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Asteroides
Cometas
Label: Sol
La protección frente a la
radiación ultravioleta del Sol es importante para evitar quemaduras y
lesiones más graves, como un melanoma, el tipo de cáncer de piel más
agresivo. Ponerse a la sombra, bajo una sombrilla, no es suficiente.
Con la llegada del verano y el comienzo de las vacaciones muchas personas optan por un destino de playa para desconectar. En nuestras costas, es frecuente ver hileras de sombrillas donde descansan los turistas que pasan unos días frente al mar. A menudo pensamos que ponerse a la sombra sirve para evitar que la peligrosa radiación ultravioleta dañe nuestra piel. Sin embargo, es un mito bastante extendido que puede aumentar el riesgo de sufrir quemaduras y otras lesiones más graves, como el melanoma. Ponerse a la sombra no es suficiente para evitar la peligrosa radiación ultravioleta del Sol
La refracción solar en la superficie
Algunas superficies son capaces de reflejar la radiación solar, de forma que su intensidad puede ser mayor de lo que parece —incluido en las zonas de sombra—, según explica la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA, por sus siglas en inglés). La advertencia es compartida por la Organización Mundial de la Salud. La nieve reciente, por ejemplo, puede dispersar los rayos ultravioleta del Sol hasta en un 80%, un porcentaje que llega a ser del 15% en el caso de la arena de playa, del 20% en el césped y de un 25% en la espuma del agua del mar. Diferentes tipos de superficies, incluida la arena de la playa, son capaces de reflejar los rayos solares, que pueden alcanzar las zonas de sombra
Aunque es cierto que las zonas de sombra, gracias al uso de las sombrillas, pueden disminuir la proporción de radiación ultravioleta que nos llega directamente, lo cierto es que la refracción solar puede alcanzarnos de forma indirecta. Las distintas superficies actúan como "potentes pantallas reflectantes, aumentando la intensidad de la radiación", según apunta un artículo publicado en la revista Offarm. Además, frente a la falsa sensación de seguridad que puede darnos un baño en la playa, lo cierto es que algunas investigaciones aseguran que un 95% de la radiación ultravioleta penetra en el agua y hasta un 50% llega hasta una profundidad de tres metros.
Durante su intervención, Gilaberte recordaba un ensayo clínico aleatorizado y con evaluación ciega publicado el año pasado en la revista JAMA Dermatology. Un equipo de científicos del Centro del Cáncer Memorial Sloan Kettering y la Universidad de Nueva York, con la colaboración de investigadores de otras instituciones y de la farmacéutica Johnson & Johnson —propietaria de Neutrogena—, compararon la eficacia de la protección de una sombrilla frente a la ofrecida por una crema solar con un factor alto (SPF), superior a 100.
Los participantes en el estudio permanecieron tres horas y media al Sol —durante el mediodía— y, al día siguiente, los médicos analizaron las zonas de su cuerpo expuestas a la radiación. Los resultados del ensayo clínico mostraron que los voluntarios que solo utilizaron una sombrilla contaban con un porcentaje significativamente más alto de quemaduras solares que los individuos que se habían aplicado protector solar. En particular, el 78% de las personas que usaron la sombrilla presentaron un eritema solar —el término médico que se emplea para hablar de quemadura—.
El trabajo también destaca que ninguna de las dos opciones por separado protege completamente frente a las lesiones producidas por la radiación solar. La combinación "podría ser necesaria para una protección óptima de los rayos ultravioleta", concluyen los autores, que también abogan por educar a la sociedad sobre la importancia de prevenir los daños de la radiación y evitar así problemas como el cáncer de piel.
hi`pertextual
Con la llegada del verano y el comienzo de las vacaciones muchas personas optan por un destino de playa para desconectar. En nuestras costas, es frecuente ver hileras de sombrillas donde descansan los turistas que pasan unos días frente al mar. A menudo pensamos que ponerse a la sombra sirve para evitar que la peligrosa radiación ultravioleta dañe nuestra piel. Sin embargo, es un mito bastante extendido que puede aumentar el riesgo de sufrir quemaduras y otras lesiones más graves, como el melanoma. Ponerse a la sombra no es suficiente para evitar la peligrosa radiación ultravioleta del Sol
"Ponerse a la sombra no es suficiente para conseguir una buena fotoprotección", explicaba hace unos días Rosa Taberner, dermatóloga del Hospital Son Llàtzer (Palma de Mallorca). La especialista citaba una reflexión de Yolanda Gilaberte, vicepresidenta de la Academia Española de Dermatología y Venereología, desmintiendo una creencia muy popular sobre cómo protegerse de forma adecuada frente a los peligrosos rayos ultravioletas procedentes del Sol.
La refracción solar en la superficie
Algunas superficies son capaces de reflejar la radiación solar, de forma que su intensidad puede ser mayor de lo que parece —incluido en las zonas de sombra—, según explica la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA, por sus siglas en inglés). La advertencia es compartida por la Organización Mundial de la Salud. La nieve reciente, por ejemplo, puede dispersar los rayos ultravioleta del Sol hasta en un 80%, un porcentaje que llega a ser del 15% en el caso de la arena de playa, del 20% en el césped y de un 25% en la espuma del agua del mar. Diferentes tipos de superficies, incluida la arena de la playa, son capaces de reflejar los rayos solares, que pueden alcanzar las zonas de sombra
Aunque es cierto que las zonas de sombra, gracias al uso de las sombrillas, pueden disminuir la proporción de radiación ultravioleta que nos llega directamente, lo cierto es que la refracción solar puede alcanzarnos de forma indirecta. Las distintas superficies actúan como "potentes pantallas reflectantes, aumentando la intensidad de la radiación", según apunta un artículo publicado en la revista Offarm. Además, frente a la falsa sensación de seguridad que puede darnos un baño en la playa, lo cierto es que algunas investigaciones aseguran que un 95% de la radiación ultravioleta penetra en el agua y hasta un 50% llega hasta una profundidad de tres metros.
Durante su intervención, Gilaberte recordaba un ensayo clínico aleatorizado y con evaluación ciega publicado el año pasado en la revista JAMA Dermatology. Un equipo de científicos del Centro del Cáncer Memorial Sloan Kettering y la Universidad de Nueva York, con la colaboración de investigadores de otras instituciones y de la farmacéutica Johnson & Johnson —propietaria de Neutrogena—, compararon la eficacia de la protección de una sombrilla frente a la ofrecida por una crema solar con un factor alto (SPF), superior a 100.
Un ensayo clínico mostró que protegerse únicamente con una sombrilla se relacionaba con un 78% de quemaduras solares en todo el cuerpo
Los participantes en el estudio permanecieron tres horas y media al Sol —durante el mediodía— y, al día siguiente, los médicos analizaron las zonas de su cuerpo expuestas a la radiación. Los resultados del ensayo clínico mostraron que los voluntarios que solo utilizaron una sombrilla contaban con un porcentaje significativamente más alto de quemaduras solares que los individuos que se habían aplicado protector solar. En particular, el 78% de las personas que usaron la sombrilla presentaron un eritema solar —el término médico que se emplea para hablar de quemadura—.
El trabajo también destaca que ninguna de las dos opciones por separado protege completamente frente a las lesiones producidas por la radiación solar. La combinación "podría ser necesaria para una protección óptima de los rayos ultravioleta", concluyen los autores, que también abogan por educar a la sociedad sobre la importancia de prevenir los daños de la radiación y evitar así problemas como el cáncer de piel.
hi`pertextual
Un equipo internacional liderado por investigadores del
Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC) y la Universidad de La Laguna
(ULL) ha catalogado alrededor de 200 oscilaciones de las
protuberancias solares durante la primera mitad de 2014. Su elaboración
ha sido posible gracias a la red de telescopios GONG, de la que uno de
ellos está emplazado en el Observatorio del Teide.
Cuando observamos la superficie del Sol las protuberancias solares se ven como filamentos oscuros que pueblan el disco o como lenguas de plasma incandenscente que se levantan por encima de esta. Las protuberancias solares son estructuras de plasma muy densas que levitan en la atmósfera solar. Se piensa que el campo magnético de esta estrella es el que las aguanta para que no caigan en la superficie por su propio peso. Estas estructuras magnéticas pueden acumular una gran cantidad de energía que, cuando se libera, produce erupciones que lanzan el material de las protuberancias al medio interplanetario.
Manuel Luna, investigador del IAC y la ULL, lidera el equipo que ha catalogado cerca de 200 oscilaciones de protuberancias solares detectadas en la primera mitad de 2014. Este análisis, que se publica hoy en The Astrophysical Journal Supplement Series, ha servido para comprobar que casi la mitad de estos eventos ha sido de gran amplitud. Es decir, oscilaciones con velocidades de entre 10 km/s (36000 km/h) y 100 km/s. También se ha podido comprobar que estos eventos de gran amplitud son más comunes de lo que se pensaba.
El proyecto forma parte de una colaboración internacional que comenzó en 2015 a través del International Space Science Institute (ISSI) y también del proyecto de la NASA para el estudio de este tipo de oscilaciones.
Gracias a esta recopilación, se ha encontrado una gran variedad de eventos y se ha podido determinar que, en muchos casos, las oscilaciones son producidas por fulguraciones cercanas. Es decir, por la liberación repentina de energía en la atmósfera solar.
Con los datos recogidos se ha realizado un estudio estadístico de las propiedades de las oscilaciones. Estos movimientos consisten en un movimiento cíclico de las protuberancias entre dos posiciones. En él se ha visto que las oscilaciones (vibraciones) tienen un periodo de aproximadamente una hora. Estos periodos son propios de las protuberancias y revelan propiedades fundamentales de su estructura magnética y la distribución de su masa. Además, las oscilaciones muestran un gran amortiguamiento, o lo que es lo mismo la vibración se reduce considerablemente tras pocos ciclos de oscilación. Se desconoce por qué la mayor parte de las protuberancias oscilan con un periodo de una hora o por qué se amortigua su movimiento tan rápidamente, con lo que habrá que seguir investigando.
Los datos apuntan a que “la dirección del movimiento de las oscilaciones forma un ángulo de unos 27 grados con el eje principal de la prominencia”, explica Luna. Y añade: “Esta dirección coincide con la de las estimaciones previas de la orientación del campo magnético”. Además, usando técnicas sismológicas, los investigadores han podido deducir detalles acerca de la geometría e intensidad del campo magnético que soporta a las protuberancias.
Este estudio abre una nueva ventana a la investigación de la estructura de las protuberancias solares y a los mecanismos que eventualmente las desestabilizan produciendo su erupción. En el futuro, los autores pretenden ampliar este análisis a todo un ciclo solar para entender la evolución de estas estructuras a lo largo de los 11 años que dura. Para conseguirlo se tendrán que aplicar técnicas de inteligencia artificial y de procesado de gran cantidad de datos.
Catálogo completo de oscilaciones de protuberancias solares observadas con GONG
IAC
Cuando observamos la superficie del Sol las protuberancias solares se ven como filamentos oscuros que pueblan el disco o como lenguas de plasma incandenscente que se levantan por encima de esta. Las protuberancias solares son estructuras de plasma muy densas que levitan en la atmósfera solar. Se piensa que el campo magnético de esta estrella es el que las aguanta para que no caigan en la superficie por su propio peso. Estas estructuras magnéticas pueden acumular una gran cantidad de energía que, cuando se libera, produce erupciones que lanzan el material de las protuberancias al medio interplanetario.
Manuel Luna, investigador del IAC y la ULL, lidera el equipo que ha catalogado cerca de 200 oscilaciones de protuberancias solares detectadas en la primera mitad de 2014. Este análisis, que se publica hoy en The Astrophysical Journal Supplement Series, ha servido para comprobar que casi la mitad de estos eventos ha sido de gran amplitud. Es decir, oscilaciones con velocidades de entre 10 km/s (36000 km/h) y 100 km/s. También se ha podido comprobar que estos eventos de gran amplitud son más comunes de lo que se pensaba.
El proyecto forma parte de una colaboración internacional que comenzó en 2015 a través del International Space Science Institute (ISSI) y también del proyecto de la NASA para el estudio de este tipo de oscilaciones.
Gracias a esta recopilación, se ha encontrado una gran variedad de eventos y se ha podido determinar que, en muchos casos, las oscilaciones son producidas por fulguraciones cercanas. Es decir, por la liberación repentina de energía en la atmósfera solar.
Con los datos recogidos se ha realizado un estudio estadístico de las propiedades de las oscilaciones. Estos movimientos consisten en un movimiento cíclico de las protuberancias entre dos posiciones. En él se ha visto que las oscilaciones (vibraciones) tienen un periodo de aproximadamente una hora. Estos periodos son propios de las protuberancias y revelan propiedades fundamentales de su estructura magnética y la distribución de su masa. Además, las oscilaciones muestran un gran amortiguamiento, o lo que es lo mismo la vibración se reduce considerablemente tras pocos ciclos de oscilación. Se desconoce por qué la mayor parte de las protuberancias oscilan con un periodo de una hora o por qué se amortigua su movimiento tan rápidamente, con lo que habrá que seguir investigando.
Los datos apuntan a que “la dirección del movimiento de las oscilaciones forma un ángulo de unos 27 grados con el eje principal de la prominencia”, explica Luna. Y añade: “Esta dirección coincide con la de las estimaciones previas de la orientación del campo magnético”. Además, usando técnicas sismológicas, los investigadores han podido deducir detalles acerca de la geometría e intensidad del campo magnético que soporta a las protuberancias.
Este estudio abre una nueva ventana a la investigación de la estructura de las protuberancias solares y a los mecanismos que eventualmente las desestabilizan produciendo su erupción. En el futuro, los autores pretenden ampliar este análisis a todo un ciclo solar para entender la evolución de estas estructuras a lo largo de los 11 años que dura. Para conseguirlo se tendrán que aplicar técnicas de inteligencia artificial y de procesado de gran cantidad de datos.
Catálogo completo de oscilaciones de protuberancias solares observadas con GONG
- Artículo: Luna, M. et al. “GONG catalog of solar filament oscillations near solar maximum” The Astrophysical Journal Supplement Series. DOI: 10.3847/1538-4365/aabde7
- Artículo en arXiv: arxiv.org/abs/1804.03743
IAC
Investigadores explican en qué se convertirá nuestra estrella dentro de 10.000 millones de años
No hay duda. Es ineludible. Los científicos coinciden en que el Sol envejecerá, se hinchará y se convertirá en una gigante roja que arrasará la Tierra e incluso el lejano Júpiter. Por entonces, nadie seguirá todavía en este planeta para contarlo, pero la desolación continuará hasta que nuestra estrella muera dentro de unos 10.000 millones de años.
Abell 39, un bello ejemplo de nebulosa planetaria, muy similar a lo que se convertirá el Sol cuando muera - TARECTOR (NRAO / AUI / NSF Y NOAO / AURA / NSF) Y BAWOLPA (NOAO / AURA / NSF)
Lo que no estaba tan claro es lo que sucederá después. Hasta ahora, porque un equipo internacional de astrónomos cree saber cómo continúa la historia. La investigación, publicada en la revista «Nature Astronomy», predice que tras su muerte, el Sol se convertirá en un anillo masivo de gas y polvo interestelar luminoso, conocido como nebulosa planetaria.
Una nebulosa planetaria marca el final del 90% de todas las vidas activas de las estrellas y traza la transición del astro de una gigante roja a una enana blanca, que en realidad son gigantescos trozos de materia degenerada sin una fuente de energía interna. Pero, durante años, los científicos no estaban seguros de si el Sol en nuestra galaxia seguiría el mismo destino, ya que se pensaba que tenía una masa demasiado baja como para crear una nebulosa planetaria visible.
Para descubrirlo, el equipo desarrolló un nuevo modelo estelar de datos que predice el ciclo de vida de las estrellas. El modelo se usó para predecir el brillo (o luminosidad) de la envoltura eyectada, para estrellas de diferentes masas y edades.
«Cuando una estrella muere, expulsa al espacio una masa de gas y polvo, conocida como envoltura, que puede llegar a la mitad de su masa total. Esto revela el núcleo de la estrella, que en este punto se está quedando sin combustible, eventualmente apagándose y finalmente muriendo», explica Albert Zijlstra, de la Universidad de Manchester (Reino Unido) y uno de los autores del estudio.
«Es solo entonces cuando el núcleo caliente hace que la envoltura expulsada brille durante unos 10.000 años, un breve período en astronomía», continúa el científico. Esto es lo que hace que la nebulosa planetaria sea visible. «Algunas son tan brillantes que se pueden ver desde distancias extremadamente grandes que miden decenas de millones de años luz, donde la estrella misma habría sido demasiado débil para ser vista», afirma.
Un misterio de hace 25 años
El modelo también resuelve otro problema que ha dejado perplejos a los astrónomos durante un cuarto de siglo. Aproximadamente hace 25 años, los astrónomos descubrieron que si se miran las nebulosas planetarias en otra galaxia, las más brillantes siempre tienen el mismo brillo. De esta forma, se descubrió que era posible saber a qué distancia estaba una galaxia solo por la aparición de sus nebulosas planetarias más brillantes. En teoría, funcionaba en cualquier tipo de galaxia.
Pero aunque los datos sugirieron que esto era correcto, los modelos científicos afirmaban lo contrario. «Las estrellas viejas de baja masa deberían formar una nebulosa planetaria mucho más débil que las estrellas más jóvenes y masivas. Esto se ha convertido en una fuente de conflicto en el pasado durante 25 años», señala Zijlstra.
«Los datos decían que se podían obtener nebulosas planetarias brillantes a partir de estrellas de poca masa como el Sol. Los modelos decían que eso no era posible, nada por debajo de dos veces la masa del Sol daría una nebulosa planetaria suficientemente brillante como para ser vista».
Pero los nuevos modelos muestran que después de la expulsión de la envoltura, las estrellas se calientan tres veces más rápido que en los modelos más antiguos. Esto hace que sea mucho más fácil para una estrella de baja masa, como el Sol, formar una nebulosa planetaria brillante. El equipo descubrió que en los nuevos modelos, el Sol es casi exactamente la estrella de menor masa que todavía produce una nebulosa planetaria visible, aunque débil. Las estrellas que son solo un poco más pequeñas no lo consiguen. «Este es un buen resultado. ¡Hemos descubierto lo que el Sol hará cuando muera!», exclama Zijlstra.
ABC
Un equipo internacional en el que participan investigadores
del Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC) y la Universidad de La
Laguna (ULL), observa cómo las ondas magnéticas que se propagan por la
atmósfera solar calientan sus capas más externas. Los resultados de esta
investigación se publican hoy en la revista Nature Physics.
En 1942, el físico e ingeniero sueco Hannes Alfvén predijo la existencia de un nuevo tipo de ondas debidas al magnetismo actuando sobre un plasma, lo que le llevó a obtener el Premio Nobel de Física en 1970. Desde su predicción, las ondas de Alfvén han estado asociadas con una variedad de fuentes, incluyendo reactores nucleares, la nube de gas que envuelve a los cometas, experimentos de laboratorio, diagnóstico médico por resonancia magnética y también la atmósfera del Sol. Precisamente aquí, en la turbulenta atmósfera solar, con temperaturas que llegan a alcanzar millones de grados, se ha propuesto que las ondas de Alfvén pueden estar jugando un papel importante para mantener tan elevadas temperaturas.
De forma similar a las olas del mar, se piensa que las ondas de Alfvén se propagan hacia arriba desde la superficie solar hasta "romper" en las capas más altas, liberando allí enormes cantidades de energía en forma de calor. En los últimos 10 años se ha demostrado la existencia de ondas de Alfvén en la atmósfera solar. Sin embargo, hasta la fecha no se había tenido evidencia directa concluyente de que estas ondas pudiesen convertir su movimiento en calor, algo que intrigaba a los físicos desde la confirmación de su existencia. Hoy se publica en Nature Physics el trabajo desarrollado por un equipo internacional liderado por la Queen University de Belfast (Reino Unido), que ha sido capaz de detectar el calentamiento producido por ondas del Alfvén en una mancha solar, lo que ya se había predicho teóricamente hace 75 años. Esta investigación abre una nueva ventana a la comprensión de estos fenómenos que se dan en muchos otros ámbitos, incluyendo generadores de energía o aparatos de diagnóstico médico.
El estudio utiliza observaciones de alta resolución obtenidas en el telescopio Dunn Solar Telescope, de Nuevo México (EEUU), complementadas con datos del observatorio espacial Solar Dynamics Observatory de la NASA, para analizar los campos magnéticos más fuertes que aparecen en las manchas solares. Estas regiones albergan campos más intensos que los que se dan en las máquinas de resonancia magnética y tienen tamaños mucho mayores que nuestro planeta.
El equipo internacional está compuesto por especialistas en diferentes aspectos. Desde observaciones hasta técnicas de análisis, pasando por simulaciones por ordenador y transporte de radiación. La contribución del IAC ha consistido en el análisis de los perfiles espectrales producidos por los átomos de calcio ionizado, cuya huella en la luz observada permite determinar las condiciones físicas existentes en las capas altas de la atmósfera así como seguir su variación con el tiempo. “Este análisis –explica el investigador del IAC/ULL y coautor del artículo, Héctor Socas-Navarro- se basa en complejos cálculos con superordenadores sobre cómo estos átomos responden a la radiación y dejan su firma en las propiedades de la luz que nos llega, aspectos en los que el grupo del IAC es considerado puntero a nivel internacional”.
IAC
En 1942, el físico e ingeniero sueco Hannes Alfvén predijo la existencia de un nuevo tipo de ondas debidas al magnetismo actuando sobre un plasma, lo que le llevó a obtener el Premio Nobel de Física en 1970. Desde su predicción, las ondas de Alfvén han estado asociadas con una variedad de fuentes, incluyendo reactores nucleares, la nube de gas que envuelve a los cometas, experimentos de laboratorio, diagnóstico médico por resonancia magnética y también la atmósfera del Sol. Precisamente aquí, en la turbulenta atmósfera solar, con temperaturas que llegan a alcanzar millones de grados, se ha propuesto que las ondas de Alfvén pueden estar jugando un papel importante para mantener tan elevadas temperaturas.
De forma similar a las olas del mar, se piensa que las ondas de Alfvén se propagan hacia arriba desde la superficie solar hasta "romper" en las capas más altas, liberando allí enormes cantidades de energía en forma de calor. En los últimos 10 años se ha demostrado la existencia de ondas de Alfvén en la atmósfera solar. Sin embargo, hasta la fecha no se había tenido evidencia directa concluyente de que estas ondas pudiesen convertir su movimiento en calor, algo que intrigaba a los físicos desde la confirmación de su existencia. Hoy se publica en Nature Physics el trabajo desarrollado por un equipo internacional liderado por la Queen University de Belfast (Reino Unido), que ha sido capaz de detectar el calentamiento producido por ondas del Alfvén en una mancha solar, lo que ya se había predicho teóricamente hace 75 años. Esta investigación abre una nueva ventana a la comprensión de estos fenómenos que se dan en muchos otros ámbitos, incluyendo generadores de energía o aparatos de diagnóstico médico.
El estudio utiliza observaciones de alta resolución obtenidas en el telescopio Dunn Solar Telescope, de Nuevo México (EEUU), complementadas con datos del observatorio espacial Solar Dynamics Observatory de la NASA, para analizar los campos magnéticos más fuertes que aparecen en las manchas solares. Estas regiones albergan campos más intensos que los que se dan en las máquinas de resonancia magnética y tienen tamaños mucho mayores que nuestro planeta.
El equipo internacional está compuesto por especialistas en diferentes aspectos. Desde observaciones hasta técnicas de análisis, pasando por simulaciones por ordenador y transporte de radiación. La contribución del IAC ha consistido en el análisis de los perfiles espectrales producidos por los átomos de calcio ionizado, cuya huella en la luz observada permite determinar las condiciones físicas existentes en las capas altas de la atmósfera así como seguir su variación con el tiempo. “Este análisis –explica el investigador del IAC/ULL y coautor del artículo, Héctor Socas-Navarro- se basa en complejos cálculos con superordenadores sobre cómo estos átomos responden a la radiación y dejan su firma en las propiedades de la luz que nos llega, aspectos en los que el grupo del IAC es considerado puntero a nivel internacional”.
- Artículo: Samuel D. T. Grant et al. Alfvén wave dissipation in the solar chromosphere. Nature Physics DOI: 10.1038/s41567-018-0058-3
IAC
El ciclo de actividad del Sol, durante el cual aumenta y disminuye el número de manchas solares, lleva unos 250 años observándose regularmente, pero los telescopios espaciales nos han permitido contar con una perspectiva totalmente nueva de nuestra estrella.
El 22 de diciembre de 2017, el Observatorio Heliosférico y Solar (SOHO) cumplió 22 años en el espacio. Esta cifra no es baladí, ya que es lo que suele durar un ciclo magnético solar completo. Se sabe que los ciclos de manchas solares se prolongan durante unos 11 años, pero el ciclo completo dura el doble debido al comportamiento de los campos magnéticos. Durante este ciclo, la polaridad del sol va cambiando paulatinamente, por lo que al cabo de los 11 años la orientación del campo se habrá invertido entre los hemisferios norte y sur. Y así, al finalizar un ciclo de 22 años, la orientación del campo magnético será la misma que al comienzo.
Cada una de las instantáneas del Sol aquí mostradas fue tomada en primavera por el Telescopio de Imágenes del Ultravioleta Extremo de SOHO. Al observar el ultravioleta se ve la corona del Sol, la tórrida atmósfera de hasta dos millones de grados que se extiende millones de kilómetros hacia el espacio.
Cuando el Sol se encuentra en el momento de mayor actividad, aparecen fuertes campos magnéticos en forma de manchas brillantes en las imágenes ultravioletas de la corona. La actividad también se aprecia en la fotosfera, que es la superficie que se percibe en luz visible.
Cuando el Sol está activo aparecen las manchas. Las concentraciones de campos magnéticos reducen la temperatura superficial en determinadas áreas, y esta menor temperatura hace que dichas áreas aparezcan negras en las imágenes de luz visible. El último ciclo de 11 años comenzó en 1996 y el actual ciclo lo hizo en 2008, cuyo máximo solar se alcanzó en 2014.
Al observar el Sol durante casi un ciclo completo de 22 años, SOHO ha proporcionado una enorme cantidad de datos sobre la variabilidad solar, y esto ha sido fundamental para vigilar la interacción de la actividad solar y la Tierra, así como para mejorar nuestra capacidad de previsión de la meteorología espacial.
SOHO ha realizado numerosos descubrimientos clave con su conjunto de instrumentos, como revelar la existencia de sismos solares, detectar ondas a través de la corona e identificar la fuente del viento solar ‘rápido’.
esa
Quizá estés leyendo este artículo mientras te tomas un café. Al
removerlo con la cucharilla, en el líquido se van formando vórtices que
generan remolinos cada vez más pequeños y terminan por desaparecer.
Podríamos describir este fenómeno como una cascada de vórtices de tamaño
descendente. Además, el movimiento de la cucharilla pone el líquido
caliente en contacto con el aire más frío, por lo que el calor del café
puede escapar de forma más eficiente a la atmósfera y este se enfría.
En el espacio encontramos un efecto similar en las partículas
atómicas cargadas eléctricamente —el plasma de viento solar— que libera
nuestro Sol, aunque con una diferencia fundamental: en el espacio no hay
aire. Aunque la energía emitida por el Sol en el viento solar se
transfiere a escalas cada vez menores en cascadas de turbulencias, como
sucede con el café, se ha visto que la temperatura del plasma aumenta en
vez de disminuir, ya que no hay aire frío que la detenga.
El modo exacto en que se calienta el plasma de viento solar es un
tema candente de la física espacial, ya que está más caliente de lo que
se esperaría en un gas en expansión y apenas se producen colisiones.
Algunos científicos han sugerido que podría deberse al carácter
turbulento del plasma de viento solar.
Ahora, una serie de simulaciones por superordenador están
contribuyendo a comprender estos movimientos complejos. La imagen aquí
mostrada procede de una de estas simulaciones: representa la
distribución de la densidad de corriente en el plasma de viento solar
turbulento. En ella, los filamentos y vórtices localizados aparecen como
consecuencia de la cascada de energía turbulenta. Los colores azul y
amarillo muestran las corrientes más intensas (en azul para los valores
negativos y amarillo para los positivos).
Estas estructuras coherentes no son estáticas, sino que evolucionan
en el tiempo e interactúan entre sí. Además, entre las islas, la
corriente es muy intensa y crea regiones de elevado estrés magnético y,
en ocasiones, un fenómeno conocido como reconexión magnética. Es decir,
cuando las líneas de campos magnéticos en sentido opuesto se acercan,
pueden realinearse repentinamente, formando nuevas configuraciones y
liberando grandes cantidades de energía que pueden provocar un
calentamiento localizado.
Este tipo de efectos han sido observados en el espacio, por ejemplo,
por el cuarteto de satélites Cluster de la ESA en órbita terrestre, en
el viento solar. Cluster también descubrió signos claros de remolinos
turbulentos de hasta varias decenas de kilómetros mientras el viento
solar interactuaba con el campo magnético de la Tierra.
Esta cascada de energía puede contribuir al calentamiento general del
viento solar, una cuestión que también intentará abordar la futura
misión Solar Orbiter de la ESA.
Entretanto, ¡disfrutemos de las cascadas turbulentas que forman los vórtices de nuestros cafés
esa
Este montaje de 365 imágenes muestra la constante actividad de nuestro Sol durante 2017, que incluyó hasta un eclipse parcial, vista por el satélite Proba-2 de la ESA.
Las imágenes fueron tomadas por la cámara SWAP del satélite, que funciona a longitudes de onda del ultravioleta extremo para captar la atmósfera caliente y turbulenta del Sol, la corona, con temperaturas de aproximadamente un millón de grados.
En general, durante 2017 el Sol continuó su ciclo de once años reduciendo su actividad hasta el mínimo, con un periodo en el que el número de regiones activas (las áreas más brillantes en las imágenes) disminuye y los agujeros coronales (regiones más oscuras) son más grandes y prominentes.
Basta mirar con atención varias imágenes para ver las diferencias. Durante una semana aproximadamente, a finales de abril/principios de mayo, el Sol no aparece centrado: se ha hecho a propósito para indicar observaciones en las que se desplazó el punto de mira para estudiar la atmósfera extendida.
Quizá lo más destacado de 2017 para muchos aficionados a la observación del Sol fue el eclipse total que se pudo ver de Oregón a Carolina del Sur (Estados Unidos) el día 21 de agosto. Desde su atalaya a unos 800 km de la Tierra, Proba-2 atravesó varias veces la sombra de la luna y observó tres eclipses parciales. Uno de esos momentos fue capturado y aparece en este montaje.
esa
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