

Algunas bacterias son capaces de vivir en el suelo del desierto, permanecer en estado durmiente durante décadas si no hay agua, para finalmente despertarse y reproducirse si llueve

Su trabajo en PNAS precisamente recopila la evidencia sobre la viabilidad de los microorganismos en un terreno caracterizado por su gran aridez, lo que aumenta las posibilidades de que otros ambientes extremos, como Marte, pudieran contener microbios adaptados de forma similar a condiciones de sequía.

En particular, el grupo de Schulze-Makuch ha podido caracterizar las condiciones físico-químicas del suelo y la habitabilidad después de las precipitaciones ocurridas en 2015, identificar moléculas que pueden actuar como "señales" de la presencia de células vivas —como determinados metabolitos o ATP, la moneda energética de los organismos— y determinar la tasa de replicación y otros parámetros de los microbios. 

 
Crédito: Dirk Schulze-Makuch.

"Siempre me ha fascinado ir a lugares donde la gente no cree que algo es capaz de sobrevivir y descubrir que la vida de alguna manera ha encontrado la manera de hacerlo", explica Dirk Schulze-Makuch. "Dejando de lado las referencias de Jurassic Park, nuestra investigación nos dice que si los organismos pueden persistir en el ambiente más seco de la Tierra, existe una buena posibilidad de que pueda estar sucediendo en Marte de una manera similar", afirma el primer autor del trabajo. 
Si la vida puede persistir en el ambiente más seco de la Tierra, existe la posibilidad de que suceda en Marte

Tras su hallazgo inicial en 2015, su equipo viajó en dos ocasiones posteriores a Atacama en 2016 y 2017 para monitorizar la actividad biológica en el corazón del desierto. Fue entonces cuando los científicos comprobaron que, a medida que la humedad desaparecía, los microorganismos volvían a su estado de letargo. El grupo de Schulze-Makuch defiende que los microbios detectados podrían estar dormidos "durante centenares o incluso miles de años en condiciones similares a las que encontraríamos en Marte y después volver a la vida cuando llueve".

"La vida en el desierto es extremadamente tolerante"

Los resultados, a juicio del astrobiólogo Armando Azua-Bustos, son "una confirmación de lo que ya sabíamos por otros estudios". El investigador, que no ha participado en el artículo publicado en PNAS, explica por teléfono a Hipertextual que diversas aproximaciones desde 2015 han permitido identificar los lugares más secos del desierto de Atacama, donde destaca principalmente el conocido como María Elena, y microorganismos de estas regiones. El objetivo no es otro que determinar si existe un límite seco para la vida en la Tierra, es decir, si hay un máximo de aridez a partir del cual los organismos no pueden desarrollarse.

"Han confirmado lo que ya sabíamos: hay microorganismos que parecen haber evolucionado para ser tolerantes a la desecación en Atacama"

Lo que parece, según el artículo publicado en PNAS y otros trabajos anteriores, es que en efecto hay microorganismos que parecen haber evolucionado para ser tolerantes a la desecación. "La vida en el desierto es extremadamente resistente. Además estos científicos tuvieron la fortuna de toparse con lluvias altas e inesperadas, posiblemente encadenadas al fenómeno del cambio climático, que pueden reactivar el metabolismo microbiano", comenta. Azua-Bustos coincide con Schulze-Makuch al explicar que, si estamos encontrando formas de vida adaptadas a lugares tan secos, podría haber una tolerancia similar en alguna zona de Marte, caracterizado por su extrema aridez. Atacama, de hecho, se ha convertido en un entorno ideal para investigar el planeta rojo desde la Tierra.

Atacama, un ambiente modelo para entender Marte

Esta no es la primera vez que los investigadores vuelven la vista a este territorio chileno para comprender mejor las condiciones y la posible habitabilidad del planeta rojo. En la década de los sesenta comenzaron las primeras descripciones de microorganismos que podían encontrarse en el desierto de Atacama, unos resultados que sirvieron para desarrollar los instrumentos con los que la misión Viking de la NASA rastrearía las posibles huellas de la vida en Marte.

El desierto de Atacama, situado en Chile, ha servido como modelo para entender cómo es Marte desde hace algo más de una década

Los estudios continuaron, sin mucha fortuna, hasta que en 2003 el equipo de Christopher P. McKay logró repetir los experimentos llevados a cabo por la sonda Viking Lander de la NASA tras aterrizar en Marte. Sus ensayos publicados en Science, no obstante, tuvieron lugar en el área de Yungay, a solo ochenta kilómetros de Antofagasta y en pleno corazón de Atacama. Los resultados fueron muy parecidos a los obtenidos en el planeta rojo, lo que abrió la puerta precisamente a que el desierto chileno sirviera como ambiente modelo para entender un poco mejor cómo es Marte y qué posibilidades hay de encontrar vida allí. 

 

Los esfuerzos de diversos grupos de investigación de todo el mundo han cristalizado en una mejor caracterización de las condiciones desérticas, la identificación de diferentes tipos de microorganismos que son capaces de resistir la aridez de Atacama y la determinación de los límites donde la vida todavía es posible.

El desafío principal es saber si Marte pudo albergar vida en el pasado y si todavía existe en la actualidad

El trabajo publicado en PNAS ahonda precisamente en este objetivo, aunque en la actualidad este mundo presente un ambiente todavía más extremo, algo que no ocurría hace miles de millones de años, cuando sí había agua en Marte. El desafío es saber si el planeta rojo pudo albergar vida en el pasado (e incluso todavía hoy) y, en caso afirmativo, confirmar si pudo resguardarse en algún rincón bajo el suelo, tal y como parece haber ocurrido en Atacama.



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El Sol baña nuestro planeta con luz y calor, necesarios para la vida, pero también nos bombardea con peligrosas partículas cargadas de viento solar. Nuestro campo magnético nos protege en gran medida de este aluvión, pero como sucede con muchas relaciones, esta también es complicada. Gracias a la misión Swarm de la ESA, ahora conocemos con más detalles que nunca la naturaleza de esta interacción Tierra-Sol.

El campo magnético terrestre es como una gran burbuja que nos protege de la radiación cósmica y las partículas transportadas por los potentes vientos que escapan de la atracción gravitacional del Sol y atraviesan el Sistema Solar.

El trío de satélites Swarm fue lanzado en 2013 para ayudarnos a comprender mejor cómo se genera ese campo y cómo nos protege del bombardeo de partículas cargadas.

Como nuestro campo magnético está generado principalmente por el océano de hierro líquido que conforma el núcleo externo del planeta, podría asemejarse a una barra imantada de cuyos polos emergen las líneas de campo.


Aurora boreal

El campo es muy conductivo y arrastra las partículas cargadas que fluyen a lo largo de estas líneas, generando corrientes alineadas con el campo.

Con una potencia eléctrica de hasta 1 TW, unas seis veces la cantidad de energía producida al año por las turbinas eólicas en Europa, estas corrientes son la forma de transferencia energética dominante entre la magnetosfera y la ionosfera.

El resplandor verde y violáceo de las auroras en las regiones polares es una manifestación visible de la energía y las partículas que se desplazan por las líneas del campo magnético.

La teoría sobre el movimiento y el intercambio entre el viento solar y nuestro campo magnético se remonta más de cien años y, más recientemente, la red de satélites del Experimento de Respuesta Electrodinámica Planetaria y Magnetosférica Activa (AMPERE) ha permitido a los científicos estudiar corrientes alineadas con el campo a gran escala.

No obstante, la misión Swarm está dando lugar a una ola de descubrimientos de gran interés. Un nuevo artículo explora la dinámica de esta interacción energética a través de distintas escalas espaciales... y demuestra que la clave está en los detalles.

Como señala Ryan McGranaghan, del Laboratorio de Propulsión a Reacción (JPL) de la NASA: “Entendemos bien cómo estas corrientes intercambian energía entre la ionosfera y la magnetosfera a grandes escalas, por lo que habíamos asumido que las corrientes a menor escala presentarían el mismo comportamiento, pero transportando proporcionalmente menos energía”.

“Gracias a Swarm hemos podido estudiar con más detenimiento estas corrientes menores y ver que, en determinadas condiciones, esto no es así”.


La turbulenta superficie de nuestra estrella

“Nuestros descubrimientos muestran que estas corrientes menores transportan una cantidad de energía significativa y que su relación con las corrientes mayores es muy compleja. Además, las corrientes grandes y pequeñas afectan a la magnetosfera-ionosfera de manera distinta”.

Por su parte, Colin Forsyth, del University College London, apunta que “como las corrientes eléctricas alrededor de la Tierra pueden interferir con los sistemas de navegación y telecomunicaciones, este es un descubrimiento de gran importancia”.

“También nos permite comprender mejor la relación entre el Sol y la Tierra y cómo su interacción puede acabar añadiendo energía a nuestra atmósfera”.

“Los nuevos hallazgos pueden utilizarse para mejorar nuestros modelos, de forma que podamos comprender mejor y, en última instancia, prepararnos mejor para las posibles consecuencias de una tormenta solar”.


Constelación Swarm

Rune Floberghagen, responsable de la misión Swarm de la ESA, añade: “Desde el comienzo de la misión, hemos llevado a cabo proyectos para estudiar el intercambio energético entre la magnetosfera, la ionosfera y la termosfera”.

“Pero ahora estamos siendo testigos de un cambio radical en nuestra forma de entender cómo la Tierra responde e interactúa con los fenómenos solares”.

“De hecho, la investigación científica se está convirtiendo en un pilar fundamental para la ampliación de la misión Swarm, precisamente porque está abriendo nuevos caminos y, al mismo tiempo, tiene una fuerte relevancia social. Ahora es el momento de explotar ese potencial de Swarm al máximo”.



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New Horizons supera a la Voyager 1 y su icónica imagen del punto azul pálido, al realizar las fotografías más alejadas de la Tierra hasta la fecha.



Hace algo más de cuatro décadas, la Voyager 1 despegó de Cabo Cañaveral con el objetivo de explorar Júpiter, Saturno, Ío y Titán. Junto a su sonda gemela, la Voyager 2, viaja por el espacio interestelar habiendo recorrido ya más de más de 20.700 millones de kilómetros, mientras continúa enviando a la Tierra datos científicos de interés a diario. Su legado inmortal ha marcado un punto de inflexión en la exploración del universo, pero tal vez su aportación más destacada y memorable fuera la imagen que tomó a 6.060 millones de kilómetros (40,5 unidades astronómicas), fotografiando ese punto azul pálido (pale blue dot, en inglés), que dijera Carl Sagan.

Aquella instantánea era en realidad una composición fotográfica de 60 imágenes, donde la Voyager 1 consiguió "mirar hacia atrás" y retratar el sistema solar a medida que se preparaba para abandonarlo para siempre. La foto fue tomada el 14 de febrero de 1990, hace casi 28 años, y poco después se apagaron las cámaras de la sonda, cuyo récord histórico nadie había logrado superar hasta ahora. Hace unas semanas, la nave New Horizons logró capturar una imagen todavía más lejos, a 6.120 millones de kilómetros (40,9 unidades astronómicas), batiendo el récord que ostentaba la icónica Voyager. Pero tal vez lo más curioso es que las imágenes fueron obtenida casi por casualidad.


 
El pasado 5 de septiembre, New Horizons encendió de forma rutinaria el instrumento llamado Long Range Reconnaissance Imager (LORRI). Con el fin de calibrarlo, la nave apuntó a un cúmulo de estrellas, tomando las imágenes más alejadas de la Tierra y superando a la Voyager 1. Dos horas más tarde, New Horizons volvía a romper su propio récord fotografiando a los objetos 2012 HZ84 y 2012 HE85, dos asteroides que orbitan en el conocido como cinturón de Kuiper, según ha explicado la NASA en un comunicado.

Tras batir este récord fotográfico, la nave continúa su viaje hacia MU69, el astro situado en las fronteras del sistema solar que visitará a principios de 2019. Este objeto es el más alejado de la Tierra que la humanidad haya explorado nunca, una travesía en la que la NASA pretende determinar cómo es este mundo aparentemente helado que podría esconder numerosos misterios. Será, sin duda, una de las misiones espaciales más destacadas de los próximos meses y que continuará haciendo historia tras explorar en detalle Plutón.



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  • La capa de ozono está disminuyendo en latitudes bajas. 
  • La reducción en los niveles de ozono de la estratosfera inferior afecta a regiones pobladas.


La capa de ozono, la zona de la estratosfera terrestre que contiene una alta cantidad de la molécula que protege a los seres vivos de la peligrosa radiación ultravioleta, esconde una desagradable sorpresa. A pesar de los esfuerzos realizados durante los últimos años para lograr el cierre del famoso agujero de la capa de ozono, un equipo de científicos ha determinado que los niveles de ozono se están reduciendo peligrosamente en la parte más baja de la estratosfera, la región de la atmósfera situada entre 15 y 24 kilómetros de altura, aunque el uso de clorofluorocarbonos (CFC) está prohibido desde la aprobación del Protocolo de Montreal de 1985.

"Las reducciones de ozono son menores que las que vimos en las regiones polares antes de la aprobación del Protocolo de Montreal, pero la radiación ultravioleta es más intensa en estas zonas, donde además vive más gente"

Este acuerdo internacional impidió que los niveles de ozono continuaran cayendo drásticamente, una situación que podría poner en peligro la vida en la Tierra. Desde entonces, diversos equipos de investigadores habían encontrado que el agujero de la capa de ozono, que alcanza su máximo en septiembre sobre la Antártida, se había ido cerrando progresivamente. Sin embargo, los resultados presentados hoy en la revista Atmospheric Chemistry and Physics muestran que los niveles de ozono han seguido cayendo en latitudes más bajas, donde la densidad de población es mucho mayor que en los polos y, por tanto, donde los problemas podrían ser mayores.

"El ozono ha estado disminuyendo de forma importante a nivel mundial desde la década de 1980, pero mientras que la prohibición de CFC ha llevado a una recuperación en los polos, no parece ocurrir lo mismo en las latitudes más bajas", comenta Joanna Haigh, catedrática de Física de la atmósfera en el Imperial College de Londres. "El potencial daño en las latitudes más bajas podría ser en realidad peor que en los polos. Las reducciones de ozono son menores que las que vimos en las regiones polares antes de la aprobación del Protocolo de Montreal, pero la radiación ultravioleta es más intensa en estas zonas, donde además vive más gente", advierte la investigadora y firmante del trabajo.

 
Mschlindwein (Wikimedia)

Por el momento los científicos desconocen por qué los niveles de ozono parecen no recuperarse en las latitudes más bajas. Este gas, compuesto por tres moléculas de oxígeno, se forma en las latitudes más tropicales y se distribuye por todo el globo terráqueo después, protegiendo a los seres vivos de la radiación ultravioleta procedente del Sol. El estudio publicado hoy plantea algunas hipótesis, aún no confirmadas. Una posible explicación sugiere que el cambio climático podría haber alterado la circulación atmosférica; mientras que otra idea es que sustancias que contienen cloro y bromo —algunas de origen natural y otras de tipo industrial— estarían detrás de la destrucción del ozono en la parte baja de la estratosfera.

No se ha determinado la causa de la reducción de los niveles de ozono, aunque una posible hipótesis apunta al cambio climático

Según explica a El País Martyn Chipperfield, profesor de la Universidad de Leeds, no existe un umbral mínimo a partir del cual la reducción en los niveles de ozono puede considerarse peligrosa. A medida que la capa de ozono va disminuyendo, también baja la protección contra la radiación ultravioleta, que puede provocar alteraciones en el ADN de los melanocitos e incrementar el riesgo del cáncer de piel. El motivo es que dicha radiación, que puede proceder del sol o de las cabinas de bronceado, puede causar mutaciones genéticas que desemboquen en la división y la proliferación descontrolada de estas células, contribuyendo a la aparición de tumores malignos. "Además, los humanos podemos cambiar algunos de nuestros comportamientos, algo que no es tan fácil para animales y plantas. Toda reducción tendrá sus posibles consecuencias", sostiene Chipperfield en declaraciones recogidas por Materia.

"La reducción ahora observada es mucho menos pronunciada que antes de la aprobación del Protocolo de Montreal. El impacto de este acuerdo es indiscutible, como ha demostrado la tendencia de cierre en la estratosfera superior y en los polos. Pero tenemos que prestar atención a la capa de ozono y su función como filtro de la radiación ultravioleta en regiones de latitudes medias y tropicales que están densamente pobladas", afirma Thomas Peter, catedrático de la ETH de Zurich y autor del estudio. Los investigadores concluyen que sus resultados son "preocupantes", no alarmantes de momento, pero destacan la necesidad de continuar analizando esta región de la atmósfera y aunar esfuerzos para evitar su adelgazamiento.



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Este miércoles se produjo una curiosa coincidencia astronómica: un eclipse lunar total justo cuando nuestro satélite se acerca más a la Tierra y está por segunda vez en el mismo mes en fase de luna llena. Los habitantes del Lejano Oriente y Australia podrán disfrutar de este espectáculo protagonizado por una superluna rojiza.




No es fácil que coincidan eclipse total, superluna y segunda Luna llena del mes, llamada en algunos medios estadounidenses como 'luna azul' aunque nada tiene que ver con ese color. Sin embargo, estas tres circunstancias se producen este miércoles 31 de enero, una coincidencia que no ocurría desde 1982.

En esta ocasión coinciden eclipse total, superluna y segunda luna llena del mes

“No tendrá ninguna implicación, ni positiva ni negativa, para nuestro planeta y, desde el punto de vista astronómico, el mayor interés reside en las observaciones y medidas tomadas durante el transcurso del eclipse total”, señala el Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC) en un comunicado.

Los eclipses lunares ocurren cuando nuestro satélite pasa por la sombra de la Tierra. Esto no sucede todos los meses porque la órbita de la Luna está ligeramente inclinada con respecto a la de la Tierra-Sol. A diferencia de los eclipses solares, los lunares son visibles desde cualquier lugar del mundo, una vez que la Luna está sobre el horizonte en el momento del eclipse.

Durante la totalidad, la Luna no desaparece de la vista, sino que adquiere una tonalidad rojiza, razón por la que en las redes sociales se la conoce como ‘Luna de Sangre’. La atmósfera de la Tierra, que se extiende unos 80 km más allá del diámetro terrestre, actúa como una lente desviando la luz del Sol, al tiempo que filtra eficazmente sus componentes azules, dejando pasar solo luz roja que finalmente será reflejada por la Luna, dándole un resplandor cobrizo característico.




Animación del eclipse lunar. / Tomruen

Según datos proporcionados por la NASA, en el año 2018 se producirán dos eclipses totales de Luna: el 31 de enero y el 27 de julio. El de este mes será visible completamente (con un máximo sobre las 13:30 horas GMT) desde Australia y el este de Asia, mientras que su observación desde Europa occidental no será posible.




Visibilidad del eclipse lunar del 31 de enero de 2018. / PIRULITON

El segundo eclipse lunar del año se podrá ver, al menos su fase final, desde el oeste de nuestro continente; pero deberemos esperar hasta el 21 de enero de 2019 para ver todas las fases de un eclipse total de Luna.

Llega otra superluna

Lo que sí se podrá observar desde España y el resto de países es la superluna en la noche del 30 al 31 de enero. Debido a que la órbita de la Luna es una elipse, hay momentos que se encuentra más cercana a la Tierra (perigeo) y otros más alejada (apogeo), y durante las superlunas –la luna llena se produce cerca del perigeo–, el diámetro lunar puede aumentar hasta en un 14% y alrededor de un 30% su brillo respecto a una Luna llena en el apogeo.

¿Y se puede percibir el cambio de tamaño a simple vista? La respuesta es que será muy difícil apreciarlo, aunque la Luna será más brillante. Los cálculos indican que no es raro que la Luna llena suceda cerca del perigeo. De hecho, suelen ocurrir de 3 a 5 superlunas en un año (de las 12-13 posibles). Por ejemplo, en 2017 tuvimos tres superlunas, las mismas que se producirán en el año 2018 (dos en enero y otra en diciembre).

En la situación más favorable, una superluna tendrá un diámetro de 4 minutos de arco mayor que una Luna llena en el apogeo. Es decir, el incremento de diámetro angular de la superluna es de solo la quinceava parte del tamaño angular de nuestro dedo meñique si lo observamos con el brazo extendido. Esto significa que es realmente muy difícil distinguir la diferencia a simple vista, a pesar del llamativo nombre de superluna.




Mínimo perigeo lunar (distancia Tierra-Luna=356.355 km; tamaño aparente de la Luna=33,5 minutos de arco) y máximo apogeo (distancia Tierra-Luna=406.725 km; tamaño aparente de la Luna=29,4 minutos de arco) en el periodo que va desde los años -1999 a 3000. La diferencia de tamaños aparentes (desde la Tierra) es de solo un 14%. / Gabriel Pérez Díaz, SMM (IAC). Fuente: Fred Espenak @ astropixels.com.



SINC



Por primera vez, un equipo de científicos ha calculado cuánta energía se transfiere de escalas mayores a menores dentro de la envoltura magnética, la región que separa el viento solar de la burbuja magnética que protege nuestro planeta. A partir de datos recogidos durante años por las misiones Cluster, de la ESA, y THEMIS, de la NASA, el estudio ha mostrado el papel clave de la turbulencia, que hace que el proceso resulte cien veces más eficiente que en el viento solar.

Los planetas del Sistema Solar, incluida la Tierra, se encuentran bañados por el viento solar, un caudal supersónico de partículas altamente energéticas que el Sol libera de forma incesante. Nuestro planeta y algunos otros se desmarcan frente a este flujo continuo de partículas al contar con su propio campo magnético, que los protege de la energía arrolladora del viento solar.

Precisamente la interacción entre el campo magnético de la Tierra y el viento solar es lo que crea la estructura de la magnetosfera, la burbuja protectora que blinda a nuestro planeta frente a la inmensa mayoría de las partículas de viento solar.

Hasta la fecha, los científicos han conseguido comprender bastante bien los procesos físicos que se producen en el plasma de viento solar y en la magnetosfera. En cambio, aún se desconocen aspectos importantes sobre la relación entre estos dos entornos y sobre la turbulenta región que los separa, conocida como la envoltura magnética, y donde se sospecha que tiene lugar la mayor parte de la acción y la más interesante.

“Para saber cómo se transfiere la energía del viento solar a la magnetosfera, tenemos que entender lo que sucede en la envoltura magnética, el ‘área gris’ situada entre ellos”, señala Lina Zafer Hadid, del Instituto Sueco de Física Espacial de Uppsala (Suecia).

Lina es la autora principal de un nuevo estudio que, por primera vez, cuantifica el papel de la turbulencia en la envoltura magnética. Estos resultados se publicaron ayer en Physical Review Letters.

“Sabemos que la turbulencia contribuye a que, en el viento solar, la energía se disipe de grandes escalas, de cientos de miles de kilómetros, a escalas menores, de un kilómetro, donde las partículas de plasma se calientan y aceleran a energías superiores”, explica Fouad Sahraoui, del Laboratorio de Física del Plasma francés y coautor del estudio.

“Sospechábamos que en la envoltura magnética debía de producirse un mecanismo similar, pero no habíamos podido comprobarlo hasta ahora”.

Energy cascade in turbulent plasma

El plasma de la envoltura magnética es más turbulento, contiene una mayor cantidad de fluctuaciones de densidad y puede comprimirse mucho más que el viento solar. Como tal, resulta sustancialmente más complejo y hasta hace pocos años no se había logrado desarrollar el marco teórico para estudiar los procesos físicos que tienen lugar en un entorno así.

Lina, Fouad y sus colaboradores examinaron un enorme volumen de datos recopilados entre 2007 y 2011 por las cuatro naves de Cluster y dos de las cinco naves de THEMIS, que vuelan en formación a través del entorno magnético de la Tierra.

Al aplicar las herramientas teóricas recientemente desarrolladas a su muestra de datos, les esperaba una gran sorpresa:

“Descubrimos que las fluctuaciones magnéticas y de densidad causadas por la turbulencia en la envoltura magnética incrementan la velocidad a la que la energía pasa de escalas mayores a menores al menos cien veces con respecto a lo observado en el viento solar”, explica Lina.

El nuevo estudio muestra que en esta región del entorno magnético de la Tierra se transfieren unos 10-13 J de energía por metro cúbico cada segundo.

“Esperábamos que la turbulencia compresible tuviera un impacto en la transferencia de energía en el plasma de la envoltura magnética, pero no que fuera tan importante”, añade.

Además, los científicos fueron capaces de derivar una correlación empírica que asocia la velocidad a la que se disipa la energía en la envoltura magnética con la cuarta potencia de otra cantidad utilizada en el movimiento de los fluidos: el número de Mach. Esta medida, que toma el nombre del físico austriaco Ernst Mach, cuantifica la velocidad de las fluctuaciones en un flujo con respecto a la velocidad del sonido en ese fluido, indicando si se trata de un flujo subsónico o supersónico.

Mientras que la velocidad de transferencia de energía es difícil de determinar a menos que se utilicen sondas espaciales con mediciones in situ, como hacen las naves de Cluster al muestrear el plasma que rodea la Tierra, el número de Mach se puede calcular de manera más sencilla, utilizando observaciones remotas de una variedad de plasma astrofísico más allá de nuestro planeta.

“Si esta relación empírica resulta ser universal, será muy útil para explorar el plasma cósmico que no puede muestrearse directamente con astronaves, como el medio interestelar que se extiende por nuestra Vía Láctea y otras galaxias”, afirma Fouad.

Los científicos están deseando comparar sus resultados con las mediciones del plasma que rodea otros planetas del Sistema Solar con un campo magnético intrínseco, por ejemplo con la misión Juno de la NASA, que se encuentra en Júpiter, y el futuro Explorador de las Lunas de Hielo de Júpiter de la ESA, así como con la misión conjunta de la ESA y la JAXA a Mercurio, BepiColombo, cuyo lanzamiento está previsto para este mismo año.

“Es emocionante pensar que un estudio basado en varios años de datos de Cluster haya dado con la clave para resolver una cuestión de la física del plasma importante y pendiente desde hace mucho tiempo”, reconoce Philippe Escoubet, científico del proyecto Cluster de la ESA.


esa

  • Nuevos datos de la NASA y la NOAA sobre la situación en la Antártida.
  • La variabilidad natural explica el mínimo histórico registrado ahora en el agujero de la capa de ozono. 


Investigadores de la NASA y de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA, por sus siglas en inglés) han dado a conocer sus últimos estudios sobre el agujero de la capa de ozono. Según sus resultados, el agujero alcanzó su punto máximo el pasado 11 de septiembre, cuando su superficie fue de 12,123 millones de kilómetros cuadrados, para empezar a disminuir gradualmente a lo largo de las siguientes semanas de septiembre y octubre. Ambas instituciones llevan monitorizando la extensión y la recuperación del agujero de la capa de ozono desde 1985.

La reducción observada en este caso en el agujero de la capa de ozono, según los científicos, se debe a la variabilidad natural

Las mediciones realizadas vía satélite demuestran que el agujero que se forma en la capa de ozono sobre la Antártida cada septiembre presentó a partir de su punto máximo el tamaño más pequeño observado desde finales de los años ochenta. Sus conclusiones llegan después de una investigación anterior publicada el año pasado por el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), que daba a conocer la primera evidencia de que el agujero de la capa de ozono estaba cicatrizando, aunque su cierre no será definitivo hasta mediados del siglo XXI, según las estimaciones de los expertos.

En el año 2016, las temperaturas más cálidas observadas en la estratosfera también limitaron el crecimiento del agujero de la capa de ozono, un momento en el que su extensión alcanzó un máximo de 14,32 millones de kilómetros cuadrados, 3,22 millones de kilómetros cuadrados menos que en 2015. Sin embargo, a pesar de la disminución de su superficie, el área ocupada por el agujero de la capa de ozono es todavía muy amplia dado que los niveles de cloro y bromo son todavía demasiado significativos, produciendo aún una pérdida de la capa de ozono. La evidencia científica acumulada durante años permitió impulsar iniciativas como el Protocolo de Montreal de 1985, con el objetivo de frenar la emisión de clorofluorocarbonos a la atmósfera y así evitar la desaparición de la capa de ozono, una molécula que protege a los organismos vivos de la radiación ultravioleta del Sol.

"El agujero de [la capa de] ozono de la Antártida fue excepcionalmente débil este año", dice Paul A. Newman, director científico del Programa de Ciencias de la Tierra en el Goddard Space Flight Center de la agencia espacial norteamericana. "Esto es lo que esperaríamos ver dadas las condiciones climáticas en la estratosfera antártica", aclara el investigador. El reducido agujero de la capa de ozono en 2017 está fuertemente influenciado por un vórtex antártico inestable y más cálido, un sistema de baja presión que gira en el sentido de las agujas del reloj en la atmósfera sobre la Antártida. Esto contribuyó a reducir la formación de nubes polares en la estratosfera inferior.

La aparición y la persistencia de dichas nubes son pasos iniciales importantes que conducen a reacciones catalizadas por cloro y bromo que destruyen el ozono, según explican los investigadores en un comunicado difundido por la NASA. Las condiciones que se dieron durante los últimos meses se parecen a las que ocurren en el Ártico, donde el agotamiento de la capa de ozono es menos grave. Sin embargo, los científicos de la NASA y la NOAA advierten de que el menor tamaño del agujero de la capa de ozono se debe a una variabilidad natural y no a que el proceso de cicatrización demostrado el año pasado se haya acelerado.



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En los años sesenta, las fotografías de la Tierra tomadas por los primeros astronautas cautivaron la imaginación de todo el mundo. Estas imágenes no solo se convirtieron en iconos de la exploración espacial, sino también en símbolo de la fragilidad de nuestro planeta. Pero los astronautas no eran los únicos con la mirada puesta en la Tierra.

Los satélites, sobrevolando a cientos de kilómetros sobre nuestras cabezas, capturan continuamente imágenes de nuestro planeta y proporcionan gran cantidad de datos sobre nuestro entorno. De hecho, las imágenes por satélite de la Tierra son anteriores a las fotografías realizadas por astronautas.

“Tomamos muchas fotografías para compartir nuestra experiencia en el espacio con el público en la Tierra y observamos nuestros planeta desde un ángulo único, pero nuestro objetivo principal es llevar a cabo experimentos y mantener la estación en funcionamiento”, señala el astronauta de la ESA Paolo Nespoli, que actualmente se encuentra en su tercera misión a bordo de la Estación Espacial Internacional.


Dos vistas de Siracusa

Una vista doble del huracán Harvey 
“Aunque estas fotografías tienen cierto valor científico, su propósito es más bien informativo y didáctico. Los satélites cuentan con más instrumentos y con mayor capacidad que los que tenemos en la Estación Espacial, por lo que pueden realizar observaciones constantes y repetidas, ofreciendo datos científicos históricos muy precisos”.

Las imágenes por satélite muestran el mundo a través de un encuadre lo bastante amplio como para poder observar fenómenos de gran escala. Además, el paso repetido y frecuente de los satélites permite monitorizar los cambios que se producen en nuestro planeta.

Cada satélite incorpora sensores distintos, ofreciendo así diversos tipos de datos. Estos datos se convierten en información para una gran variedad de aplicaciones, como vigilar la contaminación aérea, cartografiar la deforestación, medir el aumento del nivel del mar, cuantificar el deshielo de los glaciares o medir la temperatura de la Tierra.

Aunque la cobertura óptica suele presentarse en forma de imágenes, en realidad se trata de datos digitales. Estos datos brutos se pueden procesar por software de muy distintas formas para extraer información específica.

Durante un desastre natural, como un huracán, las fotografías tomadas por los astronautas por encima del ojo de la tormenta constituyen herramientas de comunicación importantes para evaluar su magnitud. Además, añaden un aspecto humano a la detección remota y pueden ofrecer un mensaje personal de esperanza a las personas afectadas sobre el terreno.

Mientras tanto, una multitud de satélites meteorológicos trabajan para ayudar a los expertos a comprender mejor la tormenta y seguir su recorrido para que las autoridades locales puedan decidir si es necesaria la evacuación. Otros satélites ofrecen información importante para los esfuerzos de ayuda en caso de catástrofes, como mapas de inundaciones.

Hoy, disponemos de miles de fotografías de la Tierra tomadas por astronautas y compartidas a través de las redes sociales.

Aunque ser fotógrafo no es necesario para ser astronauta, esta disciplina forma parte de su formación. Cuando están en la Estación Espacial, dedican parte de su tiempo libre a tomar fotografías desde la Cúpula: un observatorio con una vista única de la Tierra y los cuerpos celestes.


Paolo Nespoli en la Cúpula

“Disfruto haciendo fotos, pero también es fascinante ver el equilibrio ecológico del planeta, cómo podemos usar los recursos en la Tierra y el impacto que tenemos los humanos”, añade Paolo.

Aunque las imágenes por satélite son científicamente valiosas y resultan inspiradoras, el encanto de ver a los astronautas flotando en la ingravidez en medio de las duras condiciones del espacio sigue llamándonos la atención. Desde sus lejanas atalayas, tanto astronautas como satélites pueden hacernos ver la vulnerabilidad de nuestro planeta y subrayar la importancia que tiene cuidar de ese pequeño punto azul flotando en el espacio infinito.


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La instantánea, en la que aparece nuestro planeta junto a su satélite, ha cumplido 40 años. La fotografía fue hecha por la sonda espacial Voyager 1, lanzada en 1977 



La instantánea, tomada a una distancia de cerca de 11,7 millones de kilómetros, fue el primer fruto de una misión mítica que exploró los planetas exteriores del Sistema Solar (Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno) y muchas de sus lunas, y que incluso llegó a los límites de nuestro sistema planetario: desde 2012 la sonda Voyager 1 surca el espacio interestelar y ya no está bajo la influencia del viento solar.

Después de la toma de la Tierra y la Luna, el largo viaje de la Voyager la llevó hasta las cercanías de Júpiter, el 9 de marzo de 1979. Allí, los astrónomos descubrieron los primeros volcanes más allá de la Tierra, en la luna Ío, y que la gran mancha roja de Júpiter era una gran tormenta con aspecto de ciclón.

Después, las dos sondas Voyager se encontrarían con Saturno, Urano y Neptuno y tomarían espectaculares imágenes de su, aparentemente, tranquila superficie.

Pero si una imagen cambió la visión sobre el espacio fue la del famoso «punto azul pálido» (o «pale blue dot»). El 14 de febrero de 1990, casi 13 años después de su lanzamiento, la Voyager 1 hizo sus últimas fotos del Sistema Solar. Captó todos los planetas, apenas puntos en la negrura del espacio, a una distancia de cerca de 6.000 millones de kilómetros. La imagen de la Tierra inspiró a Carl Sagan, quien acuñó el término de «punto azul pálido» para referirse a lo frágil y excepcional que es nuestro planeta.

Después de eso, la Voyager 1 se sumergió en la vasta negrura del Sistema Solar y comenzó un largo viaje en el que ningún objeto está lo suficientemente cerca como para poder fotografiarlo. No será hasta dentro de 40.000 años cuando la Voyager 1 «se acercará» a 1,6 años luz de distancia de la estrella AC+79 3888.



ABC

La historia del paisaje de Titán, una luna de Saturno con ríos y océanos de metano, se parece a la de Marte y sus antiguas masas de agua, pero no a la de la Tierra, donde la tectónica de placas cambia continuamente las montañas y los cursos fluviales. Así lo revela un análisis del sistema de drenaje y el relieve de estos tres cuerpos del sistema solar.



El paisaje de Titán, el satélite más grande de Saturno, nos podría parecer familiar: las nubes se condensan en su atmósfera, cae la lluvia sobre la superficie y se forman los ríos, que desembocan en los lagos y océanos de esta luna. Fuera de la Tierra, Titán es el único cuerpo planetario en el sistema solar donde los ríos fluyen activamente, aunque no están constituidos de agua, sino por metano líquido. Hace mucho tiempo Marte también albergó ríos, que recorrían valles a través de la superficie marciana, aunque en la actualidad la veamos rojiza y árida.

Ahora, un equipo de científicos de EE UU ha descubierto que a pesar de estas similitudes, los orígenes de la topografía (el relieve o las elevaciones de la superficie) en Marte y Titán son muy diferentes al de nuestro planeta. En un artículo, que publican esta semana en la revista Science, los investigadores explican que Titán y Marte, a diferencia de la Tierra, no han sufrido los efectos de una tectónica de placas activa en su pasado reciente.

Los movimientos de las placas tectónicas determinan como surgen las montañas y se desvían los ríos en la superficie terrestre, pero esta ‘huella’ no aparece en las redes fluviales de la lejana luna y el planeta rojo.

Titán y Marte, a diferencia de la Tierra, no han sufrido los efectos de una tectónica de placas activa en su pasado reciente

"Aunque los procesos que dieron lugar a la topografía de Titán siguen siendo un misterio, estos nuevo hallazgos descartan que ocurran algunos de los mecanismos con los que estamos más familiarizados en la Tierra", destaca el autor principal Benjamin Black, profesor de la Universidad de la Ciudad de Nueva York.

Los autores sugieren que la topografía de Titán puede desarrollarse a través de procesos distintos a la tectónica de placas, como cambios en el grosor de su gélida corteza debido a las mareas producidas por la enorme gravedad de Saturno.

El estudio también aporta algunos datos sobre la evolución del paisaje en Marte, que una vez albergó ríos y un enorme océano de agua. El equipo proporciona pruebas de que las características principales del relieve marciano se establecieron en etapas muy tempranas en la historia del planeta rojo. Esto determinó los caminos que tomaron después los ríos más jóvenes, y a pesar de las erupciones volcánicas y los impactos de asteroides que dejaron sus cicatrices en la superficie.

"Es relevante encontrar tres mundos en el sistema solar donde los ríos han modelado el paisaje, ya sea en el presente o en el pasado", destaca Taylor Perron, geólogo planetario del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT, en EE UU) y coautor del trabajo, quien añade: "Tenemos la oportunidad increíble de usar las formas de relieve que crean los ríos para ver lo diferentes que son las historias de estos tres objetos del sistema solar".

Imágenes de Cassini y tres mapas

Con esta idea y la ayuda de las imágenes captadas por las sondas espaciales, los autores han elaborado su triple análisis de los sistemas de drenaje y del relieve. Uno de los puntos de partida han sido las fotografías tomadas por la nave Cassini de la superficie de Titán, que han proporcionado una primera visión de sus valles fluviales, dunas de arena onduladas y patrones climáticos. También ha registrado a grandes rasgos, sin mucha resolución, la topografía de esta luna.

La topografía de Titán y Marte se forjó hace mucho tiempo y los ríos se habrían adaptado a ella después, pero la tectónica de placas terrestre cambia continuamente el paisaje

Black y Perron se preguntaron si podrían afinar esa visión ‘en bruto’ de la topografía de Titán aplicando lo que se sabe sobre la de Marte y la Tierra, donde se conoce mejor cómo han evolucionado sus ríos.

Por ejemplo, la tectónica de placas terrestre cambia continuamente el paisaje, elevando las cordilleras montañosas entre las placas continentales cuando chocan, o abriendo cuencas oceánicas cuando se separan. Los ríos se tienen que adaptar a estas transformaciones en su viaje hasta el mar.

Por su parte, Marte, se cree que se formó sobre todo durante los denominados períodos de acrecentamiento primordial y de bombardeo intenso tardío, cuando los asteroides tallaron las cuencas de impacto y favorecieron la elevación de enormes volcanes, mientras abollaban y abombaban la superficie marciana.

Los mapas detallados de las redes fluviales y la topografía de la Tierra y Marte, junto a los conocimientos sobre su pasado, sirvieron a los autores para conocer mejor la historia topográfica de Titán. El equipo cartografió las redes de ríos para los tres cuerpos y marcó la dirección en la que parecían fluir sobre la superficie.

Los investigadores compararon luego los tres mapas topográficos y se dieron cuenta de que los de la Tierra y Marte tienen más resolución, pudiéndose observar los picos de las montañas y las cuencas de impacto con gran detalle. Por el contrario, debido a la gruesa y nebulosa atmósfera de Titán, su mapa topográfico es difuso y solo muestra características generales. Esto obligó a reducir la resolución de las cartografías terrestre y marciana para igualarlas a la de Titán.

¿Ríos que van hacia arriba?

Después se superpusieron los mapas de las redes fluviales de cada cuerpo planetario y se marcaron los ríos que parecían fluir cuesta abajo. Por supuesto, esto es lo que hacen los ríos, pero a veces parece que van hacia arriba debido a la baja resolución de las imágenes, que impide captar detalles importantes, como cordilleras que desvían la trayectoria de un río.

Cuando los investigadores calcularon el porcentaje de ríos en Titán que parecían avanzar cuesta abajo, el valor se parecía más al de Marte. También compararon lo que llamaron ‘conformidad topográfica’ (grado de divergencia entre la pendiente de una topografía y la dirección del flujo de un río) y de nuevo encontraron que Titán es más similar al planeta rojo que al nuestro.

"Titán podría tener zonas altas y bajas a gran escala formadas hace tiempo, y desde entonces los ríos habrían ido erosionando esa topografía, en lugar de tener nuevas cadenas montañosas apareciendo constantemente y ríos adaptándose a ellas”, dice Perron, quien apuesta por nuevos estudios y misiones para comprender mejor los secretos que se ocultan bajo la espesa capa de nubes de esta luna.

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Mapas topográficos de la Tierra, Titán y Marte con los flujos fluviales analizados en el estudio. / B.A. Black et al., Science (2017)



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